Las doctrinas fundamentales de la fe cristiana
La personalidad del Espíritu Santo

Capítulo 7 · 43 min de lectura · 55 min de escucha

La personalidad del Espíritu Santo

«La comunión del Espíritu Santo».—2 Corintios 13:14.

Nuestro tema de esta mañana es «La personalidad del Espíritu Santo». Ninguna serie de sermones sobre los fundamentos de nuestra fe cristiana estaría completa sin un sermón sobre la personalidad y la deidad del Espíritu Santo. La doctrina de la personalidad del Espíritu Santo es a la vez fundamental y vital. Quien no conoce al Espíritu Santo como persona no ha llegado a una experiencia cristiana completa y bien equilibrada. Quien conoce a Dios Padre y a Dios Hijo, pero no conoce a Dios Espíritu Santo, no ha llegado a la concepción cristiana de Dios ni a una experiencia plenamente cristiana. A primera vista quizá te parezca que la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo es una doctrina puramente técnica y, al parecer, sin utilidad práctica, pero no es así. Como veremos enseguida, la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo es una doctrina de primerísima importancia práctica.

I. LA IMPORTANCIA DE LA DOCTRINA DE LA PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

1. La doctrina de la personalidad del Espíritu Santo es de suma importancia desde el punto de vista de la adoración. Si el Espíritu Santo es una persona, y una Persona divina, como en efecto lo es, y si no lo conocemos como tal, si pensamos en el Espíritu Santo solo como una influencia o un poder impersonal, entonces estamos robando a una Persona divina la adoración que le es debida, el amor que le es debido, y la confianza, la entrega y la obediencia que le son debidas. Y permitidme detenerme aquí para preguntar a cada uno de vosotros: «¿Adoras tú al Espíritu Santo?». En teoría todos lo hacemos, cada vez que cantamos la Doxología en metro largo:

«Alabad a Dios, de quien fluye todo bien;
alabadle, criaturas aquí abajo;
alabadle arriba, huestes celestiales;
alabad al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

En teoría todos lo hacemos cada vez que cantamos el Gloria Patri: «Gloria al Padre, y al Hijo, y al Espíritu Santo. Como era en el principio, ahora y siempre, por los siglos de los siglos. Amén». Pero una cosa es hacer algo en teoría y otra muy distinta hacerlo de verdad. Una cosa es cantar unas palabras, y otra muy distinta darse cuenta del significado y la fuerza de las palabras que uno canta. Hace algunos años tuve una ilustración sorprendente de esto. Iba yo a una Conferencia Bíblica en el estado de Nueva York. Tenía que pasar por una ciudad situada a cuatro millas del lugar donde se celebraba la Conferencia. En esa ciudad vivía una pariente mía, y de camino a la Conferencia me detuve a visitarla, y ella me acompañó a la Conferencia. Esta pariente era cristiana, mucho mayor que yo, llevaba mucho más tiempo que yo siendo cristiana, era miembro de la Iglesia Presbiteriana, se había criado con el Catecismo Menor y era completamente ortodoxa. Aquella mañana hablé en la Conferencia sobre la personalidad del Espíritu Santo. Terminado el discurso, estábamos esperando en la galería del hotel el tranvía que había de llevarnos de vuelta a la ciudad. Mi pariente se volvió hacia mí y me dijo: «Archie, nunca antes había pensado en ello como en una persona». Pues bien, yo tampoco había pensado nunca en ello como en una persona, pero, gracias a Dios, había llegado a conocerlo a él como persona.

2. En segundo lugar, es de suma importancia desde el punto de vista práctico que conozcamos al Espíritu Santo como persona. Si piensas en el Espíritu Santo, como lo hacen tantos aun entre los cristianos, como una mera influencia o un mero poder, tu pensamiento será: «¿Cómo puedo apoderarme del Espíritu Santo y usarlo?». Pero si piensas en él a la manera bíblica, como una Persona divina, tu pensamiento será: «¿Cómo puede el Espíritu Santo apoderarse de mí y usarme?». ¿No hay ninguna diferencia entre la idea de que el hombre, el gusano, use a Dios para trillar el monte, y la de que Dios use al hombre, el gusano, para trillar el monte? La primera concepción es pagana; no difiere en lo esencial de la concepción del adorador africano de fetiches, que usa a su dios. La segunda concepción, la de Dios el Espíritu Santo que se apodera de nosotros y nos usa, es elevada y cristiana. Si piensas en el Espíritu Santo meramente como una influencia o un poder, tu pensamiento será: «¿Cómo puedo obtener más del Espíritu Santo?». Pero si piensas en él a la manera bíblica, como una persona, tu pensamiento será: «¿Cómo puede el Espíritu Santo obtener más de mí?». La primera concepción, la del Espíritu Santo como una mera influencia o un mero poder, conduce inevitablemente a la confianza en uno mismo, a la exaltación propia, a la ostentación del yo. Si piensas en el Espíritu Santo como una influencia o un poder y luego te imaginas que has recibido el Espíritu Santo, el resultado inevitable será que te pavonearás como si pertenecieras a una clase superior de cristianos. Recuerdo a una mujer que se me acercó una tarde en la Conferencia Bíblica de Northfield, al terminar un discurso, y me dijo: «Hermano Torrey, quiero hacerle una pregunta; pero antes quiero que entienda que yo soy una mujer del Espíritu Santo». Me estremecí. No lo parecía. Pero, por otra parte, si piensas en el Espíritu Santo a la manera bíblica, como una Persona divina de infinita majestad, que viene a morar en nuestro corazón, a tomar posesión de nosotros y a usarnos, eso conduce a la renuncia de sí mismo, a la abnegación, a la humillación propia. No conozco ningún pensamiento más apto para poner a uno en el polvo y mantenerlo en el polvo que esta gran verdad bíblica: que el Espíritu Santo, una Persona divina, viene a fijar su morada en nuestro corazón, a tomar posesión de nuestra vida y a usarnos.

