Capítulo 6 · 17 min de lectura · 22 min de escucha
Consagración personal
1826-1829.
DESEO DE TRABAJAR COMO MISIONERO—LIBERACIÓN PROVIDENCIAL DEL SERVICIO MILITAR—VISITA A LA CASA PATERNA—LLEVADO A LA TIERRA DE SUS FUTURAS LABORES—PROGRESO EN EL CONOCIMIENTO RELIGIOSO—DESEO DE SER ÚTIL DE INMEDIATO.
En agosto de 1827 supe que la Sociedad Continental de Inglaterra se proponía enviar un ministro a Bucarest, donde residían muchos cristianos alemanes de nombre, para ayudar a un hermano anciano en la obra del Señor. Después de reflexionarlo y orar, me ofrecí para esta obra al profesor Tholuck, a quien se había pedido que buscara a una persona adecuada; porque, con toda mi debilidad, tenía un gran deseo de vivir enteramente para Dios. De manera muy inesperada, mi padre dio su consentimiento, aunque Bucarest estaba a más de mil millas de mi casa y era tan plenamente una estación misionera como cualquier otra. Me preparé entonces con seriedad para la obra del Señor. Puse delante de mí los sufrimientos que podían aguardarme. Y el que en otro tiempo tan plenamente había servido a Satanás estaba ahora dispuesto, constreñido por el amor de Cristo, a ser afligido por amor de Jesús antes que gozar de los deleites temporales del pecado. También oré con cierto fervor acerca de mi futura obra.
Un día, a fines de octubre, el ya mencionado hermano Hermann Ball, misionero entre los judíos, comentó que temía verse obligado, por su salud, a dejar de trabajar entre los judíos. Al oír esto, sentí un deseo particular de ocupar su lugar. Precisamente por ese tiempo, además, me aficioné muchísimo a la lengua hebrea, que hasta entonces me había importado muy poco y que solo había estudiado de vez en cuando, por sentido del deber. Pero ahora la estudié, durante muchas semanas, con el mayor afán y deleite. Mientras de cuando en cuando sentía así el deseo de ocupar el lugar del hermano Ball, y mientras me deleitaba tanto en el estudio del hebreo, fui a visitar al Dr. Tholuck en la noche del 17 de noviembre. En el curso de la conversación me preguntó si alguna vez había tenido el deseo de ser misionero entre los judíos, pues podría vincularme a la Sociedad Misionera de Londres para la promoción del cristianismo entre ellos, de la cual él era agente. La pregunta me impresionó, y le conté lo que había pasado por mi mente, pero añadí que no convenía pensar en ello, puesto que iba a ir a Bucarest; y él estuvo de acuerdo.
Sin embargo, cuando llegué a casa, aquellas pocas palabras eran como fuego dentro de mí. A la mañana siguiente sentí que había desaparecido todo deseo de ir a Bucarest, lo cual me pareció muy malo y carnal, y por eso rogué al Señor que me devolviera el deseo que antes tenía de trabajar en aquella estación misionera. En su gracia lo hizo casi de inmediato. Con todo, continuaron mi empeño en el estudio del hebreo y mi amor particular por esa lengua.
Unos diez días después, el Dr. Tholuck recibió una carta de la Sociedad Continental en la que se decía que, a causa de la guerra entre turcos y rusos, al comité le parecía bien abandonar por el momento la idea de enviar un ministro a Bucarest, pues era el escenario de la guerra entre los dos ejércitos. El Dr. Tholuck me preguntó entonces de nuevo qué pensaba ahora de ser misionero entre los judíos. Le respondí que de momento no podía darle una respuesta, pero que se lo haría saber después de haber considerado el asunto en oración. Después de orar y reflexionar, y de consultar con hermanos experimentados para que examinaran mi corazón en cuanto a mis motivos, llegué a esta conclusión: que debía ofrecerme al comité, dejando en manos del Señor lo que después hiciera conmigo, según le pareciera bien. En consecuencia, hacia principios de diciembre de 1827, el Dr. Tholuck escribió al comité de Londres.
