Capítulo 12 · 13 min de lectura

La llave de la liberación

Gran parte de la consejería que ejerzo consiste en ayudar a las personas a lidiar con sus ofensas. ¡Cuántas horas se ahorrarían si conocieran su responsabilidad personal y actuaran conforme a los principios bíblicos!

Soy de la opinión de que una de las principales estratagemas que el enemigo usa para estorbarnos en la batalla es la enorme cantidad de horas que los pastores (especialmente en Norteamérica) dedican a atender asuntos de consejería que los creyentes podrían resolver por sí mismos si fueran más diligentes en el estudio de la Palabra.

La función de un pastor debería ser eliminar la mayoría de las necesidades de consejería de su gente, enseñándoles los principios bíblicos. Es su función, como pastor, conducirlas a ‘delicados pastos’ donde las ovejas se alimentan por sí mismas; sin embargo, hemos llegado al punto en que las ovejas todavía necesitan que se les dé el biberón (que se las aconseje) cada vez que surge una ‘¡crisis!’ Satanás ha despojado a la iglesia de muchos de sus pastores al recargarlos con ‘necesidades’ de consejería.

Una analogía natural es que, si comemos y hacemos ejercicio adecuadamente, nos mantendremos en buena salud; sin embargo, uno reconoce que habrá momentos, ya sea por un accidente o por una enfermedad crónica, en que se necesita la ayuda de otro. Cuando hay heridas terribles y el paciente queda incapacitado de algún modo, se agradecen la empatía, el consuelo y la ayuda de otro. Lo mismo ocurre con las heridas espirituales.

Hay muchos libros cristianos en el mercado que tratan de las heridas del alma. Hablan de ‘sanar los recuerdos’ de familias disfuncionales y de la codependencia. Muchos de ellos son muy buenos y han brindado gran ayuda a personas que buscan una nueva perspectiva de la vida y de sí mismas. El programa de ‘doce pasos’ de Alcohólicos Anónimos se ha convertido en la base de gran parte de esta enseñanza, con el objetivo de llevar a la persona herida a un lugar de ‘mantenimiento.’ Así logran manejar su problema de manera práctica, mediante el uso de grupos de apoyo, consejería continua y planes prescritos o una ‘fórmula’ de acción. Cada día tienen una receta para ‘caminar’ hacia su sanidad. He usado estos libros y sigo usándolos en parte. Lo que me inquieta de la mayoría de ellos es que pocos mencionan el efecto liberador del perdón.

No creo que la intención del Señor sea llevar a su pueblo herido al ‘mantenimiento,’ sino que desea restaurar sus almas y traerles sanidad. El propósito principal de este libro es enseñar cómo podemos ser liberados de la esclavitud de nuestras heridas, para que seamos lo más eficaces posible en la guerra contra nuestro enemigo, Satanás. La llave de la sanidad se encuentra en el perdón.

Las llaves del reino → Mateo 16:19 Durante tres años los discípulos habían caminado con el Señor por las regiones de Judea, Samaria y Galilea. Lo habían visto realizar muchos milagros y lo habían oído enseñar a las multitudes, pero rara vez se había sentado simplemente a conversar con ellos. Ahora, tras un tiempo muy ajetreado, los conduce al extremo norte del país, a las regiones cercanas a Cesarea de Filipo, en las faldas del monte Hermón. Mientras caminan, el maestro se vuelve hacia sus discípulos y les hace dos preguntas.

La primera pregunta tiene que ver con la opinión que la gente tiene de Jesús, mientras que la segunda tiene que ver con la opinión que los discípulos tienen de Jesús.

Después de que los discípulos responden a la primera pregunta, Él se vuelve nuevamente hacia ellos y pregunta: “Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?” (Mateo 16:15). ¿Habían llegado a comprender que Jesús era más que un buen hombre o un hacedor de milagros?

Simón Pedro respondió: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente.” Y Jesús le respondió: “Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos. Y yo te digo que tú eres Pedro, y sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. Y a ti te daré las llaves del reino de los cielos, y todo lo que atares en la tierra será atado en los cielos, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en los cielos” (Mateo 16:16-19).

Durante siglos, la Iglesia Católica Romana enseñó que este es el mandato dado a todos los papas, como sucesores de Pedro, la cabeza de la iglesia, para excomulgar a reyes, países y pueblos que no apoyan sus edictos, o para conceder indulgencias.

¿No sería maravilloso que tuvieras la llave del reino para tus seres queridos? ¿Para tu cónyuge? ¿Para tu hijo no salvo? ¿Para tus padres? ¡Si tan solo pudieras abrirles el camino a la vida eterna! Pues bien, ¡creo que tenemos esa posibilidad!

Es cierto que muchos están siendo apartados del gozo de ver y entrar en el reino por nuestra incapacidad de ser los testigos que deberíamos ser. Gran parte de esa incapacidad está en nuestras actitudes de falta de perdón. ¡Hay muchos padres hoy que oran, con lágrimas, por su hijo descarriado, sin darse cuenta de que la falta de perdón que albergan contra ese hijo es el mayor impedimento para que Dios responda la oración!

