Capítulo 10 · 6 min de lectura

Las bendiciones del hacedor

Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos. Porque si alguno es oidor de la palabra, y no hacedor, este es semejante al hombre que considera en un espejo su rostro natural. Porque él se considera a sí mismo, y se va, y luego se olvida de cómo era. Mas el que mira atentamente en la perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella, no siendo oidor olvidadizo, sino hacedor de la obra, este tal será bienaventurado en lo que hace.» Santiago 1:22-25 ¡Qué terrible engaño contentarse con oír la palabra, deleitarse en oírla y, sin embargo, no ponerla por obra! Y ¡cuán terriblemente común es el espectáculo de multitudes de cristianos que escuchan la palabra de Dios con toda regularidad y fervor y, no obstante, no la practican! Si su propio criado hiciera lo mismo, oyendo pero sin hacer, ¿cuál sería el juicio? Y aun así, tan completo es el engaño, que nunca advierten que no están viviendo buenas vidas cristianas. ¿Qué es lo que puede engañarnos así? Hay más de una cosa. Una es que las personas confunden el placer que hallan en oír con la religión y el culto. La mente se deleita en que la verdad le sea presentada con claridad; la imaginación se complace en su ilusión; los sentimientos se conmueven con su aplicación.

Para una mente activa, el conocimiento produce placer. Un hombre puede estudiar alguna rama de la ciencia —digamos la electricidad— por el disfrute que el conocimiento le proporciona, sin la menor intención de aplicarlo en la práctica. Y así van las personas a la iglesia y disfrutan de la predicación, y sin embargo no hacen lo que Dios pide. Tanto el hombre no convertido como el convertido permanecen igualmente contentos de seguir haciendo y confesando, y aun así haciendo aquellas cosas que no debieran hacer. Otra causa de este engaño es la terrible perversión de la doctrina de nuestra impotencia para el bien. La gracia de Cristo para capacitarnos a obedecer, para guardarnos de pecar y hacernos verdaderamente santos, se cree tan poco, que los hombres piensan prácticamente que pesa sobre ellos una necesidad de pecar. Dios no puede esperar de ellos una obediencia exacta, pues sabe que no pueden rendirla. Este error corta la raíz misma de un propósito resuelto de hacer todo lo que Dios ha dicho. Cierra el corazón a todo deseo ferviente de creer y experimentar cuanto la gracia de Dios puede obrar en nosotros, y mantiene a los hombres satisfechos de sí mismos en medio del pecado. Oír y no hacer: ¡qué terrible engaño de sí mismo!

Hay una tercera razón para ello, que se refiere de manera especial a la lectura privada de la Biblia: se considera que el oír o el leer es un deber, y el acto de leer se tiene por un deber cuyo cumplimiento se estima un servicio religioso. Hemos dedicado nuestros cinco o diez minutos de la mañana a la lectura; hemos leído con reflexión y atención; hemos procurado asimilar lo que leíamos: un deber fielmente cumplido tranquiliza la conciencia y da una sensación de satisfacción.

Y apenas hay concepción alguna de lo inútil que es —y más aún, de la influencia endurecedora que ejerce— el deber cumplido o el conocimiento adquirido, a menos que salgamos con todo el corazón puesto en hacer y ser literalmente lo que la palabra de Dios dice que Él quiere que seamos y puede hacernos ser. ¡Terrible engaño! «Pero sed hacedores de la palabra, y no tan solamente oidores, engañándoos a vosotros mismos.» Santiago 1:22.

Es en el aposento, en la vigilia de la mañana, donde este engaño debe ser combatido y vencido. Puede que hallemos que ello trastorne nuestra lectura regular de la Biblia y nos haga quedar atrasados en nuestras porciones. No es necesario que sea así. Pero mucho mejor que suceda, antes que este punto quede dudoso e indeciso. Todo depende de esto. Nuestro Señor Jesús dijo: «El que quiere hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de Dios». Solo el corazón que se deleita en la ley de Dios y ha puesto su voluntad resueltamente en hacerla, puede recibir la iluminación divina, que conoce espiritualmente la enseñanza de Cristo en su origen y poder divinos. Sin esta voluntad de hacer, nuestro conocimiento no aprovechará: es mero conocimiento de la cabeza.

En la vida, en la ciencia y el arte, y en los negocios, la única manera de conocer verdaderamente es haciendo. Lo que un hombre no puede hacer, no lo conoce a fondo. La única manera de conocer a Dios, de gustar de su bienaventuranza, es haciendo su voluntad. Eso prueba si es un Dios de mi propio sentimiento e imaginación lo que confieso, o el Dios verdadero y vivo que gobierna y obra todas las cosas. Solo haciendo su voluntad pruebo que la amo y la acepto, y me hago uno con ella. Y además de eso, no hay bajo el cielo manera posible de estar unidos a Dios sino estando unidos a su voluntad en el hacerla.

Es en la quietud del aposento interior, en el espíritu con que hago mi lectura privada de la Biblia, en la determinación con que hago mi lectura privada de la Biblia, en la determinación con que procuro dejar este punto absoluta y definitivamente resuelto —que voy a hacer todo cuanto Dios diga—, donde el terrible engaño de oír y no hacer ha de ser vencido. Puede ayudarnos tomar alguna porción de la palabra de Dios y ver cómo hemos de tratarla.

Supongamos que sea el Sermón del Monte. Empiezo con la primera Bienaventuranza: «Bienaventurados los pobres en espíritu». Me pregunto: ¿Qué significa esto? ¿Estoy obedeciendo este mandato? ¿Estoy al menos plenamente resuelto a procurar día tras día mantener esta disposición?

Al sentir cuán lejos está de ello mi naturaleza orgullosa y confiada en sí misma, ¿estoy dispuesto a esperar, a suplicar a Cristo y a creer que Él puede obrarla en mí? ¿Voy a hacer esto: a ser pobre en espíritu? ¿O seré una vez más un oidor y no un hacedor? Y así puedo recorrer las Bienaventuranzas, y todo el sermón, con su enseñanza sobre la mansedumbre y la misericordia, sobre el amor y la justicia, sobre hacer todo como para el Padre y confiar en Él en todo, sobre hacer su voluntad y las palabras de Cristo, y preguntar: ¿Sé lo que esto significa? ¿Lo estoy viviendo? ¿Lo estoy haciendo? ¿Soy lo que Él dice?

Y cuando una y otra vez viene la respuesta —temo que no; no, no veo posibilidad alguna de vivir así y de hacer lo que Él dice—, seré llevado a sentir la necesidad de una revisión entera tanto de mi credo como de mi conducta.

Y me preguntaré si el voto —haré todo cuanto Él diga— ha ocupado alguna vez, ya sea en mi lectura de la Biblia o en mi vida, el lugar que Él exige que tenga. Sé que tales interrogantes pueden comenzar a obrar en mí y llevarme a una comprensión enteramente nueva de mi necesidad de un Cristo que aliente en mí su propia vida y obre en mí todo lo que dice. Cobraré ánimo en la fe para decir: Todo lo puedo en Aquel que me fortalece; cuanto Él dice en su Palabra, yo lo haré.

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