No fue sino hasta marzo de 1828 cuando recibió de Londres una respuesta acerca de mí, en la que el comité me hacía una serie de preguntas, de cuyas respuestas satisfactorias dependería que me admitieran. Después de contestar a esta primera comunicación, esperé día tras día una respuesta, y la deseaba tanto más cuanto que ya había terminado mis estudios en la universidad. Por fin, el 13 de junio, recibí una carta de Londres en la que se me comunicaba que el comité había resuelto aceptarme como estudiante misionero a prueba por seis meses, con tal que fuera a Londres.
Llevaba ya unos siete meses con este asunto entre manos, pues había supuesto no solo que se resolvería en pocas semanas, sino también que, si me aceptaban, me enviarían enseguida, ya que había terminado la universidad. En lugar de eso, no solo pasaron siete meses antes de que llegara la decisión, sino que además se esperaba que fuera a Londres; y no solo eso, sino que, aunque desde mi niñez había estado estudiando más o menos, y ahora por fin deseaba dedicarme a una labor activa, se me exigía que volviera a ser estudiante. Por unos momentos, pues, me sentí muy decepcionado y probado. Pero al considerar el asunto con calma, me pareció del todo justo que el comité me conociera personalmente, y que también me convenía a mí conocerlos más de cerca que solo por correspondencia, ya que esto haría después mucho más llevadera nuestra relación. Resolví, pues, después de ver a mi padre y de no encontrar ninguna dificultad por su parte, ir a Londres.
Había, sin embargo, un obstáculo para que yo saliera del país. Todo súbdito prusiano varón está obligado a ser soldado durante tres años, si su estado físico lo permite; pero quienes han recibido una educación clásica hasta cierto grado, y en especial quienes han pasado por la universidad, solo necesitan estar un año en el ejército, aunque durante ese año tienen que equiparse y mantenerse por su cuenta. No podía obtener un pasaporte para salir del país hasta haber cumplido mi tiempo o haber sido eximido por el propio rey. Esperaba que sucediera esto último, porque era cosa bien sabida que quienes se habían entregado al servicio misionero siempre habían quedado exentos. Ciertos hermanos influyentes que vivían en la capital, a quienes escribí sobre el asunto, escribieron al rey; pero él respondió que el caso debía remitirse al ministerio y a la ley, y no se hizo ninguna excepción en mi favor.
Mi principal preocupación era ahora cómo obtener un pasaporte para Inglaterra mediante la exención del servicio militar. Pero cuanto más lo intentaban ciertos hermanos, aunque sabían cómo llevar el asunto y eran además personas de rango, mayor parecía la dificultad para lograr mi objetivo; de modo que a mediados de enero de 1829 parecía que tendría que hacerme soldado de inmediato. Solo quedaba un camino sin probar, y al fin se recurrió a él. Un mayor creyente, que tenía buenas relaciones con uno de los generales en jefe, propuso que me presentara efectivamente para ingresar en el ejército y que me examinaran en cuanto a mi aptitud física, con la esperanza de que, como aún me encontraba en un estado físico muy débil, me declararan no apto para el servicio militar. En ese caso correspondería al general en jefe resolver definitivamente el asunto; y él, que era un hombre piadoso, por recomendación del mayor, sin duda apresuraría la decisión, en vista de mi deseo de ser misionero entre los judíos.
Hasta aquí había permitido el Señor que llegaran las cosas, al parecer para mostrarme que todos mis amigos juntos no podían conseguirme un pasaporte mientras no hubiera llegado su tiempo. Pero ahora había llegado. El Rey de reyes había dispuesto que yo fuera a Inglaterra, porque quería bendecirme allí y hacerme de bendición, aunque yo era entonces, y sigo siendo, del todo indigno de ello; y por eso, aunque al rey de Prusia no le había placido hacer una excepción en mi favor, ahora todo quedó allanado, y eso en un momento en que casi se había perdido la esperanza y se había recurrido al último medio. Me examinaron y me declararon no apto para el servicio militar. Con un certificado médico en este sentido y una carta de recomendación del mayor, fui a ver a este general en jefe, que me recibió muy amablemente y que él mismo escribió al instante a un segundo médico militar para que me examinara también de inmediato. Así se hizo, y este confirmó que yo no era apto. Entonces el propio general en jefe, como sus ayudantes estaban casualmente ausentes, escribió de su puño y letra, para apresurar el asunto, los documentos necesarios, y obtuve la baja completa, y esto de por vida, de toda obligación militar.
