Las doctrinas fundamentales de la fe cristiana
Jesucristo, un hombre real

Capítulo 6 · 25 min de lectura · 32 min de escucha

Jesucristo, un hombre real

«Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad».—Juan 1:14.

«El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz».—Filipenses 2:6-8.

«Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre».—1 Timoteo 2:5.

Nuestro tema en este capítulo es «Jesucristo, un hombre real». Tengo tres textos, y la sustancia de todo lo que diré son estos tres textos. El primer texto es Juan 1:14: «Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros (y vimos su gloria, gloria como del unigénito del Padre), lleno de gracia y de verdad». El segundo texto es Filipenses 2:6-8: «El cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». Y el tercer texto es 1 Timoteo 2:5: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre».

Vimos en el capítulo anterior que Jesucristo era Dios, que en él habitaba corporalmente toda la plenitud de la Deidad, que poseía todos los atributos distintivamente divinos, que ejercía todas las funciones distintivamente divinas, que ocupaba en el pensamiento del Nuevo Testamento el lugar que Jehová ocupaba en el pensamiento del Antiguo Testamento, que era un ser digno de nuestra fe absoluta, de nuestro amor supremo, de nuestra obediencia sin vacilación y de nuestra adoración de todo corazón; que era Dios y es Dios. Pero en los pasajes que hemos tomado hoy como textos se nos dice que este Ser divino, que había existido desde toda la eternidad con Dios el Padre, y que era Dios, se hizo hombre. Al hacerse hombre, no dejó de ser Dios; sino que el Verbo, el Verbo eterno, que estaba con Dios y era Dios, tomó sobre sí la naturaleza humana. Siendo verdadero Dios de verdadero Dios, era hombre real, tan verdadera y completamente hombre como cualquier hombre que haya caminado jamás sobre esta tierra. La doctrina de la humanidad real de Cristo es una parte tan esencial de la fe cristiana como la doctrina de su deidad real. Hay una clase muy numerosa de personas que no ven la deidad real de Jesucristo. Están en un error fundamental. Hay otra clase numerosa de personas que solo ven su deidad, y que no ven la realidad de su humanidad. También ellas están en error. La doctrina de un Salvador que es solo hombre es falsa doctrina; y la doctrina de un Salvador que es solo Dios es una doctrina igualmente falsa. La doctrina de la Biblia es que Aquel que desde toda la eternidad era Dios, en la persona de Jesús de Nazaret se hizo hombre. Hay muchos pasajes en la Biblia que presentan la deidad de nuestro Señor Jesús de un modo inequívoco e ineludible. Hay muchos otros pasajes en la Biblia que presentan la humanidad completa de nuestro Señor Jesús de un modo igualmente inequívoco e ineludible. Esta mañana nos ocupa la doctrina de su humanidad real, es decir, que él era un hombre real.

I. LA ASCENDENCIA HUMANA DE JESUCRISTO

Ante todo, la Biblia nos enseña que Jesucristo tuvo una ascendencia humana. Leemos en Lucas 2:7: «Y ella (es decir, María) dio a luz a su hijo primogénito, y lo envolvió en pañales, y lo acostó en un pesebre, porque no había lugar para ellos en el mesón». Aquí se nos dice que nuestro Señor Jesucristo, aunque concebido sobrenaturalmente, era hijo de María. María era tan verdaderamente su madre como Dios era su Padre. Tuvo una ascendencia humana tan verdaderamente como tuvo una ascendencia divina. En el primer capítulo de este mismo Evangelio de Lucas, en el versículo 35, leemos: «Y respondiendo el ángel, le dijo (es decir, a María): El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra; por lo cual también lo santo que es engendrado será llamado Hijo de Dios». Fue llamado Hijo de Dios porque fue engendrado directamente por el poder del Espíritu Santo; pero el Espíritu Santo vino sobre María, y ella llegó a ser la madre de Aquel que había de ser llamado «Hijo de Dios». No solo descendía de María, y así tenía una ascendencia humana, sino que también se nos dice claramente en Romanos 1:3 que el Hijo de Dios «nació del linaje de David según la carne». Y en Hechos 2:30 se nos dice que él era «del fruto de sus (es decir, de David) lomos, según la carne». Y en Hebreos 7:14 se nos dice que «nuestro Señor nació de la tribu de Judá». Si bien se nos dice en Gálatas 4:4 que «cuando vino el cumplimiento del tiempo, Dios envió a su Hijo», se nos dice también, con igual claridad y en el mismo versículo, que este Hijo de Dios fue «nacido de mujer». La ascendencia humana de nuestro Señor y Salvador Jesucristo era una parte de su persona tan real y tan esencial como su ascendencia divina.

