Capítulo 78 · 3 min de lectura · 3 min de escucha
El hombre no tiene ningún bien de sí mismo y de nada puede gloriarse
El discípulo
SEÑOR, ¿qué es el hombre, para que tengas de él memoria, o el hijo del hombre, para que lo visites? ¿Qué ha merecido el hombre para que le des tu gracia? ¿Qué motivo tengo yo, Señor, para quejarme si me abandonas, o qué puedo objetar si no haces lo que te pido? Esto puedo pensar y decir con toda verdad: «Señor, nada soy; de mí mismo nada bueno tengo; en todo soy deficiente y tiendo siempre a la nada. Y si no tengo tu ayuda y no soy fortalecido interiormente por ti, me vuelvo del todo tibio y flojo».
Pero tú, Señor, eres siempre el mismo. Permaneces para siempre, siempre bueno, justo y santo; haces todas las cosas bien, justa y santamente, y las dispones con sabiduría. Yo, en cambio, que estoy más inclinado a retroceder que a avanzar, no permanezco siempre en un mismo estado, porque cambio con las estaciones. Sin embargo, mi condición mejora pronto cuando te place y cuando extiendes tu mano para ayudarme. Porque solo tú, sin ayuda humana, puedes socorrerme y fortalecerme tanto que mi corazón ya no cambie, sino que se convierta y descanse solamente en ti. Por eso, si yo supiera desechar bien todo consuelo terreno, ya sea para alcanzar la devoción, ya por la necesidad que, a falta de alivio humano, me obliga a buscarte solo a ti, entonces podría con razón esperar tu gracia y alegrarme con el don de un nuevo consuelo.
Gracias a ti, de quien procede todo, siempre que me va bien. Delante de ti soy vanidad y nada, un hombre débil e inestable. ¿De qué puedo, pues, gloriarme, y cómo puedo desear ser tenido en mucho? ¿Acaso porque no soy nada? También esto es completamente vano. En verdad, la mayor vanidad es la peste maligna de la vanagloria, porque aparta de la verdadera gloria y despoja de la gracia celestial. Porque cuando el hombre se complace en sí mismo, te desagrada a ti; cuando anhela la alabanza humana, queda privado de la verdadera virtud. Pero la verdadera gloria y el santo regocijo consisten en gloriarse en ti y no en sí mismo, en alegrarse en tu nombre más que en la propia virtud, y en no deleitarse en ninguna criatura sino por amor de ti.
Sea alabado tu nombre, no el mío. Sea engrandecida tu obra, no la mía. Sea bendito tu santo nombre, pero no se me dé a mí ninguna alabanza humana. Tú eres mi gloria. Tú eres el gozo de mi corazón. En ti me gloriaré y me alegraré todo el día, y de mí mismo no me gloriaré en nada, sino en mis flaquezas.
Busquen los judíos la gloria que viene de los otros. Yo buscaré la que de solo Dios viene. Toda gloria humana, todo honor temporal, toda posición mundana es en verdad vanidad y necedad comparada con tu gloria eterna. ¡Oh Verdad mía, Misericordia mía, Dios mío, oh Trinidad bienaventurada, a ti solo sean la alabanza y el honor, el poder y la gloria, por los siglos de los siglos sin fin!
Capítulo 78 completado
El hombre no tiene ningún bien de sí mismo y de nada puede gloriarse