3. La doctrina de la personalidad del Espíritu Santo es de suma importancia desde el punto de vista de la experiencia. Miles y decenas de miles de hombres y mujeres cristianos pueden dar testimonio de una transformación completa de su experiencia al llegar a conocer al Espíritu Santo como persona. De hecho, este discurso sobre la personalidad del Espíritu Santo, que en sustancia he dado en casi todas las ciudades donde he celebrado una serie de reuniones, es en algunos aspectos, al parecer, el tema más abstruso y técnico que jamás he intentado tratar ante un auditorio popular; y, sin embargo, a pesar de ello, más hombres y mujeres se me han acercado al final de este discurso, y más me han escrito, dando testimonio de la bendición personal recibida, que por cualquier otro discurso que Dios me ha permitido dar.

II. CUATRO LÍNEAS DE PRUEBA DE LA PERSONALIDAD DEL ESPÍRITU SANTO

Hay cuatro líneas de prueba, separadas y distintas, de la personalidad del Espíritu Santo.

1. La primera línea de prueba de la personalidad del Espíritu Santo es que en la Biblia se atribuyen al Espíritu Santo todas las señales o características distintivas de la personalidad. ¿Cuáles son las características distintivas de la personalidad? El conocimiento, el sentimiento y la voluntad. Todo ser que conoce, siente y quiere es una persona. Muchas veces, cuando uno dice que el Espíritu Santo es una persona, la gente entiende que quiere decir que el Espíritu Santo tiene manos y pies, dedos de las manos y de los pies, ojos, oídos, nariz y boca, y demás. Pero esas no son las señales de la personalidad; son las señales de la corporeidad. Todo ser que conoce, piensa y quiere es una persona, tenga o no tenga cuerpo. Pues bien, todas estas características de la personalidad se atribuyen al Espíritu Santo en la Biblia.

(1) Busca en tu Biblia 1 Corintios 2:11. «¿Quién conoce los pensamientos del hombre, sino el espíritu del hombre que está en él? Así tampoco nadie conoció las cosas de Dios, sino el Espíritu de Dios». Aquí se atribuye conocimiento al Espíritu Santo. En otras palabras, el Espíritu Santo no es una mera iluminación que viene a tu mente y a la mía, por la cual nuestra mente se aclara y se fortalece para ver verdades que de otro modo no descubriría. El Espíritu Santo es una Persona que conoce él mismo las cosas de Dios y nos revela lo que él mismo conoce.

(2) Busca ahora 1 Corintios 12:11: «Mas todas estas cosas obra uno y el mismo Espíritu, repartiendo particularmente a cada uno como quiere». Aquí se atribuye voluntad al Espíritu Santo. La idea es claramente que el Espíritu Santo no es un poder divino del que nos apoderamos y que usamos según nuestra voluntad, sino que el Espíritu Santo es una persona que se apodera de nosotros y nos usa según su voluntad. Este es uno de los hechos más fundamentales acerca del Espíritu Santo que debemos tener presentes si hemos de entrar en la debida relación con él. Hay más personas que se extravían en este punto que en casi cualquier otro. Tratan de apoderarse de algún poder divino que puedan usar según su voluntad. Doy gracias a Dios de que no exista ningún poder divino del que yo pueda apoderarme y usar según mi voluntad. ¿Qué haría yo, en mi necedad e ignorancia, con un poder divino? ¡Qué mal podría causar! Pero, por otra parte, me alegro aún más de que, si bien no hay ningún poder divino del que yo pueda apoderarme y usar según mi necia voluntad, hay una Persona divina que puede apoderarse de mí y usarme según su voluntad infinitamente sabia y amorosa.

(3) Busca ahora Romanos 8:27. «Y el que escudriña los corazones sabe cuál es la intención del Espíritu, porque Él intercede por los santos conforme a la voluntad de Dios». Lo que quiero que notes aquí es la expresión «la intención del Espíritu». La palabra griega que aquí se traduce «intención» es una palabra amplia que encierra a la vez las ideas de pensamiento y de propósito. Es la misma palabra que se usa en el versículo 7 del capítulo, donde leemos: «La intención de la carne es enemistad contra Dios», donde la idea es que no solo el pensamiento de la carne está contra Dios, sino que toda la vida moral e intelectual de la carne es enemistad contra Dios.

(4) Pasamos ahora a un pasaje de lo más notable: Romanos 15:30. «Os ruego, hermanos, por nuestro Señor Jesucristo y por el amor del Espíritu, que me ayudéis con oraciones por mí a Dios». Lo que quiero que notes en este versículo son las palabras «el amor del Espíritu». Es un pensamiento maravilloso. Nos enseña que el Espíritu Santo no es una mera influencia o un mero poder ciego, por benéfico que sea, que entra en nuestro corazón y en nuestra vida, sino que es una Persona divina que nos ama con el más tierno amor. Me pregunto cuántos de nosotros hemos pensado alguna vez detenidamente en «el amor del Espíritu». Me pregunto cuántos de los ministros que estamos hoy aquí hemos predicado alguna vez un sermón sobre el amor del Espíritu. Me pregunto cuántos de vosotros habéis oído alguna vez un sermón sobre el amor del Espíritu. Cada día de tu vida te arrodillas ante Dios el Padre —al menos espero que lo hagas— y dices: «Padre celestial, te doy gracias por tu gran amor, que te llevó a dar a tu Hijo para que viniera a este mundo y muriera en la cruz del Calvario en mi lugar». Cada día de tu vida te arrodillas, alzas la mirada al rostro de Jesucristo el Hijo y dices: «Bendito Hijo de Dios, te doy gracias por ese gran amor tuyo, que te llevó a venir a este mundo en obediencia al Padre y a morir en mi lugar en la cruz del Calvario». Pero ¿alguna vez te has arrodillado, has alzado la mirada al Espíritu Santo y le has dicho: «Espíritu Santo, te doy gracias por ese gran amor tuyo»? Y, sin embargo, debemos nuestra salvación tan verdaderamente al amor del Espíritu Santo como al amor del Padre y al amor del Hijo. Si no hubiera sido por el amor de Dios el Padre hacia mí, que me miró desde lo alto en mi estado de perdición, sí, que previó mi caída y mi ruina y envió a su Hijo a este mundo para morir en la cruz, para morir en mi lugar, hoy yo estaría en el infierno. Si no hubiera sido por el amor de Jesucristo, el Hijo, que vino a este mundo en obediencia al Padre para dar su vida, sacrificio expiatorio perfecto, en la cruz del Calvario en mi lugar, hoy yo estaría en el infierno. Pero si no hubiera sido por el amor del Espíritu Santo hacia mí, que vino a este mundo en obediencia al Padre y al Hijo, que me buscó en mi condición de perdido, que me siguió día tras día, semana tras semana, mes tras mes y año tras año, cuando yo no quería escucharlo, cuando deliberadamente le volvía la espalda, cuando lo insultaba; que me siguió a lugares adonde debió de ser una agonía para Alguien tan santo entrar; que me siguió día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año, hasta que por fin logró hacerme entrar en razón, hacerme comprender mi condición de total perdición, me reveló al Señor Jesús como el Salvador que yo precisamente necesitaba, y me movió y me capacitó para recibir al Señor Jesús como mi Salvador y mi Señor; si no hubiera sido por este amor paciente, longánimo e incansable del Espíritu de Dios hacia mí, hoy yo estaría en el infierno.

