Capítulo 7 · 5 min de lectura
El poder de la Palabra de Dios
Por lo cual también nosotros damos gracias a Dios sin cesar, de que cuando recibisteis la palabra de Dios que oísteis de nosotros, la recibisteis no como palabra de hombres, sino según es en verdad, la palabra de Dios, la cual obra en vosotros los que creéis.” — 1 Tesalonicenses 2:13.
El valor de las palabras de un hombre depende de lo que yo sepa de aquel que habla. ¡Qué diferencia hay cuando un hombre me hace la promesa: te daré la mitad de todo lo que tengo, según que quien habla sea un pobre que posee un chelín, o un millonario que se ofrece a compartir conmigo su fortuna! Uno de los primeros requisitos para un estudio fructífero de la Biblia es el conocimiento de Dios como el Todopoderoso, y del poder de su palabra. El poder de la palabra de Dios es infinito. “Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos. Él dijo, y fue hecho; Él mandó, y existió” (Salmos 33:9). En la palabra de Dios obra su omnipotencia: tiene poder creador y llama a la existencia aquello mismo de lo cual habla.
La palabra del Dios vivo es una palabra viva que da vida. No solo puede llamar a la existencia, sino aun volver a dar vida a lo que está muerto.
Su poder vivificador puede levantar cuerpos muertos, y puede dar vida eterna a las almas muertas. Toda vida espiritual viene por ella, pues somos nacidos de simiente incorruptible por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre. Aquí yace, oculto para muchos, uno de los secretos más profundos de la bendición de la palabra de Dios: la fe en su energía creadora y vivificante. La palabra obrará en mí la disposición misma o la gracia que ella manda o promete. “Obra eficazmente en los que creen.” Nada puede resistir su poder cuando es recibida en el corazón por medio del Espíritu Santo. “Obra eficazmente en los que creen.” “La voz del Señor es con poder.”
Todo depende de aprender el arte de recibir esa palabra en el corazón. Y al aprender este arte, el primer paso es la fe en su vida, en su omnipotencia y en su poder creador. Por su palabra —“como está escrito: Te he puesto por padre de muchas naciones”— delante de Dios, a quien creyó, el cual da vida a los muertos, y llama las cosas que no son como si fuesen (Romanos 4:17). Tan cierto como esto es de todas las obras poderosas de Dios, desde la creación hasta la resurrección de los muertos, así también es cierto de cada palabra que se nos dirige en su santo libro. Dos cosas nos impiden creer esto como debiéramos.
La una es la terrible experiencia, en todo lo que nos rodea, y quizá también en nosotros mismos, de que la palabra es hecha vana por la sabiduría humana, o la incredulidad, o la mundanalidad. La otra es el descuido de la enseñanza de la Escritura de que la palabra es una simiente.
Las simientes son pequeñas, las simientes pueden permanecer largo tiempo dormidas, las simientes han de estar ocultas, y cuando brotan crecen lentamente. Porque la acción de la palabra de Dios es oculta e inadvertida, lenta y en apariencia débil, no creemos en su omnipotencia. Hagamos de esto una de nuestras primeras lecciones. La palabra que estudio es el poder de Dios para salvación: obrará en mí todo lo que necesito, todo lo que el Padre pide.
¡Qué perspectiva abriría esta fe para nuestra vida espiritual! Veríamos que todos los tesoros y bendiciones de la gracia de Dios están a nuestro alcance. La palabra tiene poder para alumbrar nuestras tinieblas: en nuestro corazón traerá la luz de Dios, el sentido de su amor y el conocimiento de su voluntad. La palabra puede llenarnos de fuerza y de valor para vencer a todo enemigo, y para hacer cuanto Dios nos pida hacer.
La palabra limpiaría y santificaría, obraría en nosotros fe y obediencia, llegaría a ser en nosotros la simiente de todo rasgo de la semejanza de nuestro Señor. Por medio de la palabra, el Espíritu nos guiaría a toda verdad, esto es, haría verdadero en nosotros todo lo que hay en la palabra, y así prepararía nuestro corazón para ser la morada del Padre y del Hijo.
¡Qué cambio se produciría en nuestra relación con la palabra de Dios y con la vigilia matutina si de veras creyésemos esta sencilla verdad! Comencemos nuestra preparación para aquel ministerio de la palabra que todo creyente ha de ejercer, probando su poder en nuestra propia experiencia. Comencemos a buscar esto, disponiéndonos con calma a aprender la gran lección de la fe: el poderoso poder de la palabra de Dios.
Nada menos que esto se quiere decir al afirmar: ¡la palabra de Dios es verdadera! Porque Dios mismo la hará verdadera en nosotros. Mucho habremos de aprender acerca de lo que estorba ese poder, mucho que vencer, mucho de que ser librados de estos estorbos, y mucho que entregar para recibir esa obra. Pero todo saldrá bien si tan solo emprendemos nuestro estudio de la Biblia con la firme resolución de creer que la palabra de Dios tiene poder omnipotente en el corazón para obrar toda bendición de la cual habla. ¡Qué cambio se produciría en nuestra relación con la palabra de Dios y con la vigilia matutina si de veras creyésemos esta sencilla verdad! Comencemos nuestra preparación para aquel ministerio de la palabra que todo creyente ha de ejercer, probando su poder en nuestra propia experiencia. Comencemos a buscar esto, disponiéndonos con calma a aprender la gran lección de la fe: el poderoso poder de la palabra de Dios. ¡Nada menos que esto se quiere decir al afirmar: la palabra de Dios es verdadera! Porque Dios mismo la hará verdadera en nosotros. Mucho habremos de aprender acerca de lo que estorba ese poder, mucho que vencer, mucho de que ser librados de estos estorbos, y mucho que entregar para recibir esa obra. Pero todo saldrá bien si tan solo emprendemos nuestro estudio de la Biblia con la firme resolución de creer que la palabra de Dios tiene poder omnipotente en el corazón para obrar toda bendición de la cual habla.