Capítulo 4 · 4 min de lectura
Moisés y la Palabra de Dios
En cuanto a la relación entre la oración y la palabra en nuestra devoción privada, con frecuencia se ha citado la expresión de un converso del paganismo: Yo oro, yo hablo a Dios; yo leo en la Biblia, y Dios me habla a mí. Hay un versículo en la historia de Moisés en el que este pensamiento se expresa de manera hermosa. Leemos, en Números 7:89: «Y cuando entraba Moisés en el tabernáculo de reunión para hablar con Jehová, oía la voz que le hablaba de encima del propiciatorio que estaba sobre el arca del testimonio, de entre los dos querubines; y le hablaba.» Cuando entraba para orar por sí mismo o por su pueblo, y para esperar instrucciones, hallaba a Uno que le esperaba. ¡Qué lección para nuestra vigilia matutina!
Un espíritu dado a la oración es un espíritu al cual Dios hablará. Un espíritu dado a la oración será un espíritu atento, que espera oír lo que Dios dice. En la unión con Dios, su presencia y la parte que Él toma deben ser tan reales como la mía propia. Queremos preguntar qué es necesario para que nuestra lectura de la Escritura y nuestra oración sean tal verdadera comunión con Dios.
Primero, colócate en el lugar debido. «Moisés entró en el tabernáculo para hablar con Dios.»
Se apartó del pueblo, y fue adonde podía estar a solas con Dios. Fue al lugar donde a Dios se le podía hallar. Jesús nos ha dicho dónde está ese lugar. Nos llama a entrar en nuestro aposento, cerrar la puerta, y orar a nuestro Padre que ve en lo secreto.
Cualquier lugar donde de veras estemos a solas con Dios puede ser para nosotros el secreto de su presencia. Hablar con Dios exige separación de todo lo demás. Exige un corazón intensamente puesto en el encuentro personal con Dios, y en plena expectación de él, para tratar directamente con Él. Los que van allí a hablar con Dios oirán la Voz del que les habla.
Después, colócate en la posición debida. Moisés oyó la Voz de Uno que hablaba de encima del propiciatorio. Inclínate ante el propiciatorio. Allí la conciencia de tu indignidad no te estorbará, sino que será una verdadera ayuda para confiar en Dios. Allí podrás tener la confianza segura de que tu mirada hacia lo alto será correspondida por su ojo, de que tu oración puede ser oída, y de que su respuesta amorosa te será dada. Inclínate ante el propiciatorio, y ten por seguro que el Dios de misericordia te verá y te bendecirá. Luego, colócate en la disposición debida: la actitud de escuchar. Muchos están tan ocupados con lo mucho o lo poco que tienen que decir en sus oraciones, que la Voz de Uno que habla de encima del propiciatorio jamás es oída, porque no se la espera ni se la aguarda.
«Dice Jehová. Pero yo miraré a aquel que es pobre y humilde de espíritu, y que tiembla a mi palabra.» Entremos en el aposento, y dispongámonos a orar, con un corazón que humildemente espera oír a Dios hablar; en la palabra que leemos, en verdad oiremos la Voz del que nos habla.
La bienaventuranza más alta de la oración será que cesemos de orar, para dejar hablar a Dios.
La oración y la palabra están inseparablemente unidas: el poder en el uso de cualquiera de ellas depende de la presencia de la otra. La palabra me da materia para la oración, diciéndome más acerca de Dios y dándome el poder para orar, el ánimo de la seguridad de que seré oído. La palabra también me trae la respuesta a la oración, pues me enseña lo que Dios hará por mí. Y así, por otra parte, la oración prepara el corazón para recibir la palabra del mismo Dios, para la enseñanza del espíritu que da el entendimiento espiritual de ella, para la fe que llega a ser partícipe de su poderosa obra. Es claro por qué esto es así. La oración y la Palabra tienen un centro común: Dios. La oración busca a Dios; la Palabra revela a Dios. En la oración, el hombre pide a Dios; en la palabra, Dios responde al hombre.
En la oración, el hombre sube al cielo para morar con Dios; en la palabra, Dios viene a morar con el hombre. En la oración, el hombre se da a sí mismo a Dios; en la palabra, Dios se da a sí mismo al hombre. En la oración y en la palabra, todo ha de ser Dios. Sea tu corazón enteramente para Dios. Sea el único objeto de tu deseo la oración y la palabra. Entonces tendrás una bienaventurada comunión con Dios, el intercambio de pensamiento, de amor y de vida: un morar en Dios, y Dios en nosotros.
Busca a Dios y vive.