Capítulo 17 · 5 min de lectura
Aprender de Cristo
Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas." Mateo 11: 29.
Todo estudio de la Biblia es aprender. Todo estudio de la Biblia, para ser fructífero, debe ser un aprender de Cristo. La Biblia es el libro de texto, Cristo es el Maestro. Es Él quien abre el entendimiento, y abre el corazón, y abre los sellos. (Lucas 24: 45, Hechos 16: 14, Apocalipsis 5: 9.)
Cristo es el Verbo vivo y eterno, del cual las palabras escritas son la expresión humana. La presencia y la enseñanza de Cristo son el secreto de todo verdadero estudio de la Biblia. La Palabra escrita es impotente, salvo en cuanto nos conduce al Verbo vivo. A nadie se le ha ocurrido jamás acusar a nuestro Señor de no honrar el Antiguo Testamento. En su propia vida demostró que lo amaba como cosa salida de la boca de Dios. Siempre señaló a los judíos hacia él como la revelación de Dios y el testimonio de sí mismo. Pero con los discípulos es notable con cuánta frecuencia hablaba de su propia enseñanza como aquello que más necesitaban y debían obedecer.
Fue solo después de su resurrección, cuando ya se había realizado la unión con Él mismo, y ellos habían recibido ya los primeros soplos del Espíritu, cuando lo encontramos exponiendo las Escrituras.
Los judíos tenían su propia interpretación de la Palabra, hecha por ellos mismos: la convirtieron en la mayor barrera entre ellos y Aquel de quien la Palabra hablaba. A menudo sucede así también con los cristianos; nuestra aprehensión humana de la Escritura, por más que esté respaldada por la autoridad de la Iglesia o de nuestro propio círculo, llega a ser el mayor estorbo en el camino de las enseñanzas de Cristo. Cristo, el Verbo vivo, busca primero hallar su lugar en nuestro corazón y en nuestra vida, ser nuestro único Maestro: así aprenderemos de Él a honrar y a entender la Escritura. «Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón.» Nuestro Señor abre aquí el secreto más íntimo de su propia vida interior. Aquello que trajo para nosotros desde el cielo; aquello que lo hace apto para ser Maestro y Salvador; aquello que nos ha dado, y que quiere que aprendamos de Él: todo lo hallas en las palabras «soy manso y humilde de corazón», la única virtud que lo hace el Cordero de Dios, nuestro Redentor sufriente, nuestro Maestro y Guía celestial. Es la única disposición que nos pide al venir a aprender de Él: de esta procederá todo lo demás.
Para nuestro estudio de la Biblia y para toda nuestra vida cristiana, tienes aquí la única condición para aprender verdaderamente de Cristo. Él, el Maestro, manso y humilde de corazón, quiere hacerte lo que Él es, porque eso es salvación.
Como aprendiz, has de venir, estudiar y creer en Él, el Manso y Humilde, y procurar aprender de Él a ser también manso y humilde. ¿Y por qué es esto lo primero y lo más importante de todo?
Porque está en la raíz de la verdadera relación de la criatura con Dios. Solo Dios tiene vida, bondad y felicidad.
Como Dios de amor, se deleita en dar y en obrarlo todo en nosotros.
Cristo se hizo Hijo del Hombre para mostrar en qué bienaventurada e incesante dependencia de Dios ha de vivir el hombre: este es el sentido de su humildad de corazón. Es en este espíritu que los ángeles cubren sus rostros y arrojan sus coronas delante de Dios. Dios lo es todo para ellos, y se deleitan en recibirlo todo y en darlo todo. Esta es la raíz de la verdadera vida cristiana: ser nada delante de Dios y de los hombres; esperar en Dios solamente; deleitarse en Cristo, el manso y humilde, imitarlo y aprender de Él. Esta es la clave misma del conocimiento de la Escritura. Solo en este carácter puedes aprender de Él. Cuán poco lugar ha tenido en la iglesia cristiana la humildad, el corazón manso y humilde, el lugar que tiene en la vida de Cristo y en las enseñanzas de la Palabra de Dios.
Estoy profundamente persuadido de que esta carencia está en la raíz de gran parte de la debilidad e infecundidad de que oímos hablar. Solo en la medida en que somos mansos y humildes de corazón puede Cristo enseñarnos por su Espíritu lo que Dios tiene para nosotros, y puede Dios obrar en nosotros. Comencemos cada uno con nosotros mismos, y tengamos esto por la primera condición del discipulado y la primera lección que el Maestro con toda seguridad nos enseñará. Hagamos de todo nuestro estudio de la Biblia un aprender de Cristo, un confiar en Él, que es tan manso, tierno y bondadoso, esperando en Él para que obre en nosotros su propio espíritu y su semejanza.
A su debido tiempo, nuestra vigilia matutina será la escena de comunión diaria y de bendición diaria.
Sé con qué dificultades tengo que luchar al abogar de este modo por que el corazón manso y humilde sea la primera consideración en el estudio de la Biblia. Es difícil hacer que los hombres comprendan que, en la unidad con Dios, la disposición y el carácter lo son todo. Más difícil es mostrarles que, de toda disposición y carácter cristianos, un corazón manso y humilde es la semilla y la raíz misma. Es difícil convencerlos de que sin él el provecho del estudio de la Biblia es muy pequeño. Y es, sobre todo, difícil llevarlos a entender y creer que el corazón manso y humilde puede alcanzarse, porque es precisamente lo que Cristo ofrece dar, enseñándonos cómo hallarlo y recibirlo en Él mismo.
Frente a todas estas dificultades, no obstante, insto a todos los estudiantes de la Biblia a que, reflexiva y oradoramente, se pregunten si la primerísima cuestión que ha de resolverse en la cámara interior no es esta: ¿Está mi corazón en el estado en que mi Maestro desea que esté? Y si no lo está, ¿no es mi primera obra entregarme a Él para que lo obre en mí?