Capítulo 36 · 6 min de lectura
El intercesor
Confesaos, pues, vuestras faltas unos a otros, y orad los unos por los otros, para que seáis sanados. La oración eficaz del justo puede mucho. Elías era hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros, y oró con fervor que no lloviese, y no llovió sobre la tierra por tres años y seis meses.” Santiago 5:16, 17.
No hay nada que debilite tanto la fuerza del llamado a imitar el ejemplo de los santos de la Escritura como el pensamiento de que los suyos son casos excepcionales, y que lo que vemos en ellos no ha de esperarse de todos. El propósito de Dios en la Escritura es precisamente el contrario. Él nos da a estos hombres para nuestra instrucción y aliento, como muestra de lo que su gracia puede hacer, como encarnaciones vivas de lo que su voluntad y nuestra naturaleza a la vez exigen y hacen posible.
Fue justamente para salir al paso del error tan común al que se ha aludido, y para dar confianza a todos los que aspiramos a una vida de oración eficaz, que Santiago escribió: “Elías era hombre sujeto a las mismas pasiones que nosotros.” Como no había diferencia entre su naturaleza y la nuestra, ni entre la gracia que obró en él y la que obra en nosotros, no hay razón para que no oremos, como él, con eficacia. Si nuestra oración ha de tener poder, debemos procurar tener algo del espíritu de Elías.
La aspiración —que yo busque gracia para orar como Elías— es perfectamente legítima, y sumamente necesaria. Si buscamos con sinceridad el secreto de su poder en la oración, el camino que él anduvo se abrirá ante nosotros. Lo hallaremos en su vida con Dios, en su obra para Dios, y en su confianza en Dios.
Elías vivía con Dios. La oración es la voz de nuestra vida. Tal como el hombre vive, así ora. No las palabras o los pensamientos que le ocupan en las horas señaladas de oración, sino la inclinación de su corazón tal como se ve en sus deseos y en sus acciones, es lo que Dios considera su verdadera oración. La vida habla más fuerte y con más verdad que los labios. Para orar bien he de vivir bien. El que procura vivir con Dios aprenderá de tal modo a conocer su mente y a agradarle, que podrá orar conforme a su voluntad. Piensa cómo Elías, en su primer mensaje a Acab, habló: “Vive Jehová de los ejércitos, en cuya presencia estoy.” Piensa en su soledad junto al arroyo de Querit, recibiendo su pan de Dios por medio de los cuervos, y luego en Sarepta por el ministerio de una pobre viuda. Anduvo con Dios, aprendió a conocer bien a Dios; y cuando llegó el momento, supo orar a un Dios a quien había probado. Solo de una vida de verdadera comunión con Dios puede nacer la oración de fe. Sea claro y estrecho el vínculo entre la vida y la oración. Al entregarnos a andar con Dios, aprenderemos a orar.
Elías trabajaba para Dios. Iba adonde Dios lo enviaba. Hacía lo que Dios le mandaba. Se levantaba en defensa de Dios y de su servicio. Daba testimonio contra el pueblo y sus pecados. Todos los que lo oían podían decir: “Ahora conozco que tú eres varón de Dios, y que la palabra de Jehová es verdad en tu boca.” Sus oraciones estaban todas en conexión con su obra para Dios. Era por igual un hombre de acción y un hombre de oración. Cuando hizo descender con su oración, primero la sequía y luego la lluvia, fue como parte de su obra profética, para que el pueblo, por medio del juicio y de la misericordia, fuese traído de nuevo a Dios.
Cuando Elías hizo descender fuego del cielo sobre el sacrificio, fue para que Dios fuese conocido como el Dios verdadero. Todo lo que pidió fue para la gloria de Dios. ¡Cuántas veces buscan los creyentes poder en la oración para poder obtener buenos dones para sí mismos! Ese egoísmo secreto los despoja del poder y de la respuesta. Es cuando el yo se pierde en el deseo de la gloria de Dios, y nuestra vida está consagrada a trabajar para Dios, que puede venir el poder para orar.
Dios vive para amar, salvar y bendecir a los hombres: el creyente que se entrega al servicio de Dios en esto hallará en ello una nueva vida en la oración. El trabajo por los demás prueba la honestidad de nuestra oración por ellos. El trabajo para Dios revela por igual nuestra necesidad y nuestro derecho de orar con denuedo. Cultiva la conciencia, y decláralo delante de Dios, de que estás enteramente entregado a su servicio; ello fortalecerá tu confianza en que Él te oye.
Elías confiaba en Dios. Había aprendido a confiar en Él para sus necesidades personales en tiempos de hambre; se atrevió a confiar en Él para cosas mayores en respuesta a la oración por su pueblo. ¡Qué confianza en que Dios lo oiría vemos en su apelación al Dios que responde por fuego! ¡Qué confianza en que Dios haría lo que él pediría, cuando anunció a Acab la abundancia de lluvia que venía, y luego, con su rostro en tierra, la suplicó, mientras su siervo, por seis veces, traía el mensaje: “No hay nada”! La confianza inconmovible en la promesa y el carácter de Dios, y la unidad personal con Dios, probada en la obra para Dios, dieron poder para la oración eficaz del hombre justo.
La cámara secreta es el lugar donde esto ha de aprenderse. La vigilia matutina es la escuela de adiestramiento donde hemos de ejercitar la gracia que puede capacitarnos para orar como Elías. No temamos. El Dios de Elías vive todavía; el espíritu que estaba en él mora en nosotros. Dejemos las ideas limitadas y egoístas de la oración, que solo aspiran a gracia suficiente para mantenernos en pie.
Cultivemos la conciencia que Elías tenía, de vivir enteramente para Dios, y aprenderemos a orar como él. La oración traerá para nosotros mismos y para otros la nueva y bendita experiencia de que también nuestras oraciones son eficaces y pueden mucho. En el poder de aquel Intercesor Redentor, que vive siempre para orar, tomemos ánimo y no temamos. Nos hemos entregado a Dios, estamos trabajando para Él. Estamos aprendiendo a conocerle y a confiar en Él.
Estamos aprendiendo a conocerle. Podemos contar con la vida de Dios en nosotros, con el Espíritu Santo que mora en nosotros, para que nos lleve también a esta gracia: la oración eficaz del hombre justo, que puede mucho.
FIN