Capítulo 5 · 14 min de lectura · 18 min de escucha
El regreso del pródigo
1825-1826.
UN TESORO HALLADO—EL ALBA DE LA NUEVA VIDA—LA PAZ DE DIOS—«HE VENIDO PARA HACER DISENSIÓN DEL HOMBRE CONTRA SU PADRE»—«EL QUE OYE, DIGA: VEN»—EL PRIMER SERMÓN—DELEITE EN EL SEÑOR—UN ERROR COMÚN—LA FUENTE DESCUIDADA.
Había llegado ya el tiempo en que Dios quería tener misericordia de mí. En un momento en que yo estaba tan despreocupado de él como siempre, envió su Espíritu a mi corazón. No tenía Biblia, y hacía años que no la leía. Iba a la iglesia muy rara vez; pero, por costumbre, tomaba la Cena del Señor dos veces al año. Nunca había oído predicar el evangelio. Nunca había conocido a nadie que me dijera que se proponía, con la ayuda de Dios, vivir conforme a las Santas Escrituras. En resumen, no tenía la menor idea de que hubiera personas realmente distintas de mí, salvo en grado.
Un sábado por la tarde, hacia mediados de noviembre de 1825, había salido a pasear con mi amigo Beta. Al regresar, me dijo que tenía la costumbre de ir los sábados por la noche a casa de un cristiano, donde se celebraba una reunión. Al preguntarle más, me contó que allí leían la Biblia, cantaban, oraban y leían un sermón impreso. En cuanto lo oí, fue para mí como si hubiera hallado algo que había estado buscando toda mi vida. Fuimos juntos aquella noche. Como yo no conocía las costumbres de los creyentes, ni el gozo que sienten al ver a pobres pecadores interesarse, aunque sea en alguna medida, por las cosas de Dios, me disculpé por haber venido. Nunca olvidaré la amable respuesta de aquel querido hermano. Me dijo: «Ven cuantas veces quieras; la casa y el corazón están abiertos para ti». Nos sentamos y cantamos un himno. Luego el hermano Kayser, hoy misionero en África, se puso de rodillas y pidió una bendición sobre nuestra reunión. Ese arrodillarse me causó una honda impresión, pues nunca había visto a nadie de rodillas, ni yo mismo había orado jamás de rodillas. Después leyó un capítulo y un sermón impreso, porque en Prusia no se permitían reuniones regulares para exponer las Escrituras si no estaba presente un clérigo ordenado. Al final cantamos otro himno, y luego oró el dueño de la casa. Mientras oraba, lo que yo sentía era más o menos esto: «Yo no podría orar tan bien, aunque soy mucho más instruido que este hombre iletrado». Todo aquello me causó una honda impresión. Era feliz; aunque, si me hubieran preguntado por qué lo era, no habría sabido explicarlo con claridad.
Cuando volvíamos a casa, le dije a Beta: «Todo lo que vimos en nuestro viaje a Suiza, y todos nuestros placeres de antes, no son nada en comparación con esta noche». No recuerdo si caí de rodillas al llegar a casa; pero esto sí sé: que me acosté en paz y feliz. Esto muestra que el Señor puede comenzar su obra de maneras diferentes. Porque no tengo la menor duda de que aquella noche él comenzó en mí una obra de gracia, aunque obtuve el gozo sin ninguna honda tristeza de corazón y casi sin conocimiento alguno. Pero aquella noche fue el punto decisivo de mi vida. Al día siguiente, y el lunes, y una o dos veces más, volví a casa de este hermano, donde leía las Escrituras con él y con otro hermano; porque se me hacía demasiado largo esperar a que llegara de nuevo el sábado.
Desde entonces mi vida fue muy diferente, aunque no en el sentido de que abandonara todos los pecados de una vez. Dejé a mis malos compañeros; dejé por completo de ir a las tabernas; ya no me permití la costumbre de decir mentiras; pero aun así, unas cuantas veces después de esto, falté a la verdad. Leía las Escrituras, oraba a menudo, amaba a los hermanos, iba a la iglesia con motivos rectos y me ponía del lado de Cristo, aunque mis compañeros de estudios se burlaran de mí.
