Capítulo 2 · 4 min de lectura
La puerta cerrada — A solas con Dios
«Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará…» Mateo 6:6.
El hombre fue creado para la comunión con Dios. Dios lo hizo a su propia imagen y semejanza, para que fuese apto para ella, capaz de comprender y gozar de Dios, de entrar en su voluntad y deleitarse en su gloria. Porque Dios es Aquel que está presente en todas partes y todo lo penetra, el hombre pudo haber vivido en el gozo de una comunión ininterrumpida, en medio de cualquier obra que tuviera que realizar.
El pecado nos despojó de su comunión.
Nada sino esta comunión puede satisfacer el corazón, ni del hombre ni de Dios. Fue esta la que Cristo vino a restaurar; a devolver a Dios su criatura perdida, y a devolver al hombre todo aquello para lo cual fue creado. La unidad con Dios es la consumación de toda bienaventuranza, en la Tierra como en el Cielo. Llega cuando la promesa, dada tantas veces, se convierte en plena experiencia: «No te dejaré, ni te desampararé»; y cuando podemos decir: el Padre está siempre conmigo. Esta unidad con Dios está destinada a ser nuestra todo el día, cualquiera que sea nuestra condición o las circunstancias que nos rodeen. Pero su gozo depende de la realidad de la unidad en el aposento interior. El poder de mantener una comunión estrecha y gozosa con Dios durante todo el día dependerá enteramente de la intensidad con que procuremos asegurarla en la hora de la oración secreta. Lo único esencial en la Vigilia Matutina o en la Hora Silenciosa es: la comunión con Dios. Es esto lo que nuestro Señor nos enseña como el secreto íntimo de la oración secreta: «Cierra tu puerta, y ora a tu Padre que está en secreto», Mateo 6:6.
Lo primero y principal es procurar que allí, en secreto, tengas la presencia y la atención del Padre. Ten por cierto que Él te ve y te oye. De mayor importancia que todas tus peticiones, por urgentes que sean, de mayor importancia que todo tu fervor y esfuerzo por orar rectamente, es esta sola cosa: la seguridad infantil y viva de que tu Padre te ve, de que ahora te has encontrado con Él, y de que, con sus ojos puestos en ti y los tuyos en Él, gozas ahora de una verdadera unidad con Él.
Cristiano, hay un peligro terrible al que estás expuesto en tu aposento interior. Estás en peligro de sustituir la comunión viva con Dios —el intercambio vivo de darle tu amor, tu corazón y tu vida, y recibir de Él su amor, su vida y su espíritu— por la oración y el estudio de la Biblia.
Tus necesidades y su expresión, junto con tu deseo de orar humilde, ferviente y creyentemente, pueden ocuparte de tal manera que la luz de su rostro y el gozo de su amor no puedan entrar en ti.
Tu estudio de la Biblia puede interesarte tanto, y despertar en ti un sentimiento religioso tan grato, que sí, la misma palabra de Dios puede llegar a ser un sustituto de Dios mismo, el mayor estorbo para la comunión, porque mantiene ocupada al alma en lugar de conducirla a Dios mismo. Y salimos a la labor del día sin el poder de una comunión permanente, porque en nuestras devociones matutinas no se aseguró la bendición. ¡Qué diferencia habría en la vida de muchos si todo en el aposento estuviese subordinado a esta sola cosa: quiero andar con Dios a lo largo del día; mi hora matutina es el tiempo en que mi Padre contrae un compromiso definido conmigo, y yo con Él, de que así sea! ¡Qué fuerza impartiría la conciencia de que Dios se ha hecho cargo de mí, de que Él mismo va conmigo; de que voy a hacer su voluntad en su fortaleza todo el día; de que estoy dispuesto para todo lo que pueda venir! Sí, ¡qué nobleza vendría a la vida si la oración secreta no fuese solamente un pedir algún nuevo sentido de consuelo, luz o fuerza, sino la entrega de la vida, aunque fuese por un solo día, a la custodia segura y firme de un Dios Poderoso y Fiel!
«Ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en lo secreto, te recompensará.» Donde se mantiene la comunión secreta con el Padre en espíritu y en verdad, la vida pública ante los hombres llevará la recompensa.
El Padre que ve en lo secreto toma a su cargo y recompensa en público. La separación de los hombres, en soledad con Dios, es el camino seguro, y el único, para vivir en unidad con los hombres en el poder de la bendición de Dios.