Capítulo 16 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
La fe fortalecida por el ejercicio
1841.
UNA NECESIDAD SUPLIDA—RECURSOS QUE EXCEDEN LA DEMANDA—EL MAL DE SALIR FIADOR—EL PODER DEL AMOR CRISTIANO—LA PALABRA DE DIOS, ALIMENTO DEL ALMA—PREPARACIÓN PARA LA HORA DE LA PRUEBA—POBREZA—DEPENDER SOLO DEL DIOS VIVO.
1 de enero de 1841. Durante esta semana nos hemos reunido a diario para orar, con el propósito especial de pedir al Señor que nos dé los medios para imprimir el Informe del año pasado. Hace tres semanas que podría haberse enviado a la imprenta. Sentíamos que esto era ahora un asunto de especial importancia, porque, si el Informe no se imprimía pronto, se sabría que ello se debía a la falta de medios. Con los donativos que llegaron en estos últimos días para los huérfanos, y con diez libras que se dieron hoy para los otros fondos, tenemos los medios para cubrir el costo de cerca de dos tercios de la impresión, y por eso se envió una parte del manuscrito, confiando en que al Señor le placería enviar más medios antes de que se imprimieran dos pliegos; pero, si no, nos detendríamos entonces hasta tener más. Por la noche. Llegaron todavía cinco libras más; además, diez chelines y tres chelines.
11 de enero. Lunes. Durante la semana pasada el Señor no solo nos suplió abundantemente con todo lo que necesitábamos para los huérfanos, sino que nos permitió apartar varias libras para la impresión del Informe. El sábado por la noche solo quedaban tres chelines y seis peniques. Por eso yo estaba esperando respuestas a mis oraciones pidiendo medios, y el Señor no me defraudó. Ayer llegaron en total nueve libras, dieciséis chelines y cuatro peniques. Ahora tenemos suficiente incluso para la última parte del Informe.
12 de enero. Hoy he recibido una carta de un hermano en la que me autoriza a girar contra sus banqueros, durante este año, hasta la suma de mil libras, en favor de cualesquiera hermanos que tengan en el corazón entregarse al servicio misionero en las Indias Orientales, y a quienes yo considere llamados a ese servicio, hasta donde pueda juzgar. [Esta autorización duró solo aquel año; pero no se ofreció para este servicio ningún hermano que pareciera adecuado. Es otra prueba nueva de cuánto más fácil es obtener medios económicos que personas adecuadas. De hecho, en toda mi experiencia lo he hallado así: que si solo podía dejar establecido que algo que había de hacerse era conforme a la voluntad de Dios, pronto se obtenían los medios para llevarlo a cabo.]
13 de enero. Esta noche me llamaron a la casa de un hermano y una hermana que se hallan en la más profunda angustia. El hermano había salido fiador de las deudas de su hijo, sin esperar en lo más mínimo que jamás se le pidiera pagarlas; pero, como su hijo no ha saldado sus deudas, se ha exigido al padre que lo haga; y, a menos que el dinero se pague dentro de pocos días, será encarcelado.
¡Qué precioso es, aun para esta vida, actuar conforme a la palabra de Dios! Esta revelación perfecta de su mente nos da instrucciones para todo, aun para los asuntos más menudos de esta vida. Nos ordena: «No estés entre los que tocan la mano, ni entre los que salen fiadores por deudas». Proverbios 22:26. La manera en que Satanás enreda a las personas, para meterlas en la red y acarrearles problemas haciéndolas salir fiadoras, es procurando presentar el asunto como si en ese caso particular no hubiera peligro alguno, y como si uno pudiera estar seguro de que nunca se le pedirá pagar el dinero; pero el Señor, el Amigo fiel, nos dice en su propia palabra que la única manera de «estar seguro» en semejante asunto es «aborrecer las fianzas». Proverbios 11:15. Los siguientes puntos me parecen de solemne importancia para considerarlos si se me pidiera salir fiador de otro: 1. ¿Qué obliga a la persona que desea que yo salga fiador por ella a necesitar un fiador? ¿Es de veras una buena causa aquella en la que se me pide salir fiador? No recuerdo haberme encontrado jamás con un caso en que tal cosa ocurriera en un asunto claro, piadoso y en todos los sentidos conforme a las Escrituras. Generalmente había algún pecado u otro relacionado con ello. 2. Si salgo fiador, a pesar de lo que el Señor me ha dicho en su palabra, ¿estoy en tal situación que nadie saldrá perjudicado si se me exige cumplir los compromisos de la persona de quien voy a ser fiador? En la mayoría de los casos, esto solo debería bastar para apartarlo a uno de ello. 3. Si aun así salgo fiador, la suma de dinero de la que me hago responsable debe estar de tal modo en mi poder que pueda presentarla en cuanto se me reclame, a fin de que el nombre del Señor no sea deshonrado. 4. Pero si existe la posibilidad de tener que cumplir los compromisos de la persona en cuyo lugar he de ponerme, ¿es la voluntad del Señor que yo gaste mis medios de esa manera? ¿No es más bien su voluntad que mis medios se empleen de otro modo? 5. ¿Cómo puedo pasar por alto la clara palabra del Señor, que dice lo contrario, aun si los cuatro primeros puntos pudieran resolverse satisfactoriamente?
