Capítulo 17 · 45 min de lectura · 58 min de escucha
Caminando en la oscuridad
1841-1842.
«EL CAMINO DE DIOS CONDUCE A LA PRUEBA»—MOTIVOS DE GRATITUD—OSCURIDAD PROLONGADA—DERRIBADOS, PERO NO DESTRUIDOS—SE RECOMIENDA LA CONFIANZA EN DIOS—LOS MEDIOS PARA ALCANZARLA—REPASO DE LA OBRA.
15 de diciembre de 1841. Desde el 12 de noviembre hasta hoy, mis colaboradores en la iglesia y yo hemos atendido a treinta interesados y candidatos a la comunión, y a algunos de ellos los hemos visto repetidas veces. ¿Cómo podremos alabar lo suficiente al Señor porque sigue usándonos en su servicio?
18 de dic. Sábado por la mañana. Ahora la necesidad es la mayor, y solo hay en caja cuatro peniques, que encontré en la alcancía de mi casa; sin embargo, creo plenamente que el Señor también hoy nos proveerá de todo lo necesario.—Detente unos momentos, querido lector. Observa dos cosas. Actuamos por Dios al aplazar las reuniones públicas y la publicación del Informe; pero el camino de Dios conduce siempre a la prueba, en lo que respecta a la vista y los sentidos. La naturaleza siempre será probada en los caminos de Dios. Por medio de esta pobreza el Señor estaba diciendo: «Ahora veré si de verdad se apoyan en mí y si de verdad me miran a mí». De todas las temporadas por las que había pasado desde que vivía de esta manera, hasta entonces, nunca conocí período alguno en que mi fe fuera probada tan duramente como durante los cuatro meses que van del 12 de diciembre de 1841 al 12 de abril de 1842. Pero observa además: aun entonces podríamos haber cambiado de parecer respecto a las reuniones públicas y la publicación del Informe, pues nadie conocía nuestra determinación en ese momento sobre este punto. Antes al contrario, sabíamos con cuánto gozo muchísimos hijos de Dios esperaban recibir nuevas noticias. Pero el Señor nos mantuvo firmes en la conclusión a la que habíamos llegado bajo su dirección.—Volvamos ahora al sábado 18 de diciembre. Noche. El Señor ha sido muy bondadoso con nosotros hoy. En el transcurso de la mañana entraron seis chelines. Así teníamos, con las provisiones que había, todo lo necesario para la comida, pero ningún medio para proveer la siguiente comida de la tarde. Pocos minutos después de que los obreros se reunieran esta mañana para orar, se le dio a uno de ellos un soberano para él mismo. Con esto se pudo conseguir todo lo necesario para el té. Cuando volvimos a reunirnos por la noche para orar, hallamos que lo recibido ascendía a dos libras, ocho chelines y dos peniques, suficiente para todo lo que se necesitaba hoy. Pero hay algo más que notar respecto a este día. Se me informó que otros tres de los huérfanos han sido traídos recientemente al conocimiento de la verdad. Llevamos ya cinco semanas reuniéndonos diariamente para orar, y así el Señor no solo ha oído nuestras oraciones respecto a los fondos, sino que también ha bendecido a estos niños.
23 de dic. Esta es ya la sexta semana en que los obreros de las escuelas diurnas y de las Casas de Huérfanos se reúnen diariamente para orar. Desde que empezamos a reunirnos ya hemos recibido varias preciosas respuestas, en lo que respecta a recursos económicos, nuevos casos de conversión entre los niños, etc. Una de nuestras peticiones ha sido que el Señor tuviera a bien proporcionarnos medios para una estufa en el aula de la calle Callowhill. Pero, aunque habíamos presentado a menudo este asunto ante el Señor, él parecía no atender nuestra petición. Ayer por la tarde, mientras paseaba por mi pequeño jardín, meditando y orando, tuve una seguridad inusual de que había llegado el momento en que el Señor respondería nuestra petición; esa seguridad nacía en parte de que podía creer que él enviaría los medios, y en parte del hecho de que la respuesta ya no podía demorarse sin que la oración hubiera fracasado en este asunto, pues no podíamos volver a reunir a los niños después de las vacaciones de Navidad sin que se hubiera instalado una estufa. Y ahora, querido lector, observa: esta mañana recibí de A. B. veinte libras, y así tenemos mucho más de lo que se requiere para una estufa.
REPASO DEL AÑO 1841.
1. Al releer mi diario, hallo que el Señor me ha dado durante este año muchas preciosas respuestas a la oración, además de las que ya se han consignado en la parte anterior del Relato. Menciono las siguientes para aliento del lector: 1. Uno de los muchachos huérfanos necesitaba ser colocado como aprendiz. Yo no conocía a ningún maestro creyente adecuado que quisiera tomar un aprendiz interno. Me entregué a la oración y presenté el asunto diariamente ante el Señor. Lo anoté entre los asuntos por los que pediría al Señor cada día; y por fin, aunque tuve que orar por el asunto desde el 21 de mayo hasta septiembre, el Señor me concedió mi petición, pues en septiembre hallé un lugar adecuado para él. 2. El 23 de mayo comencé a pedir al Señor que tuviera a bien librar a cierta hermana en el Señor del gran abatimiento espiritual que padecía, y al cabo de tres días el Señor me concedió mi petición. 3. El 15 de junio comencé a pedir al Señor que librara a un hermano que vivía lejos de la gran ansiedad espiritual en que se hallaba encerrado, la cual no solo lo afligía muchísimo y en gran medida le estorbaba en su servicio hacia el mundo y la iglesia, sino que, en consecuencia, era también una prueba para los santos que conocían y apreciaban a este querido hermano. Presenté esta petición muchas veces ante el Señor. Pasó el año y no fue concedida. Pero al fin también esta petición nos ha sido concedida a mí y a los muchos queridos santos que sé que oraban por este querido hermano; pues, aunque estuvo algunos años en ese estado, hace ya [en 1845] dos años y más que está completamente restablecido. 4. El 15 de junio comencé también a pedir diariamente al Señor que, en su misericordia, guardara de la locura a una hermana en el Señor que entonces se hallaba, al parecer, al borde mismo de ella; y ahora [en 1845] tengo que consignar para su alabanza, después de transcurridos casi cuatro años, que el Señor la ha guardado de ella. 5. Durante este año se me informó de la conversión de uno de los mayores pecadores de que jamás había oído en todo mi servicio para el Señor. Repetidas veces me arrodillé con su esposa y pedí al Señor su conversión, cuando ella venía a mí con la más profunda angustia de alma a causa del trato bárbaro y cruel que recibía de él en su amarga enemistad contra ella por causa del Señor, y porque él no lograba provocarla a encolerizarse, y ella no quería devolverle los golpes, y cosas semejantes. Cuando la situación estaba en su peor momento, invoqué especialmente a favor de él la promesa de Mateo 18:19: «Otra vez os digo, que si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquiera cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos». Y ahora este terrible perseguidor se ha convertido. 6. El 25 de mayo comencé a pedir al Señor una prosperidad espiritual verdadera, mayor entre los santos con quienes trabajo en Bristol que la que jamás había habido entre ellos; y ahora tengo que consignar para alabanza del Señor que en verdad ha respondido esta petición, pues, consideradas todas las cosas, en ningún período ha habido entre nosotros mayor manifestación de gracia, de verdad y de poder espiritual que ahora, mientras escribo esto para la imprenta [1845].