En enero de 1826 comencé a leer publicaciones misioneras, y sentí un gran impulso a hacerme yo mismo misionero. Oraba con frecuencia acerca de este asunto, y así hice progresos más decididos durante algunas semanas. Hacia la Pascua de 1826 conocí a un joven hermano consagrado, llamado Hermann Ball, hombre instruido y de padres acaudalados, que, constreñido por el amor de Cristo, prefirió trabajar como misionero entre los judíos de Polonia antes que tener una cómoda parroquia cerca de sus parientes. Su ejemplo me causó una honda impresión. El Señor me sonrió, y por primera vez en mi vida pude entregarme a él plenamente y sin reservas.
En aquel tiempo comencé a gozar de veras de la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento. En mi gozo escribí a mi padre y a mi hermano, rogándoles que buscaran al Señor y contándoles lo feliz que era; pensaba que, con solo ponerles delante el camino de la felicidad, lo abrazarían con gusto. Para mi gran sorpresa, recibí una respuesta airada. Por esa época el Señor envió a Halle a un creyente, el Dr. Tholuck, como profesor de teología, y a raíz de ello vinieron de otras universidades algunos estudiantes creyentes. Así también, al conocer a otros hermanos, el Señor me fue llevando adelante.
Volvió mi antiguo deseo de entregarme al servicio misionero, y al fin fui a ver a mi padre para obtener su permiso, sin el cual no podía ser admitido en ninguno de los institutos misioneros alemanes. Mi padre se disgustó mucho, y me reprochó en particular que había gastado tanto dinero en mi educación con la esperanza de pasar cómodamente sus últimos días conmigo en una casa parroquial, y que ahora veía que todas esas perspectivas se venían abajo. Estaba enojado, y me dijo que ya no me consideraría su hijo. Pero el Señor me dio gracia para permanecer firme. Entonces me suplicó, y lloró delante de mí; y aun esta prueba, mucho más dura, el Señor me capacitó para soportarla. Después de dejar a mi padre, aunque necesitaba más dinero que en ningún otro momento de mi vida, pues tenía que quedarme dos años más en la universidad, resolví no aceptar nunca más dinero de él; porque, según recuerdo, me parecía mal dejarme mantener por él, cuando no tenía perspectiva alguna de que yo llegara a ser lo que él deseaba, es decir, un clérigo con una buena parroquia. Se me concedió mantener esta resolución.
Poco después de que esto ocurriera, varios caballeros norteamericanos, tres de los cuales eran profesores en colegios universitarios de Estados Unidos, vinieron a Halle con fines literarios, y como no entendían el alemán, el Dr. Tholuck me recomendó para que les diera clases. Estos caballeros, algunos de los cuales eran creyentes, pagaban tan generosamente la enseñanza que yo les daba, y las lecciones de ciertos profesores que yo les copiaba, que tenía de sobra. Así me compensó ricamente el Señor lo poco a que había renunciado por amor de él. «Temed al Señor, vosotros sus santos; porque no hay falta para los que le temen.»
Pasé Pentecostés y los dos días siguientes en casa de un piadoso clérigo en el campo; porque todos los ministros de Halle, una población de más de veinte mil habitantes, eran hombres no iluminados. Dios me refrescó grandemente con esta visita. El querido Beta estaba conmigo. A nuestro regreso contamos a dos de nuestros antiguos amigos, cuya compañía no habíamos dejado del todo, aunque ya no vivíamos con ellos en el pecado, lo felices que habíamos sido en nuestra visita. Luego les dije cuánto deseaba que fueran tan felices como nosotros. Ellos respondieron: No sentimos que seamos pecadores. Entonces caí de rodillas y pedí a Dios que les mostrara que eran pecadores. Hecho esto, me fui a mi dormitorio, donde seguí orando por ellos. Al poco rato volví a mi sala de estar y los encontré a los dos llorando, y ambos me dijeron que ahora se sentían pecadores. Desde entonces comenzó una obra de gracia en sus corazones.