4 de marzo. Desde el 22 de febrero hasta hoy nuestras necesidades en las escuelas diurnas fueron suplidas por trece pequeños donativos y por un donativo de ocho libras de Q. Q. Hoy recibí quince libras. Cuando llegaron no había ni un penique disponible para las escuelas diurnas, mientras que dos días después se necesitaban unas siete libras. Este dinero vino de una distancia considerable, y de un hermano que nunca antes había ayudado en esta obra, con lo cual el Señor muestra de nuevo con cuánta facilidad puede levantar nuevos colaboradores.
Para aliento de los creyentes que son probados por tener parientes y amigos no convertidos, relataré la siguiente circunstancia, cuya veracidad me consta.
El barón von K., que residía en mi propio país, el reino de Prusia, había sido durante muchos años discípulo del Señor Jesús. Ya hacia el comienzo de este siglo, cuando una oscuridad casi universal, o incluso la incredulidad abierta, se extendía por todo el continente europeo, él conocía al Señor Jesús; y cuando, hacia el año 1806, hubo la mayor angustia en Silesia entre muchos miles de tejedores, este bendito hombre de Dios dio el siguiente paso de gracia por su Señor y Maestro. Como los tejedores no tenían empleo, pues casi todo el continente se hallaba en un estado de agitación a causa de la carrera de Napoleón, le pareció que era la voluntad del Señor que empleara su muy considerable fortuna en proporcionar trabajo a estos pobres tejedores, a fin de salvarlos de la miseria más extrema, aunque al hacerlo no solo no había perspectiva de ganancia, sino la perspectiva segura de una pérdida inmensa. Así que dio empleo a unos seis mil tejedores. Pero no se contentó con esto. Mientras les daba el pan que perece, procuraba también ministrar a las almas de estos tejedores. Con ese fin procuró poner a creyentes como capataces de esta inmensa empresa textil, y no solo se ocupó de que los tejedores fueran instruidos en las cosas espirituales, sino que él mismo también les presentaba la verdad. Así continuó durante bastante tiempo, hasta que al fin, por la pérdida de la mayor parte de su fortuna, se vio obligado a pensar en abandonarla. Pero para entonces este precioso acto de misericordia se había ganado de tal modo la estima del gobierno que este lo tomó a su cargo y lo mantuvo hasta que cambiaron los tiempos. Sin embargo, el barón von K. fue nombrado director de toda la empresa mientras existió.
Este querido hombre de Dios no se contentó con esto. Viajó por muchos países para visitar las cárceles, con el fin de mejorar la condición material y espiritual de los presos, y entre todas las demás cosas que procuraba hacer para el Señor estaba también esta en particular: ayudaba a estudiantes pobres mientras estaban en la universidad de Berlín, especialmente a los que estudiaban teología, como se la llama, para tener acceso a ellos y ganarlos para el Señor. Un día, un joven de gran talento, cuyo padre vivía en Breslau, donde también hay una universidad, oyó hablar de la bondad del anciano barón para con los estudiantes, y por eso le escribió pidiéndole que lo ayudara, pues su propio padre apenas podía seguir manteniéndolo, ya que tenía otros hijos que sostener. Poco después el joven T. recibió una respuesta muy amable del barón, invitándolo a venir a Berlín; pero, antes de que llegara esta carta, el joven estudiante había oído que el barón von K. era un pietista o místico, como se llama con desprecio en Alemania a los verdaderos creyentes; y como el joven T. era de una disposición sumamente filosófica, que razonaba sobre todo, ponía en duda la verdad de la revelación y aun, del modo más escéptico, la existencia de Dios, le desagradaba mucho la perspectiva de ir a casa del viejo barón. Con todo, pensó que no perdía nada con probar, y que, si no le gustaba, no estaba obligado a seguir relacionado con él. Llegó a Berlín un día en que había una gran revista de tropas y, lleno de aquello, empezó a hablar de ello con el mayordomo del barón. Sin embargo, el mayordomo, que era creyente, llevó la conversación hacia las cosas espirituales antes de que el joven estudiante se diera cuenta; y aun así no podía decir que lo hubiera hecho a la fuerza. El estudiante sacó otro tema, y luego un tercero, pero siempre volvía pronto a las cosas espirituales.