(5) Busca ahora un pasaje del Antiguo Testamento: Nehemías 9:20. «Y diste tu buen Espíritu para enseñarles, y no retiraste tu maná de su boca, y les diste agua para su sed». Aquí se atribuyen al Espíritu Santo tanto la inteligencia como la bondad. Este pasaje no añade nada a la idea que ya hemos visto; lo he traído sencillamente porque es del Antiguo Testamento. Hay quienes dicen que la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo está en el Nuevo Testamento, pero no en el Antiguo; pero aquí la encontramos tan claramente en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Desde luego, no la encontramos con tanta frecuencia en el Antiguo Testamento como en el Nuevo, porque esta es la dispensación del Espíritu Santo; pero la doctrina de la personalidad del Espíritu Santo está ahí, en el Antiguo Testamento. Hay muchos que dicen que la doctrina de la Trinidad no está en el Antiguo Testamento, que, aunque está en el Nuevo, no está en el Antiguo. Pero está en el Antiguo, en el primerísimo capítulo de la Biblia. En Génesis 1:26 leemos: «Y dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Aquí aparece con claridad la pluralidad de las personas en la Deidad. Dios no dijo: «Yo haré», ni «Haga yo al hombre a mi imagen». Dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Las tres personas de la Trinidad se encuentran en los tres primeros versículos de la Biblia: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra». Ahí tienes a Dios el Padre. «Y la tierra estaba desordenada y vacía, y las tinieblas estaban sobre la faz del abismo. Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las aguas». Ahí tienes al Espíritu Santo. «Y dijo Dios»: ahí tienes al Verbo; «Sea la luz; y fue la luz». Aquí tenemos las tres personas de la Trinidad en los tres primeros versículos de la Biblia. De hecho, la doctrina de la Trinidad se encuentra cientos de veces en el Antiguo Testamento. En la Biblia hebrea aparece en cada lugar donde en tu Biblia castellana encuentras la palabra Dios, porque la palabra hebrea para Dios es un sustantivo plural. Traducida literalmente, sería «Dioses» y no Dios. En el mismo pasaje que los unitarios y los judíos, que rechazan la deidad de Cristo, citan tan a menudo como prueba concluyente de que la deidad de Cristo no puede ser verdad, a saber, Deuteronomio 6:4, se encuentra precisamente la doctrina que intentan refutar; porque Deuteronomio 6:4, traducido literalmente, diría: «Oye, Israel: Jehová nuestros Dioses, Jehová uno es». ¿Por qué los hebreos, con su intenso monoteísmo, usaban un nombre plural para Dios? Esta fue la cuestión que desconcertó a los gramáticos y lexicógrafos hebreos, y la mejor explicación a la que pudieron llegar fue que el plural usado aquí para Dios era el pluralis majestatis, el plural de majestad. La explicación es del todo insuficiente, por no decir nada del hecho de que el pluralis majestatis en el Antiguo Testamento es una figura de validez muy dudosa. Hay otra explicación mucho más a mano, y mucho más adecuada y satisfactoria, y es que los escritores hebreos inspirados usan un nombre plural para Dios, a pesar de su intenso monoteísmo, porque hay una pluralidad de personas en la única Deidad.

(6) Busca ahora Efesios 4:30. «Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención». Aquí se atribuye al Espíritu Santo la tristeza. En otras palabras, el Espíritu Santo no es una mera influencia o un mero poder ciego e impersonal que viene a morar en tu corazón y en el mío, sino una persona, una persona que nos ama, una persona que es santa e intensamente sensible al pecado, una persona que retrocede ante el pecado en lo que llamamos sus formas más leves, como la mujer más santa de la tierra jamás retrocedió ante el pecado en sus formas más groseras y repulsivas. Y él ve todo lo que hacemos, oye todo lo que decimos, ve nuestros mismos pensamientos; no se permite a una fantasía pasajera alojarse un momento en nuestra mente sin que él la vea. Y si hay algo impuro, impío, indecoroso, falso, engañoso, censurador o de algún modo contrario a Cristo, él se contrista más allá de toda expresión. Este es un pensamiento maravilloso, y es para mí el incentivo más poderoso que conozco para un andar cristiano. A cuántos jóvenes los detiene de hacer cosas que de otro modo harían el pensamiento de que, si las hicieran, su madre podría enterarse y eso la entristecería más allá de toda expresión. Cuántos jóvenes han llegado a la gran ciudad y, en alguna hora de tentación, han estado a punto de entrar en un lugar en el que ningún hombre que se respete debería entrar jamás; pero justo cuando tenían la mano en el pomo y estaban a punto de abrir la puerta, les vino el pensamiento: «Si entro ahí, mi madre podría enterarse, y si se enterara, casi la mataría», y se han dado la vuelta sin entrar. Pues bien, hay Uno más santo que la madre más santa que ninguno de nosotros haya conocido jamás, Uno que nos ama con un amor más tierno que aquel con que nos ama nuestra propia madre, y que ve todo lo que hacemos, no solo a la luz del día sino al amparo de la noche; que oye cada palabra que pronunciamos, cada palabra descuidada que se escapa de nuestros labios; que ve cada pensamiento que albergamos, sí, que ve cada fantasía fugaz a la que permitimos alojarse un momento en nuestra mente; y si hay algo impío, impuro, indecoroso, indecente, poco amable, áspero, censurador o de algún modo contrario a Cristo, en hecho, palabra o pensamiento, él lo ve y se contrista más allá de toda expresión. ¡Oh, cuántas veces ha venido a mi mente algún pensamiento o imaginación, no sé de qué fuente, que no debía albergar, y justo cuando estaba a punto de darle cabida, me ha venido el pensamiento: «El Espíritu Santo ve eso y se contristará por ello», y el pensamiento se ha ido! Tener presente este pensamiento del Espíritu Santo nos ayudará a resolver todas las cuestiones que hoy desconciertan al creyente joven. Por ejemplo, la pregunta: «¿Debo yo, como cristiano, ir al teatro o al cine?». Pues bien, si tú vas, el Espíritu Santo irá; porque él mora en el corazón de todo creyente y va adondequiera que el creyente va. ¿Has estado alguna vez en tu vida en un teatro o en una sala de cine donde pensaras que el ambiente del lugar sería grato al Espíritu Santo? Si no, no vayas. ¿Debo yo, como cristiano, ir al baile? Pues bien, también aquí, si tú vas, el Espíritu Santo ciertamente irá. ¿Has estado alguna vez en tu vida en un baile donde creyeras que el ambiente del lugar sería grato al Espíritu Santo? ¿Debo yo, como cristiano, jugar a las cartas? ¿Has estado alguna vez en toda tu vida en una partida de cartas, aunque fuera la más selecta reunión de vecinos, o incluso una reunión familiar para jugar a las cartas, donde pensaras que el ambiente del lugar sería grato al Espíritu Santo? Si no, no juegues. Lo mismo ocurre con todas las cuestiones que se plantean y que a algunos de nosotros nos resulta tan difícil resolver: este pensamiento del Espíritu Santo te ayudará a resolverlas todas, y a resolverlas bien, si de verdad deseas resolverlas bien y no meramente hacer lo que a ti te agrada.