Aunque era muy débil e ignorante, ahora tenía, por la gracia de Dios, algún deseo de hacer bien a otros, y el que tan fielmente había servido una vez a Satanás procuraba ahora ganar almas para Cristo. Cada mes repartía unas trescientas publicaciones misioneras. También distribuía un número considerable de tratados, y a menudo me llenaba los bolsillos de ellos en mis paseos, los repartía y hablaba con la gente pobre que encontraba. También escribí cartas a algunos de mis antiguos compañeros de pecado. Durante trece semanas visité a un enfermo que, cuando comencé a hablarle de las cosas de Dios, ignoraba por completo su condición de pecador y confiaba para su salvación en su vida recta y moral. Sin embargo, al cabo de algunas semanas, el Señor me permitió ver en él un cambio decidido, y más tarde expresó repetidas veces su gratitud porque Dios me hubiera enviado a él para ser el medio de abrirle los ojos ciegos.
Habiendo oído que en una aldea a unas seis millas de Halle vivía un maestro de escuela que acostumbraba celebrar una reunión de oración a las cuatro de cada mañana con los mineros, antes de que bajaran a la mina, y les dirigía además una plática, pensé que era creyente; y como yo conocía tan pocos hermanos, fui a verlo para fortalecer sus manos, si era posible. Unos dos años después me dijo que cuando fui a verlo por primera vez él no conocía al Señor, sino que había celebrado aquellas reuniones de oración solo por hacer un favor a un pariente, que tenía ese cargo pero se había ido de viaje; y que las pláticas que leía no eran suyas, sino copiadas de un libro. También me dijo que le había impresionado mucho mi amabilidad, y lo que él consideraba condescendencia de mi parte al ir a verlo, y que esto, junto con mi conversación, había sido el instrumento para llevarlo a interesarse por las cosas de Dios; y desde entonces siempre lo conocí como un verdadero hermano.
Este maestro de escuela me preguntó si no querría predicar en su parroquia, pues el anciano clérigo agradecería mucho mi ayuda. Hasta entonces yo nunca había predicado; con todo, pensé que tomando un sermón, o la mayor parte de uno, escrito por un hombre espiritual, y aprendiéndolo de memoria, podría hacer bien a la gente. Me puse a dar a un sermón impreso una forma adecuada y a aprenderlo de memoria. No hay gozo en lo que el hombre hace y escoge por sí mismo. Salí del paso, pero no disfruté de la tarea. Fue el 27 de agosto de 1826, a las ocho de la mañana, en una capilla auxiliar. Había un culto más, por la tarde, en el que no tenía por qué haber hecho nada; pero como deseaba servir al Señor, aunque a menudo no sabía hacerlo conforme a las Escrituras, y sabiendo que este anciano clérigo no iluminado había tenido aquella parroquia durante cuarenta y ocho años, y teniendo por tanto motivos para creer que el evangelio casi nunca se había predicado en aquel lugar, sentí en el corazón predicar de nuevo por la tarde. Me vino a la mente leer el capítulo quinto de Mateo y hacer los comentarios que pudiera. Así lo hice. En cuanto comencé a exponer «Bienaventurados los pobres en espíritu», etc., me sentí grandemente ayudado; y mientras que por la mañana mi sermón no había sido lo bastante sencillo para que la gente lo entendiera, ahora me escuchaban con la mayor atención, y creo que también me entendían. Mi propia paz y mi gozo fueron grandes. Sentí que aquella era una obra bendita.
De camino a Halle pensé: así es como me gustaría predicar siempre. Pero enseguida me vino a la mente que esa clase de predicación podía servir para gente iletrada del campo, pero que nunca serviría ante una asamblea culta de la ciudad. Pensaba que la verdad debía predicarse a toda costa, pero que había que presentarla de otra forma, adecuada a los oyentes. Así permanecí indeciso en cuanto a la manera de predicar; y no es de extrañar que entonces no viera la verdad sobre este asunto, pues no entendía la obra del Espíritu y, por tanto, no veía la impotencia de la elocuencia humana. Además, no tenía presente que, si las personas más iletradas de la congregación pueden comprender el discurso, las más instruidas también lo entenderán; pero que lo contrario no es cierto.