Por fin llegó el barón, que recibió al joven T. de la manera más afectuosa y familiar, como si fuera su igual, y como si fuera el joven T. quien le hacía un favor a él, y no el barón quien lo favorecía. El barón le ofreció una habitación en su propia casa y un lugar en su propia mesa mientras estudiara en Berlín, y el joven T. lo aceptó. Desde entonces procuró por todos los medios tratar al joven estudiante con la mayor bondad y afecto, servirle en todo lo posible y mostrarle el poder del evangelio en su propia vida, sin discutir con él, y aun sin hablarle directamente de su alma. Porque, al descubrir en el joven T. una mente sumamente razonadora y escéptica, evitaba de todas las maneras posibles entrar en discusión con él, mientras el joven estudiante se decía una y otra vez: «Ojalá pudiera meterme en una discusión con este viejo necio; ya le mostraría yo su necedad». Pero el barón lo evitaba. Cuando el joven estudiante volvía a casa por la noche y el barón lo oía llegar, él mismo salía a su encuentro al entrar en la casa, le encendía la vela, lo atendía y le servía en todo lo que podía, hasta el punto de traerle el sacabotas y ayudarle a quitarse las botas. Así continuó durante algún tiempo este humilde y anciano discípulo, mientras el joven estudiante seguía buscando una ocasión para discutir con él, aunque se preguntaba con asombro cómo podía el barón servirle de ese modo. Una noche, al volver el joven T. a la casa del barón, cuando este se hacía su sirviente como de costumbre, ya no pudo contenerse más, y estalló así: «Barón, ¿cómo puede hacer todo esto? Ya ve que no siento ningún aprecio por su persona; ¿cómo es capaz de seguir siendo tan bondadoso conmigo y de servirme así?». El barón respondió: «Mi querido joven amigo, lo he aprendido del Señor Jesús. Me gustaría que leyeras todo el Evangelio de Juan. Buenas noches». El estudiante, entonces, por primera vez en su vida, se sentó y leyó la palabra de Dios con ánimo dispuesto a aprender, cuando hasta entonces nunca había leído las Sagradas Escrituras sino con el deseo de hallar argumentos contra ellas. Plugo a Dios bendecirlo. Desde aquel momento se hizo él mismo seguidor del Señor Jesús, y lo ha sido desde entonces.
7 de mayo. Recientemente le ha placido al Señor enseñarme una verdad, sin que mediara instrumento humano alguno, hasta donde sé, cuyo beneficio no he perdido, aunque ahora, mientras preparo la quinta edición para la imprenta, han pasado ya más de catorce años. El punto es este: vi con más claridad que nunca que el primer y principal asunto del que debía ocuparme cada día era tener mi alma feliz en el Señor. Lo primero que debía preocuparme no era cuánto podría servir al Señor, ni cómo podría glorificar al Señor, sino cómo podría llevar mi alma a un estado feliz y cómo podría nutrirse mi hombre interior. Porque podía procurar presentar la verdad a los no convertidos, podía procurar beneficiar a los creyentes, podía procurar aliviar a los afligidos, podía procurar de otras maneras conducirme como conviene a un hijo de Dios en este mundo; y, sin embargo, al no estar feliz en el Señor, y al no ser nutrido y fortalecido en mi hombre interior día tras día, todo esto podría no hacerse con el espíritu debido. Antes de este tiempo mi costumbre había sido, al menos durante los diez años anteriores, entregarme habitualmente a la oración después de vestirme por la mañana. Ahora vi que lo más importante que tenía que hacer era entregarme a la lectura de la palabra de Dios y a la meditación en ella, para que así mi corazón fuera consolado, animado, advertido, reprendido e instruido; y para que así, por medio de la palabra de Dios, mientras meditaba en ella, mi corazón fuera llevado a una comunión vivida con el Señor.