2. El estado de la iglesia en cuanto al número. Actualmente hay 572 en comunión; durante el año pasado se añadieron 88, de los cuales 30 han sido traídos al conocimiento del Señor entre nosotros.
3. La bondad del Señor en cuanto a mis necesidades temporales durante este año. Ha tenido a bien darme, por medio de ofrendas voluntarias de los santos, £238, 11s. 1¾d.
3 de enero de 1842. Esta noche tuvimos una preciosa reunión pública de oración. Cuando llegó la hora habitual de terminar la reunión, me pareció que había deseo de seguir esperando en el Señor. Por tanto, propuse a los hermanos que quienes tuvieran fuerzas físicas, tiempo y deseo de esperar aún más en el Señor, lo hicieran. Se quedaron por lo menos treinta, y continuamos en oración hasta pasadas las diez, mientras oraban varios hermanos. Nunca conocí una oración más verdaderamente en el Espíritu. Experimenté personalmente una cercanía inusual al Señor, y fui capacitado para pedir en fe, no dudando nada.
4 de ene. Como a menudo lo hemos comprobado, así sucede ahora. Tras una temporada de pobreza mayor que la habitual, viene un tiempo de abundancia mayor que la habitual. Hoy el mismo hermano de quien se habló en el 2 de noviembre, y que ha retirado su dinero de la caja de ahorros para gastarlo para el Señor, envió veinte libras más de ese dinero. Entró también desde Guernsey una libra, y además una libra y siete chelines. Ahora puedo encargar harina de avena a Escocia, comprar materiales para la ropa de los muchachos, encargar zapatos, etc. Así el Señor ha tenido a bien responder todas nuestras peticiones respecto a las necesidades económicas de los huérfanos, que hemos presentado ante él en nuestras reuniones de oración durante las últimas siete semanas. Así hemos tenido últimamente abundancia, pero los gastos también han sido grandes, pues en los últimos veinticinco días he pagado más de cien libras.
5 de feb. Sábado. Como desde el 29 de enero solo se habían recibido diez libras, diez chelines y seis peniques, es decir, solo lo que día tras día se necesitaba para proveer lo indispensable a los huérfanos, de nuevo hay la mayor necesidad. Son ya las doce, y todavía no hay medios para hacer frente a los gastos de hoy. Las palabras de la oración de Josafat: «No sabemos lo que hemos de hacer, mas a ti volvemos nuestros ojos», son en este momento el lenguaje de mi corazón. Yo tampoco sé qué hacer, pero mis ojos están puestos en el Señor, y estoy seguro de que también hoy nos ayudará.—Noche. En el transcurso de la mañana entraron doce chelines por la venta de artículos. Pudimos también vender por cinco chelines uno de los artículos que se habían enviado anoche. Esta tarde uno de los obreros me dio diez chelines, y entraron tres chelines por labores de costura. Con esta libra y diez chelines pudimos suplir todo lo necesario.
8 de feb. Con lo que entró ayer y anteayer se suplió la necesidad de ayer, y hay suficiente en todas las casas para las comidas de hoy; pero en ninguna de las casas hemos podido recibir pan; y como ayer también se pudo recibir poco, no quedará nada para mañana; ni hay dinero suficiente para recibir la leche mañana por la mañana. También se necesita carbón en dos casas. En verdad, hasta donde sé, en estos tres años y siete meses, desde que los fondos se agotaron por primera vez, nunca estuvimos en mayor pobreza; y si el Señor no enviara medios antes de las nueve de mañana por la mañana, su nombre quedaría deshonrado. Pero estoy plenamente seguro de que no nos dejará.—Noche. El Señor todavía no ha tenido a bien enviarnos lo necesario para mañana, pero nos ha dado una nueva prueba de que se acuerda de nosotros. Entre las cuatro y las cinco de esta tarde se enviaron nueve bizcochos de pasas, que una hermana había mandado hornear como obsequio para los huérfanos. Estos bizcochos me animaron a seguir esperando nuevas provisiones. Se encontraron además en las alcancías de las Casas de Huérfanos dos chelines y un penique y medio, y entró un chelín y cuatro peniques por medias. Estos pequeños donativos son preciosísimos, pero no bastan para cubrir la necesidad de mañana; sí, antes de las nueve de mañana por la mañana necesitamos más dinero para poder recibir la leche. En verdad somos más pobres que nunca; pero, por la gracia, mis ojos no miran los almacenes vacíos ni la bolsa vacía, sino solo las riquezas del Señor.
9 de feb. Esta mañana fui entre las siete y las ocho a las Casas de Huérfanos, para ver si el Señor había enviado algo. Cuando llegué, él acababa de enviar ayuda dos o tres minutos antes. Un hermano, yendo esta mañana a su lugar de trabajo, había recorrido ya cerca de media milla cuando el Señor tuvo a bien poner a los huérfanos sobre su corazón. Sin embargo, se dijo: No puedo volver ahora, pero llevaré algo esta tarde; y así siguió caminando. No obstante, no pudo seguir adelante, sino que se sintió constreñido a volver y llevar tres soberanos al hermano R. B., en la Casa de Huérfanos para varones. [El propio donante me lo contó después.] Así nos ayudó el Señor en su fidelidad. Nunca se necesitó más verdaderamente la ayuda, porque nuestra pobreza nunca fue mayor; ni la ayuda del Señor vino jamás más manifiestamente de él mismo; pues el hermano ya había avanzado un buen trecho, eran entre las siete y las ocho de la mañana, y faltaba tan poco tiempo para que se necesitara el dinero. Considera esto, amado lector, y alaba con nosotros al Señor por su bondad. Alábalo en particular porque nos capacitó para confiar en él en esta hora de prueba. Entraron además hoy siete chelines y seis peniques.