2. La segunda línea de prueba de la personalidad del Espíritu Santo es que se atribuyen al Espíritu Santo muchas acciones que solo una persona puede realizar. Hay muchos ejemplos de esto en la Biblia; pero esta mañana limitaré nuestra consideración a tres casos.

(1) Vuelve al capítulo 2 de 1 Corintios. En el versículo 10 leemos: «Pero a nosotros Dios nos lo reveló por medio del Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios». Aquí se presenta al Espíritu Santo escudriñando lo profundo de Dios. En otras palabras, como dijimos en el apartado anterior, el Espíritu Santo no es una mera iluminación por la cual nuestra mente se aclara y se fortalece para comprender verdades que de otro modo no descubriría, sino que el Espíritu Santo es una persona que él mismo escudriña lo profundo de Dios y nos revela lo que descubre. Tales palabras solo podrían decirse de una persona.

(2) Busca ahora Romanos 8:26 «Y asimismo también el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos indecibles». Aquí se presenta al Espíritu Santo haciendo lo que solo una persona puede hacer: orar. El Espíritu Santo no es una mera influencia que viene a impulsarnos a orar, ni una mera guía que nos orienta al ofrecer nuestras oraciones. Es una persona que ora él mismo. Todo creyente en Cristo tiene dos Personas divinas que oran por él. Primero, el Hijo, nuestro Abogado ante el Padre, que vive siempre para interceder por nosotros allá arriba, a la diestra de Dios, en el lugar del poder (1 Juan 2:1 y Hebreos 7:25). Segundo, el Espíritu Santo, que ora por medio de nosotros aquí abajo. ¡Oh, qué pensamiento tan maravilloso, que tengamos a estas dos Personas divinas orando por nosotros cada día! ¡Qué sentimiento de seguridad nos da!

(3) Busca ahora otros dos pasajes estrechamente relacionados. Juan 14:26. «Mas el Consolador, el Espíritu Santo, al cual el Padre enviará en mi nombre, él os enseñará todas las cosas, y os recordará todo lo que os he dicho». Aquí se presenta al Espíritu Santo haciendo lo que solo una persona podría hacer, a saber, enseñar. Tenemos la misma idea en Juan 16:12–14. «Aún tengo muchas cosas que deciros, pero ahora no las podéis sobrellevar. Pero cuando venga él, el Espíritu de verdad, os guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oyere, y os hará saber las cosas que habrán de venir. Él me glorificará; porque tomará de lo mío, y os lo hará saber». Aquí, una vez más, se presenta al Espíritu Santo como un maestro vivo y personal. Es nuestro privilegio tener hoy al Espíritu Santo, una persona viva, como nuestro maestro. Cada vez que estudiamos la Biblia, podemos tener a esta Persona divina, el autor del Libro, para que nos lo interprete y nos enseñe su significado. Es un pensamiento precioso. Cuántos de nosotros hemos pensado a menudo, al oír a algún gran maestro humano que Dios nos ha hecho de especial bendición: «¡Oh, si pudiera oír a ese hombre cada día, entonces quizá haría algún progreso en mi vida cristiana!». Pero podemos tener cada día por maestro a uno mucho más competente que el más grande maestro humano que jamás haya hablado: el Espíritu Santo.

