Capítulo 113 · 2 min de lectura · 2 min de escucha
Debemos mostrar a Cristo nuestras necesidades y pedirle su gracia
El discípulo
OH benignísimo y amantísimo Señor, a quien ahora deseo recibir con devoción, tú conoces la flaqueza y la necesidad que padezco, en qué grandes males y vicios estoy envuelto, cuántas veces me siento abatido, tentado, manchado y turbado.
A ti vengo en busca de ayuda, a ti te pido consuelo y alivio. Hablo a quien todo lo sabe, a quien está manifiesta toda mi vida interior, y que es el único que puede consolarme y ayudarme perfectamente.
Tú sabes de qué bienes tengo más necesidad y cuán pobre soy en virtudes. He aquí que estoy delante de ti, pobre y desnudo, pidiendo tu gracia e implorando tu misericordia.
Alimenta a este mendigo hambriento que es tuyo. Enciende mi frialdad con el fuego de tu amor. Ilumina mi ceguera con la claridad de tu presencia. Conviérteme en amargura todas las cosas terrenas; en paciencia, todo agravio y adversidad; en desprecio y olvido, todas las criaturas bajas. Levanta mi corazón a ti en el cielo y no me dejes andar errante por la tierra. Desde este momento y por toda la eternidad, sé tú solo dulce para mí, porque tú solo eres mi comida y mi bebida, mi amor y mi gozo, mi dulzura y todo mi bien.
Que tu presencia me encienda por completo, me consuma y me transforme en ti, para que llegue a ser un mismo espíritu contigo por la gracia de la unión interior y por la fuerza derretidora de tu ardiente amor.
No permitas que me aparte de ti hambriento y sediento; antes bien, obra conmigo misericordiosamente, como tantas veces y tan admirablemente has obrado con tus santos.
¿Qué maravilla sería que yo me encendiera por completo en ti y muriera a mí mismo, puesto que tú eres el fuego que siempre arde y nunca se apaga, el amor que purifica el corazón e ilumina el entendimiento?
Capítulo 113 completado
Debemos mostrar a Cristo nuestras necesidades y pedirle su gracia