Capítulo 11 · 7 min de lectura
Nuestra respuesta
¡La prioridad de Dios es la prioridad de Satanás!
¡De esto podemos estar seguros! Cualesquiera que sean los propósitos de Dios para la humanidad, Satanás hará todo lo posible por estorbar esa obra. Si el deseo del Señor es que los creyentes vivan en unidad, el enemigo trabaja con enorme empeño para impedir tal unidad.
Al estudiar la Biblia resulta muy evidente que las relaciones ocupan un lugar prioritario para Dios. Él nos creó para sí mismo y para los unos con los otros. De principio a fin, la Biblia pone de relieve la relación: la del hombre con Dios y la del hombre con su prójimo.
En Génesis, Dios creó al hombre a su propia imagen, para que tuvieran comunión juntos (1 Juan 1:3). Luego, para el hombre, creó a la mujer, porque «no es bueno que el hombre esté solo» (Génesis 2:18).
Más adelante, escogió a un hombre del cual saldría una nación especial. Se llamó a sí mismo «el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob», haciéndose Padre y esposo de sus descendientes.
Satanás hizo todo cuanto pudo por romper estas relaciones, ¡con mucha ayuda de los propios hombres! Ten por seguro que hoy sigue trabajando frenéticamente para apartar a los hombres de Dios, para deshacer familias y para destruir a los judíos.
El Antiguo Testamento termina con una promesa maravillosa acerca de las relaciones: «Él hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición» (Malaquías 4:6).
El énfasis del Nuevo Testamento es el mismo que el del Antiguo, con la responsabilidad añadida, para los creyentes, de permanecer en unidad como fundamento de su testimonio.
Secciones enteras del Nuevo Testamento subrayan esta verdad, y culminan con la invitación del último capítulo: «El Espíritu y la Esposa dicen: “¡Ven!”» (Apocalipsis 22:17). «Esposa», al igual que «Cuerpo», ¡es una palabra de relación!
Heridas disfuncionales Si el Señor quisiera hacer madurar a un hombre o a una mujer hasta convertirlo en un poderoso guerrero, eficaz en la batalla contra el mal, el enemigo intentará «lisiar» a ese soldado incluso antes de que ingrese en el ejército como cadete.
Satanás no es omnisciente y, por tanto, no conoce tu futuro. Tampoco es omnipresente, para luchar contigo en cada momento, de modo que debe emplear tácticas de «guerrilla» en la contienda, y sus soldados (los demonios) actúan con una política de «acertar o fallar». Los «aciertos» evidentes se ven en la alta proporción de personas que se clasifican como provenientes de familias «disfuncionales».
Los consejeros, tanto seculares como cristianos, dedican muchas horas a intentar enseñar a la gente cómo lidiar con sus heridas, con su disfunción. Esperan llevar a sus pacientes a un lugar de «mantenimiento», donde aprendan a usar con eficacia las «muletas» que los consejeros les ofrecen. Por ejemplo, la meta de Alcohólicos Anónimos es capacitar a sus miembros para mantener su sobriedad, más que llevarlos a la sanidad.
Lamentablemente, muchos consejeros cristianos han adoptado métodos y herramientas mundanas para tratar estas heridas, y rara vez conducen a su gente al lugar de sanidad que Jesús obtuvo en la cruz. «Por su llaga fuimos nosotros curados» (Isaías 53:5).
Las artimañas de Satanás hieren a muchos que ni siquiera llegarán a entrar en el ejército contra él, pues nunca se acogerán a la salvación que se les ofrece en Cristo. Sin embargo, cuando alguien es reconocido como parte del Cuerpo de Cristo, entonces Satanás concentra sus esfuerzos en esa persona, sobre todo si comienza a pasar a la ofensiva contra él.
El ministerio de la reconciliación Jesús vino a derrotar el poder de Satanás en la vida de los hombres. En Él, nuestra nueva relación debería manifestarse en nuestra unidad como creyentes: como un solo Cuerpo. Satanás no tiene poder para destruir esta unidad ni estas relaciones, pero por causa de la ignorancia, la carnalidad y las heridas malsanas de nuestras almas, le hemos entregado fortalezas.
