Capítulo 31 · 8 min de lectura
La Santísima Trinidad
Por esta causa doblo mis rodillas ante el Padre, de quien toma nombre toda familia en los cielos y en la tierra, para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria, el ser fortalecidos con poder por su Espíritu en el hombre interior; para que Cristo habite por la fe en vuestros corazones; a fin de que, arraigados y cimentados en amor, seáis capaces de comprender con todos los santos cuál sea la anchura, la longitud, la altura y la profundidad, y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios. Y a aquel que es poderoso para hacer mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones, por los siglos de los siglos. Amén. Efesios 3:14-21.
Estas palabras han sido consideradas a menudo, y no sin buena razón, como una de las más altas expresiones de lo que la vida de un creyente puede llegar a ser en la tierra. Y, sin embargo, tal parecer no está exento de peligros si fomenta la idea de que el alcanzar semejante experiencia ha de tenerse por algo excepcional y lejano, y oculta la bendita verdad de que, aunque en distinto grado, está destinada a ser la herencia cierta e inmediata de todo hijo de Dios.
Cada mañana, todo creyente tiene tanto el derecho como la necesidad de decir: mi Padre me fortalecerá hoy con poder, me está fortaleciendo aun ahora, en el hombre interior por su Espíritu.
Cada día no hemos de contentarnos con nada menos que con la morada de Cristo por la fe, una vida arraigada en amor y hecha fuerte para conocer el amor de Cristo. Cada día creemos que la bendita obra de ser llenos de toda la plenitud de Dios se está preparando, llevando adelante y consumando en nosotros. Y cada día debiéramos ser fuertes en la fe del poder de Dios, y, dándole gloria en Cristo, como poderoso para hacer más de lo que pedimos y pensamos, según el poder del Espíritu que obra en nosotros.
Estas palabras son, entre muchas otras cosas, notables por el modo en que presentan la verdad de la Santísima Trinidad en su relación con nuestra vida práctica. Muchos cristianos comprenden que es justo y necesario, en distintos momentos de la búsqueda de la vida cristiana, prestar especial atención a las tres Personas de la Bendita Trinidad. A menudo les resulta difícil unir las diversas verdades en una sola, y saber cómo adorar a los Tres en Uno.
Nuestro texto revela la maravillosa relación y la perfecta unidad. Tenemos al Espíritu dentro de nosotros como el poder de Dios, y, sin embargo, él no obra según nuestra voluntad ni según la suya propia. Es el Padre quien, conforme a las riquezas de su gloria, nos concede ser fortalecidos «por el Espíritu en el hombre interior».
Es el Padre quien hace mucho más abundantemente de lo que pedimos o pensamos «según el poder que actúa en nosotros». Lejos de que la presencia del Espíritu dentro de nosotros nos supla el lugar de Dios, él nos hace más absoluta e incesantemente dependientes del Padre. El Espíritu solo puede obrar en la medida en que el Padre obra por medio de él. Necesitamos unir las dos verdades: una conciencia profundamente reverente y confiada del Espíritu Santo como morador en nosotros, con una continua y dependiente espera en el Padre para que obre por medio de él.
Así también con Cristo. Doblamos nuestras rodillas ante Dios como Padre en el nombre del Hijo. Le pedimos que nos fortalezca por el Espíritu con el único fin de que Cristo more en nuestros corazones. Así el Hijo nos lleva al Padre, y el Padre, a su vez, revela al Hijo en nosotros. Y luego, otra vez, al morar el Hijo en el corazón, y estando este arraigado y cimentado en amor, sacando su vida del amor divino como de su suelo, dando frutos y haciendo obras de amor, somos conducidos a ser llenos de toda la plenitud de Dios. Todo el corazón, con la vida interior y exterior, viene a ser el escenario del bendito intercambio de la operación de los Santos Tres. Al creer esto nuestros corazones, damos gloria por medio de Cristo a aquel que es poderoso para hacer más de lo que podemos pensar, por su Espíritu Santo.