El 5 de febrero llegué a la casa de mi padre; era el lugar donde había vivido de muchacho, y el escenario de muchos de mis pecados, pues mi padre había vuelto allí al jubilarse de su cargo. En toda la población no había más que tres personas con quienes mi alma tuviera comunión. Una de ellas se ganaba el pan de cada día trillando grano. De muchacho yo me había reído de él en mi corazón. Ahora, informado de que era un hermano, lo busqué para reconocerlo como tal, teniendo comunión con él y asistiendo a una reunión en su casa el domingo por la noche. Mi alma fue refrescada, y la suya también. Un banquete espiritual como el encuentro con un hermano era algo raro para él.
Salí de la casa de mi padre el 10 de febrero, y hacia el 22 de febrero llegué a Róterdam. Ir a Inglaterra por Róterdam no era la ruta habitual; pero, al consultar con un hermano de Berlín que había estado dos veces en Inglaterra, me dijo que era el camino más barato. Haber preguntado a este hermano para aprovechar su experiencia habría estado muy bien si, además, como Esdras, hubiera buscado del Señor el camino derecho. Pero en este asunto acudí solo a los hombres, y en absoluto al Señor. Cuando llegué a Róterdam, me encontré con que en aquel momento no salían barcos de ese puerto hacia Londres, porque el hielo del río acababa de romperse. Así tuve que esperar casi un mes en Róterdam, y necesité mucho más tiempo del que me habría hecho falta yendo por Hamburgo, y también mucho más dinero.
El 19 de marzo de 1829 desembarqué en Londres. Poco después de mi llegada oí a uno de los hermanos hablar del Sr. Groves, un dentista que, por amor del Señor, había dejado su profesión, que le reportaba por lo menos £1,500 al año, y que se proponía ir como misionero a Persia con su esposa e hijos, confiando sencillamente en el Señor para su sustento material. Esto me impresionó tanto, y me alegró de tal manera, que no solo lo anoté en mi diario, sino que también escribí sobre ello a mis amigos alemanes.
Llegué a Inglaterra débil de cuerpo, y, a consecuencia, según supongo, de mucho estudio, caí enfermo el 15 de mayo, y pronto, al menos a mi propio juicio, parecía que no tenía remedio. Cuanto más débil me ponía de cuerpo, más feliz era en espíritu. Nunca en toda mi vida me había visto tan vil, tan culpable, tan enteramente lo que no debería haber sido, como en aquel tiempo. Era como si se me trajera a la memoria cada pecado del que había sido culpable; pero al mismo tiempo podía comprender que todos mis pecados estaban completamente perdonados,—que estaba lavado y limpio, completamente limpio, en la sangre de Jesús. El resultado de esto fue una gran paz. Anhelaba en gran manera partir y estar con Cristo. Cuando mi médico venía a verme, mi oración era más o menos esta: «Señor, tú sabes que él no sabe lo que es para mi verdadero bien; por tanto, dirígelo tú». Cuando tomaba la medicina, mi oración sincera era cada vez más o menos esta: «Señor, tú sabes que esta medicina en sí misma no es nada, no más que si tomara un poco de agua. Ahora, por favor, oh Señor, haz que produzca el efecto que sea para mi verdadero bien y para tu gloria. Llévame pronto contigo, o restabléceme pronto; déjame enfermo por más tiempo y luego llévame contigo, o déjame enfermo por más tiempo y luego restabléceme. ¡Oh Señor, haz conmigo como mejor te parezca!»
