Capítulo 54 · 1 min de lectura · 2 min de escucha
El verdadero consuelo se ha de buscar solo en Dios
El discípulo
TODO lo que puedo desear o imaginar para mi consuelo no lo espero aquí, sino en la vida venidera. Porque si yo solo tuviera todos los consuelos del mundo y pudiera gozar de todos sus deleites, es cierto que no podrían durar mucho. Por tanto, alma mía, no puedes gozar de pleno consuelo ni de perfecto deleite sino en Dios, consolador de los pobres y amparo de los humildes. Espera un poco, alma mía, espera la promesa divina, y tendrás abundancia de todos los bienes en el cielo. Si deseas demasiado estas cosas presentes, perderás las eternas y celestiales. Usa de las cosas temporales, pero desea las eternas. No puedes saciarte con ningún bien temporal, porque no fuiste creada para gozar de ellos.
Aunque poseyeras todas las cosas creadas, no podrías ser feliz y bienaventurada; porque en Dios, que creó todas estas cosas, consiste toda tu bienaventuranza y felicidad; no por cierto una felicidad como la que ven y alaban los amantes del mundo, sino como la que esperan los buenos y fieles siervos de Cristo, y de la cual tienen a veces un anticipo los espirituales y limpios de corazón, cuya conversación está en los cielos.
Vano y breve es todo consuelo humano. Pero el que se recibe interiormente de la Verdad es dichoso y verdadero. El hombre devoto lleva consigo a todas partes a su Consolador, Jesús, y le dice: «Quédate conmigo, Señor Jesús, en todo lugar y en todo tiempo. Sea este mi consuelo: estar dispuesto a carecer de todo consuelo humano. Y si me falta tu consuelo, sean tu voluntad y tu justa prueba mi mayor consuelo. Porque no estarás enojado para siempre, ni para siempre amenazarás.»
Capítulo 54 completado
El verdadero consuelo se ha de buscar solo en Dios