La imitación de Cristo
Los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia

Capítulo 92 · 5 min de lectura · 7 min de escucha

Los diversos movimientos de la naturaleza y de la gracia

La voz de Cristo

HIJO, observa con cuidado los movimientos de la naturaleza y de la gracia, porque se mueven de maneras muy contrarias y sutiles, y apenas puede distinguirlos nadie sino el hombre espiritual e interiormente iluminado. Todos los hombres, en verdad, desean lo bueno y aspiran a algo bueno en sus palabras y en sus obras. Por eso la apariencia del bien engaña a muchos.

La naturaleza es astuta y atrae a muchos, los enreda y los engaña, buscándose siempre a sí misma. Pero la gracia camina con sencillez, se aparta de toda apariencia de mal, no ofrece engaños y lo hace todo puramente por Dios, en quien descansa como en su fin último.

La naturaleza no quiere morir, ni ser reprimida, ni ser vencida. Tampoco quiere sujetarse a sí misma ni ser sometida. La gracia, por el contrario, procura la mortificación de sí misma. Resiste a la sensualidad, busca estar sujeta, desea ser vencida, no quiere usar de su propia libertad, ama ser mantenida bajo disciplina y no desea dominar a nadie, sino que quiere más bien vivir, estar y permanecer siempre bajo Dios, por cuyo amor está dispuesta a inclinarse humildemente ante toda criatura humana.

La naturaleza trabaja por su propio interés y mira el provecho que puede sacar de otro. La gracia no considera lo que le es útil y ventajoso a ella, sino más bien lo que aprovecha a muchos. La naturaleza gusta de recibir honra y reverencia, pero la gracia atribuye fielmente toda honra y gloria a Dios. La naturaleza teme la vergüenza y el desprecio, pero la gracia se alegra de padecer afrenta por el nombre de Jesús. La naturaleza ama la comodidad y el descanso del cuerpo. La gracia, en cambio, no soporta estar ociosa y abraza de buena gana el trabajo. La naturaleza busca poseer lo raro y lo hermoso, y aborrece lo barato y lo tosco. La gracia, por el contrario, se deleita en las cosas sencillas y humildes, no desprecia las ásperas ni rehúsa vestirse de ropas viejas.

La naturaleza pone los ojos en las riquezas temporales y se alegra de las ganancias terrenas. Se entristece por una pérdida y se irrita por una palabra leve e injuriosa. Pero la gracia mira a las cosas eternas y no se apega a las temporales; ni se turba por la pérdida ni se enoja por las palabras duras, porque ha puesto su tesoro y su gozo en el cielo, donde nada se pierde.

La naturaleza es codiciosa y recibe de mejor gana que da. Ama tener sus cosas propias y privadas. La gracia, en cambio, es bondadosa y generosa. La gracia huye del interés particular, se contenta con poco y juzga que más bienaventurado es dar que recibir.

La naturaleza se inclina a las criaturas, a su propia carne, a las vanidades y a andar de acá para allá. Pero la gracia se acerca a Dios y a la virtud, renuncia a las criaturas, aborrece los deseos de la carne, refrena sus andanzas y se avergüenza de dejarse ver en público.

A la naturaleza le gusta tener algún consuelo exterior en que deleitarse sensiblemente, pero la gracia busca consuelo solo en Dios, para hallar su deleite en el sumo Bien, por encima de todas las cosas visibles.

La naturaleza lo hace todo por su propia ganancia e interés. No sabe hacer nada sin paga, y espera recibir por sus buenas obras otro tanto o más, o bien alabanza y favor. Desea mucho que sus obras y sus dones sean muy estimados. La gracia, en cambio, no busca nada temporal, ni pide otra recompensa que a Dios solo. De las cosas temporales necesarias no pide más que lo que le sirva para alcanzar la eternidad.

La naturaleza se alegra de tener muchos amigos y parientes, se gloría de su noble posición y linaje, halaga a los poderosos, lisonjea a los ricos y aplaude a los que son como ella. Pero la gracia ama aun a sus enemigos y no se envanece por tener muchos amigos. No estima en mucho ni la posición ni el linaje si no hay también virtud en ellos. Favorece al pobre antes que al rico. Se compadece más del inocente que del poderoso. Se alegra con el hombre veraz antes que con el engañoso, y siempre exhorta a los buenos a procurar los mejores dones y a hacerse semejantes al Hijo de Dios practicando las virtudes.

La naturaleza se queja pronto de la necesidad y de la tribulación; la gracia es firme en sufrir la escasez.

La naturaleza lo vuelve todo hacia sí misma. Lucha y disputa por sí misma. La gracia lo devuelve todo a Dios, en quien todas las cosas tienen su origen. No se atribuye a sí misma bien alguno, ni es arrogante ni presuntuosa. No es contenciosa. No prefiere su propio parecer al de los demás, sino que en todo asunto del sentido y del pensamiento se somete a la sabiduría eterna y al juicio divino.

La naturaleza tiene afán de saber secretos y de oír novedades. Quiere mostrarse afuera y tener muchas experiencias de los sentidos. Quiere ser conocida y hacer cosas por las que sea alabada y admirada. Pero a la gracia no le importa oír novedades ni cosas curiosas, porque todo esto nace de la antigua corrupción del hombre, ya que no hay nada nuevo ni nada duradero sobre la tierra. Por eso la gracia enseña a refrenar los sentidos, a evitar la vana complacencia en sí mismo y la ostentación, a esconder con humildad las obras dignas de alabanza y admiración, y a buscar en todas las cosas y en toda ciencia el fruto de la utilidad, la alabanza y la honra de Dios. No quiere que ella ni lo suyo sea ensalzado, sino que desea que Dios, que todo lo concede por puro amor, sea bendito en sus dones.

Esta gracia es una luz sobrenatural, un don especial de Dios, la señal propia de los escogidos y la prenda de la salvación eterna. Levanta al hombre de las cosas terrenas para que ame las del cielo. De un hombre carnal hace un hombre espiritual.

Cuanto más, pues, se refrena y se vence la naturaleza, tanto más gracia se concede. Cada día el hombre interior es reformado con nuevas visitas según la imagen de Dios.

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