¡Qué salvación tan maravillosa esta, cuyo escenario es nuestro corazón! El Padre alentando siempre su Espíritu en nosotros, y por su renovación diaria disponiéndolo para ser la morada de Cristo; el Espíritu Santo revelando y formando siempre a Cristo dentro de nosotros, de modo que su misma naturaleza, disposición y carácter llegan a ser los nuestros; el Hijo impartiendo su vida de amor, y conduciéndonos a ser llenos de toda la plenitud de Dios.
Esto ha de ser nuestra religión de cada día. ¡Oh, adoremos cada día al Dios Trino y Uno en la plenitud de la fe! Sea cual sea la dirección en que nos lleven nuestro estudio de la Biblia y nuestra oración, sea este siempre el centro del cual salimos y al cual volvemos. Fuimos creados a imagen del Dios Trino y Uno. La salvación por la cual Dios nos restaura es una salvación interior; de nada nos sirve si no es obrada en nuestros corazones y gozada allí. El Dios que nos salva no puede hacerlo de otra manera que como el Dios que mora en nosotros, llenándonos de toda su plenitud. Adoremos y esperemos; creamos y démosle gloria.
¿Habéis notado alguna vez en Efesios cómo las tres Personas de la Trinidad se mencionan siempre juntas?
1:3. Bendito sea el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que nos bendijo con toda bendición espiritual en los lugares celestiales en Cristo.
1:12, 13. A fin de que nosotros, que primero esperamos en Cristo, seamos para alabanza de su gloria. En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad, el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él, fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa.
1:17. Que el Dios de nuestro Señor Jesucristo, el Padre de gloria, os dé espíritu de sabiduría y de revelación en el conocimiento de él.
2:18. Porque por medio de él los unos y los otros tenemos entrada por un mismo Espíritu al Padre.
3:22. En quien vosotros también sois juntamente edificados para morada de Dios en el Espíritu.
4:4-9. Al leer esto, podéis percibir mi entendimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora ha sido revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos, miembros del mismo cuerpo, y partícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio. De este evangelio fui hecho ministro conforme al don de la gracia de Dios, que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, y de sacar a luz para todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas.
5:4-6. Un cuerpo, y un Espíritu, como fuisteis también llamados a una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Llenos del Espíritu, dando gracias a Dios, en el nombre de Cristo.
6:10-18. Por lo demás, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo.
Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes. Por tanto, tomad toda la armadura de Dios, para que podáis resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes. Estad, pues, firmes, ceñidos vuestros lomos con la verdad, y vestidos con la coraza de justicia, y calzados los pies con el apresto del evangelio de la paz.
Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno; y tomad el yelmo de la salvación, y la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios; orando en todo tiempo en el Espíritu, con toda oración y súplica. Para ello velad con toda perseverancia, haciendo súplica por todos los santos. Al estudiar y comparar estos pasajes, y al procurar recoger su enseñanza en algún concepto verdadero y humilde de la gloria de nuestro Dios, notad especialmente cuán intensamente práctica es esta verdad de la Santísima Trinidad. La Escritura enseña poco de su misterio en la naturaleza divina; casi todo lo que tiene que decir se refiere a la obra de Dios en nosotros, y a nuestra fe y experiencia de su salvación.
La verdadera fe en la Trinidad nos hará cristianos fuertes, radiantes, poseídos por Dios. El Espíritu divino haciéndose uno con nuestra vida y nuestro ser interior; el Bendito Hijo morando en nosotros, como el camino a la perfecta comunión con Dios; el Padre, por medio del Espíritu y del Hijo, llevando a cabo día tras día su propósito: que seamos llenos de toda la plenitud de Dios. ¡Doblemos nuestras rodillas ante el Padre! Entonces el misterio de la Trinidad será conocido y experimentado.