Capítulo 11 · 6 min de lectura
Guardar los mandamientos de Cristo
Si sabéis estas cosas, bienaventurados seréis si las hiciereis."— Juan 13:17.
La bienaventuranza y la bendición de la Palabra de Dios solo se conocen al ponerla en práctica. El tema es de tan suprema importancia en la vida cristiana, y por tanto en nuestro estudio de la Biblia, que debo pediros que volvamos a él una vez más. Y tomemos esta vez solamente la expresión: guardar la palabra, o guardar los mandamientos. Considerémosla primero en el discurso de despedida. Quizás conozcáis bien estos pasajes, pero será útil mirarlos juntos.
«Si me amáis, guardad mis mandamientos. Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador» (Juan 14:15, 16).
«El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ese es el que me ama; y el que me ama, será amado de mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él.» (v. 21) «Respondió Jesús, y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos con él morada.» (v. 23) «Si permanecéis en mí, y mis palabras permanecen en vosotros, pedid todo lo que quisiereis, y os será hecho.» (15:7) «Si guardareis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor; así como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, y permanezco en su amor. (15:10) «Vosotros sois mis amigos, si hiciereis lo que yo os mando. (15:14).
Estudiad y comparad estos pasajes, hasta que las palabras entren en el corazón y obren la profunda convicción de que guardar los mandamientos de Cristo es la condición indispensable de toda verdadera bendición espiritual. Para la venida de Dios el Espíritu Santo y su morada real en nosotros, para el gozo del amor del Padre, la manifestación interior de Cristo, la morada del Padre y del Hijo en el corazón, el poder de la oración, el permanecer en el amor de Cristo y el gozo de su amistad, guardar los mandamientos es lo único requerido.
Y para tener el poder de reclamar y gozar estas bendiciones por la fe día tras día, es también indispensable la conciencia sencilla, de niño, de que en verdad los guardamos. Y no menos indispensable es, para un fructífero estudio de la Biblia, la tranquila certeza que se atreve a esperar luz y fortaleza divinas con cada palabra de Dios, porque Él sabe que estamos dispuestos a obedecer hasta el extremo.
Por medio de la voluntad de Dios, en la cual nos deleitamos y que cumplimos, se abre nuestro único camino al corazón del Padre, y su único camino a nuestro corazón.
Guardad los mandamientos: este es el camino a toda bendición. Ved cuán notablemente confirma todo esto lo que hallamos en la primera epístola de Juan.
«Y en esto sabemos que nosotros le hemos conocido, si guardamos sus mandamientos. El que dice: Yo le he conocido, y no guarda sus mandamientos, el tal es mentiroso, y no hay verdad en él; mas el que guarda su palabra, la caridad de Dios es verdaderamente perfecta en él.» (1 Juan 2:3-5). La única prueba de un verdadero, vivo y salvador conocimiento de Dios; la única prueba de no estar engañados a nosotros mismos en nuestra religión; de que el amor de Dios no es una imaginación, sino una posesión, es guardar su palabra.
«Si nuestro corazón no nos reprende, confianza tenemos delante de Dios; y cualquier cosa que pidiéremos, la recibiremos de él, porque guardamos sus mandamientos, y hacemos las cosas que son agradables delante de él. Y el que guarda sus mandamientos, permanece en Dios» (3:21, 22 y 24). Guardar los mandamientos es el secreto de la confianza para con Dios, y de la verdadera e íntima comunión con Él.
«Porque este es el amor de Dios, que guardemos sus mandamientos. Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo.» (v. 3, 4).
Nuestra profesión de amor no vale nada, salvo cuando se prueba ser verdadera por el guardar de sus mandamientos en el poder de una vida engendrada de Dios. Conocer a Dios, tener el amor de Dios perfeccionado en nosotros, tener confianza delante de Dios, permanecer en Él, ser engendrados de Él y amarle: todo depende de una sola cosa: GUARDAR LOS MANDAMIENTOS.
Solo cuando comprendemos la preeminencia que Cristo y la Escritura dan a esta verdad, aprenderemos a darle la misma preeminencia en nuestra vida. Llegará a ser para nosotros una de las llaves del verdadero estudio de la Biblia. El hombre que lee su Biblia con el anhelo y el firme propósito de buscar y obedecer todo mandamiento de Dios y de Cristo, va por el buen camino para recibir toda la bendición que la palabra siempre estuvo destinada a traer. Aprenderá en especial dos cosas: cuánto necesita esperar en la enseñanza del Espíritu Santo para que le guíe a toda la voluntad de Dios, y cuánta bienaventuranza hay en cumplir los deberes cotidianos, no solo porque son rectos, o porque se deleita en ellos, sino porque son la voluntad de Dios. Descubrirá cómo toda la vida diaria se ennoblece cuando dice, como Cristo dijo: «Este mandamiento recibí de mi Padre.» La palabra vendrá a ser la luz y la guía por la cual todos sus pasos son ordenados.
Su vida vendrá a ser la escuela de formación en la que se prueba el poder santificador de la Palabra, y su aliento. Y así, guardar los mandamientos será la llave de toda bendición espiritual.
Haced un esfuerzo resuelto por comprender lo que significa esta vida de plena obediencia. Tomad algunos de los mandamientos más claros de Cristo: Amaos los unos a los otros, así como yo os he amado; debéis lavaros los pies los unos a los otros; también vosotros debéis hacer como yo os he hecho; y aceptad un amor y una humildad semejantes a los de Cristo como la ley de la vida sobrenatural que habéis de vivir. Lejos de que el sentimiento de fracaso o de impotencia os lleve a la desesperación, o a conformaros con lo que juzgáis alcanzable, que solo os anime a poner vuestra esperanza más enteramente en Aquel que por su Espíritu obrará en vosotros así el querer como el hacer.
Una vez más, nuestro único fin debe ser la perfecta armonía entre la conciencia y la conducta. Toda convicción debe llevarse a la acción. Los mandamientos de Cristo fueron dados para ser obedecidos. Si esto no se hace, la acumulación de conocimiento de la Escritura solo oscurece y endurece, y produce esa satisfacción con el placer que trae la adquisición de conocimiento, la cual nos incapacita para la enseñanza del Espíritu.
Ruego que no os canséis de que repita tan a menudo este mensaje bendito y solemne. En vuestro aposento interior ha de decidirse si guardaréis durante el día los mandamientos de Cristo. Y allí también se decidirá si en la vida venidera habréis de llevar el carácter de un hombre enteramente entregado a conocer y hacer la voluntad de Dios.