No fue sino tres años después cuando, por la gracia, fui llevado a ver lo que ahora considero la manera correcta de prepararse para la predicación pública de la palabra. Pero de esto, si Dios lo permite, diré más cuando llegue a ese período de mi vida.
Fue por este tiempo cuando concebí el plan de cambiar la Universidad de Halle por la de Berlín, porque en esta última había un mayor número de profesores y estudiantes creyentes. Pero todo el plan se formó sin oración, o al menos sin oración ferviente. Sin embargo, cuando llegó la mañana en que tenía que solicitar los certificados de la universidad, el Señor en su gracia me movió a considerar el asunto en oración; y al ver que no tenía razón suficiente para dejar Halle, abandoné el plan, y nunca he tenido motivo para lamentarlo.
Los medios públicos de gracia de los que podía beneficiarme eran muy pocos. Aunque iba regularmente a la iglesia cuando no predicaba yo mismo, casi nunca oía la verdad; porque no había en la ciudad ningún clérigo iluminado. Y cuando se daba el caso de que podía oír al Dr. Tholuck, o a algún otro ministro piadoso, la perspectiva de ello de antemano, y el recuerdo después, bastaban para llenarme de gozo. De vez en cuando caminaba diez o quince millas para gozar de este privilegio.
Otro medio de gracia al que asistía, además de las reuniones de los sábados por la noche en casa del hermano Wagner, era una reunión cada domingo por la noche con los estudiantes creyentes, que eran seis o más y que, antes de que yo dejara Halle, llegaron a ser unos veinte. En estas reuniones oraban uno o dos de los hermanos, o más, y leíamos las Escrituras, cantábamos himnos, y a veces también alguno de los hermanos decía unas palabras a modo de exhortación; y leíamos además aquellos escritos de hombres piadosos que eran propios para la edificación. A menudo me sentí grandemente estimulado y refrescado en estas reuniones; y dos veces, hallándome en un estado de apartamiento, y por tanto frío y desdichado, abrí mi corazón a los hermanos, y por medio de sus exhortaciones y oraciones fui sacado de aquel estado.
En cuanto a los otros medios de gracia, diré que caí en la trampa en que caen tantos creyentes jóvenes: leer libros religiosos con preferencia a las Escrituras. Leía tratados, publicaciones misioneras, sermones y biografías de personas piadosas. En ningún momento de mi vida había tenido la costumbre de leer las Santas Escrituras. Antes de cumplir quince años, a veces leía un poco de ellas en la escuela; después dejé por completo a un lado el precioso libro de Dios, de modo que nunca leí ni un solo capítulo hasta que agradó a Dios comenzar una obra de gracia en mi corazón. Ahora bien, la manera bíblica de razonar habría sido esta: Dios mismo ha consentido en ser autor, y yo ignoro ese precioso libro que su Santo Espíritu ha hecho escribir por medio de sus siervos, y que contiene lo que debo saber, cuyo conocimiento me llevará a la verdadera felicidad; por tanto, debo leer una y otra vez este preciosísimo libro de los libros, con el mayor fervor, con mucha oración y con mucha meditación; y en esta práctica debo continuar todos los días de mi vida. Pero en lugar de obrar así, la dificultad que tenía para entenderlo y el poco gozo que hallaba en él hicieron que descuidara su lectura; y así, como muchos creyentes, en la práctica preferí, durante los primeros cuatro años de mi vida divina, las obras de hombres no inspirados a los oráculos del Dios vivo. La consecuencia fue que seguí siendo un niño, tanto en conocimiento como en gracia.
El último y más importante medio de gracia, la oración, lo usé comparativamente poco. Oraba, y oraba a menudo, y en general, por la gracia de Dios, con sinceridad; pero si hubiera orado con el fervor con que he orado en estos últimos años, habría progresado mucho más rápidamente.
Capítulo 5 completado
El regreso del pródigo