Capítulo 35 · 6 min de lectura
El poder de la intercesión
Y Dalila dijo a Sansón: «Te ruego que me declares en qué consiste tu gran fuerza, y cómo podrías ser atado para ser dominado». Jueces 16:6.
Esta es la pregunta que de buena gana quisiéramos ver respondida por aquellos hombres que, en tiempos antiguos y también en épocas más recientes, como intercesores en favor de otros, han tenido poder con Dios y han prevalecido. Más de uno, que ha deseado entregarse a este ministerio, se ha asombrado de encontrarlo tan difícil: gozarse en él, perseverar y prevalecer. Estudiemos las vidas de los líderes y héroes del mundo de la oración; tal vez descubramos algunos de los elementos de su éxito.
Un verdadero intercesor es un hombre que sabe que Dios lo conoce, y que su corazón y su vida están enteramente entregados a Dios y a su gloria. Esta es la única condición bajo la cual quien se presentase en la corte de un soberano terrenal podría esperar ejercer mucha influencia. Moisés, Elías, Daniel y Pablo prueban que así es en el mundo espiritual. Nuestro bendito Señor es Él mismo la prueba de ello. Él no nos salvó por la intercesión, sino por el sacrificio de sí mismo. Su poder de intercesión tiene su raíz en su sacrificio: reclama y recibe lo que el sacrificio ganó. Así lo tenemos expresado con tanta claridad en las últimas palabras de Isaías 53: «Derramó su alma hasta la muerte, y fue contado con los transgresores, habiendo él llevado el pecado de muchos» —estúdiese esto en relación con todo el capítulo del cual es la corona— «y orado por los transgresores». Él primero se entregó a la voluntad de Dios.
Allí ganó el poder para influir en aquella voluntad y guiarla. Se dio a sí mismo por los pecadores en un amor que todo lo consume, y así ganó el poder de interceder por ellos. No hay otro camino para nosotros. Es el hombre que procura entrar personalmente en la muerte con Cristo, y que se entrega enteramente a Dios y a los hombres, quien se atreverá a ser osado como Moisés o Elías, quien perseverará como Daniel o Pablo. La devoción y la obediencia a Dios de todo corazón son las primeras señales de un intercesor.
Te quejas de que no te sientes capaz de orar, y preguntas cómo podrías ser capacitado para hacerlo. Hablas mucho de la debilidad de tu fe en Dios y de tu amor por las almas, y del deleite en la oración. El hombre que ha de tener poder en la intercesión debe cesar estas quejas; debe saber que posee una naturaleza perfectamente adaptada a la obra. De un manzano solo se espera que dé manzanas, porque tiene dentro de sí la naturaleza del manzano.
«Porque somos hechura suya, creados en Cristo Jesús para buenas obras». El ojo fue creado para ver: ¡cuán hermosamente adaptado está a su tarea! Tú fuiste creado en Cristo para orar.
Es tu naturaleza misma como hijo de Dios; el Espíritu ha sido enviado a tu corazón —¿para qué? Para clamar: «Abba, Padre», para elevar tu corazón en oración semejante a la de un niño. El Espíritu Santo ora en nosotros con gemidos indecibles, con un poder divino que nuestra mente y nuestros sentimientos no pueden comprender. Aprende, si has de ser un intercesor, a dar al Espíritu Santo una honra mucho mayor de la que generalmente se le da. Cree que Él está orando dentro de ti, y entonces sé fuerte y de buen ánimo. Mientras oras, permanece quieto delante de Dios para creer y ceder a este maravilloso poder de la oración que hay dentro de ti.
Pero ¿acaso no hay tanta pecaminosidad consciente y tanta imperfección en nuestra oración? Es cierto; pero ¿no has aprendido lo que es orar en el nombre de Cristo?
¿No significa ese nombre poder vivo? ¿No sabes que tú estás en Cristo y Él en ti? ¿Que toda tu vida está escondida y ligada en la suya? ¿Y que toda su vida está escondida y obrando en ti? El hombre que ha de interceder con poder debe tener muy claro que, no solo en el pensamiento y en el cálculo, sino en la más real, viva y divina realidad, Cristo y él son uno en la obra de la intercesión. Él se presenta delante de Dios revestido del nombre y de la naturaleza, de la justicia y del mérito, de la imagen y del espíritu y de la vida de Cristo. No pases la mayor parte de tu tiempo de oración reiterando tu petición, sino reclamando humilde, silenciosa y confiadamente tu lugar en Cristo, tu perfecta unión con Él, y tu acceso a Dios en Él. Es el hombre que viene a Dios en Cristo, presentando al Padre aquel Cristo en quien Él se deleita, como su vida, su ley y su única confianza, quien tendrá poder para interceder.
La intercesión es, ante todo, una obra de fe. No la fe que solo procura creer que la oración será oída, sino la fe que se halla como en su hogar en medio de las realidades celestiales. Una fe que no se inquieta por la propia nada y debilidad, porque vive en Cristo. Una fe que no hace depender su esperanza de sus sentimientos, sino de la fidelidad del Dios Trino y Uno, en aquello que cada persona se ha comprometido a hacer en la oración. Una fe que ha vencido al mundo, y que sacrifica lo visible para quedar enteramente libre para lo espiritual, lo celestial y lo eterno, a fin de tomar posesión de ello. Una fe que sabe que es oída y que recibe lo que pide, y que por tanto persevera quieta y deliberadamente en su súplica hasta que llegue la respuesta. El verdadero intercesor ha de ser un hombre de fe.
El intercesor ha de ser un mensajero: uno que se mantiene dispuesto, que sinceramente se ofrece a sí mismo, en persona, para recibir la respuesta y dispensarla. La oración y la obra van juntas. Piensa en Moisés: su osadía al interceder ante Dios por el pueblo no era mayor que su intercesión ante el pueblo en favor de Dios. Vemos lo mismo en Elías: la urgencia de su oración en secreto es igualada por su celo por Dios en público, al ser testigo del pecado de la nación.
Que la intercesión vaya siempre acompañada, no tanto de una obra más diligente, cuanto de una espera mansa y humilde en Dios para recibir su gracia y su Espíritu, y para conocer más definidamente qué es lo que Él quiere que hagamos, y cómo.
Una cosa es —y es una gran cosa— comenzar a tomar la obra de la intercesión: el traer a la tierra las bendiciones que el cielo tiene para cada una de sus necesidades. Cosa mayor es, como intercesor, recibir personalmente esa bendición, y salir de la presencia de Dios sabiendo que hemos alcanzado algo que podemos impartir. Que Dios nos haga a todos intercesores de todo corazón, creyentes y portadores de bendición.