3. La tercera línea de prueba de la personalidad del Espíritu Santo es que se predica del Espíritu Santo un oficio que solo podría predicarse de una persona. Mira, por ejemplo, Juan 14:16, 17. Aquí leemos: «Y yo rogaré al Padre, y os dará otro Consolador, para que esté con vosotros para siempre: el Espíritu de verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis, porque mora con vosotros, y estará en vosotros». Aquí se presenta al Espíritu Santo como otro Consolador que viene a ocupar el lugar de nuestro Señor Jesús. Hasta entonces nuestro Señor Jesús había sido el amigo siempre a mano para ayudarlos en cada emergencia que se presentaba. Pero ahora él se iba, y sus corazones se llenaron de consternación, y él les dice que, mientras él se va, otro viene a ocupar su lugar. ¿Puedes imaginarte a nuestro Señor Jesús diciendo esto si el otro que venía a ocupar su lugar fuera una mera influencia o un mero poder impersonal? ¿Puedes imaginarte a nuestro Señor Jesús diciendo lo que dice en Juan 16:7, «Empero yo os digo la verdad: os conviene que yo me vaya; porque si no me fuera, el Consolador no vendría a vosotros; mas si me fuere, os lo enviaré», si lo que venía a ocupar su lugar no fuera otra persona, sino una mera influencia o un mero poder? En ese caso, ¿es concebible siquiera por un momento que nuestro Señor pudiera decir que convenía que él, una Persona divina, se fuera, y que una mera influencia o un mero poder, por divino que fuese, viniera a ocupar su lugar? ¡No! ¡No! Lo que nuestro Señor dijo fue que él, una Persona divina, se iba, pero que otra Persona, tan divina como él, venía a ocupar su lugar. Esta promesa es para mí una de las más preciosas de toda la Palabra de Dios para la presente dispensación: el pensamiento de que, durante la ausencia de mi Señor, hasta aquel día feliz en que vuelva otra vez, otra Persona, tan divina como él, está a mi lado, sí, mora en mi corazón a cada momento para tener comunión conmigo y ayudarme en toda emergencia que pueda presentarse. Supongo que sabes que la palabra griega traducida «Consolador» en estos versículos significa más que Consolador. Significa Consolador y muchísimo más. La palabra griega así traducida es parakletos. Es una palabra compuesta, formada por la palabra para, que significa al lado, y kletos, uno llamado: «Uno llamado a estar al lado de otro» para tomar su defensa y ayudarlo en cada emergencia que se presente. Es la misma palabra que se traduce «abogado» en 1 Juan 2:1: «Si alguno hubiere pecado, abogado tenemos (parakleton) para con el Padre, a Jesucristo el justo». Pero la palabra «abogado» no transmite toda la fuerza del término. Etimológicamente significa más o menos lo mismo. Abogado viene de una palabra latina trasladada a nuestra lengua. La palabra está compuesta de dos palabras, ad, que significa a, y vocatus, uno llamado; es decir, uno llamado junto a otro para tomar su defensa o para ayudarlo. Pero en nuestro uso corriente ha adquirido un sentido restringido. La palabra griega, como ya se dijo, significa «uno llamado al lado de otro», y la idea es la de un ayudador siempre a mano, con su consejo, su fuerza y cualquier forma de ayuda que se necesite. Hasta entonces el Señor Jesús mismo había sido su Paracleto, o amigo siempre a mano para ayudar. Cada vez que se metían en algún apuro, sencillamente acudían a él. Por ejemplo, en una ocasión estaban perplejos en cuanto a la oración y dijeron al Señor: «Señor, enséñanos a orar». Y él les enseñó a orar. En otra ocasión, cuando Jesús venía hacia ellos andando sobre el agua, una vez pasado su primer temor y después de que él les dijo: «Yo soy, no tengáis miedo», Pedro le dijo: «Señor, si eres tú, manda que yo vaya a ti sobre las aguas». Y el Señor dijo: «Ven». Entonces Pedro saltó por la borda de la barca de pesca y comenzó a ir hacia Jesús andando sobre el agua. Al parecer se volvió, apartó los ojos del Señor y miró hacia la barca para ver si los otros discípulos, Juan, Jacobo y los demás, se fijaban en lo bien que le iba; pero, en cuanto apartó los ojos del Señor, comenzó a hundirse, y gritó diciendo: «Señor, sálvame», y Jesús extendió la mano y lo sostuvo. Del mismo modo, cuando se veían en cualquier otra emergencia, acudían al Señor y él los libraba. Pero ahora él se iba, y la consternación llenaba sus corazones, y el Señor les dijo: «Sí, me voy, pero otro, tan divino como yo y tan capaz de ayudar, viene a ocupar mi lugar»; y este otro Paracleto está con nosotros dondequiera que vayamos, a cada hora del día o de la noche. Él está siempre a nuestro lado. Si este pensamiento entra en tu corazón y permanece allí, jamás volverás a tener un momento de temor, por mucho que vivas. ¿Cómo podemos temer en circunstancia alguna, si él está a nuestro lado? Puede que te rodee una turba enfurecida. ¿Y qué, si él camina entre tú y la turba? Ese pensamiento desterrará todo temor. Tuve una ilustración sorprendente de esto en mi propia experiencia hace algunos años. Estaba hablando en una Conferencia Bíblica junto al lago Keuka, en el estado de Nueva York. Tenía un primo que poseía una casita de campo cuatro millas lago arriba, y fui allí a pasar con él mi día de descanso. Al día siguiente me llevó en su lancha de vapor hasta el muelle donde se celebraba la Conferencia. Al bajar de la lancha al muelle, me dijo: «Vuelve esta noche y quédate a dormir con nosotros», y le prometí que lo haría; pero no me di cuenta de lo que estaba prometiendo. Aquella noche, terminado el discurso, al salir del hotel y emprender la caminata, descubrí que me había comprometido a una gran empresa. La casita estaba a cuatro millas, y una caminata de cuatro millas o de ocho no era nada en circunstancias normales; pero se acercaba una tormenta y todo el cielo estaba cubierto. El sendero iba a lo largo de un acantilado que bordeaba el lago, y pasaba cerca del borde. A veces el lago quedaba quizá no más de diez o doce pies más abajo; otras veces, unos treinta o cuarenta pies. Nunca antes había recorrido ese sendero, y como no había luz de estrellas, no podía ver el camino en absoluto. Además, ya había caído una tormenta que había abierto zanjas profundas a través del sendero, en las que uno podía caer y romperse una pierna. No podía ver esas zanjas, salvo cuando caía un relámpago repentino; entonces veía una, y luego todo quedaba más oscuro y yo más ciego que nunca. Mientras caminaba por aquel sendero, tan cerca del borde del acantilado y con todos aquellos surcos que lo atravesaban, sentí que era peligroso seguir y pensé en volverme; y entonces me vino el pensamiento: «Prometiste que vendrías esta noche, y puede que estén levantados esperándote». Así que sentí que debía seguir adelante. Pero resultaba espeluznante y siniestro caminar por el borde de aquel acantilado, por un sendero tan incierto que no podía ver, oyendo solo los sollozos, los lamentos y los gemidos del lago al pie del acantilado, que se encrespaba ante la tormenta que se acercaba a toda prisa. Entonces me vino el pensamiento: ¿qué fue lo que les dijiste a los asistentes de la Conferencia acerca de que el Espíritu Santo es una Persona que está siempre a nuestro lado? Y al instante comprendí que el Espíritu Santo caminaba entre mí y el borde del acantilado; y aquellas cuatro millas en la oscuridad fueron cuatro millas sin un solo temor, una caminata gozosa en lugar de temerosa. Una vez expuse este pensamiento en el Royal Albert Hall de Londres, una tarde oscura y lúgubre de febrero. Había en el auditorio una señorita que tenía mucho miedo a la oscuridad. Le parecía sencillamente imposible entrar sola en una habitación a oscuras. Terminada la reunión, se apresuró a volver a casa, entró corriendo en la habitación donde estaba sentada su madre y exclamó: «¡Oh, madre, esta tarde he oído un discurso maravillosísimo acerca de que el Espíritu Santo está siempre a nuestro lado como nuestro ayudador y protector siempre presente! Nunca más volveré a tener miedo a la oscuridad». Su madre era una inglesa práctica y le dijo: «Bien, veamos cuán real es eso. Sube ahora al último piso, entra en la habitación oscura, cierra la puerta y quédate allí sola a oscuras». La hija subió las escaleras a saltos, entró en la habitación oscura, cerró la puerta y todo quedó completamente a oscuras, y «Oh», me escribió al día siguiente, «estaba oscuro, completamente oscuro, pero aquella habitación estaba luminosa y gloriosa con la presencia del Espíritu Santo».