Comencé, pues, a meditar en el Nuevo Testamento desde el principio, temprano por la mañana. Lo primero que hacía, después de pedir en pocas palabras la bendición del Señor sobre su preciosa palabra, era empezar a meditar en la palabra de Dios, escudriñando, por así decirlo, cada versículo para sacar de él bendición; no por causa del ministerio público de la palabra, no por causa de predicar sobre lo que había meditado, sino para obtener alimento para mi propia alma. El resultado que he hallado ha sido casi invariablemente este: que al cabo de muy pocos minutos mi alma ha sido llevada a la confesión, o a la acción de gracias, o a la intercesión, o a la súplica; de modo que, aunque no me entregaba, por así decirlo, a la oración, sino a la meditación, esta se convertía casi de inmediato, en mayor o menor grado, en oración. Cuando he estado así un rato confesando, o intercediendo, o suplicando, o dando gracias, paso a las palabras o al versículo siguientes, convirtiéndolo todo, a medida que avanzo, en oración por mí mismo o por otros, según la palabra me lleve a ello, pero teniendo siempre presente que el objeto de mi meditación es el alimento para mi propia alma. El resultado de esto es que siempre hay bastante confesión, acción de gracias, súplica o intercesión mezclada con mi meditación, y que mi hombre interior casi invariablemente es nutrido y fortalecido, aun de manera perceptible, y que a la hora del desayuno, salvo raras excepciones, me encuentro en un estado de corazón apacible, si no feliz. Así también le place al Señor comunicarme aquello que, muy pronto después o más adelante, he hallado que se convierte en alimento para otros creyentes, aunque no era por causa del ministerio público de la palabra que me entregaba a la meditación, sino para provecho de mi propio hombre interior.
Con este método he combinado también el estar al aire libre durante una hora, una hora y media o dos horas antes del desayuno, caminando por los campos, y en verano sentándome un poco en los escalones de las cercas, si me resulta demasiado caminar todo el tiempo. Encuentro muy beneficioso para mi salud caminar así para meditar antes del desayuno, y ahora estoy tan acostumbrado a usar ese tiempo con ese fin que, cuando salgo al aire libre, por lo general saco un Nuevo Testamento de letra grande, que llevo conmigo con ese propósito, además de mi Biblia; y encuentro que puedo emplear provechosamente mi tiempo al aire libre, cosa que antes no ocurría, por falta de costumbre. Solía considerar una pérdida el tiempo que pasaba caminando, pero ahora lo encuentro muy provechoso, no solo para mi cuerpo, sino también para mi alma. El salir a caminar antes del desayuno, por supuesto, no está necesariamente ligado a este asunto, y cada uno ha de juzgar según sus fuerzas y sus demás circunstancias.
La diferencia, pues, entre mi práctica anterior y la actual es esta: antes, al levantarme, comenzaba a orar lo antes posible, y por lo general pasaba todo el tiempo hasta el desayuno en oración, o casi todo. En todo caso, casi invariablemente comenzaba con la oración, salvo cuando sentía mi alma más árida que de costumbre, en cuyo caso leía la palabra de Dios para alimentarme, o para refrescarme, o para que mi hombre interior fuera avivado y renovado, antes de entregarme a la oración. Pero ¿cuál era el resultado? A menudo pasaba un cuarto de hora, o media hora, o incluso una hora, de rodillas, antes de tener conciencia de haber recibido consuelo, aliento, humillación del alma, etc.; y a menudo, después de haber sufrido mucho por la distracción de la mente durante los primeros diez minutos, o un cuarto de hora, o incluso media hora, solo entonces empezaba realmente a orar. Ahora casi nunca sufro de esa manera. Porque, estando mi corazón nutrido por la verdad y llevado a una comunión vivida con Dios, hablo a mi Padre y a mi Amigo (vil como soy, e indigno de ello) acerca de las cosas que él ha puesto delante de mí en su preciosa palabra. A menudo me asombra ahora no haber visto antes este punto. Nunca leí acerca de ello en ningún libro. Ningún ministerio público me presentó el asunto. Ninguna conversación privada con un hermano me movió a ello. Y, sin embargo, ahora que Dios me ha enseñado este punto, me resulta tan claro como cualquier cosa que lo primero que el hijo de Dios ha de hacer mañana tras mañana es obtener alimento para su hombre interior. Así como el hombre exterior no está