Capítulo 4 · 3 min de lectura · 4 min de escucha
La doctrina de la verdad
DICHOSO aquel a quien la verdad se le manifiesta, no por figuras y palabras que pasan, sino tal como es en sí misma. Nuestras opiniones y nuestros sentidos nos engañan a menudo, y vemos muy poco.
¿De qué sirve discutir mucho sobre cuestiones enredadas y oscuras, si en el día del Juicio no se nos reprochará ignorarlas? Gran necedad es descuidar las cosas provechosas y necesarias y ocuparse con exceso de las que son inútiles y dañinas.
Tenemos ojos y no vemos.
¿Qué nos importan, pues, las cuestiones de la filosofía? Aquel a quien habla el Verbo eterno se ve libre de muchas teorías. Porque de este Verbo proceden todas las cosas, y todas las cosas hablan de él: él es el Principio, que también nos habla a nosotros. Sin este Verbo nadie entiende ni juzga rectamente. Aquel para quien él lo es todo, que todo lo refiere a él y todo lo ve en él, puede tener sosegado el corazón y permanecer en paz con Dios.
Oh Dios, tú que eres la verdad, hazme uno contigo en amor eterno. Muchas veces me cansa todo lo que oigo y leo; en ti está todo lo que deseo. Callen los doctos, enmudezcan todas las criaturas delante de ti; háblame tú solo.
Cuanto más recogido está el hombre y más sencillo de corazón se vuelve, con tanta mayor facilidad entiende las cosas sublimes, porque recibe de lo alto la luz del entendimiento. El espíritu puro, sencillo y firme no se dispersa en sus muchas tareas, porque todas las hace para honra de Dios. Y como goza de paz interior, en nada busca su propio interés. ¿Qué cosa, en verdad, causa más molestia y aflicción que los deseos desordenados del corazón?
El hombre bueno y piadoso dispone primero en su interior las obras que ha de hacer, no según los antojos de la mala inclinación, sino conforme al dictamen de la recta razón. ¿Quién tiene que librar mayor combate que el que se esfuerza por vencerse a sí mismo? Este, pues, debería ser nuestro propósito: vencernos a nosotros mismos, hacernos cada día más fuertes y adelantar en la virtud.
Toda perfección en esta vida lleva mezclada alguna imperfección, y ningún saber nuestro carece de alguna oscuridad. El humilde conocimiento de sí mismo es un camino más seguro hacia Dios que la búsqueda ardiente de la ciencia. No es que haya de tenerse por mala la ciencia o el conocimiento, que es bueno en sí mismo y ordenado por Dios; pero siempre se ha de preferir una conciencia limpia y una vida virtuosa. Muchos se equivocan a menudo y logran poco o nada, porque procuran más ser doctos que vivir bien.
Si los hombres pusieran tanto cuidado en arrancar los vicios y plantar las virtudes como el que ponen en discutir cuestiones, no habría tanto mal y escándalo en el mundo, ni tanta relajación en las comunidades religiosas. Ciertamente, en el día del juicio no se nos preguntará qué hemos leído, sino qué hemos hecho; no cuán bien hemos hablado, sino cuán bien hemos vivido.
Dime: ¿dónde están ahora todos aquellos señores y maestros que tan bien conociste en vida y que fueron famosos por su saber? Otros ocupan ya sus puestos, y no sé si alguna vez se acuerdan de quienes los precedieron. Mientras vivían parecían ser algo; ahora apenas se les recuerda. ¡Qué pronto pasa la gloria del mundo! ¡Ojalá su vida hubiera estado a la altura de su saber! Entonces sí habrían valido la pena su estudio y su lectura.
¡Cuántos perecen por la vana ciencia del mundo y por cuidarse poco de servir a Dios! Se desvanecieron en sus propios pensamientos, porque prefirieron ser grandes antes que humildes.
Verdaderamente grande es el que tiene gran caridad. Verdaderamente grande es el que se tiene por pequeño a sus propios ojos y no hace caso de los más altos honores. Verdaderamente sabio es el que tiene por necedad todas las cosas terrenas para ganar a Cristo. Y verdaderamente muy docto es el que hace la voluntad de Dios y renuncia a la suya.
Capítulo 4 completado
La doctrina de la verdad