Capítulo 80 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
La paz no se ha de poner en los hombres
La voz de Cristo
HIJO, si pones tu paz en alguna criatura por tu propio sentimiento o por gozar de su compañía, andarás inquieto y enredado. Pero si acudes a la Verdad que siempre vive y permanece, no te entristecerás si un amigo muere o te abandona. El amor a tu amigo debe estar fundado en mí, y por mí debes amar a todo el que te parezca bueno y te sea muy querido en esta vida. Sin mí la amistad no tiene fuerza ni puede durar. El amor que yo no ato no es verdadero ni puro.
Debes, pues, estar tan muerto a esos afectos humanos que desees, en cuanto de ti dependa, vivir sin la compañía de los hombres. El hombre se acerca tanto más a Dios cuanto más se aparta de todo consuelo terreno. Y tanto más alto sube hacia Dios cuanto más hondo baja dentro de sí mismo y más vil se hace a sus propios ojos. El que se atribuye algún bien a sí mismo impide que la gracia de Dios venga a su corazón, porque la gracia del Espíritu Santo busca siempre el corazón humilde.
Si supieras anonadarte por completo y vaciarte de todo amor a lo creado, yo me derramaría en ti con gran gracia. Cuando miras a las criaturas, se te quita la vista del Creador. Aprende, pues, a vencerte en todas las cosas por amor de tu Hacedor. Entonces podrás llegar al conocimiento divino. Pero cualquier cosa, por pequeña que sea, que se ama y se estima desordenadamente te aparta del sumo bien y corrompe el alma.
Capítulo 80 completado
La paz no se ha de poner en los hombres