La imitación de Cristo
Los afectos desordenados

Capítulo 7 · 1 min de lectura · 1 min de escucha

Los afectos desordenados

CUANDO el hombre desea algo desordenadamente, al punto se vuelve inquieto. El soberbio y el avaro nunca descansan, mientras que el pobre y humilde de corazón vive en abundancia de paz. El hombre que no está mortificado es pronto tentado y vencido por males pequeños y menudos; su espíritu es débil, en cierto modo carnal e inclinado a las cosas sensuales; a duras penas puede apartarse de los deseos terrenos. Por eso se entristece cuando ha de renunciar a ellos, y se enoja pronto si alguien lo reprende. Pero si satisface sus deseos, lo abruma el remordimiento de conciencia, porque siguió sus pasiones y estas no lo condujeron a la paz que buscaba.

La verdadera paz del corazón se halla, pues, en resistir a las pasiones, no en satisfacerlas. No hay paz en el hombre carnal, en el hombre entregado a los atractivos vanos; pero sí la hay en el hombre fervoroso y espiritual.

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