12 de feb. Sábado. Desde que los fondos se agotaron por primera vez, nunca había entrado menos en una semana que en esta. Solo pudimos suplir las necesidades absolutas; pero eso sí fuimos capacitados para hacerlo. Cuando llegaban las horas de comer, el Señor siempre proveía lo necesario, y, considerando la gran miseria que hay ahora casi en todas partes, nuestros queridos huérfanos están muy bien atendidos. Ahora bien, este día comenzó no solo sin que hubiera nada en caja, sino que nuestras provisiones estaban muy reducidas y teníamos que procurar víveres para dos días. Uno de los obreros dio cinco chelines por la mañana, para proveer los medios de recibir la leche. Reuní algunos folletos que se habían donado para la venta, a fin de venderlos, y hacia las once se vendieron por cuatro chelines. Entraron también tres chelines por la venta de medias, y se pagaron doce chelines por uno de los huérfanos. Así se nos proveyó de medios para conseguir una comida, y teníamos un poco para comprar pan, pero de ningún modo lo suficiente. Todos los obreros estuvimos juntos en oración desde las once y media hasta la una, y nos separamos tranquilos, con el propósito de volver a reunirnos por la noche. Cuando llegué a casa, se me dio un viejo portaminas de plata roto, que, aunque valía muy poco, tomé como una nueva prueba de que nuestro Padre se acordaba de nuestra necesidad. Cuando volvimos a reunirnos esta noche, hallamos que habían entrado tres chelines y seis peniques por la venta de medias, y seis peniques por dos Informes. Como todo esto no bastaba, se vendieron algunos artículos viejos e innecesarios por cuatro chelines, y también el portaminas roto por seis peniques. Digo artículos innecesarios, pues no nos pareció bien deshacernos de otros artículos, a fin de que la liberación del propio Señor fuera manifiesta. Además, un obrero pudo dar todavía siete chelines de lo suyo. A uno de los obreros cierta persona le debía dos chelines desde hacía más de un año, y, al pagárselos justo ahora y darlos él para los huérfanos, llegaron muy oportunamente. Así teníamos una libra, dieciocho chelines y seis peniques, lo necesario para procurar víveres hasta después del desayuno del lunes por la mañana. Sin embargo, el Señor ayudó aún más. Entre las ocho y las nueve de esta noche, después de haber estado juntos en oración y de habernos separado ya, se le dio a uno de los obreros algo de dinero para él mismo, con lo cual pudo dar nueve chelines, de modo que en total habían entrado este día dos libras, siete chelines y seis peniques. De todas las semanas de los últimos tres años y siete meses, esta ha sido una de las más difíciles en cuanto a la prueba de la fe. ¡Gracias al Señor, que también hoy nos ha ayudado! ¡Gracias a él por capacitarnos ya esta mañana, cuando nos reunimos para orar, para alabarlo por la liberación que estábamos seguros de que obraría!
16 de feb. Esta mañana de nuevo solo había dinero suficiente en caja para recibir la leche en dos de las casas; pero como un obrero pudo dar seis chelines y seis peniques, tuvimos suficiente para la leche, y también lo bastante, con las provisiones que había en las casas, para la comida. No entró nada más en el transcurso de la mañana, ni pude informarme de cómo estaban las cosas. Por la tarde, entre las tres y las cuatro, después de haber suplicado una vez más al Señor que nos enviara ayuda, me senté en paz a entregarme a la meditación de la palabra, considerando que ese era ahora mi servicio, aunque no sabía si había un bocado de pan para el té en alguna de las casas, pero con la seguridad de que el Señor proveería. Porque, por la gracia, mi mente está tan plenamente segura de la fidelidad del Señor que, en medio de la mayor necesidad, puedo ocuparme en paz de mis otras tareas. En verdad, si el Señor no me diera esto, que es el fruto de confiar en él, apenas podría trabajar; pues ahora es relativamente raro que llegue un día en que no tenga necesidad en una u otra parte de la obra. Apenas me había sentado a meditar, cuando me enviaron una nota desde las Casas de Huérfanos, en la que el hermano R. B., maestro de los muchachos huérfanos, había escrito así: «Al visitar a las hermanas en las Casas de Huérfanos de Párvulos y de Niñas, las encontré en la mayor necesidad. No había pan en una de las casas para el té de esta tarde, y los seis chelines y seis peniques apenas alcanzaban para suplir lo necesario para la comida. Por eso abrí la alcancía de la Casa de Huérfanos para varones y, de la manera más inesperada, encontré en ella una libra. Así, por la bondad del Señor, fuimos de nuevo abundantemente provistos en cuanto a las necesidades presentes». Por la noche el Señor, en su amor y fidelidad, extendió aún más su mano. Yo había expuesto en la reunión una parte de Juan 11. Las últimas palabras sobre las que hablé fueron: «¿No te he dicho que, si creyeres, verás la gloria de Dios?». Cuando terminó la reunión, como nueva prueba de la verdad de esta palabra, se me entregó una nota en la que una hermana enferma me enviaba cinco libras para los huérfanos.