¿Qué quiso decir Jesús con la última parte del versículo anterior? Me han dado muchas explicaciones, desde la ‘autoridad’ de los papas hasta la ‘liberación de lo demoníaco,’ pero no veo ninguna de las dos aquí.

Es buena exégesis, al considerar un versículo oscuro, buscar versículos paralelos, particularmente del mismo autor. En este caso, no tenemos que ir muy lejos, pues apenas dos capítulos más adelante, Mateo lo escribe de nuevo.

“De cierto os digo que todo lo que atares en la tierra será atado en el cielo, y todo lo que desatares en la tierra será desatado en el cielo” (Mateo 18:18).

Esta vez el Señor está hablando a todos los discípulos, no solo a Pedro. Si las llaves fueron dadas para desatar y atar (¡un uso común de las llaves!), entonces fueron dadas a todos los discípulos, ¡incluidos tú y yo!

Un segundo principio de buena exégesis es estudiar el contexto, así que consideraremos lo que el Señor estaba enseñando en el resto de Mateo 18. Pronto vemos que todo el capítulo trata de la restauración, la reconciliación y el perdón. Las pequeñas escenas hablan de ser como niños, sin engaño y sin guardar amargura; tales creyentes no ofenden ni hieren, y debemos tener cuidado de no causarles ofensa ni heridas.

Lo segundo que noto es que si alguien es herido o lastimado y, como resultado, se marcha, un buen pastor dejará a los demás para restaurar a esa ‘oveja’ al redil. Nótese de nuevo que la historia trata de ‘ovejas’ y no de ‘cabritos.’ Trata de creyentes, no de los ‘perdidos.’ Cuántas veces, cuando una ‘persona problemática’ deja la iglesia, nos lavamos las manos diciendo: “¡qué alivio que se fue!” Lo que Dios exige de los pastores siervos, y del resto de las ovejas, es que busquemos su restauración, no su exclusión de la comunión.

“Si tu hermano peca contra ti, has de ir a él, primero en privado, con el único propósito de buscar entendimiento y reconciliación” (Mateo 18:15). Nótese la palabra “peca.” Con demasiada frecuencia nos vamos cuando somos ofendidos, lo cual, a su vez, crea una ofensa aún mayor. No tenemos tal mandato de ir a ellos cuando somos ofendidos, sino solo cuando se peca contra nosotros. La única excepción sería cuando el pastor o los ancianos de la iglesia consideran necesario acercarse a alguien que creen que es constantemente causa de ofensa, o que ha pecado contra otros. En ese caso, el propósito de acercarse a ellos es siempre la reconciliación.

Cuando Jesús está dando la enseñanza de Mateo 18:18-20, a Pedro le surge una pregunta y le pregunta al Señor cuántas veces debe perdonar. “¿Hasta siete veces?” (Mateo 18:22). Pedro probablemente pensó que su pregunta iba a ser acertada, pero el Señor la usó para recalcar que el perdón ha de ser ilimitado.

El amor exige que perdonemos siempre.

Todo el contexto del capítulo 18 tiene que ver con la restauración, la reconciliación y el perdón, todo ello sin causar ofensa uno mismo… ¡el tema de este libro!

Juan 20:23 Este versículo es otro paralelo a los dos anteriores, aunque fue escrito por Juan en Juan 20:23.

En este versículo, los discípulos están todos en una habitación cerrada porque temen que los líderes judíos pronto vengan a apresarlos, tal como habían apresado a su Señor. Sus emociones están a flor de piel, y algunos de los presentes afirmaban haber visto al Señor, ¡resucitado de entre los muertos! Corría el relato de que Jesús se había aparecido a Pedro y a María Magdalena, así como a otros dos en el camino de Emaús. Otros no creerían a menos que también vieran al Señor resucitado.

De repente, aunque las puertas estaban cerradas, ¡Jesús se puso en medio de ellos! Dijo: “¡Paz a vosotros! Como me envió el Padre, así también yo os envío… recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:21-22).

El tiempo griego de “recibid” es el imperativo aoristo, que siempre exige una respuesta inmediata. En ese momento, los discípulos recibieron su nueva vida en el Espíritu. Luego, más adelante, en el día de Pentecostés, recibirían su plenitud para ser capacitados para el servicio. ¡Se les había dado una nueva autoridad! “A quienes remitiereis los pecados, les son remitidos; y a quienes se los retuviereis, les son retenidos” (Juan 20:23). Permítanme parafrasear: “Aquellos a quienes desatas (liberas) quedan desatados; aquellos a quienes atas, quedan atados.”

“¿Quién puede perdonar pecados, sino sólo Dios?” (Marcos 2:7) preguntaron los fariseos. En cierto sentido tenían razón, porque el mandato que el Señor nos da no ‘perdona’ los pecados en la misma medida que su perdón. Cuando Él perdona, es “cuan lejos está el oriente del occidente, hasta las profundidades del mar, para no acordarse de ellos nunca más” (Salmo 103:12). Tú y yo no podemos hacer eso, ni con nuestros propios pecados, mucho menos con los de otro. Los únicos pecados que podemos ‘perdonar’ son los cometidos contra nosotros mismos, pecados que probablemente han causado las heridas del alma que llevamos, por las cuales Satanás nos ha estorbado.