En este pensamiento está también el remedio para el insomnio. ¿Alguno de vosotros ha padecido alguna vez de insomnio? Yo sí. Durante dos años oscuros y terribles. Noche tras noche me acostaba casi muerto de sueño, según me parecía, y pensaba que sin duda dormiría, pues apenas podía mantenerme despierto; pero en cuanto mi cabeza tocaba la almohada, sabía que no iba a dormir, y oía al reloj dar las doce, la una, las dos, las tres, las cuatro, las cinco, las seis, y entonces era hora de levantarse. Me parecía que no dormía nada, aunque no dudo de que algo dormía, porque creo que los que padecen de insomnio duermen más de lo que piensan, pues de lo contrario moriríamos; pero me parecía que no dormía nada, y esto continuó durante dos años enteros, hasta que pensé que, si no lograba dormir, perdería la razón. Y entonces fui librado. Durante años me acostaba y me dormía casi en cuanto mi cabeza tocaba la almohada. Pero una noche me acosté en el Instituto Bíblico de Chicago, donde me alojaba por entonces. Esperaba dormirme casi de inmediato, como se había hecho mi costumbre, pero en cuanto mi cabeza tocó la almohada supe que no iba a dormir. El insomnio había vuelto. Si alguna vez lo has tenido, siempre lo reconocerás. Me pareció como si el Insomnio estuviera sentado en el pie de la cama, con aspecto de diablillo, sonriéndome burlonamente y diciendo: «He vuelto por dos años más». «Oh», pensé, «dos años más de este terrible insomnio». Pero aquella misma mañana yo había estado enseñando a los estudiantes, en el aula del piso de abajo, sobre la personalidad del Espíritu Santo, y casi enseguida me vino el pensamiento: «¿Qué era lo que les decías esta mañana a los estudiantes allá abajo acerca de que el Espíritu Santo está siempre con nosotros?». Y me dije: «¿Por qué no practicas lo que predicas?». Y alcé la mirada y dije: «Oh bendito Espíritu Santo de Dios, tú estás aquí; si tienes algo que decirme, te escucharé». Y él me descubrió algunas de las cosas dulces y preciosas acerca de Jesucristo, llenando mi alma de calma, de paz y de gozo, y lo siguiente que supe es que estaba dormido, y lo siguiente que supe es que ya era la mañana siguiente; y siempre que el Insomnio ha vuelto a rondar desde entonces y se ha sentado en el pie de mi cama, he hecho lo mismo, y nunca ha fallado.

En este pensamiento está también el remedio para toda soledad. Si el pensamiento del Espíritu Santo como un Amigo siempre presente, siempre a mano, entra una vez en tu corazón y permanece allí, jamás volverás a tener un momento de soledad mientras vivas. Mi vida, durante la mayor parte de los últimos dieciséis años, ha sido una vida solitaria. A menudo he estado separado de toda mi familia durante meses enteros. A veces no he visto a mi esposa durante dos o tres meses seguidos, y durante dieciocho meses no vi a ningún miembro de mi familia excepto a mi esposa. Una noche paseaba por la cubierta de un vapor en los Mares del Sur, entre Nueva Zelanda y Tasmania. Era una noche de tormenta. La mayoría de los demás pasajeros estaban abajo, mareados; ninguno de los oficiales ni de los marineros podía pasear conmigo, porque tenían las manos ocupadas atendiendo el barco. Tuve que pasear solo por la cubierta. Cuatro de los otros cinco miembros de mi familia estaban al otro lado del globo, a diecisiete mil millas por la ruta más corta por la que podía llegar hasta ellos, y el único miembro de mi familia que estaba más cerca no estaba conmigo aquella noche. Mientras paseaba solo por la cubierta, empecé a pensar en mis cuatro hijos, a diecisiete mil millas de distancia, y estaba a punto de sentirme solo cuando me vino el pensamiento del Espíritu Santo a mi lado, y de que, mientras yo caminaba, él daba cada paso conmigo, y toda soledad desapareció. Expresé este pensamiento hace algunos años en la ciudad de Saint Paul, y al terminar el discurso se me acercó un médico y me dijo: «Quiero darle las gracias por ese pensamiento. A menudo me llaman de noche para salir solo, en medio de la oscuridad y la tormenta, hasta lugares muy apartados en el campo, y me he sentido muy solo; pero nunca más volveré a sentirme solo, porque sabré que, en cada paso del camino, el Espíritu Santo va a mi lado en mi calesa de médico».

