Capítulo 32 · 5 min de lectura

En Cristo

Permaneced en mí, y yo en vosotros. Como el pámpano no puede llevar fruto de sí mismo, si no permaneciere en la vid, así ni vosotros, si no permaneciereis en mí. Juan 15:4.

Toda enseñanza avanza de lo exterior a lo interior. Cuando se ha alcanzado algún conocimiento de lo real —en palabras o en hechos, en la naturaleza o en la historia—, la mente queda preparada para buscar el sentido interior oculto en ello. Así sucede también con la enseñanza de las Escrituras acerca de Jesucristo. Se nos presenta como un hombre entre nosotros, delante de nosotros, por encima de nosotros, haciendo una obra por nosotros aquí en la tierra, y continuando aún esa obra por nosotros en el cielo.

Muchos cristianos nunca avanzan más allá de esto: un Señor exaltado y externo, en quien confían por lo que Él ha hecho y hace por ellos y en ellos. Conocen y disfrutan muy poco del poder del verdadero misterio de Cristo en nosotros, de su presencia interior, como un Salvador que mora dentro. La visión primera y más sencilla es la de los tres primeros Evangelios; la segunda caracteriza al Evangelio de San Juan. La primera es el aspecto de la verdad presentado en la doctrina bíblica de la justificación. La segunda es la enseñanza acerca de la unión del creyente con Cristo y de su continuo permanecer, tal como la enseñan especialmente San Juan y las Epístolas a los Efesios y a los Colosenses.

A los cristianos para quienes se escribe este libro, y que todos deberían prepararse para llevar a Cristo a sus semejantes, no puedo decirlo con demasiada insistencia: Procurad que este permanecer en Cristo y que Cristo esté en vosotros no sea solamente una verdad que sostenéis en su debido lugar dentro de vuestro esquema de la doctrina evangélica, sino que, como cuestión de vida y de experiencia, anime toda vuestra fe en Cristo y vuestra unidad con Dios. Estar en una habitación significa tener a vuestra disposición todo lo que hay en ella: sus muebles, sus comodidades, sus luces, su aire, su abrigo. Estar en Cristo, permanecer en Cristo, y saber lo que esto significa. No es cuestión de fe o concepción intelectual, sino una realidad espiritual.

Pensad en quién y qué es Cristo. Consideradlo en los cinco estados o etapas que señalan y revelan su naturaleza y su obra. Él es el Encarnado, en quien vemos cómo la Omnipotencia de Dios unió perfectamente la naturaleza divina y la humana. Viviendo en Él participamos de la naturaleza divina y de la vida eterna. Él es el Obediente, que vivió una vida de entera entrega a Dios y de perfecta dependencia de Él. Viviendo en Él nuestra vida se convierte en una de completa sujeción a la voluntad de Dios y de continua espera de su dirección. Él es el Crucificado, que murió por el pecado y al pecado para quitarlo. Viviendo en Él quedamos libres de su maldición y de su dominio, y vivimos, como Él, muertos al mundo y a nuestra propia voluntad. Él es el Resucitado, que vive para siempre.

Viviendo en Él participamos de su poder de resurrección y andamos en novedad de vida, una vida que ha triunfado sobre el pecado y la muerte.

Él es el Exaltado, sentado en el trono y llevando a cabo su obra para la salvación de los hombres. Viviendo en Él, su amor nos posee, y nos entregamos a Él para que nos use en ganar al mundo de nuevo para Dios. Estar en Cristo, permanecer en Él, no significa nada menos que el alma sea colocada por Dios mismo en medio de este maravilloso ambiente de la vida de Cristo, a la vez humana y divina, enteramente entregada a Dios en obediencia y sacrificio, plenamente llena de Dios en vida de resurrección y en gloria. La naturaleza y el carácter de Jesucristo —sus disposiciones y afectos, su poder y su gloria— son los elementos en los que vivimos, el aire que respiramos, la vida en la que nuestra vida existe y crece.

La plena manifestación de Dios y de su amor salvador no puede venir de ninguna otra manera sino por medio de su morada interior. En virtud de la divinidad de Cristo y de su poder divino, Él puede, en la medida en que permanecemos en Él, morar en nosotros. En la medida en que el corazón, con su amor, le es entregado en fe, y la voluntad en obediencia activa, Él entra y hace morada en nosotros. Podemos decir, porque lo sabemos: Cristo vive en mí.

Y ahora, para llegar a nuestro propósito principal: si esta vida —Cristo en nosotros y nosotros en Él— ha de ser nuestra verdadera vida de cada día de trabajo, su espíritu debe ser renovado y fortalecido en la unidad personal con Dios con la que comenzamos el día en la vigilia de la mañana.

Nuestro acceso a Dios, nuestro sacrificio a Dios y nuestra expectación de Dios deben todos hallarse en Cristo, en la comunión viva con Él.

Si alguna vez sentís que deseáis acercaros más a Dios, comprender su presencia, o su poder, o su amor, o su voluntad, o su obra, más plenamente —en una palabra, tener más de Dios—, venid a Dios en Cristo. Pensad en cómo Él, siendo hombre en la tierra, se acercó al Padre en profunda humildad y dependencia, en plena entrega y entera obediencia; y venid en su Espíritu y en su disposición, en unión con Él. Procurad tomar delante de Dios el mismo lugar que Cristo ha tomado en el cielo: el de la redención consumada, el de una victoria perfecta, el de la plena entrada a la gloria de Dios.

Tomad delante de Dios el mismo lugar que Cristo tomó en la tierra en su camino a la victoria y a la gloria. Hacedlo en la fe de su morada y de su poder capacitador en vosotros aquí en la tierra; contad con confianza en que vuestra aproximación será aceptada no según vuestro logro, sino según la rectitud de la entrega de vuestro corazón y la plenitud de vuestra aceptación en Cristo; y seréis conducidos por el camino en el cual, viviendo Cristo en vosotros y hablando en vosotros, habrá verdad y poder.

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