Capítulo 12 · 4 min de lectura
Vida y conocimiento
Y Jehová Dios hizo nacer de la tierra todo árbol delicioso a la vista, y bueno para comer. También el árbol de vida en medio del huerto, y el árbol de la ciencia del bien y del mal." — Génesis 2: 9.
Hay dos maneras de conocer las cosas. Una es en la mente, por noción o concepto; sé acerca de una cosa. La otra es en la vida; conozco por experiencia interior. Un ciego que sea inteligente puede saber todo lo que la ciencia enseña acerca de la luz, con que le lean libros. Un niño, o un salvaje, que jamás haya reflexionado sobre lo que es la luz, la conoce, sin embargo, mucho mejor que el erudito ciego. Este lo sabe todo acerca de ella por medio del pensamiento; aquel la conoce en realidad al verla y gozar de ella.
Así sucede también en la religión. La mente puede formarse pensamientos acerca de Dios a partir de la Biblia, y conocer todas las doctrinas de la salvación, mientras la vida interior no conoce el poder de Dios para salvar. Por eso leemos: «El que no ama, no ha conocido a Dios; porque Dios es amor»; puede él pronunciar hermosos pensamientos al respecto; pero, a menos que ame, no conoce a Dios. Solo el amor puede conocer a Dios. El conocimiento de Dios es la vida eterna.
La Palabra de Dios es la palabra de vida. Del corazón mana la vida. La vida puede ser vigorosa aun donde el conocimiento en la mente es débil. Y el conocimiento puede ser objeto de la más diligente búsqueda y de gran deleite, mientras la vida no es afectada por él.
Una ilustración puede aclarar esto. Supongamos que pudiéramos dar entendimiento a un manzano, con ojos para ver y con capacidad de obrar; esto tal vez le permitiría hacer por sí mismo lo que ahora hace el jardinero: recoger abono o traer humedad. Pero la vida interior del manzano seguiría siendo la misma, muy distinta del entendimiento que se le hubiera añadido. Y así, la vida divina interior en el hombre es algo muy distinto del intelecto con que él sabe acerca de ella. Ese intelecto es, en verdad, sumamente necesario, para ofrecer al corazón la Palabra de Dios que el Espíritu Santo puede vivificar. Y, sin embargo, es absolutamente impotente para impartir o vivificar la verdadera vida. No es más que un siervo que lleva el alimento: es el corazón el que ha de alimentarse, ser nutrido y vivir.
Los dos árboles del Paraíso son la revelación de Dios de esta misma verdad. Si Adán hubiera comido del árbol de la vida, habría recibido y conocido, en poder vivo y como experiencia, todo el bien que Dios tenía para él. Habría conocido el mal solo por estar absolutamente libre de él. Pero Eva fue extraviada por el deseo del conocimiento —«el fruto era codiciable para alcanzar la sabiduría»— y el hombre obtuvo un conocimiento del bien sin poseerlo, un conocimiento de él únicamente a partir del mal que le era opuesto. Desde aquel día, el hombre ha buscado su religión más en el conocimiento que en la vida.
Solo la vida, la experiencia, la posesión de Dios y de su bondad, da el verdadero conocimiento. El conocimiento del intelecto no puede vivificar. «Y si tuviese profecía, y entendiese todos los misterios y toda ciencia; y si tuviese toda la fe, de tal manera que traspasase los montes, y no tengo amor, nada soy.» 1 Corintios 13:2. Es en nuestra lectura diaria de la Biblia donde este peligro nos sale al encuentro; es allí donde ha de ser enfrentado y vencido. Necesitamos el intelecto para oír y entender la palabra de Dios en su sentido humano. Pero necesitamos saber que la posesión de la verdad por el intelecto no puede aprovechar sino en la medida en que el Espíritu Santo la hace vida y verdad en el corazón. Necesitamos rendir nuestro corazón y esperar en Dios, en quieta sumisión y fe, para que obre en nosotros por medio de aquel Espíritu. A medida que esto se convierta en santo hábito, aprenderemos el arte de que el intelecto y el corazón obren en perfecta armonía, y cada movimiento de la mente vaya siempre acompañado del movimiento correspondiente del corazón, esperando y atento a la enseñanza del Espíritu.