Capítulo 8 · 4 min de lectura
La semilla es la Palabra
Creo que puede afirmarse con confianza que en toda la naturaleza no hay otra ilustración de lo que es la palabra de Dios tan verdadera, tan llena de significado, como la de la semilla. Tener una plena comprensión espiritual de ella es un maravilloso medio de gracia. Los puntos de semejanza se enuncian con facilidad. Está la aparente insignificancia de la semilla: una cosa pequeña comparada con el árbol que brota de ella. Está la vida, encerrada y latente dentro de una cáscara. Está la necesidad de un suelo apropiado, sin el cual el crecimiento es imposible. Está el crecimiento lento, con su prolongación en el tiempo que reclama la larga paciencia del labrador. Y está el fruto, en el que la semilla se reproduce y se multiplica a sí misma. En todos estos aspectos, la semilla nos enseña las lecciones más preciosas acerca de cómo hemos de usar la palabra de Dios.
Está, en primer lugar, la lección de la fe. La fe no se fija en las apariencias.
Hasta donde podemos juzgar, parece de lo más improbable que una palabra de Dios dé vida en el alma, obre en nosotros la misma gracia de la que habla, transforme todo nuestro carácter y nos llene de fuerza. Y sin embargo, así es. Una vez que hemos aprendido a creer que la palabra puede obrar eficazmente la verdad misma de la que es expresión, hemos hallado uno de los principales secretos de nuestro estudio de la Biblia. Entonces recibiremos cada palabra como la prenda y el poder de una obra Divina.
Luego está la lección del trabajo. La semilla necesita ser recogida, guardada y puesta en el suelo preparado. Y así la mente ha de recoger de la Escritura, comprender y transmitir al corazón —el único suelo en el que esta semilla celestial puede crecer— las palabras que responden a nuestra necesidad. Nosotros no podemos dar vida ni crecimiento. Ni tampoco lo necesitamos: allí está. Pero lo que sí podemos hacer es esconder la palabra en nuestro corazón, y guardarla allí, esperando la luz del sol que viene de lo alto.
Y la semilla enseña la lección de la paciencia. El efecto de la palabra sobre el corazón, en la mayoría de los casos, no es inmediato. Necesita tiempo para echar raíces y crecer: las palabras de Cristo deben permanecer en nosotros. No solo hemos de aumentar día a día nuestro caudal de conocimiento bíblico —esto es apenas como recoger el grano en un granero—, sino velar sobre aquellas palabras de mandato o de promesa que hemos tomado de manera especial, y darles lugar en nuestro corazón para que extiendan tanto la raíz como las ramas. Necesitamos saber qué semilla hemos sembrado, y cultivar una expectativa vigilante pero paciente. A su tiempo segaremos, si no desmayamos (Gálatas 6:9).
Y por último viene la lección de la fecundidad. Por más insignificante que parezca aquella pequeña semilla de una palabra de Dios, por más débil que aparente ser su vida, por más hondamente oculto que esté el pensamiento mismo de lo que expresa, y por más que la lentitud de su crecimiento ponga a prueba nuestra paciencia, ten por seguro que el fruto vendrá. La verdad y la vida y el poder mismos de Dios, cuyo pensamiento contenía la palabra, crecerán y madurarán dentro de ti. Y así como una semilla da fruto que contiene la misma semilla para una nueva reproducción, así la palabra no solo te traerá el fruto que prometió, sino que ese fruto se convertirá cada vez en una semilla que llevarás a otros para darles vida y bendición.
No solo la palabra, sino que «el reino de los cielos es semejante al grano de mostaza» (Mateo 13:31). Y toda su gracia no llega de ninguna otra manera sino como una semilla oculta en el corazón del regenerado. Cristo es una semilla. El Espíritu Santo es una semilla. El amor de Dios derramado en el corazón es una semilla. La supereminente grandeza del poder que obra en nosotros es una semilla. La vida oculta está allí, en el corazón, pero no de inmediato ni siempre sentida en su poder. La gloria Divina está allí, pero a menudo sin forma ni hermosura, para ser conocida solo por la fe, para ser tenida por cierta y puesta en práctica aun cuando no se sienta, para ser esperada en su brotar y en su crecimiento.
A medida que esta verdad natural es cada vez firmemente asida y sostenida como la ley de toda la vida celestial en la tierra, el estudio de la palabra de Dios se convierte en un acto de fe, de entrega y de dependencia del Dios vivo. Creo humildemente, casi con temblor, en la semilla Divina que hay en la palabra, y en el poder del Espíritu de Dios para hacerla verdadera en mi vida y en mi experiencia. Rindo mi corazón, con hambre y por entero, para recibir esta semilla Divina. Y espero también en Dios, en absoluta dependencia y confianza, para que dé el crecimiento en poder por encima de todo lo que podamos pedir o pensar.