II. LA NATURALEZA FÍSICA HUMANA DE JESUCRISTO

Pero Jesucristo no solo tuvo una ascendencia humana: tuvo una naturaleza física humana, un cuerpo humano. Esto se ve en el primero de nuestros textos: «El Verbo se hizo carne»; y en Hebreos 2:14 se nos enseña: «Así que, por cuanto los hijos participan de carne y sangre, él también (es decir, también nuestro Señor Jesús) participó igualmente de lo mismo, para destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, es decir, al diablo». Las palabras no podrían decir con mayor claridad que nuestro Señor Jesús tenía un cuerpo humano real, una naturaleza física humana real. De hecho, el apóstol Juan nos enseña en 1 Juan 4:2, 3 que no creer en la realidad de su cuerpo humano es una marca del Anticristo. Dice: «En esto conoced el Espíritu de Dios: todo espíritu que confiesa que Jesucristo ha venido en carne es de Dios; y todo espíritu que no confiesa a Jesús no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, del cual habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo». Había en los días de Juan quienes negaban la realidad de la naturaleza humana de Jesús, quienes afirmaban que su cuerpo era solo un cuerpo aparente, que era una ilusión, o, como lo expresan ahora los de la Ciencia Cristiana, un «pensamiento mortal»; y Juan, hablando con la sabiduría y el poder del Espíritu Santo, afirma que esta doctrina es una marca del Anticristo. Es hoy la marca suprema de que la «Ciencia Cristiana» procede del Anticristo.

Jesucristo no solo tuvo un cuerpo humano durante su vida aquí en la tierra, sino que después de su resurrección seguía teniendo un cuerpo humano. Los seguidores de la Aurora del Milenio (los russellistas, discípulos del pastor Russell) nos enseñan que no es así: que, mientras antes de su encarnación era un ser enteramente espiritual, en su encarnación se convirtió en un ser enteramente humano, y que desde su muerte y resurrección es un ser enteramente divino; todo lo cual no es bíblico y, por lo tanto, no es verdad. Él mismo dijo después de su resurrección: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad y ved, porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo. Y diciendo esto, les mostró las manos y los pies» (Lucas 24:39, 40). Y a Tomás, en Juan 20:27, después que Tomás había dudado de la realidad de su resurrección, le dijo: «Pon aquí tu dedo, y mira mis manos; y acerca tu mano, y métela en mi costado; y no seas incrédulo, sino creyente». No solo tuvo un cuerpo humano real después de su resurrección, mientras estaba todavía aquí en la tierra, sino que todavía tiene un cuerpo humano en la gloria. En aquella maravillosa visión del cielo que se le concedió a Esteban en el momento en que fue apedreado y muerto, leemos en Hechos 7:55, 56: «Pero él, lleno del Espíritu Santo, puestos los ojos en el cielo, vio la gloria de Dios, y a Jesús que estaba a la diestra de Dios, y dijo: He aquí, veo los cielos abiertos, y al Hijo del hombre que está a la diestra de Dios». Y cuando venga otra vez para tomar la autoridad que le corresponde sobre esta tierra, vendrá con un cuerpo humano, vendrá como «el Hijo del hombre». Él mismo le dijo al sumo sacerdote, cuando compareció ante él para ser juzgado, en Mateo 26:64: «Sin embargo, os digo que desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder, y viniendo en las nubes del cielo». En esta declaración de nuestro Señor tenemos una afirmación de su deidad, pero una afirmación igualmente clara de que era un hombre real, y de que vendrá otra vez como hombre, con un cuerpo humano, aunque glorificado. De hecho, se nos dice en Filipenses 1:20, 21 que, cuando venga así, transformará estos nuestros cuerpos humanos presentes, los cuerpos de nuestra humillación actual, a semejanza de su propio cuerpo glorioso, su cuerpo humano glorificado.

