La imitación de Cristo
El Cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel

Capítulo 108 · 5 min de lectura · 6 min de escucha

El Cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel

El discípulo

OH dulcísimo Señor Jesús, ¡qué grande es la dicha del alma devota que se alimenta de ti en tu banquete, donde no se le pone delante otro manjar que tú solo, su único Amado, el más deseado de todo cuanto su corazón puede desear!

Para mí sería en verdad una dicha derramar lágrimas en tu presencia desde lo más hondo del amor y, como la piadosa Magdalena, lavarte con ellas los pies. Pero ¿dónde está ahora esta devoción, este copioso derramamiento de santas lágrimas? Ciertamente, a tu vista y delante de tus santos ángeles, todo mi corazón debería encenderse y llorar de gozo. Porque, aunque estás escondido bajo otra forma, te tengo verdaderamente presente en el Sacramento.

Mis ojos no podrían soportar el mirarte en tu propio resplandor divino, ni el mundo entero podría subsistir ante el esplendor de la gloria de tu majestad. Por eso, al velarte en el Sacramento, tienes en cuenta mi flaqueza.

En verdad, poseo y adoro a aquel a quien los ángeles adoran en el cielo: yo, todavía por la fe; ellos, cara a cara y sin velo. Debo contentarme con la luz de la verdadera fe y andar en ella hasta que amanezca el día del resplandor eterno y pase la sombra de las figuras. Además, cuando venga lo que es perfecto, cesará la necesidad de los sacramentos, porque los bienaventurados en la gloria celestial no necesitan sacramento que los sane. Gozándose sin fin en la presencia de Dios, contemplando su gloria cara a cara, transformados de su propia claridad en la claridad de la inefable Divinidad, gustan al Verbo de Dios hecho carne, tal como era en el principio y como permanecerá por la eternidad.

Aun recordando estas maravillas, todo consuelo espiritual se me hace pesado, porque mientras no vea claramente al Señor en su gloria, tengo en poco todo lo que oigo y veo en la tierra.

Tú eres mi testigo, oh Dios, de que nada puede consolarme, ninguna criatura darme descanso, sino tú, Dios mío, a quien deseo contemplar para siempre. Pero esto no es posible mientras permanezco en esta vida mortal; por eso debo tener mucha paciencia y someterme a ti en todos mis deseos.

También tus santos, Señor, que ahora se gozan contigo en el reino de los cielos, esperaron mientras vivían la venida de tu gloria con fe y gran paciencia. Lo que ellos creyeron, lo creo yo. Lo que ellos esperaron, lo espero yo; y adonde ellos llegaron, confío llegar yo por tu gracia. Entretanto andaré en fe, fortalecido por el ejemplo de los santos. Tendré, además, para mi consuelo y para guía de mi vida, los libros santos, y por encima de todos ellos, tu santísimo Cuerpo como mi puerto y refugio singular.

Siento que en esta vida me son especialmente necesarias dos cosas, sin las cuales sus miserias serían insoportables. Encerrado aquí en esta cárcel del cuerpo, confieso que necesito estas dos: alimento y luz. Por eso me has dado en mi flaqueza tu sagrada Carne para alimentar mi alma y mi cuerpo, y has puesto tu palabra como lámpara que guía mis pies. Sin ellas no podría vivir rectamente, porque la palabra de Dios es la luz de mi alma, y tu Sacramento es el Pan de vida.

Estas pueden llamarse también las dos mesas, puestas una a un lado y otra al otro en el tesoro de la santa Iglesia. Una es la mesa del santo altar, que tiene el Pan santo, el precioso Cuerpo de Cristo. La otra es la mesa de la ley divina, que contiene la santa doctrina, enseña a todos la verdadera fe y los conduce con firmeza hasta dentro del velo, al Santo de los santos.

Gracias a ti, Señor Jesús, Luz de la luz eterna, por la mesa de tu santa doctrina, que nos has preparado por medio de tus siervos, los profetas y los apóstoles y otros doctores.

Gracias a ti, Creador y Redentor de los hombres, que para manifestar tu amor a todo el mundo has preparado una gran cena, en la que nos has puesto como alimento no el cordero, figura tuya, sino tu propio preciosísimo Cuerpo y Sangre, alegrando a todos los fieles en tu sagrado banquete y embriagándolos con el cáliz de la salvación, en el que están todas las delicias del paraíso; y los santos ángeles se banquetean con nosotros, aunque con mayor felicidad y dulzura.

¡Oh, qué grande y honroso es el oficio del sacerdote, a quien se ha concedido consagrar con palabras sagradas al Señor de la majestad, bendecirlo con sus labios, tenerlo en sus manos, recibirlo con su lengua y llevarlo a los demás por su ministerio!

¡Oh, qué limpias deben estar esas manos, qué puros los labios, qué santificado el cuerpo, qué inmaculado el corazón del sacerdote, a quien tantas veces viene el Autor de toda pureza! De los labios del sacerdote que tan a menudo recibe el Sacramento de Cristo no debe salir palabra que no sea santa, que no sea buena y provechosa. Sencillos y modestos deben ser los ojos acostumbrados a mirar el Cuerpo de Cristo. Puras y levantadas al cielo las manos acostumbradas a tocar al Creador del cielo y de la tierra. A los sacerdotes sobre todo se dice en la ley: «Santos seréis, porque santo soy yo, el Señor vuestro Dios».

Que tu gracia, Dios todopoderoso, nos asista, para que los que hemos recibido el oficio del sacerdocio podamos servirte digna y devotamente, con toda pureza y buena conciencia. Y si no podemos vivir con tanta inocencia como debemos, concédenos al menos llorar como es debido el mal que hemos cometido, y servirte en adelante con más fervor, en espíritu de humildad y con el propósito de una buena voluntad.

Capítulo 108 completado

El Cuerpo de Cristo y la Sagrada Escritura son muy necesarios al alma fiel

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