en condiciones de trabajar por mucho tiempo si no tomamos alimento, y esta es una de las primeras cosas que hacemos por la mañana, así debería ser con el hombre interior. Debemos tomar alimento para él, como todos han de admitir. Ahora bien, ¿cuál es el alimento del hombre interior? No la oración, sino la palabra de Dios; y aquí, de nuevo, no la simple lectura de la palabra de Dios, de modo que solo pase por nuestra mente como el agua corre por una tubería, sino considerando lo que leemos, meditándolo y aplicándolo a nuestro corazón. Cuando oramos, hablamos a Dios. Ahora bien, la oración, para sostenerse durante algún tiempo de otro modo que no sea formal, requiere, en términos generales, cierta medida de fuerza o de deseo piadoso; y, por tanto, el momento en que este ejercicio del alma puede realizarse con más eficacia es después de que el hombre interior ha sido nutrido por la meditación en la palabra de Dios, donde hallamos a nuestro Padre hablándonos para animarnos, consolarnos, instruirnos, humillarnos y reprendernos. Por eso podemos meditar con provecho, con la bendición de Dios, por muy débiles que estemos espiritualmente; más aún, cuanto más débiles somos, más necesitamos la meditación para fortalecer nuestro hombre interior. Así hay mucho menos que temer de la distracción de la mente que si nos entregamos a la oración sin haber tenido antes tiempo para meditar. Me detengo tan particularmente en este punto por el inmenso provecho y refrigerio espiritual que tengo conciencia de haber recibido yo mismo de ello, y ruego afectuosa y solemnemente a todos mis hermanos en la fe que mediten en este asunto. Por la bendición de Dios, atribuyo a este método la ayuda y la fuerza que he recibido de Dios para atravesar en paz pruebas más profundas, de diversas maneras, que las que jamás había tenido antes; y, después de haber probado este camino durante más de catorce años, puedo recomendarlo plenamente, en el temor de Dios. Además de esto, por lo general leo, después de la oración familiar, porciones más extensas de la palabra de Dios, y entonces sigo con mi costumbre de leer con regularidad las Sagradas Escrituras de forma continuada, unas veces en el Nuevo Testamento y otras en el Antiguo, y desde hace más de veintiséis años he comprobado lo bienaventurado que es. También dedico, ya sea entonces o en otros momentos del día, un tiempo más especialmente a la oración.
¡Qué diferente es cuando el alma ha sido refrescada y hecha feliz temprano por la mañana, de cuando el servicio, las pruebas y las tentaciones del día le sobrevienen a uno sin preparación espiritual!
1 de octubre. Cuando de nuevo no tenía ni un penique disponible para las necesidades de este día, me trajeron esta mañana diez chelines para los huérfanos, que habían sido enviados desde Kensington. En el papel que envolvía el dinero estaba escrito: «Vuestro Padre celestial sabe que tenéis necesidad de estas cosas». «Confía en el Señor». Esta palabra de nuestro Señor vale para mí más que muchos billetes de banco. Unos cinco minutos después recibí diez libras de una hermana irlandesa, por medio de su banquero en Londres. Menciono aquí, como un punto digno de especial atención, que, después de que la temporada de relativa abundancia terminara en septiembre, el Señor no permitió de inmediato que fuéramos probados tan duramente como lo fuimos después. De la misma manera suave nos trató tres años antes, cuando comenzaron por primera vez las pruebas de fe en esta parte de la obra.
2 de noviembre. En un tiempo de la mayor pobreza, una señora de Birmingham envió una libra. Como media hora después recibí diez libras de un hermano que había ahorrado ciento cincuenta libras y las había depositado en una caja de ahorros, pero que ahora ve que dedicar este dinero a promover la obra de Dios redunda más en la gloria del nombre de Jesús que guardarlo en la caja de ahorros con intereses para un tiempo de enfermedad o de vejez; porque está seguro de que, si llegaran tales tiempos, el mismo Señor que hasta ahora ha cuidado de él mientras tenía salud y fuerzas y podía trabajar, cuidará también de él entonces. El mismo hermano me dio tres libras hace quince días. Estas diez libras llegaron muy oportunamente; porque, aunque habíamos podido proveer para las necesidades absolutas de hoy, faltaban muchas cosas, sobre todo porque un muchacho está a punto de salir como aprendiz, y necesita herramientas y un ajuar.
