Capítulo 1 · 7 min de lectura
La hora matutina
«Oh Jehová, de mañana oirás mi voz; de mañana me presentaré delante de ti, y esperaré.» — Salmos 5:3.
«Jehová el Señor me dio lengua de sabios, para saber hablar en sazón palabra al cansado; despertará mañana tras mañana, despertará mi oído para que oiga como los sabios.» — Isaías 50:4.
Desde las edades más remotas, los siervos de Dios han considerado la mañana como el tiempo apropiado para la adoración de Dios. Todos los cristianos siguen teniéndolo por deber y por privilegio dedicar alguna parte del comienzo del día a buscar la comunión con Dios. Muchos cristianos, especialmente la Asociación Cristiana de Estudiantes, guardan la Vigilia Matutina; la Sociedad Y. P. C. E. la llama la Hora de Quietud; otros usan el nombre de la Hora del Silencio o el Tiempo de Quietud.
Todos estos, ya piensen en una hora entera, o en media hora, o en un cuarto de hora, se unen al salmista en lo que dice: «Oh Jehová, de mañana oirás mi voz.»
Hablando de la importancia extrema de este diario tiempo de quietud, de oración y meditación en la Palabra de Dios, el señor Mott ha dicho: «Después de recibir a Cristo como Salvador y de reclamar el bautismo del Espíritu Santo, no conocemos ningún acto que traiga mayor bien a nosotros mismos o a los demás que la formación de una animosa resolución de guardar la vigilia matutina y de pasar la primera media hora del día a solas con Dios.» A primera vista, la afirmación parece demasiado fuerte. El acto de recibir a Cristo como Salvador es de consecuencias tan infinitas para la eternidad, y el acto de reclamar al Espíritu Santo obra tal revolución en la vida cristiana, que algo tan sencillo como la firme determinación de guardar la vigilia matutina apenas parece bastante importante para colocarse junto a ellos.
Sin embargo, si pensamos en cuán imposible es vivir nuestra vida diaria en Cristo como nuestro Salvador del pecado, o mantener un caminar en la dirección y el poder del Espíritu Santo, sin una comunión diaria e íntima con Dios, pronto veremos la verdad de ese sentir. Porque sencillamente significa la firme determinación de que Cristo tenga la vida entera, de que el Espíritu Santo sea en todo plenamente obedecido. La vigilia matutina es la clave de la posición en la que la entrega a Cristo y al Espíritu Santo puede mantenerse incesante y plenamente.
Para comprender esto, miremos primero cuál debe ser el objeto de la vigilia matutina. La vigilia matutina no debe considerarse como un fin en sí misma.
No basta con que nos brinde un tiempo bendito de oración y estudio de la Biblia, y con ello cierta medida de renovación y ayuda. Ha de servir como medio para un fin. Y ese fin es asegurar la presencia de Cristo para todo el día. La devoción personal a un amigo o a una empresa significa que ese amigo o esa empresa ocuparán siempre su lugar en el corazón, aun cuando otras ocupaciones absorban la atención. La devoción personal a Jesús significa que no permitimos que nada nos separe de Él ni por un momento.
Permanecer en Él y en su amor, ser guardados por Él y su gracia, hacer su voluntad y agradarle: esto no puede de ninguna manera ser algo intermitente para quien está verdaderamente consagrado a Él. «Te necesito cada hora»; «Momento a momento soy guardado en su amor.» Estos himnos son el lenguaje de la vida y de la verdad. «En tu nombre se alegrarán todo el día»; «Yo Jehová la guardo; cada momento la regaré.» Estas son palabras de poder divino. El creyente no puede mantenerse en pie ni un solo momento sin Cristo. La devoción personal a Él se niega a contentarse con algo menos que permanecer siempre en su amor y en su voluntad. Nada menos es la verdadera vida cristiana según las Escrituras. La importancia, la bienaventuranza y el verdadero fin de la vigilia matutina solo pueden verse como nada menos que su primer objeto.
