Capítulo 15 · 6 min de lectura
La meditación
Bienaventurado el varón que no anduvo en consejo de malos, ni estuvo en camino de pecadores, ni en silla de escarnecedores se ha sentado; antes en la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche" Salmos 1: 1-2.
J osué. 1: 8. Salmos 119: 15, 23, 48, 78, 97, 99 y 148. 1 Timoteo 5: 15.) "Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová" Salmos 19: 14 y 49:3.
El verdadero fin de la educación, del estudio y de la lectura no ha de hallarse en lo que se pone en uso, sino en lo que se extrae de nosotros mismos, al despertar en un ejercicio activo nuestra potencia interior. Esto es tan cierto del estudio de la Biblia como de cualquier otro estudio. La palabra de Dios solo obra su verdadera bendición cuando la verdad que nos trae ha removido la vida interior y se ha reproducido en resolución, confianza, amor o adoración. Cuando el corazón ha recibido la palabra por medio de la mente y ha visto llamadas y ejercitadas en ella sus potencias espirituales, la palabra ya no es vana, sino que ha cumplido aquello para lo cual Dios la envió. Se ha vuelto parte de nuestra vida, y nos ha fortalecido para un nuevo propósito y esfuerzo.
Es en la meditación donde el corazón retiene y se apropia de la Palabra. Así como es en la reflexión donde el entendimiento capta todo el sentido y el alcance de una verdad, así en la meditación el corazón la asimila y la hace parte de su propia vida. Necesitamos que se nos recuerde continuamente que el corazón significa la voluntad y el afecto. La meditación del corazón implica deseo, aceptación, entrega y amor. Del corazón mana la vida; lo que el corazón verdaderamente cree, eso lo recibe con amor y gozo, y le permite dominar y gobernar la vida. El intelecto recoge y prepara el alimento del cual hemos de nutrirnos. En la meditación, el corazón lo toma en sí y se alimenta de él.
El arte de la meditación necesita ser cultivado. Así como un hombre necesita ser adiestrado para concentrar sus facultades mentales de modo que piense con claridad y exactitud, así el cristiano necesita considerar y meditar con cuidado, hasta que se haya formado el santo hábito de edificar todo el corazón sobre cada palabra de Dios.
A veces se pregunta cómo puede cultivarse esta capacidad de meditar. Lo primero de todo es presentarnos delante de Dios. Es su palabra; esa Palabra no tiene poder de bendición aparte de Él. Es a su presencia y comunión a donde la palabra pretende llevarnos. Practica su presencia, y toma la palabra como de Él mismo, en la seguridad de que Él hará que obre eficazmente en el corazón. En el Salmo 119 tienes la palabra siete veces, pero cada vez como parte de una oración dirigida a Dios. «Meditaré en tus mandamientos», «¡Oh, cuánto amo yo tu ley!».
«Todo el día es ella mi meditación». La meditación es el corazón que se vuelve hacia Dios con su propia palabra, procurando recibirla en el afecto y la voluntad, en su misma vida.
Otro elemento de la verdadera meditación es el sosiego reposado. En nuestro estudio de las Escrituras, en nuestro empeño por captar un razonamiento o por dominar una dificultad, nuestro intelecto a menudo necesita desplegar sus mayores esfuerzos. La disposición del alma que se requiere en la meditación es distinta. Aquí nos volvemos, con alguna verdad que hemos hallado, o con algún misterio en el que aguardamos la enseñanza divina, para esconder la palabra que nos ocupa en lo profundo del corazón, y para creer que, por el Espíritu Santo, su sentido y su poder serán revelados en nuestra vida interior.
«He aquí, tú amas la verdad en lo íntimo, y en lo secreto me has hecho comprender sabiduría». En la descripción de la madre de nuestro Señor se nos dice: «María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón». En su madre, que guardaba todos estos dichos en su corazón, tenemos la imagen de un alma que ha comenzado a conocer a Cristo y va por el camino seguro de conocerle mejor. Apenas es necesario añadir que en la meditación la aplicación personal ocupa un lugar destacado.
Esto ocurre demasiado poco en nuestro estudio intelectual de la Biblia. Su objeto es conocer y comprender. En la meditación, el objeto principal es apropiar y experimentar. La prontitud para creer implícitamente cada promesa, para obedecer sin vacilar cada mandamiento, para «estar firmes, perfectos y completos en todo lo que Dios quiere», es el único verdadero espíritu del estudio de la Biblia.
Es en la meditación sosegada donde se ejercita esta fe, donde se rinde esta fidelidad, donde se hace la plena entrega a toda la voluntad de Dios, y se recibe la seguridad de la gracia para cumplir nuestros votos.
Y entonces la meditación ha de conducir a la oración. Provee materia para la oración. Ha de conducir a la oración, a pedir y recibir concretamente lo que ha visto en la palabra o aceptado en ella. Su valor está en que es preparación para la oración, súplica deliberada y de todo corazón por aquello que el corazón ha sentido que la palabra ha revelado como necesario o posible. Esto significa que el reposo de la fe mira hacia arriba, en la seguridad de que la palabra se abrirá y probará su poder en el alma que mansa y pacientemente se entrega a ella.
La recompensa de descansar por un tiempo del esfuerzo intelectual y de cultivar el hábito de la santa meditación será que, con el correr del tiempo, ambos serán llevados a la armonía, y todo nuestro estudio quedará animado por el espíritu de una quieta espera en Dios y de una entrega del corazón y de la vida a la palabra.
Nuestra comunión con Dios está destinada a todo el día. La bendición de asegurar un hábito de verdadera meditación en la vigilia matutina será que seremos acercados a la bienaventuranza del varón del primer Salmo: «En la ley de Jehová está su delicia, y en su ley medita de día y de noche».
Que todos los obreros y guías del pueblo de Dios recuerden que ellos necesitan esto más que otros, si han de adiestrar a los demás en ello y de mantener su propia comunicación ininterrumpida con la única fuente de fuerza y de bendición. Dice Dios: «Yo estaré contigo; no te dejaré, ni te desampararé». «Solamente esfuérzate y sé muy valiente, cuidando de hacer conforme a toda la ley... para que seas prosperado en todas las cosas que emprendas. Nunca se apartará de tu boca este libro de la ley, sino que de día y de noche meditarás en él… entonces harás prosperar tu camino… Esfuérzate y sé valiente».
«Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, oh Jehová, roca mía y redentor mío». Que nada menos sea tu propósito: que tu meditación sea grata a sus ojos, parte del sacrificio espiritual que ofreces. Que nada menos sea tu oración y tu esperanza: que tu meditación sea verdadera adoración, la entrega viva del corazón a la Palabra de Dios en su presencia.