19 de feb. Sábado. Nuestros medios se habían agotado otra vez por completo. Nuestros almacenes de provisiones estaban, quizá, aún más vacíos que cualquier sábado anterior. No había la menor probabilidad humana de obtener medios para provisiones suficientes para este solo día, y mucho menos para dos días. Cuando fui antes del desayuno a las Casas de Huérfanos, encontré una carta de Nottingham, con un chelín, que había llegado anoche. No solo era una dulce prueba de que nuestro Padre recordaba nuestra necesidad, sino también como unas arras de que también hoy nos supliría todo lo que necesitáramos. En el transcurso de la mañana entraron cuatro chelines y once peniques por la venta de medias. En la alcancía de mi casa encontré un chelín. Uno de los obreros dio cuatro chelines y diez peniques. Así se nos proveyó de lo absolutamente necesario para este día. Nos reunimos para orar entre las once y las doce. Cuando volvimos a reunirnos por la noche, había llegado una segunda carta de Nottingham, con otro chelín. Esta era una nueva y dulce prueba del amoroso recuerdo de nuestro Padre hacia nuestra necesidad; pero con todo esto seguíamos sin medios para proveer pan para mañana, el día del Señor. A las ocho me separé de mis colaboradores, pues esperaba que el hermano R. C. llegara a mi casa poco después de las ocho. Por eso pedí a uno de los hermanos que me acompañara, para llevar de vuelta a las Casas de Huérfanos lo que el Señor pudiera enviar por correo o de cualquier otro modo. Eran ya las ocho y media de la noche, y aún no había pan en ninguna de las tres casas para mañana. Pocos momentos después llegó el hermano C., y no llevaba más de unos cinco minutos en mi casa cuando me dio medio soberano que traía para los huérfanos. Pronto encontré ocasión de salir un momento de la habitación, di los diez chelines al hermano que había traído conmigo de las Casas de Huérfanos y que esperaba en otra habitación; y así, entre las nueve y las diez, se pudo comprar pan suficiente. ¡Observa! Para la prueba de nuestra fe, el Señor había permitido que se nos hiciera esperar tanto. Pero cuando llegó el hermano C., teniendo dinero para los huérfanos, no pudo demorarse en darlo en seguida, cosa muy digna de notarse. Esta ha sido una semana llena de pruebas de fe, pero también llena de liberaciones.
21 de feb. Desde el sábado por la noche entró una libra, ocho chelines y once peniques. Se envió también desde Plymouth, para la venta, una pieza de blonda, una pieza de tul para encañonados y once pares de medias de niño. Así tuvimos medios para lo que se requería al comenzar este día; pero, como nuestras provisiones habían quedado tan reducidas al final de la semana pasada, no había lo suficiente para el té de esta tarde. Habían dado ya las cuatro, una hora antes de la hora habitual del té, cuando un hermano de Somersetshire vino a ver las Casas de Huérfanos y puso un soberano en cada una de las alcancías. Nuestra gran necesidad pronto sacó el dinero, y así fuimos provistos. [¡Observa! El hermano, según él mismo me contó unos días después en el curso de una conversación, tenía poco tiempo, y por eso recorrió las casas más bien de prisa. Si se hubiera quedado mucho tiempo y hubiera conversado mucho, como podría haber sucedido, sus donativos no habrían llegado a tiempo para el té.] Entró además un chelín por labores de costura hechas por los niños.
25 de feb. Nunca había sido mayor nuestra necesidad que ahora. Nuestras pruebas de fe nunca han sido tan duras como durante esta semana. Tanto es así que hoy la mayoría de los obreros se sintieron considerablemente probados. Sin embargo, tampoco este día ha permitido el Señor que seamos avergonzados. Por una circunstancia notable, uno de los obreros obtuvo algo de dinero esta mañana, de modo que toda la necesidad de hoy pudo cubrirse ampliamente.
26 de feb. Mi oración de esta mañana fue en particular que el Señor tuviera a bien mirarnos ahora con compasión y retirar su mano. En verdad, desde hace varios días mi oración ha sido que nos capacitara para seguir confiando en él, y que no pusiera sobre nosotros más de lo que nos capacitara para soportar. Hoy es otra vez sábado. Como ayer se dio a las matronas una rica provisión, sabía que este sábado no se necesitaría tanto como de costumbre; aun así, pensé que se necesitaría una libra y diez chelines. Entre las diez y las once de esta mañana llegó un paquete de Clapham con dos libras y dos chelines, junto con dos vestidos, dos enaguas, dos camisas, dos delantales y seis pañuelos, todo nuevo. Así fuimos ricamente provistos para hoy, pues solo se necesitaba una libra y diez chelines.
2 de marzo. Esta noche se enviaron, por encargo de una hermana irlandesa, treinta y tres libras y media de hilo de lana. Respecto a este donativo hay que señalar que el sábado pasado habíamos pedido al Señor, en nuestra reunión de oración, que tuviera a bien enviarnos medios para comprar estambre, a fin de que los muchachos pudieran seguir con su tejido de punto.
9 de marzo. En un momento de la mayor necesidad, tanto en lo que respecta a las escuelas diurnas como a los huérfanos, tanto que no habríamos podido seguir adelante sin ayuda, recibí hoy diez libras de un hermano que vive cerca de Dublín. El dinero se repartió entre las escuelas diurnas y las Casas de Huérfanos. Respecto a este donativo hay que notar la siguiente pequeña circunstancia. Como nuestra necesidad era tan grande y mi alma, por la gracia, esperaba verdaderamente en el Señor, estuve atento a la llegada de recursos en el transcurso de esta mañana. Sin embargo, el correo ya había pasado y no había llegado nada. Esto no me desanimó en lo más mínimo. Me dije: el Señor puede enviar medios sin el correo, o incluso ahora, aunque el correo ya ha pasado, puede haber enviado medios en este mismo reparto de cartas, aunque el dinero todavía no esté en mis manos. No había pasado mucho tiempo desde que me dije esto cuando, conforme a mi esperanza en Dios, fuimos socorridos; pues el hermano que nos envió las diez libras había dirigido esta vez su carta a la Casa de Huérfanos para varones, desde donde me la remitieron.
17 de marzo. Del 12 al 16 habían entrado cuatro libras, cinco chelines y once peniques y medio para los huérfanos. Esta mañana nuestra pobreza, que ya dura más o menos varios meses, había llegado a ser extremadamente grande. Salí de casa pocos minutos después de las siete para ir a las Casas de Huérfanos a ver si había dinero suficiente para recibir la leche, que se trae hacia las ocho. En el camino, mi petición fue especialmente que el Señor tuviera a bien compadecerse de nosotros, como el padre se compadece de los hijos, y que no pusiera sobre nosotros más de lo que nos capacitara para soportar. Le rogué especialmente que tuviera a bien ahora refrescar nuestros corazones enviándonos ayuda. Le recordé asimismo las consecuencias que resultarían, tanto respecto a los creyentes como a los incrédulos, si tuviéramos que abandonar la obra por falta de medios, y que por eso no permitiera que quedara en nada. Además, confesé de nuevo ante el Señor que no merecía que siguiera usándome en esta obra por más tiempo. Mientras estaba así en oración, a unos dos minutos a pie de las Casas de Huérfanos, me encontré con un hermano que iba a esa hora temprana a su trabajo. Después de cambiar unas palabras con él, seguí mi camino; pero él al poco corrió tras de mí y me dio una libra para los huérfanos. Así el Señor respondió prontamente mi oración. En verdad, vale la pena ser pobre y muy probado en la fe a cambio de tener día tras día pruebas tan preciosas del amoroso interés que nuestro bondadoso Padre toma en todo lo que nos concierne. ¿Y cómo podría nuestro Padre obrar de otra manera? El que nos ha dado la mayor prueba posible de su amor, al darnos a su propio Hijo, ciertamente nos dará también con él todas las cosas. Vale la pena también ser pobre y muy probado en la fe, con tal de que por ello sean consolados los corazones de los hijos de Dios y fortalecida su fe, y con tal de que quienes no conocen a Dios, y que lean u oigan de sus tratos con nosotros, sean llevados así a ver que la fe en Dios es más que una mera idea, y que hay en verdad realidad en el cristianismo. En el transcurso de este día entraron todavía trece chelines más.
