Capítulo 3 · 5 min de lectura

La puerta abierta — La recompensa abierta

Mas tú, cuando ayunas, unge tu cabeza y lava tu rostro, para no mostrar a los hombres que ayunas, sino a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto te recompensará." Mateo 6:17-18.

"Entonces, viendo el denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras y del vulgo, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús." Hechos 4:13.

"Y aconteció que descendiendo Moisés del monte Sinaí con las dos tablas del testimonio en su mano, cuando descendía del monte, no sabía Moisés que la tez de su rostro resplandecía, después que hubo hablado con Dios. Y miró Aarón y todos los hijos de Israel a Moisés, y he aquí que la tez de su rostro era resplandeciente, y tuvieron miedo de llegarse a él. Mas Moisés los llamó, y Aarón y todos los príncipes de la congregación volvieron a él, y Moisés les habló. Y después se llegaron todos los hijos de Israel, y él les mandó todo lo que Jehová le había dicho en el monte Sinaí. 33. Y cuando hubo acabado Moisés de hablar con ellos, puso un velo sobre su rostro." Éxodo 34:29-33.

El paso de la comunión con Dios en la hora de la mañana a la unión con nuestros semejantes suele ser difícil. Si nos hemos encontrado con Dios, anhelamos conservar el sentir de su presencia y nuestra entrega a Él. Salimos a la mesa del desayuno, donde, quizá en el seno de nuestra propia familia, la atmósfera cambia de repente, y a medida que la presencia de los hombres y de lo visible se impone, comenzamos a perder lo que habíamos hallado. Muchos cristianos jóvenes se han visto perplejos ante la pregunta de cómo mantener el corazón lleno de aquello de lo cual no se sienten en libertad, o no tienen la ocasión, de hablar. Aun en los círculos religiosos no siempre resulta fácil tener una libre unión, por falta de fervor o de denuedo, en aquello que daría el mayor provecho y gozo. Esforcémonos por aprender cómo nuestra unión con los hombres puede ser, en lugar de un estorbo, una ayuda para el sostenimiento de una vida de continua comunión con Dios.

Las lecciones que enseña la historia de Moisés con el velo sobre su rostro son muy sugestivas. La comunión estrecha y continua con Dios dejará a su tiempo su huella y se manifestará ante los hombres. Moisés no sabía que su rostro resplandecía: la luz de Dios que brilla desde nosotros será inconsciente; no hará sino ahondar el sentir de que somos un vaso de barro (1 Corintios 2:3, 4 y 2 Corintios 4). El sentir de la presencia de Dios en un hombre puede a menudo hacer que otros teman, o al menos que no se sientan a sus anchas en su compañía. Cuando otros observan lo que en él se deja ver, el verdadero creyente sabrá lo que es velar su rostro, y probar con humildad y amor que él es en verdad un hombre de las mismas pasiones que los que le rodean.

Y con todo, a través de todo ello, habrá también la prueba de que él es un hombre de Dios, que vive en un mundo invisible y tiene trato con él.

Las mismas lecciones son enseñadas por lo que nuestro Señor dice acerca del ayuno.

No hagas alarde de tu ayuno, para no mostrarte a los hombres que ayunas; encuéntrate con ellos en el gozo y la benignidad de la mansedumbre de Dios, como el hijo amado y amante del Padre. Cuenta con Dios, que te ha visto en lo secreto, para que te recompense en público, para que te dé gracia en la unión con los hombres, para que sostenga tu comunión con Él, y les haga saber que su gracia y su luz están sobre ti.

La historia de Pedro y Juan confirma la misma verdad: habían estado con Jesús no solo mientras Él estuvo en la tierra, sino cuando entró en los cielos, y habían recibido su espíritu. Simplemente ponían en práctica lo que el espíritu de Cristo les enseñaba; aun los enemigos podían ver por su denuedo que habían estado con Jesús.

La bendición de la unión con Dios puede perderse fácilmente al entrar demasiado profundamente en la unión con los hombres. El espíritu de la cámara secreta ha de llevarse consigo en una santa vigilancia a lo largo del día. No sabemos a qué hora vendrá el enemigo. Esta continuación de la vela matutina puede mantenerse mediante un sereno dominio propio, no dando rienda suelta a la naturaleza.

En un círculo familiar religioso, se ha buscado a menudo ayuda en que cada uno repita un texto en la mesa del desayuno sobre algún tema fijo, dando fácil ocasión a la conversación religiosa. Cuando una vez el sentir permanente de la presencia de Dios y de la unión con Él —«Persevera en el temor de Jehová todo el día»— ha llegado a ser el propósito de la hora de la mañana, con la más profunda humildad y la más amorosa unión con los que nos rodean, se habrá buscado y hallado gracia para pasar a los deberes del día con la continuidad de la comunión guardada sin quebranto. Es cosa grande entrar en la cámara secreta, cerrar la puerta, y encontrarse con el Padre en lo secreto. Es cosa aún mayor abrir de nuevo la puerta, y salir, gozando de aquella presencia que nada puede perturbar.

A algunos, semejante vida no les parece necesaria; el esfuerzo es demasiado grande; uno puede ser un buen cristiano sin ella. Para aquellos que procuran ser hombres de una sola cosa, que sienten que si han de ser verdaderos y poderosos para influir en la iglesia y en el mundo que les rodea deben estar llenos de Dios y de su presencia, todo quedará subordinado a la única pregunta: cómo llevar en el vaso de barro el tesoro celestial, el poder de Cristo reposando sobre nosotros todo el día.

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