La imitación de Cristo
El amor ardiente y el gran deseo de recibir a Cristo

Capítulo 114 · 3 min de lectura · 4 min de escucha

El amor ardiente y el gran deseo de recibir a Cristo

El discípulo

CON la mayor devoción y un amor ardiente, con todo el afecto y el fervor del corazón deseo recibirte, Señor, como te desearon en la sagrada Comunión muchos santos y personas devotas, que te agradaron muchísimo por la santidad de su vida y fueron fervorosísimos en la devoción.

Oh Dios mío, amor eterno, mi bien final, mi felicidad sin término, anhelo recibirte con un deseo tan fuerte y una reverencia tan digna como la que jamás tuvo o pudo sentir cualquiera de los santos; y aunque no soy digno de tener todos estos sentimientos de devoción, te ofrezco, sin embargo, todo el afecto de mi corazón, como si yo solo tuviera todos aquellos deseos tan agradables y ardientes.

Más aún, todo lo que un alma temerosa de Dios puede concebir y desear, te lo ofrezco por entero con la mayor reverencia y el más íntimo afecto. No quiero guardar nada para mí, sino ofrecerte, de buena gana y con toda libertad, a mí mismo y todo lo que es mío.

Señor Dios, Creador y Redentor mío, anhelo recibirte hoy con tal reverencia, alabanza y honra, con tal gratitud, dignidad y amor, con tal fe, esperanza y pureza como te deseó y te recibió tu santísima Madre, la gloriosa Virgen María, cuando respondió humilde y devotamente al ángel que le anunciaba el misterio de la Encarnación: «He aquí la sierva del Señor; hágase a mí conforme a tu palabra».

Y así como tu bienaventurado precursor, el más excelente de los santos, Juan el Bautista, alegrado por tu presencia, saltó de gozo en el Espíritu Santo cuando aún estaba encerrado en el seno de su madre, y después, viendo a Jesús andar entre los hombres, se humilló y dijo con devoto amor: «El amigo del esposo, que está en pie y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo», así deseo yo encenderme en grandes y santos deseos y entregarme a ti con todo mi corazón.

Por eso te ofrezco y te presento la alegría de todos los corazones devotos, sus ardientes afectos, sus éxtasis interiores, sus iluminaciones sobrenaturales y sus visiones celestiales, junto con todas las virtudes y alabanzas que han sido o serán celebradas por todas las criaturas en el cielo y en la tierra, por mí y por todos los que se han encomendado a mis oraciones, para que seas dignamente alabado y glorificado para siempre.

Recibe, Señor Dios mío, mis promesas y mis deseos de tributarte alabanza infinita y bendición sin medida, que en la inmensidad de tu inefable grandeza se te deben con justicia. Esto te tributo y deseo tributarte cada día y en cada instante del tiempo, y con amorosas súplicas invito y ruego a todos los espíritus celestiales y a todos los fieles que se unan a mí para darte alabanzas y gracias.

Que todos los pueblos, razas y lenguas te alaben y engrandezcan tu dulce y santo nombre con el mayor gozo y la más ardiente devoción. Y que todos los que celebran con reverencia y devoción este grandísimo Sacramento y lo reciben con plenitud de fe hallen en ti bondad y misericordia, y rueguen humildemente por mí, pecador. Y cuando hayan recibido la devoción deseada y la dichosa unión, y, bien consolados y admirablemente reconfortados, se hayan retirado de tu santa y celestial mesa, dígnense acordarse de mi pobre alma.

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