19 de marzo. Sábado. Como ha sucedido a menudo los sábados, así ocurrió en particular este día. Comenzamos el día en muy grande pobreza, pues desde anteayer solo habían entrado siete chelines. No había un solo rayo de luz en cuanto a perspectivas naturales. En tales temporadas el corazón quedaría abrumado, si no hubiera abundancia de reposo en la confianza en Dios. Como la prueba había continuado tanto tiempo, y nuestra pobreza había llegado ahora a tal grado que era necesario que tuviéramos ayuda para que el nombre del Señor no fuera deshonrado, yo había propuesto a mis colaboradores que apartáramos este día especialmente para la oración. Nos reunimos, pues, a las diez y media de la mañana. Para entonces habían entrado cuatro chelines y seis peniques, siete chelines y seis peniques, y diez chelines. Por la tarde volvimos a reunirnos a las tres, y entraron diez chelines. Por la noche, a las siete, nos reunimos una vez más, pues todavía faltaban unos tres chelines para proveer todo lo necesario. También esto lo recibimos, y aun entraron tres chelines más de lo que realmente se necesitaba, justo cuando estábamos a punto de separarnos.
9 de abril. Sábado. Desde ayer por la tarde solo había entrado un chelín y seis peniques. Necesitábamos más dinero del que había en caja, sobre todo por ser sábado, pero el Señor tuvo a bien probar nuestra fe de manera particular. En el transcurso de la mañana llegaron, de parte de unas hermanas de Dublín, dieciocho yardas de calicó, treinta y cuatro yardas de estampado, cuarenta y tres ovillos de algodón y un par de botas de señora usadas. Este donativo llegó muy oportunamente, pues habíamos mencionado repetidas veces en nuestras oraciones la necesidad de calicó y de estampado, y el hilo de coser y el par de botas se pusieron en uso en seguida. Además, este donativo fue para mí un dulce estímulo para seguir esperando en el Señor. Ya se acercaba la noche, y aún no había entrado dinero para las provisiones, etc., que se necesitarían el día del Señor. Hacia las seis me entregué una vez más a la oración con mi esposa, y en mi oración pedí al Señor que, si la hermana que por amor a él ha tomado sobre sí el servicio de vender los artículos donados para la venta tenía algún dinero en mano, tuviera a bien inclinar su corazón a traerlo o enviarlo esta noche. Después de esto me senté en paz a leer las Escrituras, seguro de que también esta vez el Señor extendería su mano a nuestro favor. Hacia las siete y media, la hermana a quien acabo de referirme vino y trajo una libra, diez chelines y cuatro peniques por artículos que había vendido, diciendo que, aunque estaba indispuesta, se había sentido constreñida a no demorar la entrega de este dinero. Así tuvimos todo lo necesario, y seis chelines más. Cuando llegué con el dinero a la Casa de Huérfanos para párvulos, hacia las ocho, encontré a mis colaboradores en oración, y mientras seguíamos orando, una hermana envió una gran cesta de pan del día anterior: cinco hogazas de pan moreno, siete tortas de pan y cinco panes franceses.
12 de abril. Nunca estuvimos en mayor necesidad que hoy, quizá nunca en tanta, cuando esta mañana recibí cien libras de las Indias Orientales. Es imposible describir el verdadero gozo en Dios que esto me dio. Mi oración de esta mañana había sido otra vez particularmente que nuestro Padre se compadeciera de nosotros y que ahora, por fin, enviara sumas mayores. No me sorprendí ni me exalté en lo más mínimo cuando llegó este donativo, pues lo recibí como algo que venía en respuesta a la oración y que se había esperado largo tiempo.
6 de mayo. Desde el día 2 solo se habían recibido tres libras, diez chelines y dos peniques y medio, por lo cual solo habría habido en caja medios suficientes para proveer el desayuno de mañana por la mañana, cuando, en esta nueva necesidad nuestra, recibimos ochenta y seis libras, dos pares de pendientes de oro, un broche y dos rupias.
10 de mayo. Hoy, al cerrar las cuentas, al final de este período de diecisiete meses, en el que tan a menudo nos hemos quedado sin un penique, nos queda la suma de dieciséis libras, dieciocho chelines y diez peniques y medio para los huérfanos, y cuarenta y ocho libras, doce chelines y cinco peniques y cuarto para los demás fines del Instituto de Conocimiento Bíblico.
Nos pareció entonces que había llegado el momento en que, para provecho de la iglesia en general, debían darse a conocer, mediante la publicación de otro Informe, los tratos del Señor con nosotros respecto a los diversos fines del Instituto de Conocimiento Bíblico. Porque, aunque esta vez lo habíamos demorado a propósito cinco meses más que en los años anteriores, y eso durante un período en que estábamos en mayor pobreza que en ningún momento anterior, sin embargo, así como desde el principio me había parecido importante dar a conocer de tiempo en tiempo los tratos del Señor con nosotros, así juzgué provechoso seguir procurando consolar, animar, exhortar, instruir y amonestar a los queridos hijos de Dios por medio de los relatos impresos de la bondad del Señor para con nosotros.
Aunque nuestras pruebas de fe durante estos diecisiete meses duraron más y fueron más duras que en ningún período anterior, durante todo este tiempo los huérfanos tuvieron todo lo necesario en cuanto a alimento nutritivo, las prendas de vestir necesarias, etc. En verdad, preferiría devolver de inmediato a los niños a sus parientes antes que tenerlos sin el sustento suficiente.