13 de noviembre. Sábado. Esta mañana saqué un chelín de la caja de mi casa. Ese chelín era todo lo que había para la necesidad de hoy. ¡Detente, querido lector, unos momentos! Considera que hay más de cien personas a las que proveer de todo lo que necesitan; considera que no hay dinero disponible; y considera también que esto ocurre no una ni dos veces en el curso del año, sino con mucha frecuencia. ¿No es precioso, en tales circunstancias, tener al Dios vivo como un padre a quien acudir, que siempre puede y siempre quiere ayudar, según realmente se necesite? Y a este privilegio tiene derecho todo el que cree en el Señor Jesús, pues como tal es hijo de Dios. Gálatas 3:26. Porque, aunque no todos los creyentes en el Señor Jesús son llamados a fundar casas de huérfanos, escuelas para niños pobres, etc., y a confiar en Dios para los medios, todos los creyentes, según la voluntad de Dios para con ellos en Cristo Jesús, pueden y deben echar toda su ansiedad sobre aquel que tiene cuidado de ellos, y no necesitan estar afanosos por nada, como se ve claramente en 1 Pedro 5:7, Filipenses 4:6 y Mateo 6:25-34. En estas circunstancias de necesidad, se vendió un reloj de plata que apenas ayer por la tarde había pasado a ser propiedad del fondo de los huérfanos, con lo cual pudimos hacer frente a los gastos de hoy. El carbón casi se ha acabado en cada una de las casas. Todos los artículos de provisión, etc., están también muy reducidos. Verdaderamente somos pobrísimos; con todo, tenemos las provisiones necesarias hasta el lunes por la mañana, y así llegamos al final de otra semana. Esta tarde todos los obreros se reunieron para orar.
14 de noviembre. Cuando nos reunimos de nuevo esta tarde para orar, tuvimos motivo para alabar, porque el Señor había enviado medios. Esta mañana se me dieron cinco libras, y habían entrado seis chelines por la venta de artículos.
15 de noviembre. El viernes pasado el hermano Craik y yo tuvimos una reunión para personas interesadas y candidatos a la comunión. Vimos a ocho, y tuvimos que despedir a diez a quienes no pudimos atender, pues nuestras fuerzas se habían agotado del todo después de ver a los ocho, uno tras otro. Esta noche vimos a siete, y tuvimos que despedir a tres.
16 de noviembre. Estos últimos cuatro días nos hemos reunido a diario para orar, pues no hay medios para pagar a los maestros de las escuelas diurnas. Además, necesitamos una estufa en una de las aulas, y también algunas Biblias y tratados. Hoy recibí dos libras de un hermano de Exmouth.
9 de diciembre. Hemos llegado ahora al final del sexto año de esta parte de la obra, teniendo en caja solo el dinero apartado para el alquiler; pero durante todo este año se nos ha provisto de todo lo necesario.
Durante los tres últimos años habíamos cerrado las cuentas en este día y, pocos días después, habíamos celebrado algunas reuniones públicas en las que, para beneficio de los oyentes, contábamos cómo nos había tratado el Señor durante el año, y la sustancia de lo dicho en esas reuniones se imprimía después para beneficio de la iglesia en general. Esta vez, sin embargo, nos pareció mejor aplazar por un tiempo tanto las reuniones públicas como la publicación del Informe. Por la gracia habíamos aprendido a apoyarnos solo en el Señor, seguros de que, aunque nunca volviéramos a decir ni a escribir una sola palabra más sobre esta obra, se nos seguirían supliendo los medios mientras él nos capacitara para depender solo de él. Pero aunque ni habíamos celebrado aquellas reuniones públicas con el propósito de exponer nuestra necesidad, ni habíamos publicado el relato de los tratos del Señor con nosotros para influir así en los sentimientos de los lectores e inducirlos a dar dinero, sino solo para que nuestra experiencia beneficiara a otros santos, a algunos podría haberles parecido que, al dar a conocer nuestras circunstancias, nos movían motivos de esa clase. ¿Qué mejor prueba, pues, podíamos dar de que dependíamos solo del Dios vivo, y no de reuniones públicas ni de informes impresos, que el hecho de que, en medio de nuestra profunda pobreza, en lugar de alegrarnos de que hubiera llegado el momento en que podíamos dar a conocer nuestras circunstancias, siguiéramos todavía en silencio durante algún tiempo más, sin decir nada? Por eso decidimos, puesto que en esta obra procurábamos y seguimos procurando actuar para provecho de los santos en general, aplazar por unos meses tanto las reuniones públicas como los Informes. Naturalmente, por supuesto, nos habría alegrado tanto como a cualquiera exponer nuestra pobreza en aquel momento; pero espiritualmente fuimos capacitados para deleitarnos aun entonces en la perspectiva del mayor beneficio que la iglesia en general podría obtener de nuestra manera de actuar.
Capítulo 16 completado
La fe fortalecida por el ejercicio