En esta misma preciosa verdad hay un remedio para el corazón quebrantado. ¡Oh, cuántas personas con el corazón quebrantado hay hoy en el mundo, especialmente en estos días de guerra, de derramamiento de sangre y de muerte! Muchos de los que estamos aquí hemos perdido a seres queridos. Con toda probabilidad, muchos más de nosotros los perderemos en los meses que tenemos por delante. Pero no tenemos por qué sufrir un solo momento de congoja, si tan solo conocemos la comunión del Espíritu Santo. Quizá hay hoy aquí alguna mujer que hace un año, o hace unos meses, o hace unas semanas, o hace unos días, tenía a su lado a un hombre a quien amaba entrañablemente, un hombre tan fuerte y sabio que ella se veía libre de todo sentido de responsabilidad y de preocupación, porque todas las cargas recaían sobre él; ¡y qué luminosa y feliz era la vida en su compañía! Pero llegó el día oscuro en que aquel ser querido le fue arrebatado, ¡y qué solitaria, vacía y estéril, y qué llena de cargas y preocupaciones es hoy la vida! ¡Escucha! Hay Uno que camina justo a tu lado, más sabio, más fuerte y más amoroso que el esposo más sabio, más fuerte y más amoroso que jamás haya existido, dispuesto a llevar todas las cargas y responsabilidades de la vida; sí, dispuesto a hacer mucho más: a entrar y morar en tu corazón y llenar cada rincón de tu corazón vacío y dolorido, y desterrar así para siempre toda soledad y toda congoja. Dije esto una tarde en el Saint Andrew's Hall de Glasgow. Al terminar el discurso, cuando pasé a la sala de recepción, se me acercó una señora que se había apresurado a salir a mi encuentro. Llevaba la cofia de viuda y su rostro tenía las huellas de un hondo dolor, pero ahora había en él una expresión de felicidad. Se apresuró hacia mí y me dijo: «Doctor Torrey, hoy es el aniversario de la muerte de mi querido esposo» (su esposo había sido uno de los hombres cristianos más estimados de Glasgow), «y vine hoy al Saint Andrew's Hall diciéndome: “El doctor Torrey tendrá algo que decir que me ayudará”. Oh», continuó, «¡usted ha dicho justo la palabra que necesitaba! Nunca más volveré a sentirme sola, nunca más volveré a tener el corazón dolorido. Dejaré que el Espíritu Santo entre y llene cada rincón dolorido de mi corazón». Pasaron dieciocho meses; yo estaba de nuevo en Escocia, tomando unas breves vacaciones por los lagos del Clyde en el yate privado de un amigo. Un día nos detuvimos frente a un promontorio; un botecito salió del promontorio y se acercó al costado del yate de vapor. La primera persona que trepó por el costado del yate y subió a cubierta fue aquella viuda. Al verme de pie en la cubierta, se apresuró a cruzarla, tomó mi mano entre las suyas y, con una sonrisa radiante en el rostro, me dijo: «Oh, doctor Torrey, el pensamiento que me dio aquella tarde en el Saint Andrew's Hall sigue conmigo, y no he tenido una sola hora de soledad ni de tristeza desde aquel día hasta hoy».