¿Qué podemos hacer para corregir esta situación? ¡Por supuesto, podemos orar! Después de todo, sin la ayuda y la guía del Espíritu Santo, ¡nada podemos hacer! No obstante, debemos comprender que el Padre rara vez responderá la oración en aquellas áreas donde ya nos ha dado la autoridad y la responsabilidad. La responsabilidad de la reconciliación entre las personas ya no es suya, es nuestra. «Y todo esto proviene de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de la reconciliación; esto es, que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo, no imputándoles sus pecados, y encargándonos a nosotros la palabra de la reconciliación» (2 Corintios 5:18-19).
Necesitamos enfrentar nuestras ofensas, procurar comprender nuestras «heridas» y emplear principios bíblicos para alcanzar sanidad, restauración y reconciliación. Si estás herido, confío en que esta parte del libro te brinde alguna ayuda para llevarte a un lugar de plenitud en Cristo, sabiendo, como lo supo David, que «Él restaura mi alma» (Salmo 23:3), y que aquellos «a quienes el Hijo liberta, son verdaderamente libres» (Juan 8:36).
La oveja ofendida A quienes son consejeros, ancianos o pastores, os encargo que este es vuestro ministerio. Un pasaje de la Escritura que me desafía profundamente como pastor y consejero se encuentra en Mateo 18. Todo el contexto de este capítulo trata de la ofensa, la restauración, la reconciliación y el perdón.
Me interpela de manera especial el relato de Mateo sobre la parábola del pastor y las cien ovejas, donde está escrito: «Si un hombre tiene cien ovejas, y una de ellas se descarría, ¿no deja las noventa y nueve en los montes y va a buscar la que se ha descarriado? Y si acontece que la halla, de cierto os digo que se goza más por aquella que por las noventa y nueve que no se descarriaron» (Mateo 18:12-14).
Es una oveja la que ha dejado el redil, no un cabrito. En el Nuevo Testamento, a los creyentes se les suele llamar «ovejas», mientras que la palabra «cabrito» se usa para los no creyentes.
Esta escena representa al creyente que ha sido ofendido y ha salido de la iglesia, quizá con un poco de veneno dispuesto a esparcirse hacia todo aquel que quiera escuchar. A todos nos ha sucedido esto en nuestras congregaciones, y muy a menudo nos vemos tentados a frotarnos las manos diciendo: «¡Vaya alivio! ¡Era un hombre tan insoportable!». En cambio, se nos exhorta a ir tras aquella oveja, procurando comprenderla y ministrarla sin condenación, confiando en que el Señor traerá una reconciliación y una restauración. ¡Si lo hiciéramos, quizá tendríamos muchos menos «hombres insoportables» en nuestra iglesia!
A veces la oveja se marcha sintiéndose profundamente herida. Recuerdo a una joven que vino a mí, hondamente lastimada porque los líderes de su «ministerio» la habían disciplinado, tras recibir algunos informes desfavorables acerca de ella; sin embargo, nadie quería decirle qué decían esos informes. Fui a ver a sus líderes, y su juez principal me dijo que la estaban «dejando cocerse en su propia salsa para darle una lección». Le dije a aquel líder, que se consideraba pastor, que no tenemos permiso para tratar así a las ovejas.
«Si una oveja queda atrapada en un zarzal, debo arrastrarme dentro para liberarla, aunque me arañe con las espinas y posiblemente me muerda la oveja dolorida. Luego derramo aceite y vino y vendo sus heridas, antes de soltar a la oveja con la advertencia de no volver a meterse en un zarzal. Si oigo de nuevo su balido y veo a la oveja en otro matorral poco después, repito el proceso. Esto continúa con más advertencias y el posible uso de una correa, pero jamás puedo quedarme fuera del zarzal, agitar el dedo y decir: “¡Bien merecido lo tienes!
¡Cuécete en tu propia salsa!”. ¡El Gran Pastor no me dio semejante permiso cuando me llamó a servir como subpastor!».
Aquella joven fue expulsada de aquel ministerio, ¡aunque yo les había demostrado claramente a sus líderes que los informes en su contra se basaban en una mentira! ¡Con razón quedó tan malamente herida y necesitó una prolongada consejería profesional!