Después de llevar unas dos semanas enfermo, mi médico, inesperadamente, declaró que estaba mejor. Como me recuperaba muy lentamente, mis amigos me rogaron que fuera al campo para cambiar de aires. Pensé que podía ser la voluntad de Dios que lo hiciera, y por eso oré así al Señor: «Señor, con gusto me someteré a tu voluntad, e iré si tú quieres que vaya. Y ahora dame a conocer tu voluntad por la respuesta de mi médico. Si, en respuesta a mi pregunta, dice que me sentaría muy bien, iré; pero si dice que no tiene gran importancia, entonces me quedaré». Cuando se lo pregunté, me dijo que era lo mejor que podía hacer. Entonces se me concedió someterme de buena gana, y en consecuencia fui a Teignmouth.
Pocos días después de mi llegada a Teignmouth, se reabrió la capilla llamada Ebenezer, y asistí a la inauguración. Me impresionó mucho uno de los que predicaron en aquella ocasión. Porque, aunque no me gustó todo lo que dijo, vi en él una gravedad y una solemnidad distintas de las de los demás. Después de que predicó, tuve un gran deseo de conocerlo mejor; y como dos hermanos de Exmouth, en cuya casa se alojaba, me invitaron a pasar un tiempo con ellos, tuve oportunidad de vivir diez días bajo el mismo techo que él. Fue entonces cuando Dios comenzó a mostrarme que solo su palabra es nuestra norma de juicio en las cosas espirituales; que solo el Espíritu Santo puede explicarla; y que en nuestros días, lo mismo que en tiempos pasados, él es el maestro de su pueblo. Hasta entonces no había entendido por experiencia el oficio del Espíritu Santo. De hecho, no tenía ninguna comprensión experimental del oficio de cada una de las benditas personas de lo que comúnmente se llama la Trinidad. No había visto antes en las Escrituras que el Padre nos escogió antes de la fundación del mundo; que en él se originó aquel plan maravilloso de nuestra redención, y que él también dispuso todos los medios por los cuales había de llevarse a cabo. Además, que el Hijo, para salvarnos, había cumplido la ley, para satisfacer sus exigencias, y con ella también la santidad de Dios; que había llevado el castigo que merecían nuestros pecados, y así había satisfecho la justicia de Dios. Y, además, que solo el Espíritu Santo puede enseñarnos acerca de nuestro estado natural, mostrarnos la necesidad de un Salvador, capacitarnos para creer en Cristo, explicarnos las Escrituras, ayudarnos en la predicación, etc. Fue el comenzar a entender en particular este último punto lo que tuvo un gran efecto en mí; porque el Señor me capacitó para someterlo a la prueba de la experiencia, dejando a un lado los comentarios, y casi todos los demás libros, y leyendo y estudiando sencillamente la palabra de Dios. El resultado fue que la primera noche que me encerré en mi cuarto para entregarme a la oración y a la meditación de las Escrituras, aprendí en unas pocas horas más de lo que había aprendido durante varios meses antes. Pero la diferencia principal fue que al hacerlo recibí verdadera fuerza para mi alma. Comencé entonces a probar con la piedra de toque de las Escrituras las cosas que había aprendido y visto, y hallé que solo tenían verdadero valor los principios que resistían la prueba.
Mi estancia en Devonshire fue de lo más provechosa para mi alma. Antes de salir de Londres, mi oración había sido que el Señor tuviera a bien bendecir mi viaje para bien de mi cuerpo y de mi alma. A principios de septiembre regresé a Londres, mucho mejor de cuerpo; y en cuanto a mi alma, el cambio fue tan grande que fue como una segunda conversión. Después de volver a Londres, procuré hacer bien a mis hermanos del seminario, y los medios que empleé fueron estos: les propuse que nos reuniéramos cada mañana de seis a ocho para orar y leer las Escrituras, y que luego cada uno expusiera lo que considerara que el Señor le había mostrado como el sentido de la porción leída. Un hermano en particular llegó al mismo estado que yo; y otros, confío, recibieron más o menos beneficio. Varias veces, al ir a mi cuarto después de la oración familiar de la noche, hallé tan dulce la comunión con Dios que continué en oración hasta pasadas las doce, y luego, lleno de gozo, fui al cuarto del hermano que acabo de mencionar; y al encontrarlo también en una disposición de corazón semejante, seguimos orando hasta la una o las dos; y aun entonces, algunas veces, estaba tan lleno de gozo que apenas podía dormir, y a las seis de la mañana reunía de nuevo a los hermanos para orar.
