Capítulo 107 · 4 min de lectura · 5 min de escucha
No se debe dejar a la ligera la sagrada Comunión
La voz de Cristo
DEBES volver a menudo a la fuente de la gracia y de la divina misericordia, al manantial de la bondad y de la perfecta pureza, si quieres verte libre de pasiones y de vicios, si deseas hacerte más fuerte y más vigilante contra todas las tentaciones y engaños del diablo.
El enemigo, que conoce el gran bien y la virtud sanadora de la sagrada Comunión, procura cuanto puede, de todas las maneras y por todos los medios, estorbar y apartar de ella a los fieles y devotos. En efecto, hay algunos que sufren los peores asaltos de Satanás precisamente cuando se disponen a prepararse para la sagrada Comunión. Como está escrito en Job, este espíritu maligno viene entre los hijos de Dios para turbarlos con su acostumbrada malicia, para hacerlos excesivamente temerosos y perplejos, y así disminuir su devoción o combatir su fe hasta tal punto que tal vez dejen del todo la Comunión o comulguen con poco fervor.
Pero no hay que hacer caso alguno de sus astutas artimañas, por viles y horribles que sean: todas sus sugestiones deben volverse sobre su propia cabeza. Hay que despreciar y burlarse del miserable. No se debe dejar la sagrada Comunión por ninguno de sus asaltos ni por la turbación que pueda levantar.
Muchas veces, además, estorba a una persona la excesiva solicitud por sentir devoción y la inquietud acerca de la confesión. Haz como hacen los sabios. Echa fuera la inquietud y el escrúpulo, porque impiden la gracia de Dios y destruyen la devoción del alma.
No dejes la sagrada Comunión por una pequeña turbación o molestia; ve en seguida a confesarte y perdona de buena gana a todos sus ofensas. Si tú has ofendido a alguien, pide humildemente perdón, y Dios te perdonará con prontitud.
¿De qué sirve dilatar mucho tiempo la confesión o diferir la sagrada Comunión? Límpiate en seguida, escupe pronto el veneno. Date prisa a aplicar el remedio, y te hallarás mejor que si hubieras esperado mucho tiempo. Si hoy lo dejas por una cosa, quizá mañana te venga otra mayor, y así te apartarás de la Comunión por mucho tiempo y te volverás aún más indispuesto.
Sacude cuanto antes esta pesadez y esta pereza, porque nada se gana con mucha inquietud, con soportar largas horas de turbación y con privarte de los divinos Misterios a causa de estas perturbaciones de cada día. Sí, es muy dañoso diferir largo tiempo la sagrada Comunión, porque suele traer consigo un perezoso sueño espiritual.
¡Qué triste es que algunas personas disipadas y tibias estén dispuestas a dilatar la confesión y quieran asimismo diferir la sagrada Comunión, para no verse obligadas a vigilarse más estrechamente! ¡Ay, qué poco amor y qué poca devoción tienen quienes tan fácilmente dejan para después la sagrada Comunión!
¡Qué dichoso y qué agradable a Dios es aquel que vive de tal manera y guarda tan pura su conciencia, que estaría pronto y bien dispuesto para comulgar aun todos los días, si le fuera permitido y pudiera hacerlo sin que lo notaran!
Si alguna vez un hombre se abstiene por la gracia de la humildad o por una causa legítima, su reverencia es digna de alabanza; pero si se apodera de él la pereza, debe despertarse y hacer todo lo que esté en su mano, porque el Señor avivará su deseo por la buena intención, a la cual mira de modo particular. Y cuando de verdad no pueda acercarse, tendrá siempre la buena voluntad y la piadosa intención de comulgar, y así no perderá el fruto del Sacramento.
Cualquier persona devota puede a cualquier hora y en cualquier día recibir a Cristo en la comunión espiritual con provecho y sin impedimento. Pero en ciertos días y tiempos señalados debe recibir con afectuosa reverencia el Cuerpo de su Redentor en este Sacramento, buscando la alabanza y la honra de Dios más que su propio consuelo.
Porque cuantas veces recuerda con devoción el misterio y la pasión de Cristo encarnado y se enciende en amor por él, comulga místicamente y es invisiblemente reconfortado.
Quien solo se prepara cuando se acercan las fiestas o lo exige la costumbre, se hallará muchas veces sin preparar. Bienaventurado el que se ofrece en sacrificio al Señor cada vez que celebra o comulga.
No seas ni demasiado lento ni demasiado rápido al celebrar, sino sigue la buena costumbre común de aquellos con quienes vives. No debes causar a otros molestia ni fastidio, sino guardar la norma establecida por los superiores, y mirar el provecho de los demás más que tu propia devoción o inclinación.
Capítulo 107 completado
No se debe dejar a la ligera la sagrada Comunión