Deseo que todos los hijos de Dios que lean estos detalles sean llevados por ellos a una confianza mayor y más sencilla en Dios para todo lo que puedan necesitar en cualquier circunstancia, y que estas muchas respuestas a la oración los animen a orar, particularmente en lo que respecta a la conversión de sus amigos y parientes, su propio progreso en la gracia y el conocimiento, el estado de los santos que conozcan personalmente, el estado de la iglesia de Cristo en general y el éxito de la predicación del evangelio. Especialmente los amonesto con afecto a que no se dejen arrastrar por la artimaña de Satanás, que les haría pensar que estas cosas son peculiares de mí y que no pueden disfrutarlas todos los hijos de Dios; pues, aunque, como se ha dicho antes, no todo creyente está llamado a fundar casas de huérfanos, escuelas de caridad, etc., y a confiar en el Señor para obtener los medios, todos los creyentes están llamados, en la sencilla confianza de la fe, a echar todas sus cargas sobre él, a confiar en él para todo, y no solo a hacer de todo un motivo de oración, sino a esperar respuestas a las peticiones que hayan hecho conforme a su voluntad y en el nombre del Señor Jesús. No pienses, querido lector, que tengo el don de fe, es decir, aquel don del que leemos en 1 Corintios 12:9, y que se menciona junto con «los dones de sanidades», «las operaciones de milagros», «profecía», y que por esa razón puedo confiar en el Señor. Es verdad que la fe que soy capacitado para ejercer es enteramente don de Dios; es verdad que solo él la sostiene y que solo él puede aumentarla; es verdad que momento a momento dependo de él para ella, y que si fuera dejado a mí mismo un solo momento, mi fe fallaría por completo; pero no es verdad que mi fe sea aquel don de fe del que se habla en 1 Corintios 12:9. Es la misma fe que se halla en todo creyente, y de cuyo crecimiento soy muy consciente; pues poco a poco ha ido aumentando durante los últimos veintiséis años.
Esta fe que se ejerce respecto a las Casas de Huérfanos y a mis propias necesidades temporales se muestra en la misma medida, por ejemplo, en cuanto a los siguientes puntos: durante los últimos veintisiete años nunca se me ha permitido dudar de que mis pecados están perdonados, de que soy hijo de Dios, de que soy amado de Dios y de que finalmente seré salvo; porque por la gracia de Dios soy capacitado para ejercer fe en la palabra de Dios y creer lo que Dios dice en aquellos pasajes que resuelven estas cuestiones (1 Juan 5:1; Gálatas 3:26; Hechos 10:43; Romanos 10:9, 10; Juan 3:16, etc.). Además, en el tiempo en que pensé que iba a perder la razón, aunque no había el menor fundamento para pensarlo, estaba en paz; porque mi alma creía la verdad de aquella palabra: «Y sabemos que a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien». Romanos 8:28. Además: cuando murieron mi hermano según la carne y mi querido anciano padre, y cuando respecto a ninguno de los dos tenía evidencia alguna de que fueran salvos (aunque no me atrevo a decir que estén perdidos, pues no lo sé), aun así mi alma estaba en paz, perfectamente en paz, bajo esta gran prueba, esta grandísima prueba, esta prueba que es quizá una de las mayores que pueden sobrevenir a un creyente. ¿Y qué fue lo que me dio paz? Mi alma se asió de aquella palabra: «El juez de toda la tierra, ¿no ha de hacer lo que es justo?». Esta palabra, junto con todo el carácter de Dios, tal como él se ha revelado en su santa palabra, resolvió toda pregunta. Creí lo que él ha dicho acerca de sí mismo, y estuve en paz, y he estado en paz desde entonces respecto a este asunto. Además: cuando el Señor me quitó a un hijo pequeño amado, mi alma estaba en paz, perfectamente en paz; cuando lloraba, solo podía llorar lágrimas de gozo. ¿Y por qué? Porque mi alma se asió por la fe de aquella palabra: «De los tales es el reino de los cielos». Mateo 19:14. Además: cuando a veces todo ha estado oscuro, sumamente oscuro, respecto a mi servicio entre los santos, a juzgar por las apariencias naturales; sí, cuando en verdad habría quedado abrumado de dolor y desesperación si hubiera mirado las cosas según la apariencia exterior: en tales momentos he procurado animarme en Dios, asiéndome por la fe de su poder omnipotente, su amor inmutable y su sabiduría infinita, y me he dicho: Dios puede y quiere librarme, si me conviene; porque escrito está: «El que no escatimó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros, ¿cómo no nos dará también con él todas las cosas?». Romanos 8:32. Esto fue lo que, creído por mí por la gracia, guardó mi alma en paz. Además: cuando, en relación con las Casas de Huérfanos, las escuelas diurnas, etc., me han sobrevenido pruebas mucho más pesadas que la falta de medios, cuando se difundieron informes falsos de que los huérfanos no tenían bastante que comer, o de que se les trataba cruelmente en otros aspectos, y cosas semejantes; o cuando me han sobrevenido otras pruebas, aún mayores, pero que no puedo mencionar, en relación con esta obra, y eso en un tiempo en que me hallaba a casi mil millas de Bristol y tenía que seguir ausente semana tras semana: en tales momentos mi alma se apoyaba en Dios; creía su palabra de promesa aplicable a tales casos; derramaba mi alma ante Dios, y me levantaba de mis rodillas en paz, porque la angustia que había en el alma había sido echada sobre Dios en oración creyente, y así era guardado en paz, aunque veía que era la voluntad de Dios que permaneciera lejos de la obra. Además: cuando he necesitado casas, colaboradores, maestros y maestras para los huérfanos o para las escuelas diurnas, he sido capacitado para esperarlo todo del Señor y confiar en él para recibir ayuda.