Cuanto más claro sea el objeto de nuestra búsqueda, mejor podremos adaptar los medios para alcanzarlo. Considérese ahora la vigilia matutina como el medio para este gran fin: quiero asegurar absolutamente la presencia de Cristo todo el día, y no hacer nada que pueda estorbarla. Comprendo al instante que mi éxito para el día dependerá de la claridad y de la fuerza de la fe que lo busca, lo halla y lo retiene a ÉL en el aposento secreto. La meditación, la oración y la Palabra se emplearán todas como subordinadas y auxiliares a esto: el vínculo del día entre Cristo y yo ha de renovarse y afianzarse firmemente en la hora matutina. Al principio, puede parecer como si el pensamiento de todo el día, con todos sus posibles cuidados, placeres y tentaciones, perturbara el reposo que he disfrutado en mi tranquila devoción. Es posible; pero no será pérdida alguna.
La verdadera religión se propone que el carácter de Cristo quede tan formado en nosotros que aun en nuestros actos más comunes se manifiesten su temple y su disposición. El espíritu y la voluntad de Cristo han de poseernos de tal modo que, en nuestra convivencia con los hombres, en nuestro descanso, en nuestros negocios, sea para nosotros una segunda naturaleza obrar conforme a ellos. Todo esto puede ser, porque Cristo mismo, como el Viviente, vive en nosotros. No te turbes si al principio la meta parece demasiado alta o difícil, y ocupa demasiado de tu tiempo en la hora de la oración privada. El tiempo que le dediques será ricamente recompensado. Volverás a la oración y a la Escritura con nuevo propósito y nueva fe.
A medida que la vigilia matutina comience a ejercer su efecto sobre el día, el día repercutirá en su primera media hora, y la comunión con Cristo tendrá un nuevo sentido y un nuevo poder. Tendrá especialmente su influencia sobre el espíritu con que guardas la vigilia matutina.
A medida que nos posea la grandeza del fin —la comunión ininterrumpida con Dios en Cristo a lo largo del día— y la verdadera naturaleza de los medios para asegurarla —un encuentro definido y consciente con Cristo y el asegurar su presencia para el día—, se verá que lo único esencial es un propósito de todo corazón: la firme determinación, cueste el esfuerzo o la abnegación que cueste, de ganar el premio. En el estudio o en el campo deportivo, todo estudiante sabe cuánta necesidad hay de una voluntad vigorosa y un propósito resuelto si hemos de triunfar.
La religión necesita, y en verdad merece, no menos sino más de una devoción intensa. Si algo la requiere, ciertamente el amor de Cristo reclama el corazón entero. Es esta firme determinación, antes que todo, de asegurar la presencia de Cristo la que vencerá toda tentación de ser infieles o superficiales en el cumplimiento de nuestras promesas. Es esta voluntad la que hace de la vigilia matutina misma un poderoso medio de gracia para fortalecer el carácter, y darnos el temple de decir No a todo llamado a la complacencia propia. Es esta voluntad la que nos capacitará, en el instante mismo en que entramos en el aposento interior y cerramos la puerta, para estar allí de todo corazón, prontos de inmediato para nuestra unión con Cristo. Y es la determinación que, desde la vigilia matutina en adelante, vendrá a ser la nota dominante de nuestra vida diaria.
En el mundo suele decirse: Grandes cosas son posibles a todo hombre que sabe lo que quiere, y lo quiere con todo su corazón.
El estudiante que ha hecho de la devoción personal a Cristo su consigna hallará en la hora matutina el lugar donde su percepción de su santo llamamiento se renueva día tras día; donde su voluntad se fortalece para andar dignamente conforme a él; y donde su fe es recompensada por la presencia de Cristo que espera para salir a su encuentro y hacerse cargo de él durante el día. Somos más que vencedores por medio de Aquel que nos amó. Un Cristo vivo espera para salir a nuestro encuentro.