La imitación de Cristo
Los vanos juicios de los hombres

Capítulo 74 · 2 min de lectura · 2 min de escucha

Los vanos juicios de los hombres

La voz de Cristo

HIJO, confía firmemente en el Señor y no temas el juicio de los hombres cuando la conciencia te dice que eres recto e inocente. Porque es bueno y dichoso padecer tales cosas, y no pesarán mucho al corazón humilde que confía en Dios más que en sí mismo. Muchos hablan mucho, y por eso se les ha de dar poco crédito.

Asimismo, es imposible contentar a todos. Aunque Pablo procuró agradar a todos en el Señor y se hizo todo para todos, tuvo en poco sus opiniones. Trabajó abundantemente por la edificación y la salvación de los demás, cuanto estaba de su parte y cuanto pudo, pero no pudo evitar ser a veces juzgado y despreciado por otros. Por eso lo encomendó todo a Dios, que todo lo sabe, y se defendió con su paciencia y su humildad contra las lenguas de los que hablaban injustamente, o pensaban necedades y mentiras, o lo acusaban. A veces, en verdad, les respondió, pero solo para que su silencio no escandalizara a los débiles.

¿Quién eres tú, pues, para temer al hombre mortal? Hoy está aquí, y mañana ya no se le ve. Teme a Dios y no tendrás miedo de los terrores de los hombres. ¿Qué puede hacerte nadie con palabras o con injurias? Más se daña a sí mismo que a ti, y sea quien sea, no podrá escapar del juicio de Dios. Ten, pues, a Dios delante de tus ojos, y no contiendas con palabras quejosas.

Si parece, pues, que llevas la peor parte y que sufres una vergüenza que no mereces, no te quejes de ello ni disminuyas tu corona con la impaciencia. Mira más bien al cielo, a mí, que tengo poder para librarte de toda afrenta e injuria y para pagar a cada uno conforme a sus obras.

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