Querido lector, puede parecer que me jacto; pero, por la gracia de Dios, no me jacto al hablar así. Desde lo más íntimo de mi alma atribuyo solo a Dios que me haya capacitado para confiar en él, y que hasta ahora no haya permitido que mi confianza en él falle. Pero creí necesario hacer estas observaciones, no fuera que alguien pensara que mi dependencia de Dios era un don particular dado a mí, que otros santos no tienen derecho a esperar; o no fuera que se pensara que esta dependencia mía de él tenía que ver solo con la obtención de dinero mediante la oración y la fe. Por la gracia de Dios deseo que mi fe en Dios se extienda a todo: a los más pequeños de mis propios asuntos temporales y espirituales, y a los más pequeños de los asuntos temporales y espirituales de mi familia, a los santos entre quienes trabajo, a la iglesia en general, a todo lo que tiene que ver con la prosperidad temporal y espiritual del Instituto de Conocimiento Bíblico, etc. Querido lector, no pienses que he alcanzado en la fe (¡y cuánto menos en otros aspectos!) el grado que podría y debería alcanzar; pero da gracias a Dios por la fe que me ha dado, y pídele que la sostenga y la aumente. Y, por último, una vez más, no dejes que Satanás te engañe haciéndote pensar que tú no podrías tener la misma fe, sino que es solo para personas que se hallan en mi situación. Cuando pierdo algo como una llave, pido al Señor que me guíe hasta ella, y espero respuesta a mi oración; cuando una persona con quien he concertado una cita no viene a la hora fijada, y empiezo a sentirme incomodado por ello, pido al Señor que tenga a bien apresurarla hacia mí, y espero respuesta; cuando no entiendo un pasaje de la palabra de Dios, elevo mi corazón al Señor para que tenga a bien instruirme por su Espíritu Santo, y espero ser enseñado, aunque no fijo cuándo ni de qué manera ha de ser; cuando voy a ministrar la palabra, busco la ayuda del Señor, y aunque comienzo este servicio suyo consciente de mi incapacidad natural y también de mi total indignidad, no estoy abatido, sino animado, porque espero su ayuda y creo que él, por amor de su querido Hijo, me ayudará. Y así, en otros de mis asuntos temporales y espirituales, oro al Señor y espero respuesta a mis peticiones; ¿y no puedes tú hacer lo mismo, querido lector creyente? ¡Oh!, te ruego que no me consideres un creyente extraordinario, con privilegios por encima de otros queridos hijos de Dios, que ellos no pueden tener; ni mires mi manera de obrar como algo que no serviría para otros creyentes. ¡Haz la prueba! Solo estate quieto en la hora de la prueba, y verás la ayuda de Dios, si confías en él. Pero tan a menudo se abandonan los caminos del Señor en la hora de la prueba, y así se pierde el alimento de la fe, el medio por el cual nuestra fe puede aumentar. Esto me lleva al siguiente punto importante. Preguntas: ¿Cómo puedo yo, un verdadero creyente, tener una fe fortalecida? La respuesta es esta:—
I. «Toda buena dádiva y todo don perfecto es de lo alto, que desciende del Padre de las luces, en el cual no hay mudanza, ni sombra de variación». Santiago 1:17. Como el aumento de la fe es una buena dádiva, debe venir de Dios, y por tanto se le debe pedir a él esta bendición.
II. Sin embargo, deben usarse los siguientes medios: 1. La lectura cuidadosa de la palabra de Dios, unida a la meditación en ella. Mediante la lectura de la palabra de Dios, y especialmente mediante la meditación en la palabra de Dios, el creyente llega a conocer cada vez más la naturaleza y el carácter de Dios, y así ve cada vez más, además de su santidad y justicia, qué ser tan bondadoso, amoroso, lleno de gracia, misericordioso, poderoso, sabio y fiel es él; y, por tanto, en la pobreza, en la aflicción del cuerpo, en el duelo de su familia, en la dificultad de su servicio, en la falta de un puesto o empleo, reposará en la capacidad de Dios para ayudarle, porque no solo ha aprendido de su palabra que él es de poder omnipotente y sabiduría infinita, sino que también ha visto en las Sagradas Escrituras ejemplo tras ejemplo en que su poder omnipotente y su sabiduría infinita se han ejercido realmente para ayudar y librar a su pueblo; y reposará en la disposición de Dios para ayudarle, porque no solo ha aprendido de las Escrituras qué ser tan bondadoso, bueno, misericordioso, lleno de gracia y fiel es Dios, sino porque también ha visto en la palabra de Dios cómo, en una gran variedad de casos, él ha demostrado serlo. Y la consideración de esto, si Dios se nos ha dado a conocer mediante la oración y la meditación en su propia palabra, nos llevará, al menos por lo general, a apoyarnos en él con cierta medida de confianza; y así la lectura de la palabra de Dios, junto con la meditación en ella, será un medio especial para fortalecer nuestra fe.
2. Así como, respecto al crecimiento de toda gracia del Espíritu, es de suma importancia que procuremos mantener un corazón recto y una buena conciencia, y, por tanto, no nos entreguemos a sabiendas y habitualmente a aquellas cosas que son contrarias a la mente de Dios, así sucede también en particular respecto al crecimiento en la fe. ¿Cómo puedo yo seguir ejerciendo fe en Dios en cuanto a cualquier cosa, si habitualmente lo estoy entristeciendo y procuro quitar gloria y honra a aquel en quien profeso confiar, de quien profeso depender? Toda mi confianza para con Dios, todo mi apoyo en él en la hora de la prueba, desaparecerá si tengo una conciencia culpable y no procuro quitar esa conciencia culpable, sino que sigo haciendo cosas contrarias a la mente de Dios. Y si en algún caso particular no puedo confiar en Dios a causa de la conciencia culpable, entonces mi fe queda debilitada por ese caso de desconfianza; porque la fe, con cada nueva prueba, o bien aumenta al confiar en Dios y recibir así ayuda, o bien disminuye al no confiar en él; y entonces hay cada vez menos fuerza para mirar sencilla y directamente a él, y se engendra o se fomenta el hábito de depender de uno mismo. Una u otra de estas cosas sucederá siempre en cada caso particular. O confiamos en Dios, y en ese caso no confiamos ni en nosotros mismos, ni en nuestros semejantes, ni en las circunstancias, ni en ninguna otra cosa; o confiamos en una o más de estas cosas, y en ese caso no confiamos en Dios.
3. Si de verdad deseamos que nuestra fe sea fortalecida, no debemos rehuir las ocasiones en que nuestra fe pueda ser probada y, por tanto, fortalecida mediante la prueba. En nuestro estado natural nos desagrada tratar solo con Dios. Por nuestro alejamiento natural de Dios, nos apartamos de él y de las realidades eternas. Esto se nos pega en mayor o menor medida, aun después de nuestra regeneración. De ahí que, en mayor o menor medida, aun como creyentes, tengamos la misma resistencia a estar a solas con Dios, a depender solo de él, a mirar solo a él; y, sin embargo, esta es precisamente la posición en que deberíamos estar si queremos que nuestra fe sea fortalecida. Cuanto más me encuentre en situación de ser probado en la fe respecto a mi cuerpo, mi familia, mi servicio para el Señor, mis negocios, etc., tanta más oportunidad tendré de ver la ayuda y la liberación de Dios; y cada nuevo caso en que él me ayuda y me libra contribuirá al aumento de mi fe. Por esta razón, pues, el creyente no debe rehuir las situaciones, posiciones y circunstancias en que su fe pueda ser probada, sino que debe aceptarlas con alegría como oportunidades en que puede ver la mano de Dios extendida a su favor para ayudarle y librarle, y por las cuales puede así tener fortalecida su fe.