III. SUJETO A LAS LIMITACIONES HUMANAS

Pero la realidad y la plenitud de la naturaleza humana de nuestro Señor no se manifiestan solo en el hecho de que tuvo una ascendencia humana y un cuerpo humano: se nos enseña también claramente que, mientras que como Dios poseía todos los atributos y ejercía todos los oficios de la Deidad, como hombre estaba sujeto a las limitaciones humanas.

1. Estaba sujeto a las limitaciones físicas que son esenciales a la humanidad. En Juan 4:6 leemos que Jesucristo se cansó. Las palabras son: «Jesús, pues, cansado del camino, se sentó así junto al pozo. Era como la hora sexta». Pero Dios nunca se cansa. Leemos expresamente en Isaías 40:28: «¿No has sabido? ¿No has oído? El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no se fatiga ni se cansa».

Se nos dice en Mateo 8:24 que Jesucristo durmió. Pero Dios nunca duerme. Leemos en Salmos 121:4, 5: «He aquí, no se adormecerá ni dormirá el que guarda a Israel. El Señor es tu guardador; el Señor es tu sombra a tu mano derecha». Comparando estos dos versículos, vemos claramente que Jehová nunca duerme. Sin embargo, Jesús sí durmió; de modo que, aunque era Jehová, no era solamente Jehová. Era hombre tan verdaderamente como era Dios.

En Mateo 21:18 leemos que Jesucristo tuvo hambre; en Juan 19:28 leemos que Jesucristo tuvo sed; en Lucas 22:44 leemos que Jesucristo sufrió agonía física, una agonía tan grande que estuvo a punto de morir de ella; y en 1 Corintios 15:3 leemos que «Cristo murió», y que su muerte es una parte esencial del evangelio. Pablo dice en este pasaje: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras». No fue una muerte meramente aparente: fue una muerte real. No fue una «ilusión». Nuestra salvación depende de la realidad de su muerte. La «Ciencia Cristiana» le arranca al evangelio el corazón mismo. Muchas veces se nos pregunta si fue la naturaleza humana de Jesucristo la que murió, o si fue la naturaleza divina la que murió. No fue ni la una ni la otra: las naturalezas no mueren; muere una persona. Fue Jesús quien murió, la Persona que era a la vez Dios y hombre. Se nos dice con todas sus letras en 1 Corintios 2:8 que «crucificaron al Señor de gloria», y vimos en el capítulo anterior que «el Señor de gloria» es, sin lugar a dudas, un título divino. Fue la única Persona, Jesús, que era a la vez humana y divina, quien murió en la cruz del Calvario.

2. Como hombre, estaba también sujeto a limitaciones intelectuales y morales.

Leemos en Lucas 2:52: «Jesús crecía en sabiduría y en estatura, y en gracia para con Dios y los hombres». Puesto que aquí se nos dice que creció en sabiduría, tiene que haber sido más perfecto en sabiduría después de crecer que antes de crecer; y como creció en gracia para con Dios y los hombres, tiene que haber alcanzado un grado más alto de perfección moral al crecer que el que había alcanzado antes de crecer. Aunque en el Niño de Belén Dios estaba encarnado, era sin embargo un niño real, y creció no solo en estatura, sino en sabiduría y en gracia para con Dios y los hombres. Como hombre estaba limitado en su conocimiento. Él mismo dice en Marcos 13:32: «Pero de aquel día y de aquella hora (es decir, el día y la hora de su propio regreso) nadie sabe, ni aun los ángeles que están en el cielo, ni el Hijo, sino el Padre». Por supuesto, su conocimiento estaba limitado por él mismo: para darnos ejemplo, a ti y a mí, de modo que sigamos sus pisadas, él voluntariamente, como hombre, dejó a un lado su conocimiento del tiempo de su propio regreso.

Más aún, se nos enseña de manera definida y explícita en Hebreos 4:15 que Jesucristo fue «tentado en todo según nuestra semejanza». Pero, al tener esto presente como prueba clara y completa de la realidad de su humanidad, no solo física sino mental y moral, debemos tener presente también lo que se afirma en el mismo versículo: que fue tentado «sin pecado», es decir, que no hubo la más leve mancha ni sombra de pecado en su tentación, ni un solo momento de ceder a ella en pensamiento, en deseo o en acto. Sin embargo, fue tentado, y venció la tentación de la misma manera en que nosotros podemos vencerla: por la Palabra de Dios y la oración. Él mismo se colocó voluntariamente bajo las limitaciones morales esenciales a que está sujeto el hombre, a fin de redimir al hombre.

