Capítulo 16 · 6 min de lectura
Revelado a los niños
Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque escondiste estas cosas de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños." Mateo 11:25, Lucas 10:21.
Los sabios y entendidos son los hombres que son conscientes de su poder de mente y razón y confían en él para que los ayude en su búsqueda del conocimiento divino. Los niños son aquellos cuya obra principal no es la mente y su poder, sino el corazón y su disposición. Ignorancia, impotencia, dependencia, mansedumbre, docilidad, confianza y amor: estos son los temples que Dios busca en aquellos a quienes enseña. (Salmos 25:9, 12, 14, 17, 20.)
Una de las partes más importantes de nuestra devoción es el estudio de la palabra de Dios. ¡De qué profunda importancia es que recibamos siempre la palabra en el espíritu que espera a que el Padre revele su verdad en nosotros! Y ¡de qué importancia es que tengamos la disposición semejante a la de un niño, sí, la disposición semejante a la de un niño, a la cual el Padre gusta de comunicar los secretos de su amor! Con los sabios y prudentes, el conocimiento de la cabeza es lo primero; de ellos, Dios esconde el sentido espiritual de aquello mismo que creen entender.
Con los niños, no la cabeza y su conocimiento, sino el corazón y el sentimiento, el sentido de humildad, amor y confianza, es lo primero; y a ellos Dios les revela, en su vida y experiencia interior, aquello mismo que saben que no pueden entender.
La educación nos dice que hay dos estilos de enseñar. El maestro ordinario hace de la comunicación del conocimiento su principal objeto, y cultiva las facultades del niño solo en la medida en que le ayudan a alcanzar su objeto. El verdadero maestro considera la cantidad de conocimiento como algo secundario.
Su primer propósito es desarrollar el poder de la mente y del espíritu, y ayudar al alumno, tanto mental como moralmente, a usar rectamente sus facultades, en la búsqueda y la aplicación del conocimiento. Del mismo modo hay dos clases de predicadores. Algunos derraman instrucción, argumento y llamamiento sin cesar, dejando a los oyentes que hagan el mejor uso que puedan de lo que se les trae.
El verdadero predicador sabe cuánto depende del estado del corazón, y busca, tal como lo hizo nuestro Señor Jesús, subordinar la enseñanza de la verdad o doctrina objetiva al cultivo de aquellas disposiciones sin las cuales la enseñanza poco aprovecha. Cien sermones, elocuentes y fervientes, dirigidos a los sabios y prudentes, a cristianos que escuchan con el pensamiento de que pueden entender y de que lo que oyen de algún modo les aprovechará, traerán menos verdadera bendición que un solo sermón dirigido a oyentes en quienes el predicador ha despertado la conciencia de la ignorancia espiritual, un espíritu dócil semejante al de un niño que espera y depende, que verdaderamente acepta y obedece, la enseñanza del Padre.
En el aposento secreto, cada hombre es, en cuanto al auxilio humano se refiere, su propio maestro y predicador. Ha de adiestrarse en el bendito hábito de la sencillez y docilidad semejantes a las de un niño.
Recordando que no solo era necesario que la Verdad divina fuese revelada al mundo, sino que ha de haber una revelación individual a cada uno, por el Espíritu Santo, su primer cuidado es esperar en el Padre para que le revele, a él y dentro de él, el misterio escondido en su poder en la vida interior. En esta postura, ejercita el espíritu semejante al de un niño, y recibe el Reino como un niño pequeño. Todos los cristianos evangélicos creen en la regeneración.
¡Qué pocos creen que cuando un hombre nace de Dios, una dependencia de Dios semejante a la de un niño para toda enseñanza y fuerza debiera ser su principal característica! Fue lo único que nuestro Señor Jesús recalcó por encima de todo. Cuando declaró «bienaventurados» a los pobres de corazón, a los mansos, a los hambrientos; cuando llamó a los hombres a aprender de Él que era manso y humilde de corazón; cuando habló tan a menudo de que nos humillásemos y nos hiciésemos como niños pequeños, fue porque la primera y principal señal de ser hijo de Dios, de ser semejante a Jesucristo, es una dependencia absoluta de Dios para toda bendición, y especialmente para todo verdadero conocimiento de las cosas espirituales. Pregúntese cada uno: ¿He tenido el espíritu semejante al de un niño como lo primero esencial en mi estudio de la Biblia? ¿De qué sirve el estudio de la Biblia sin el espíritu semejante al de un niño? Es la verdadera y única llave de la escuela de Dios.
¿No sería bueno dejar de lado todo lo demás para asegurar esto? Solo entonces revelará Dios su sabiduría escondida.
El nuevo nacimiento, el ser engendrados de Dios, por el cual llegamos a ser hijos de Dios, tiene por fin hacernos niños. Nos dará el espíritu del niño así como la enseñanza del niño. No puede dar lo segundo sin lo primero. Creamos y entreguémonos a la nueva vida en nosotros, a la dirección del Espíritu; Él respirará en nosotros el espíritu de los niños pequeños. El primer objeto del estudio de la Biblia es aprender la sabiduría escondida de Dios. La primera condición para obtener este conocimiento es aceptar el hecho de que Dios mismo nos lo revela. La primera condición para obtener este conocimiento es aceptar el hecho de que Dios mismo nos lo revela.
La primera disposición necesaria para recibir esa revelación es un espíritu semejante al de un niño. Todos sabemos cómo lo primero que hace un obrero sabio es ver que tiene las herramientas apropiadas, y que están en debido orden. No cuenta como tiempo perdido el detener su trabajo y afilar las herramientas. No es tiempo perdido dejar que el estudio de la Biblia espere, hasta que veas si estás en la posición correcta, esperando la revelación del Padre en el espíritu manso y semejante al de un niño.
Si sientes que no has leído tu Biblia en este espíritu, confiesa y abandona de una vez el espíritu de confianza propia de los sabios y prudentes. No solo ores por el espíritu semejante al de un niño, sino créelo. Está en ti, aunque descuidado y reprimido; puedes comenzar de inmediato, como hijo de Dios, a experimentarlo.
No busques por medio de la reflexión o el argumento traer este espíritu semejante al de un niño a tu corazón. Obra de adentro hacia afuera.
Está en ti, como una semilla, en la nueva vida, nacida del Espíritu. Ha de levantarse y crecer en ti como un nacimiento del Espíritu que mora dentro. En esta fe, no solo has de orar, sino orar también muy especialmente por esta gracia del Espíritu, y ejercitarla. Vive como un niño delante de Dios. Como niño recién nacido, desea la leche de la Palabra. Y guárdate de intentar asumir este estado de ánimo solo cuando quieres estudiar la Escritura. Ha de ser el hábito permanente de tu mente, el estado de tu corazón. Solo entonces podrás gozar de la guía continua del Espíritu Santo.