Quitando la barrera del pecado Si yo peco contra ti, también peco contra Dios. Inmediatamente, se levanta una barrera entre mi Señor y yo. Me resulta más difícil orar, la Palabra pierde su interés y la comunión no es tan dulce; ¡mi pecado se ha convertido en una nube sobre mi cabeza!

Hay dos maneras en que esa ‘nube’ puede ser quitada.

La primera es “confesar mi pecado, [porque] Él es fiel y justo para perdonarme mi pecado y limpiarme de toda maldad” (1 Juan 1:9). ¡Aleluya! He comprobado que esa promesa es verdadera.

Sin embargo, también he descubierto que el Señor tiene esta pequeña ‘costumbre’ de hablarme acerca del pecado. Después de haberme perdonado, susurra a mi alma: “Ahora, ve a tu hermano y pídele que te perdone. No solo deseo limpiarte del pecado, sino que quiero verte reconciliado.” ¡Su prioridad no es el perdón, es la reconciliación! La confesión no está completa a menos que produzca reconciliación. Esa no es responsabilidad suya, es mía, porque “Cristo nos reconcilió consigo mismo y nos dio el ministerio de la reconciliación” (2 Corintios 5:18-19).

La segunda manera en que mi ‘nube’ puede ser quitada, para que el cielo se me abra una vez más, es si tú la quitas mediante tu perdón. La versión Reina-Valera de la Biblia usa una palabra especial en su traducción de Juan 20:23, que dice: “A quienes remitiereis los pecados…” La palabra “remitir” habla de ‘dejar a un lado.’ Tú puedes remitir mi pecado, que fue cometido contra ti, y al hacerlo, abrirme el cielo. Al ‘dejar a un lado’ mi pecado, apartas la ‘nube,’ y queda abierto el camino para que el Padre me hable, tal como cuando busqué su perdón para mí mismo. ¡Él obrará de nuevo en mi corazón para producir nuestra reconciliación!

Puede que decidas perdonarme porque sabes que la Escritura lo exige, pero es esencial, si hemos de ser reconciliados, que también me desates del juicio de Dios sobre mí, buscando dejar a un lado la ‘nube’ de pecado que está sobre mí.

Siempre hablo de “perdón y liberación”; ¡deben predicarse juntos! Un buen ejemplo sería Esteban, el primer mártir. Acababa de ser nombrado líder en la iglesia primitiva cuando los líderes judíos lo apresaron y lo apedrearon hasta la muerte. Saulo de Tarso estaba allí presente, plenamente de acuerdo con lo que hacían, pues sentía un gran odio por estos seguidores de Jesús.

Al morir Esteban, clamó a gran voz: “¡Señor, no les tomes en cuenta este pecado!” (Hechos 7:60). No oró en su propio favor por valor, fuerza, ni siquiera por ser liberado, sino que más bien los liberó de su culpa.

Me pregunto: ¿habría llegado Saulo a ser el gran apóstol Pablo si Esteban no hubiera hecho esa oración? ¡Es mi convicción que él ‘abrió el cielo’ para Saulo! Jesús también hizo una oración semejante cuando clamó: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen” (Lucas 23:34) mientras moría por ti y por mí.

Un resultado maravilloso de liberar a otros es que ¡nosotros también quedamos liberados! Es como tener un caballo al extremo de una cuerda; podríamos decir que el caballo está atado mientras corre a nuestro alrededor en el corral; sin embargo, si el caballo decide salir al galope a través del campo enlodado, ¡vamos a ser arrastrados por el barro a menos que soltemos la cuerda!

Ese nudo que sientes en el estómago después de que alguien ha pecado contra ti es justamente como esa cuerda. Estás emocionalmente atado a quienes te hirieron. Ese dolor es parte de la herida que causaron. Aunque los hayas perdonado, el nudo está ahí cada vez que te encuentras con ellos o escuchas a alguien hablar de ellos.

¡Tú, y ellos, necesitan ser liberados!

Jesús en medio Es triste con cuánta frecuencia se cita Mateo 18:18-20 fuera de contexto. ¡Estos versículos se refieren al perdón, la liberación y la reconciliación, no a la presencia de Dios cuando varias personas se reúnen! Las promesas de Jesús dadas allí son para quienes buscan activamente reconciliarse.

“Otra vez os digo que, si dos de vosotros se pusieren de acuerdo en la tierra acerca de cualquier cosa que pidieren, les será hecho por mi Padre que está en los cielos. Porque donde están dos o tres congregados en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18:19-20). El énfasis aquí no está en su presencia, pues Él siempre está con cada uno de nosotros los creyentes, sino en su bendición para la reconciliación, ¡su prioridad!

¡Se nos ha dado una llave que abrirá el cielo para otros y que nos librará de las heridas, de las ataduras que han causado en nuestra alma! ¡Aprendamos a usar esa llave!

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