3. Como hombre, estaba sujeto además a limitaciones en la manera en que obtenía poder y en la manera en que lo ejercía. Jesucristo obtuvo el poder para la obra divina que realizó mientras estuvo aquí en la tierra no por su deidad encarnada, sino por la oración. Leemos en Marcos 1:35: «Y levantándose muy de mañana, siendo aún muy oscuro, salió y se fue a un lugar desierto, y allí oraba». Y leemos también que antes de resucitar a Lázaro de entre los muertos, antes de llamarlo a salir del sepulcro con su palabra, alzó los ojos a Dios y dijo: «Padre, gracias te doy por haberme oído», lo cual muestra de manera concluyente que el poder con que resucitó a Lázaro de entre los muertos no era su poder divino inherente e innato, sino un poder obtenido por la oración. No menos de veinticinco veces se menciona que oraba. Obtenía poder para la obra y para la victoria moral como lo obtienen los demás hombres: por la oración. Estaba sujeto a las condiciones humanas para obtener lo que deseaba. Obtuvo el poder para las obras divinas y los milagros que realizó mediante la unción del Espíritu Santo. Leemos en Hechos 10:38 que «Dios ungió con el Espíritu Santo y con poder a Jesús de Nazaret, el cual anduvo haciendo bienes y sanando a todos los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él». Y se nos enseña, además, que durante los días de su humillación estaba sujeto a limitaciones en el ejercicio del poder. Él mismo dijo poco antes de su crucifixión y de su posterior glorificación, en Juan 14:12: «De cierto, de cierto os digo: El que en mí cree, las obras que yo hago, él las hará también; y aun mayores que estas hará, porque yo voy al Padre»; lo cual evidentemente significa que durante los días de su carne había una limitación en su ejercicio del poder, pero que después de su glorificación, cuando fuera glorificado junto al Padre con la gloria que tuvo con él antes que el mundo fuese, no habría ya limitaciones en el ejercicio de su poder; y que, por lo tanto, nosotros, unidos a nuestro Señor Jesús no en su humillación, sino en su exaltación y en su restauración a su gloria divina, haremos obras mayores que las que él hizo durante los días de su humillación.

IV. LA RELACIÓN HUMANA DE JESUCRISTO CON DIOS

La plenitud de la humanidad de Jesucristo se manifiesta todavía en otro aspecto, a saber: la relación que él guardaba con Dios como hombre era la relación de un hombre, de modo que Dios era su Dios. Él mismo dice a María en Juan 20:17: «No me toques, porque aún no he subido al Padre; mas ve a mis hermanos, y diles: Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios». El sentido evidente de esto es que la relación de Jesucristo con Dios el Padre era la relación de un hombre. Habla de Dios el Padre como «mi Dios». Aunque poseía todos los atributos y ejercía todas las funciones de la Deidad, Jesucristo el Hijo estaba subordinado al Padre. Esto explica ciertas palabras de nuestro Señor que han desconcertado a muchos que creen en su deidad; palabras como, por ejemplo, las de Juan 14:28, donde Jesús dice: «Habéis oído que yo os he dicho: Voy, y vengo a vosotros. Si me amarais, os gozaríais, porque he dicho que voy al Padre; porque mi Padre mayor es que yo». A menudo se pregunta: «Si Jesucristo es Dios, ¿cómo podía el Padre ser mayor que él?». La respuesta, muy sencilla, es que él, como Hijo, estaba subordinado al Padre: igual al Padre en cuanto a poseer todos los atributos distintivamente divinos y ejercer todos los oficios divinos, y como objeto de nuestra adoración de todo corazón, pero subordinado al Padre en su oficio. La relación de Jesucristo con el Padre es semejante a la relación de la esposa con el esposo en este sentido: la esposa puede ser plenamente igual al esposo, pero, sin embargo, «el varón es la cabeza de la mujer»; ella está subordinada al hombre, así como se nos dice en el mismo versículo (1 Corintios 11:12) que «Dios es la cabeza de Cristo», es decir, Jesucristo el Hijo está subordinado al Padre.

