Capítulo 8 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
Huir de la vana esperanza y de la soberbia
VANO es el hombre que pone su confianza en los hombres, en las cosas creadas.
No te avergüences de servir a otros por amor de Jesucristo, ni de parecer pobre en este mundo. No confíes en ti mismo, sino pon tu confianza en Dios. Haz lo que esté de tu parte, y Dios ayudará a tu buena voluntad. No confíes en tu propia ciencia ni en la astucia de hombre alguno, sino más bien en la gracia de Dios, que ayuda a los humildes y humilla a los soberbios.
Si tienes riquezas, no te gloríes en ellas, ni en tus amigos porque sean poderosos, sino en Dios, que todo lo da y que desea, sobre todas las cosas, darse a sí mismo. No te jactes de tu estatura ni de la hermosura de tu cuerpo, cualidades que una pequeña enfermedad desfigura y destruye. No te enorgullezcas de tu talento ni de tu habilidad, no sea que desagrades a Dios, a quien pertenecen todos los dones naturales que tienes.
No te tengas por mejor que los demás, no sea que quizá seas tenido por peor delante de Dios, que sabe lo que hay en el hombre. No te enorgullezcas de tus buenas obras, porque los juicios de Dios son distintos de los de los hombres, y lo que a ellos agrada, a él muchas veces le desagrada. Si hay algo bueno en ti, cree que hay más bien en los demás, para que así te conserves humilde. No te hace daño alguno tenerte por inferior a todos, pero te hace mucho daño tenerte por mejor que uno solo. Los humildes viven en paz continua, mientras que en el corazón de los soberbios hay envidia e ira frecuente.
Capítulo 8 completado
Huir de la vana esperanza y de la soberbia