Capítulo 28 · 5 min de lectura
La renovación diaria — Su costo
Por tanto, no desmayamos; antes aunque este nuestro hombre exterior se va desgastando, el interior no obstante se renueva de día en día. 2 Corintios 4:16.
«No os conforméis a este siglo, mas transformaos por la renovación de vuestro entendimiento, para que experimentéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta.» Romanos 12:2.
No es cosa pequeña ni fácil ser un cristiano maduro y fuerte. Por parte de Dios, significa que le costó al Hijo de Dios su vida, que se necesita el poder omnipotente de Dios para crear de nuevo a un hombre, y que nada menos que el cuidado incesante y diario del Espíritu Santo puede sostener esa vida.
Por parte del hombre, exige que, al vestirse del hombre nuevo, se despoje del hombre viejo. Todas las disposiciones, los hábitos y los placeres de nuestra propia naturaleza, que componen la vida en que hemos vivido, han de ser apartados. Todo lo que poseemos por nuestro nacimiento de Adán ha de ser vendido, si hemos de poseer la perla de gran precio.
Si un hombre ha de venir en pos de Cristo, ha de negarse a sí mismo, tomar su cruz, dejarlo todo y seguir a Cristo por la senda en que Él anduvo. Ha de desechar no solo todo pecado, sino todo aquello que, por necesario, legítimo y precioso que sea, pueda convertirse en ocasión de pecado; ha de sacarse el ojo, o cortarse la mano. Ha de aborrecer su propia vida, ha de perderla, si ha de vivir en «el poder de una vida indestructible». Es cosa solemne, mucho más solemne de lo que la mayoría piensa, ser un verdadero cristiano.
Esto es especialmente cierto en cuanto a la renovación diaria del hombre interior. Pablo habla de ella como acompañada y condicionada por el desgaste del hombre exterior. Toda la epístola (2 Cor.) nos muestra cómo la comunión en los padecimientos de Cristo, hasta la conformidad con su muerte, era el secreto de su vida de poder y de bendición para las iglesias. Llevando siempre por todas partes en el cuerpo la muerte de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestros cuerpos. Porque nosotros que vivimos, siempre somos entregados a muerte por causa de Jesús, para que también la vida de Jesús se manifieste en nuestra carne mortal. De manera que la muerte obra en nosotros, y en vosotros la vida.
La plena experiencia de la vida en Cristo en nuestra persona, en nuestro cuerpo y en nuestra obra por los demás depende de nuestra comunión en su padecimiento y su muerte. No puede haber una medida grande de la renovación del hombre interior, sin el sacrificio, sin el desgaste del hombre exterior.
Para ser llena del cielo, la vida ha de ser vaciada de la tierra. Tenemos la misma verdad en nuestro segundo texto: «Transformaos por la renovación de vuestro entendimiento.» Una casa vieja puede ser renovada y, con todo, conservar mucho de su antigua apariencia; o la renovación puede ser tan completa que los hombres exclamen: ¡qué transformación! La renovación del entendimiento por el Espíritu Santo significa una transformación entera, un modo enteramente distinto de pensar, de juzgar y de decidir. La mente carnal cede el lugar a un «entendimiento espiritual» (Colosenses 1:9; 1 Juan 5:20). Esta transformación no se obtiene sino al precio de renunciar a todo lo que es de la naturaleza. «No os conforméis a este siglo, mas transformaos.»
Por naturaleza, somos de este mundo. Cuando somos renovados por la gracia, aún estamos en el mundo, sujetos a la sutil influencia que todo lo penetra y de la cual no podemos retirarnos. Y lo que es más, el mundo está aún en nosotros, como la levadura de la naturaleza que nada puede purgar sino el poder omnipotente del Espíritu Santo, llenándonos de la vida del cielo.
Permitamos que estas verdades echen hondas raíces y nos dominen. La transformación divina, por la renovación diaria de nuestro entendimiento a la imagen de Aquel que está en lo alto, no puede avanzar en nosotros más rápida ni más lejos que nuestro anhelo de ser librados de todo vestigio de conformidad con este mundo. La parte negativa, «No os conforméis a este siglo», ha de ser recalcada con tanta fuerza como la positiva, «transformaos». El espíritu de este mundo y el Espíritu de Dios contienden por la posesión de nuestro ser. Solo cuando el primero es conocido, renunciado y echado fuera, puede entrar el Espíritu celestial y hacer su bendita obra de renovación y transformación.
Todo el mundo y cuanto es del espíritu mundano ha de ser abandonado. Toda la vida y cuanto es del yo ha de ser perdido. Esta renovación diaria del hombre interior cuesta mucho, esto es, mientras estamos vacilando, o tratando de hacerla con nuestras propias fuerzas. Una vez que de veras aprendemos que el Espíritu Santo lo hace todo, y que en la fe de la fortaleza del Señor Jesús lo hemos entregado todo, la renovación llega a ser el crecimiento sencillo, natural, sano y gozoso de la vida celestial en nosotros.
La cámara interior llega a ser entonces el lugar que anhelamos cada día, para alabar a Dios por lo que ha hecho, y está haciendo, y por lo que sabemos que hará. Día tras día, nos entregamos de nuevo al bendito Señor que ha dicho: «El que cree en mí, como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva.» La renovación del Espíritu Santo llega a ser una de las verdades más benditas de nuestra vida cristiana diaria.