Por lo que hemos leído de la Palabra de Dios es evidente que Jesucristo fue, en todo sentido, un hombre verdadero, un hombre real, un hombre completo. Fue hecho «en todo» «semejante a sus hermanos» (cf. Hebreos 2:17). Estaba sujeto a todas las condiciones físicas, mentales y morales de la existencia que son esenciales a la naturaleza humana. Era, en todo sentido, un hombre real. Llegó a serlo voluntariamente, a fin de redimir a los hombres. Desde toda la eternidad había existido «en forma de Dios», y podría haber permanecido «en forma de Dios»; pero si hubiera permanecido así, nosotros habríamos estado perdidos. Por eso, por amor a nosotros, la raza caída, como se nos enseña en uno de nuestros textos (Filipenses 2:5-8), él «no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y hallado en la condición de hombre, se humilló a sí mismo, hecho obediente hasta la muerte, y muerte de cruz». ¡Oh amor maravilloso, que por amor a nosotros tomara sobre sí nuestra naturaleza, volviendo la espalda a la gloria que había sido suya desde toda la eternidad, cargando sobre sí toda la vergüenza y todo el sufrimiento que implicaba nuestra redención, y haciéndose uno de nosotros para poder morir por nosotros y redimirnos! ¡Oh, cuán maravillosa es «la gracia de nuestro Señor Jesucristo, que por amor de vosotros se hizo pobre, siendo rico, para que vosotros con su pobreza fueseis enriquecidos»! (2 Corintios 8:9.) Participó de la naturaleza humana para que nosotros llegáramos a ser participantes de la naturaleza divina. La filosofía de las naturalezas divina y humana de Cristo, la filosofía del Nuevo Testamento, es una filosofía de lo más maravillosa, la filosofía más maravillosa que el mundo haya oído jamás, y, gracias a Dios, es una filosofía verdadera.

Pero alguien podría preguntar: «¿Cómo hemos de conciliar la doctrina bíblica de la verdadera deidad de Jesucristo con la doctrina bíblica de la naturaleza humana real de Jesucristo, la doctrina de que era Dios real con la doctrina de que era igualmente hombre verdadero?». La respuesta es muy sencilla. Conciliar doctrinas no es nuestra tarea principal. Nuestra primera tarea es averiguar qué significan los diversos pasajes de la Biblia, tomados en su interpretación natural y gramatical. Después, si podemos conciliarlos, bien está; si no, debemos creer igualmente ambos y dejar la conciliación de las dos doctrinas aparentemente contrarias a nuestro creciente conocimiento, a medida que seguimos teniendo comunión con Dios y estudiando su Palabra. Es un principio de interpretación bíblica completamente necio y pernicioso el de que debemos interpretar cada pasaje de la Biblia de modo que podamos conciliarlo fácilmente con todos los demás pasajes. Es este principio de interpretación el que da origen a una teología unilateral y, por tanto, falsa. Un hombre, por ejemplo, toma los pasajes calvinistas de la Biblia y los cree, y tuerce y distorsiona los demás pasajes, los que enseñan la libertad del hombre, para hacerlos encajar con los que enseñan la soberanía de Dios, y se convierte en un calvinista unilateral. Otro hombre solo ve los pasajes que enseñan claramente la capacidad del hombre para determinarse a sí mismo, y procura torcer todos los que enseñan la soberanía de Dios y la sabiduría y la voluntad preordenadoras de Dios para hacerlos encajar en sus ideas, y se convierte en un arminiano unilateral; y así sucesivamente a lo largo de toda la gama de la doctrina. Es una completa necedad, por no decir una presunción, manejar así engañosamente la Palabra de Dios. Nuestra tarea es averiguar el sentido claramente intencionado del pasaje que estamos estudiando, tal como lo determinan el uso de las palabras, la construcción gramatical y el contexto; y, una vez que hemos hallado el significado claramente intencionado, creerlo, podamos o no conciliarlo con alguna otra cosa que hayamos hallado y creamos. Debemos recordar siempre que en muchos casos dos verdades, ambas claramente verdaderas, que en un tiempo parecían del todo irreconciliables o abiertamente contradictorias entre sí, se ven ahora, con nuestro mayor conocimiento, armonizar hermosamente. Así que no deberíamos tener dificultad en reconocer que verdades que todavía nos parecen contradictorias armonizan ya perfectamente en la sabiduría infinita de Dios, y algún día armonizarán perfectamente en nuestra mente cuando nos acerquemos más a la omnisciencia de Dios. La Biblia, del modo más intrépido, pone la deidad absoluta de Jesucristo en estrechísima yuxtaposición con la humanidad real de Jesucristo. Por ejemplo, leemos en Mateo 8:24: «Y he aquí que se levantó en el mar una tempestad tan grande que la barca se cubría con las olas; pero él (Jesús) dormía». Aquí tenemos una afirmación clara de la humanidad real de nuestro Señor; pero dos versículos más adelante, en el versículo 26, leemos: «Y él les dijo: ¿Por qué teméis, hombres de poca fe? Entonces, levantándose, reprendió a los vientos y al mar, y se hizo grande bonanza». Aquí tenemos un claro resplandor de su deidad: aun los vientos y las olas sujetos a su palabra. No es de extrañar que los discípulos se preguntaran unos a otros: «¿Qué hombre es este, que aun los vientos y el mar le obedecen?» (Mateo 8:27). La respuesta es clara: un Hombre divino.