4. El último punto importante para el fortalecimiento de nuestra fe es que dejemos que Dios obre por nosotros cuando llegue la hora de la prueba de nuestra fe, y que no obremos una liberación por nuestra cuenta. Dondequiera que Dios ha dado fe, la ha dado, entre otras razones, precisamente para que sea probada. Sí, por débil que sea nuestra fe, Dios la probará; solo con esta restricción: que así como en todo nos conduce con suavidad, gradualmente, con paciencia, así también respecto a la prueba de nuestra fe. Al principio nuestra fe será probada muy poco en comparación con lo que puede serlo después; porque Dios nunca pone sobre nosotros más de lo que está dispuesto a capacitarnos para soportar. Ahora bien, cuando llega la prueba de la fe, nos inclinamos por naturaleza a desconfiar de Dios y a confiar más bien en nosotros mismos, o en nuestros amigos, o en las circunstancias. Preferimos obrar una liberación por nuestra cuenta, de un modo u otro, antes que simplemente mirar a Dios y esperar su ayuda. Pero si no esperamos con paciencia la ayuda de Dios, si obramos una liberación por nuestra cuenta, entonces en la siguiente prueba de nuestra fe volverá a suceder lo mismo: estaremos otra vez inclinados a librarnos a nosotros mismos; y así, con cada nuevo caso de esa clase, nuestra fe disminuirá; mientras que, por el contrario, si nos estuviéramos quietos para ver la salvación de Dios, para ver su mano extendida a nuestro favor, confiando solo en él, entonces nuestra fe aumentaría, y con cada nuevo caso en que la mano de Dios se extiende a nuestro favor en la hora de la prueba de nuestra fe, nuestra fe aumentaría todavía más. Por tanto, si el creyente quiere que su fe sea fortalecida, debe sobre todo dar tiempo a Dios, que prueba su fe para demostrar a su hijo, al final, cuán dispuesto está a ayudarle y librarle en el momento en que le convenga.
Vuelvo ahora, querido lector, al Relato, dándote más información respecto a los diecisiete meses que van del 10 de diciembre de 1840 al 10 de mayo de 1842, en lo que se refiere a las Casas de Huérfanos y a los demás fines del Instituto de Conocimiento Bíblico para el País y el Extranjero, además de los hechos que ya se han mencionado.
Durante este período, además, 1. Dos escuelas dominicales fueron sostenidas enteramente con los fondos del Instituto. 2. Hubo dos escuelas para adultos, una para mujeres y otra para hombres, enteramente sostenidas durante estos diecisiete meses, en las que dos noches por semana los hombres, y otras dos noches las mujeres, recibían instrucción en lectura y escritura de forma totalmente gratuita, y se les proveía gratuitamente de libros y material de escritura. Durante estos diecisiete meses se enseñó a 344 adultos en estas dos escuelas, y el 10 de mayo de 1842 el número de alumnos ascendía a 110. 3. Hubo también, durante estos diecisiete meses, seis escuelas diurnas enteramente sostenidas con los fondos del Instituto, tres para niños y tres para niñas. El 10 de mayo de 1842 el número de niños que asistían a estas escuelas diurnas era de 363; y el número total de los que, desde la fundación del Instituto, el 5 de marzo de 1834, hasta el 10 de mayo de 1842, habían sido instruidos en las escuelas diurnas sostenidas con los fondos del Instituto asciende a 2,616. 4. Durante estos diecisiete meses se distribuyeron 798 ejemplares de las Sagradas Escrituras, y desde el comienzo del Instituto hasta el 10 de mayo de 1842, 6,842 ejemplares. 5. Durante estos diecisiete meses se gastó con fines misioneros la suma de £126, 15s. 3d. de los fondos del Instituto, con lo cual se prestó ayuda a la obra de Dios en Jamaica, en Australia, en Canadá y en las Indias Orientales. 6. Al comienzo de estos diecisiete meses, es decir, el 10 de diciembre de 1840, se inició un nuevo fin: la distribución de publicaciones que, con la bendición de Dios, puedan ser de provecho tanto a incrédulos como a creyentes. Destinamos a este fin durante estos diecisiete meses la suma de £62, 17s. 4d., con la que se compraron 22,190 de esas pequeñas publicaciones, de las cuales 19,609 fueron efectivamente regaladas. 7. Se recibieron en las tres Casas de Huérfanos 15 huérfanos, que, junto con los que estaban en las casas el 10 de diciembre de 1840, suman 106 en total. De estos, cinco niñas fueron colocadas en servicio, dos niños y una niña fueron puestos como aprendices, una niña fue retirada por una señora que la había puesto por un tiempo bajo nuestro cuidado, y uno fue devuelto a sus parientes, por ser perjudicial para los demás niños.
El 10 de mayo de 1842 había 96 huérfanos en las tres casas, es decir, 30 en la Casa de Huérfanos de Niñas, 37 en la Casa de Huérfanos para párvulos y 29 en la Casa de Huérfanos para varones. Además, se sostenía a tres aprendices con los fondos del Instituto, de modo que el número total era de 99. El número de huérfanos que estuvieron bajo nuestro cuidado desde abril de 1836 hasta el 10 de mayo de 1842 asciende a 144.
Observo además, en relación con las Casas de Huérfanos, que, sin que yo haya pedido nada a nadie, se me dio desde el comienzo de la obra hasta el 10 de mayo de 1842 la suma de £5,276, 14s. 8d., como resultado de la oración a Dios.
El total de los gastos para los diversos fines del Instituto, excluidas las Casas de Huérfanos, durante estos diecisiete meses, ascendió a £710, 11s. 5d.; el total de los ingresos ascendió a £746, 1s. 0½d. El total de los gastos de las tres Casas de Huérfanos, del 10 de diciembre de 1840 al 10 de mayo de 1842, ascendió a £1,337, 15s. 2¾d.; el total de los ingresos ascendió a £1,339, 13s. 7d.
Capítulo 17 completado
Caminando en la oscuridad