Capítulo 25 · 4 min de lectura
Lo interior y lo exterior
¡Necios! El que hizo lo de afuera, ¿no hizo también lo de adentro? »Lucas 11:40.
Todo espíritu procura crear para sí una forma o figura en la cual su vida quede encarnada. Lo exterior es la expresión visible de la vida interior oculta. Lo exterior se conoce por lo general antes que lo interior; por medio de ello, lo interior se desarrolla y alcanza su plena perfección, como dice el apóstol en 1 Corintios 15:46: "Mas lo espiritual no es primero, sino lo natural; luego lo espiritual." Comprender y mantener la debida relación entre lo interior y lo exterior es uno de los más grandes secretos de la vida cristiana.
Si Adán en el paraíso no hubiera prestado oído al tentador, su prueba habría resultado en el perfeccionamiento de su vida interior. Fue su pecado y su ruina, y la causa de toda su miseria, el haberse entregado al poder del mundo exterior visible. En lugar de buscar su felicidad en la vida interior oculta de un corazón en el que se honrara el mandato de Dios, en las disposiciones interiores de amor y de fe, de obediencia y de dependencia, fijó su deseo en el mundo fuera de él, en el placer y en el conocimiento del bien y del mal que este podía darle.
Toda religión falsa, desde la más degradante idolatría hasta la corrupción del judaísmo y del cristianismo, tiene su raíz en esto: en que lo exterior, aquello que puede agradar al ojo, o interesar a la mente, o satisfacer el gusto, ocupa el lugar de aquella verdad en lo interior, de aquella sabiduría oculta en el corazón y en la vida que Dios busca y da.
La gran señal del Nuevo Testamento es que es una dispensación de la vida interior. La promesa del nuevo pacto es: "Daré mi ley en sus entrañas, y la escribiré en sus corazones." "Y os daré un corazón nuevo, y pondré un espíritu nuevo dentro de vosotros." La promesa de nuestro Señor Jesús fue: "En aquel día vosotros conoceréis que yo estoy en mi Padre, y vosotros en mí, y yo en vosotros." Es en el estado del corazón donde consiste la religión, en un corazón en el cual Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo, un corazón en el que el amor de Dios ha sido derramado, donde se halla la verdadera salvación.
El aposento interior, con su secreta unidad con el Padre, que ve en lo secreto, es el símbolo y la escuela de formación de la vida interior. El uso verdadero y fiel, día tras día, del aposento interior hará fuerte y gozosa la vida interior oculta.
En toda nuestra religión, el gran peligro es dar más tiempo e interés a los medios exteriores que a la realidad interior. No es la intensidad de tu estudio de la Biblia, no es la frecuencia ni el fervor de tus oraciones o buenas obras, lo que necesariamente constituye una verdadera vida espiritual.
¡No! Lo que necesitamos es comprender que, así como Dios es Espíritu, así también hay un espíritu dentro de nosotros que puede conocerle y recibirle, y llegar a ser conforme a su semejanza, y ser partícipe de las mismas disposiciones que le animan a Él como Dios en su bondad y en su amor.
Asienta firmemente en tu mente que toda nuestra salvación consiste en la manifestación de la naturaleza, la vida y el espíritu de Cristo Jesús en nuestro hombre nuevo, exterior e interior. Solo esto renueva y recobra la primera vida de Dios en el alma del hombre. Dondequiera que vayas, cualquier cosa que hagas, en casa o afuera en el campo, hazlo todo con un deseo de unión con Cristo, en imitación de sus disposiciones e inclinaciones, y no anheles nada, no desees nada tanto como aquello que ejercita y acrecienta el espíritu y la vida de Cristo en tu alma, y que todo lo que hay dentro de ti sea transformado en el temple y el espíritu del santo Jesús.
Considera el tesoro que tienes dentro de ti, el Salvador del mundo, el Verbo eterno de Dios, escondido en tu corazón como una simiente de la Naturaleza Divina que ha de vencer el pecado y la muerte dentro de ti, y engendrar de nuevo la vida del cielo en tu alma. Vuélvete a tu corazón, y tu corazón hallará a su Salvador, a su Dios, dentro de sí mismo. No ves ni sientes nada de Dios, porque le buscas afuera, en los libros, en la iglesia, en ejercicios exteriores; pero allí no le hallarás hasta que primero le hayas hallado en tu corazón. Búscale en tu corazón y nunca buscarás en vano, porque allí mora Él, allí está el asiento de su luz y de su Espíritu Santo.