Capítulo 81 · 2 min de lectura · 3 min de escucha
Guárdate de la ciencia vana y mundana
La voz de Cristo
HIJO, no dejes que te engañen las palabras hermosas y sutiles de los hombres. Porque el reino de los cielos no consiste en palabras, sino en virtud. Atiende más bien a mis palabras, que encienden el corazón e iluminan la mente, que mueven a contrición y abundan en consuelos de muchas clases. Nunca las leas con el fin de parecer más docto o más sabio. Aplícate a mortificar tus vicios, porque esto te aprovechará más que entender muchas cuestiones difíciles.
Aunque hayas leído y aprendido muchas cosas, siempre te será necesario volver a este único principio: yo soy el que enseña al hombre la ciencia, y a los pequeños doy un entendimiento más claro del que puede enseñar hombre alguno. Aquel a quien yo hablo pronto será sabio y su alma aprovechará. Pero ¡ay de los que preguntan a los hombres muchas cosas curiosas y se cuidan muy poco del modo de servirme a mí!
Llegará el tiempo en que Cristo, el Maestro de los maestros, el Señor de los ángeles, aparecerá para tomar la lección a todos, es decir, para examinar la conciencia de cada uno. Entonces escudriñará a Jerusalén con candiles, y lo oculto de las tinieblas saldrá a la luz, y callarán los argumentos de las lenguas humanas.
Yo soy el que en un instante ilumina de tal modo la mente humilde, que comprende más de la verdad eterna de lo que podría aprender en diez años de escuelas. Yo enseño sin ruido de palabras ni choque de opiniones, sin ambición de honores ni confusión de argumentos.
Yo soy el que enseña al hombre a despreciar los bienes terrenos y a aborrecer las cosas presentes, a buscar lo eterno, a tener hambre del cielo, a huir de los honores y a soportar los escándalos, a poner en mí toda su esperanza, a no desear nada fuera de mí y a amarme ardientemente sobre todas las cosas. Porque hubo uno que, amándome íntimamente, aprendió verdades divinas y hablaba maravillas. Aprovechó más dejándolo todo que estudiando cuestiones sutiles.
A unos hablo de cosas comunes; a otros, de cosas particulares. A algunos me muestro con dulzura en signos y figuras, y a otros me aparezco con gran luz y les revelo misterios. La voz de los libros es una sola, pero no enseña a todos por igual, porque yo, dentro de ellos, soy el Maestro y la Verdad, el que escudriña los corazones, el que entiende los pensamientos, el que mueve a obrar, repartiendo a cada uno como me parece.
Capítulo 81 completado
Guárdate de la ciencia vana y mundana