Después de llevar unos diez días en Londres, y de haber estado recluido en casa a causa de mis estudios, mi salud comenzó otra vez a decaer; y vi que no convendría, siendo mi pobre cuerpo solo como un despojo o un tizón sacado del servicio del diablo, gastar en el estudio las pocas fuerzas que me quedaban, sino que debía dedicarme ya a trabajar de hecho en la obra del Señor. Escribí al comité de la Sociedad pidiéndole que me enviara enseguida y que, para que pudiera hacerlo con más tranquilidad, me enviara como colaborador de un hermano experimentado. Sin embargo, no recibí respuesta.
Después de esperar unas cinco o seis semanas, procurando entretanto trabajar para el Señor de una u otra manera, se me ocurrió que, puesto que me consideraba llamado por el Señor a predicar el evangelio, debía comenzar en seguida a trabajar entre los judíos de Londres, tuviera o no el título de misionero. En consecuencia, repartí tratados entre los judíos, con mi nombre y mi dirección escritos en ellos, invitándolos así a conversar sobre las cosas de Dios; les prediqué en los lugares donde se reunían en mayor número; leía regularmente las Escrituras con unos cincuenta muchachos judíos, y llegué a ser maestro de una escuela dominical. En esta obra tuve mucho gozo, y el honor de ser vituperado y maltratado por el nombre de Jesús. Pero el Señor me dio gracia para que ningún peligro, ni la perspectiva de sufrimiento alguno, me apartara nunca de la obra.
Hacia fines de 1829, el Sr. Müller llegó a dudar de que fuera correcto seguir bajo el patrocinio de la Sociedad de Londres. Le parecía contrario a las Escrituras que un siervo de Cristo se pusiera bajo el control y la dirección de alguien que no fuera el Señor. Una correspondencia con la Sociedad, en la que tanto él como ellos mostraron entera bondad y amor, dio como resultado la disolución de su relación con ella. Quedó libre para predicar el evangelio dondequiera que la Providencia le abriera el camino.
El 30 de diciembre fui a Exmouth, donde me proponía pasar quince días en casa de unos amigos cristianos. Llegué a Exmouth el 31 de diciembre, a las seis de la tarde, una hora antes de que comenzara una reunión de oración en la capilla Ebenezer. Mi corazón ardía en deseos de contar la bondad del Señor para con mi alma. Pero como no se me pidió que hablara ni que orara, guardé silencio. A la mañana siguiente hablé sobre la diferencia entre ser un cristiano y ser un cristiano feliz, y mostré de dónde viene por lo general que nos regocijemos tan poco en el Señor. Este, mi primer testimonio, fue de bendición para muchos creyentes, para que Dios, al parecer, me mostrara que estaba conmigo. A petición de varios creyentes, hablé de nuevo por la tarde, y propuse además una reunión en la capilla cada mañana a las diez para exponer la epístola a los Romanos. Al segundo día de mi llegada, un hermano me dijo: «He estado orando todo este último mes para que el Señor hiciera algo por Lympstone, una parroquia grande donde hay poca luz espiritual. Hay una capilla wesleyana, y no dudo de que te permitirían predicar allí». Como estaba dispuesto a hablar de Jesús dondequiera que el Señor abriera una puerta, pero de modo que pudiera ser fiel a las verdades que él había tenido a bien enseñarme, fui, y obtuve fácilmente permiso para predicar dos veces al día siguiente, que era el día del Señor.
Capítulo 6 completado
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