Capítulo 29 · 6 min de lectura
La santidad: el objetivo supremo del estudio de la Biblia
Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." Juan 17: 17.
En su gran oración intercesora, nuestro Señor habló de las palabras que el Padre le había dado, de cómo Él mismo se las había entregado a sus discípulos, y de cómo ellos las habían recibido y creído. Esto fue lo que los hizo discípulos. El guardar estas palabras era lo que realmente los capacitaría para vivir la vida y hacer la obra de verdaderos discípulos. Recibir de Cristo las palabras de Dios y guardarlas es la señal y el poder del verdadero discipulado.
Al orar al Padre para que los guardara en el mundo cuando Él lo hubiera dejado, nuestro Señor pide que los santifique en la verdad, tal como ella habita y obra en su palabra. Cristo había dicho de sí mismo: "Yo soy la verdad.'' Él era el unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad. Su enseñanza no era como la de la ley que vino por medio de Moisés, que daba un conocimiento, una promesa de bienes venideros que no era sino una imagen o una sombra.
"Las palabras que yo os he hablado son espíritu y son vida." pues comunican la sustancia misma, el poder y la posesión divina de aquello de lo que hablan. Cristo había hablado del Espíritu como el Espíritu de verdad que guiaría a toda la verdad que había en Él mismo, no como cuestión de conocimiento o de doctrina, sino a su experiencia y gozo reales.
Y entonces ora para que, en esta verdad viva, tal como habita en la Palabra y es revelada en Él por el Espíritu, el Padre los santifique. "Por ellos", dice, "yo me santifico a mí mismo, para que también ellos sean santificados en la verdad." Y pide al Padre que, en su poder y su amor, los tome a su cargo, para que se realice su propósito —santificarlos en la verdad, por medio de su palabra que es verdad—, a fin de que ellos, como Él mismo, sean santificados en la verdad. Estudiemos las maravillosas lecciones que aquí se nos dan acerca de la palabra de Dios.
«Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.» El gran objeto de la palabra de Dios es hacernos santos. Ninguna diligencia ni éxito en el estudio de la Biblia nos aprovechará realmente si no nos hace hombres más humildes y más santos. En todo nuestro uso de la Santa Escritura, este debe ser, de manera definida, nuestro principal objetivo. La razón por la que a menudo hay tanta lectura de la Biblia con tan poco fruto real en un carácter semejante al de Cristo es que no se busca de veras la "salvación, mediante la santificación del Espíritu y la fe en la verdad". La gente se imagina que si estudia la Palabra y acepta sus verdades, esto, de algún modo, por sí mismo, la beneficiará.
Pero la experiencia enseña que no es así. El fruto de un carácter santo, de una vida consagrada, del poder para bendecir a otros, no llega, por la sencilla y muy natural razón de que solo obtenemos lo que buscamos. Cristo nos dio la Palabra de Dios para hacernos santos; solo cuando hacemos de esto nuestro propósito definido en todo estudio de la Biblia puede la verdad —no la verdad doctrinal, sino su divino poder vivificador, que imparte la vida misma de Dios que ella contiene como semilla— abrirse y comunicarse a nosotros.
"Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad.'' Es Dios mismo quien únicamente puede hacernos santos por medio de su Palabra. La palabra, separada de Dios y de su operación directa, no puede aprovechar. La palabra es un instrumento: Dios mismo debe usarla. Dios es el único Santo. Solo Él puede santificar. El valor inefable de la palabra de Dios está en que es el medio de Dios para la santidad. El terrible error de muchos es que olvidan que solo Dios puede usarla o hacerla eficaz. No basta con que yo tenga acceso al dispensario de un médico. Necesito que él me recete. Sin él, el uso que yo hiciera de sus medicinas podría ser mortal. Así ocurría con los escribas. Se gloriaban en la ley de Dios; se deleitaban en su estudio de la Escritura, y sin embargo permanecían sin santificar. La palabra no los santificaba, porque no buscaban esto en la palabra, ni se rendían a Dios para que Él lo hiciera por ellos.
"Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." Esta santidad por medio de la Palabra debe buscarse y esperarse de Dios en oración. Nuestro Señor no solo enseñó a sus discípulos que debían ser santos; no solo se santificó a sí mismo por ellos, para que fueran santificados en la verdad, sino que llevó sus palabras y su obra al Padre con la oración de que los santificara. Es muy necesario conocer la palabra de Dios y meditar en ella. Es muy necesario poner nuestro corazón en ser santos, como nuestro primer y principal objetivo al estudiar la Palabra. Pero todo esto no basta; todo depende de que sigamos a Cristo al pedir al Padre que nos santifique por medio de la Palabra. Es Dios, el Padre santo, quien nos hace santos, por el Espíritu de santidad que mora en nosotros. Él obra en nosotros la mente y la disposición mismas de Cristo, que es nuestra santificación. "No hay santo como el SEÑOR''; toda santidad es suya y de lo que Él da por su santa Presencia.
El tabernáculo y el templo no eran santos en virtud de purificación, separación o consagración. Llegaron a ser santos por la entrada y la morada de Dios. El hecho de que Él tomara posesión los hizo santos. Así también Dios nos hace santos por medio de su palabra, que introduce en nosotros a Cristo y al Espíritu Santo. Y el Padre no puede hacer esto si no es en la medida en que aguardamos delante de Él, y estamos quietos, y en profunda dependencia y plena entrega nos entregamos a Él. Es en la oración ofrecida en el Nombre, y en la comunión, y en la fe del Gran Intercesor: "Santifícalos en tu verdad; tu palabra es verdad." donde se hallará el poder santificador del Padre, y donde nuestro conocimiento de la palabra de Dios de veras nos hará santos.
¡Cuán sagrada es la Vigilia Matutina! Esta hora se dedica especialmente a que el alma se entregue a la santidad de Dios, para ser santificada por medio de la Palabra. Recordemos siempre que el único fin de la palabra de Dios es hacernos santos. Sea nuestra continua oración: "Padre, santifícame en tu verdad."