Pero es en nuestra obra cristiana donde este pensamiento nos llega con mayor poder y mayor ayuda. Tomad mi propia experiencia. Me hice ministro sencillamente porque no tenía otro remedio, so pena de perderme para siempre. No quiero decir que me salve por predicar el evangelio; soy salvo simplemente sobre la base de la sangre expiatoria de Cristo, y solo de ella; pero el que yo me hiciera cristiano y lo aceptara como mi Salvador dependía de que predicara el evangelio. Durante seis años me negué a declararme cristiano porque no estaba dispuesto a predicar, y sentía que, si me hacía cristiano, tendría que predicar. La noche en que me convertí no dije: «Aceptaré a Cristo», ni «Dejaré mis pecados»; dije: «Predicaré». Pero si alguna vez hubo un hombre que por temperamento natural no servía para predicar, ese era yo. Yo era uno de esos muchachos anormalmente tímidos. Apenas podía un desconocido dirigirme la palabra sin que me ruborizara hasta la raíz del cabello. De todas las torturas que soporté en la escuela, ninguna era tan grande como la de recitar una pieza. Ponerme de pie en la tarima con todos los alumnos mirándome era algo que apenas podía soportar; y cuando tenía que recitar, y mis propios padres me pedían que les recitara la pieza antes de ir a la escuela, sencillamente no podía recitarla delante de mi propio padre y de mi propia madre. Imaginad a un hombre así entrando en el ministerio. Aun después de estar en el Yale College, cuando volvía a casa en vacaciones y mi madre tenía visitas y mandaba llamarme para que entrara a saludarlas, no podía decir una palabra. Cuando se habían ido, mi madre me decía: «Archie, ¿por qué no dijiste algo a la señora S. o a la señora D.?», y yo le respondía: «¡Pero, madre, si lo dije!», y ella replicaba: «No emitiste ni un sonido». Yo creía que hablaba, pero la voz no pasaba de mi garganta y allí se ahogaba. Era tan tímido que nunca hablé siquiera en una reunión de oración de la iglesia hasta después de entrar en el seminario teológico. Entonces pensé que, si había de ser predicador, al menos debía ser capaz de hablar en la reunión de oración de mi propia iglesia. Decidí que lo haría. Aprendí de memoria una pieza. Todavía recuerdo parte de ella. Creo que olvidé parte de ella cuando me levanté a hablar aquella noche. En cuanto se abrió la reunión a la participación, me agarré del respaldo del banco que tenía delante, me levanté a pulso y me sujeté a él para no caerme. Un Niágara subía a toda prisa por un lado y otro bajaba por el otro, y repetí temblando todo lo que pude recordar de mi piececita, y luego me dejé caer de nuevo en el asiento. Al final de la reunión, una querida señora soltera, ya mayor, una encantadora mujer cristiana, se me acercó y me dijo con ánimo: «Oh, señor Torrey, quiero darle las gracias por lo que dijo esta noche. Me hizo mucho bien. Habló usted con tanto sentimiento». ¡Sentimiento! El único sentimiento que yo tenía era un miedo casi mortal. Imaginad a un hombre así entrando en el ministerio. Mis primeros años en el ministerio fueron una tortura. Predicaba tres veces al día. Aprendía mis sermones de memoria y luego me ponía de pie y retorcía el botón de arriba de mi chaqueta hasta que había sacado el sermón a fuerza de retorcer; y entonces, cuando el tercer sermón estaba predicado y terminado, me dejaba caer en el sofá de crin detrás del púlpito con una gran sensación de alivio porque aquello había terminado por otra semana. Y entonces se apoderaba de mí el pensamiento: ¡Bueno, mañana por la mañana tienes que empezar a prepararte para el domingo que viene! Pero llegó un día feliz en que se apoderó de mí el pensamiento que trato de enseñaros esta mañana, a saber: que cuando me ponía de pie para predicar, aunque la gente me veía a mí, había Otro a mi lado a quien no veían, pero sobre quien recaía toda la responsabilidad de la reunión, y que lo único que yo tenía que hacer era retirarme lo más posible fuera de la vista y dejar que él predicara. Desde aquel día, predicar ha sido el gozo de mi vida. Prefiero predicar a comer. A veces, cuando me levanto a predicar, antes de haber pronunciado una palabra, el pensamiento de él, de pie a mi lado, capaz y dispuesto a hacerse cargo de toda la reunión y a hacer todo lo que haya que hacer, ha llenado mi corazón de un gozo tan exultante que me han dado ganas de gritar. Lo mismo ocurre con tu enseñanza en la Escuela Dominical. Algunos de vosotros os preocupáis por vuestras clases de Escuela Dominical, por temor a decir algo que no se debe decir, o a dejar sin decir algo que se debe decir, y el pensamiento de esa carga y esa responsabilidad casi te aplasta. ¡Escucha! Recuerda siempre esto mientras estás allí sentado enseñando a tu clase: hay Uno justo a tu lado que sabe exactamente lo que se debe decir y exactamente lo que se debe hacer. En lugar de cargar tú con la responsabilidad de la clase, deja que él la lleve; deja que él enseñe. Un lunes por la mañana me encontré con uno de los laicos más fieles que jamás he conocido, un maestro de la Biblia muy dotado. Estaba muy abatido por su fracaso con su clase el día anterior; al menos, por lo que él consideraba un fracaso. Me abrió su corazón. Le dije: «Señor Dyer, ¿no pidió usted a Dios que le diera sabiduría al ponerse delante de aquella clase?». Me dijo: «Sí». Le dije: «¿No esperaba usted que se la diera?». Me dijo: «Sí». Entonces le dije: «¿Qué derecho tiene usted a dudar de que se la dio?». Me respondió: «Nunca antes había pensado en eso. Nunca más volveré a preocuparme por mi clase». Lo mismo ocurre en la obra personal. Cuando yo u otra persona os insta, al final de la reunión, a ir y hablar con alguien, ¡oh, cuántos de vosotros queréis ir, pero no os movéis! Piensas para ti: «Podría decir algo equivocado». Lo dirás, si lo dices tú. Ciertamente dirás algo equivocado; pero confía en el Espíritu Santo, y él dirá lo acertado. Déjale tus labios para que hable por medio de ellos. Puede que en el momento no parezca lo acertado, pero algún día descubrirás que era justo lo acertado. Una noche en Launceston, Tasmania, al salir la señora Torrey y yo de la reunión, mi esposa me dijo: «Archie, he desperdiciado toda la tarde. He estado hablando con la muchacha más frívola. No creo que tenga un solo pensamiento serio en la cabeza». Le respondí: «Clara, ¿cómo lo sabes? ¿No confiaste en que Dios te guiaría?». «Sí». «Pues bien, déjalo en sus manos». A la noche siguiente, al terminar la reunión, aquella misma joven, al parecer tan completamente frívola, se acercó a la señora Torrey llevando a su madre de la mano, y le dijo: «Señora Torrey, ¿no quiere usted hablar con mi madre? Anoche usted me llevó a Cristo; ahora, por favor, lleve a mi madre a Cristo».

4. Pero debo terminar. Hay otra línea de prueba de la personalidad del Espíritu Santo, pero no tenemos tiempo para detenernos en ella. Esta línea de prueba es que se predica del Espíritu Santo un trato que solo podría predicarse de una persona. En Isaías 63:10 se nos enseña que contra el Espíritu Santo se rebelan y que se le contrista. No puedes rebelarte contra una mera influencia o un mero poder, ni contristarlos. Solo contra una persona puede uno rebelarse, y solo a una persona se puede contristar. En Hebreos 10:29 se nos enseña que al Espíritu Santo se le hace «afrenta», o se le trata «con desprecio», se le insulta. No puedes tratar con desprecio a una influencia o a un poder; solo a una persona. En Hechos 5:3 se nos enseña que al Espíritu Santo se le miente. Solo se le puede mentir a una persona. En Mateo 12:31 se nos enseña que contra el Espíritu Santo se blasfema. Se nos dice que la blasfemia contra el Espíritu Santo es más grave que la blasfemia contra el Señor Jesús, y esto ciertamente solo podría decirse de una persona, y de una Persona divina.

En resumen, el Espíritu Santo es una Persona. En teoría probablemente todos creíamos esto ya antes; pero en nuestro pensamiento real acerca de él, en nuestra actitud práctica hacia él, ¿lo tratamos como persona? ¿Lo consideramos de verdad una persona tan real como lo es Jesucristo, tan amoroso, tan sabio, tan fuerte, tan digno de nuestra confianza, de nuestro amor y de nuestra entrega como él? ¿Una Persona divina siempre a nuestro lado? El Espíritu Santo vino a este mundo para ser para los discípulos de nuestro Señor, después de la partida de nuestro Señor, y para ser para nosotros, lo que Jesucristo había sido para ellos durante los días de su compañía personal con ellos. ¿Es él eso para ti hoy? ¿Conoces la «comunión del Espíritu Santo»?, ¿la compañía del Espíritu Santo, la sociedad del Espíritu Santo, el compañerismo del Espíritu Santo, la camaradería del Espíritu Santo? Para decirlo en una sola palabra, todo el objeto de este discurso de esta mañana —y lo digo con reverencia— es presentarte a mi Amigo, el Espíritu Santo.

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