Capítulo 19 · 6 min de lectura

La vida y la luz

En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres." Juan 1: 1, 4.

«Otra vez Jesús les habló, diciendo: «Yo soy la luz del mundo; el que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la luz de la vida». Juan 8: 12.

Porque Cristo era Dios, podía ser el Verbo de Dios. Porque tenía en sí mismo la Vida de Dios, podía ser el revelador de esa Vida. Y así, siendo el Verbo Viviente, es el Verbo que da vida. La palabra escrita puede quedar sin valor y sin efecto allí donde se confía en la sabiduría humana para captarla. Solo cuando se la recibe como la semilla en la cual yace escondida la vida del Verbo Viviente, para ser vivificada por el Espíritu Santo, puede ser para nosotros la palabra de vida. Nuestra unidad con la palabra escrita de Dios debiera estar siempre inspirada y regulada por la fe en el Verbo Eterno, que era Dios.

La misma verdad se manifiesta en la expresión que sigue: la vida es la luz. Cuando vemos brillar la luz, sabemos que en alguna forma u otra hay un fuego que arde. Y así sucede en el mundo espiritual.

Debe haber vida allí donde puede haber luz. Puede haber luz reflejada de un objeto muerto u oscuro. Puede haber una luz prestada, sin vida. Pero solo la vida verdadera puede mostrar la verdadera luz. El que sigue a Cristo tendrá la luz de la vida.

Estas dos afirmaciones de una misma gran verdad confirman de manera notable lo que aprendimos acerca del Espíritu de Dios. Así como Él conoce las cosas de Dios porque es la vida de Dios, así también Cristo es el Verbo porque es Dios y tiene la vida de Dios; y así la luz de Dios solo brilla donde está la vida de Dios. Los tres pensamientos nos traen de nuevo a nuestro estudio de la Biblia con una sola bendita, pero tan necesaria lección: que solo cuando la palabra escrita nos trae la vida del Verbo Eterno, cuando su luz dentro del corazón es el resplandor de una vida que allí obra, cuando el Espíritu Santo, que conoce las cosas de Dios porque es la vida de Dios, las hace vida y verdad dentro de nosotros, puede nuestro estudio de las Escrituras bendecirnos realmente.

Y así volvemos a la única gran lección que el Espíritu procura inculcar respecto a la Palabra de Dios: que solo cuando la Escritura se recibe de la vida de Dios a nuestra vida hay un verdadero conocimiento de ella.

Es una semilla que lleva en sí la vida Divina: donde es recibida en la buena tierra de un corazón que tiene hambre de esa vida, brotará y dará fruto, como toda semilla, «según su especie».

Reproducirá en nuestra vida la vida misma de Dios, de la cual procedió, la semejanza y la disposición mismas del Padre y del Hijo por medio del Espíritu Santo. Queremos llevar todo esto a la práctica y aplicarlo directamente a nuestra lectura privada de la Biblia.

Quieres saber cómo comenzar. Las reglas son muy sencillas.

La primera: «Estad quietos, y conoced que yo soy Dios». Toma tiempo para estar en quietud y para percibir a Dios. «¡Calla delante del Señor DIOS!» «Calle toda carne delante del SEÑOR». «Mas el SEÑOR está en su santo templo; calle delante de él toda la tierra». Adora y espera en Él para que te hable. La siguiente: recuerda que la palabra procede de la vida, del corazón de Dios, llevando su vida para impartirla a la tuya. Nada menos que la vida de Dios es: nada menos que el poder de Dios puede hacerla vivir en ti. La siguiente: cree en Cristo, el Verbo Viviente. «En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres». «El que me sigue, no andará en tinieblas, mas tendrá la luz de la vida». Sigue a Jesús con amor y anhelante deseo, en obediencia y servicio, y así su vida obrará en ti, y la vida será la luz de tu alma.

Y entonces, pide al Padre el Espíritu Santo, que solo Él conoce las cosas de Dios, para que haga viva y eficaz la palabra en tu corazón. Ten hambre de la voluntad de Dios como tu alimento diario; ten sed de la fuente viva del Espíritu dentro de ti; recibe la palabra en tu voluntad, en tu vida, en tu gozo: la vida que ella trae dará la luz con que resplandece. La razón por la cual tantas veces he insistido en la verdad expuesta en los últimos capítulos es muy sencilla.

Mi propia experiencia me ha enseñado cuánto tarda uno en comprender claramente que la palabra de Dios debe ser recibida en la vida y no solo en la mente, y cuánto tarda de nuevo, aun después de comprenderla, en creerla y ponerla plenamente por obra. «A la verdad, escribiros las mismas cosas a mí no me es molesto, y para vosotros es seguro».

Estudia la lección hasta que la sepas. La palabra procede de la vida de Dios, lleva esa vida en sí misma, procura entrar en mi vida y llenarla con la vida de Dios. Esta vida es la luz de los hombres, y da la luz del conocimiento de la gloria de Dios. Puede que descubras que esta lección requiere más tiempo del que piensas, que te estorba más de lo que te ayuda en tus lecciones bíblicas, y que se hace tanto más difícil cuanto más la estudias. No temas ni te impacientes; antes bien, ten por seguro que si la aprendes bien, bendecirás a Dios porque ha llegado a ser para ti una llave que nunca antes tuviste, para el tesoro escondido de la palabra, dándote verdadera sabiduría en lo secreto.

Así que repito de nuevo las sencillas palabras tan inagotablemente benditas y verdaderas. Así como el Espíritu que vive en Dios solo Él conoce las cosas de Dios, así solo el Espíritu que vive en mí puede hacerme conocer las cosas de Dios impartiéndolas a mi vida.

Así como Cristo era el Verbo porque era Dios y tenía la vida de Dios, la palabra escrita solo puede bendecirme cuando, por medio de ella, el Verbo viviente me trae la vida de Dios. Así como la vida estaba en Cristo, y así como la Vida es la Luz de los hombres, así también solo cuando tengo la vida de Cristo por medio de la palabra tengo la luz del conocimiento de Dios.

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