Además, leemos en Lucas 3:21: «Y aconteció que, bautizándose todo el pueblo, también Jesús fue bautizado; y orando, . . .» Aquí vemos a Jesús en su humanidad, bautizado y orando. Ciertamente este es un hombre. Pero en el resto del versículo y en el siguiente leemos: «se abrió el cielo, y descendió el Espíritu Santo sobre él en forma corporal, como paloma, y vino una voz del cielo que decía: Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia». Aquí Dios, con voz audible, declara que él es divino, que es su Hijo. Además, en Juan 11:38 leemos: «Jesús, pues, profundamente conmovido otra vez, vino al sepulcro. Era una cueva, y tenía una piedra puesta encima». Aquí vemos a Jesús en su humanidad; pero cuatro versículos más abajo, en los versículos 43 y 44, leemos: «Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: ¡Lázaro, ven fuera! Y el que había muerto salió». Aquí resplandece otra vez su deidad.

En Lucas 9:28 leemos: «Aconteció como ocho días después de estas palabras, que tomó a Pedro, a Juan y a Jacobo, y subió al monte a orar». Aquí vemos con toda claridad su humanidad, su limitación, su dependencia de Dios; pero en el versículo siguiente, el 29, leemos: «Y entre tanto que oraba, la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente». Aquí vemos resplandecer su divinidad; y luego, otra vez, en el versículo 35, leemos de la voz que vino de la nube, diciendo: «Este es mi Hijo, mi escogido; a él oíd». Aquí se ve de nuevo, inequívocamente, su deidad.

En Mateo 16:16, 17 leemos: «Respondiendo Simón Pedro, dijo: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente. Entonces le respondió Jesús: Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos». He aquí una declaración clara de su deidad hecha por Jesús mismo. Pero cuatro versículos más abajo en el capítulo, en el versículo 24, leemos: «Desde entonces comenzó Jesús a declarar a sus discípulos que le era necesario ir a Jerusalén y padecer mucho de los ancianos, de los principales sacerdotes y de los escribas, y ser muerto, y resucitar al tercer día». Aquí tenemos la declaración más clara de la realidad y la plenitud de su humanidad.

En Hebreos 1:6 leemos acerca de nuestro Señor Jesús: «Y otra vez, cuando introduce (es decir, Dios el Padre) al Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios». He aquí una declaración de lo más inequívoca e ineludible de que Jesucristo es una Persona divina, a quien han de adorar como Dios tanto los ángeles como los hombres; y dos versículos más abajo leemos esta nueva declaración de su deidad absoluta: «Mas del Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por el siglo del siglo». Aquí, de nuevo, se declara con todas sus letras que el Hijo es Dios: se le llama Dios. Pero en el capítulo siguiente, Hebreos 2:18, leemos: «Pues en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados». Aquí tenemos la declaración más clara posible de la realidad de su naturaleza humana.

En Hebreos 4:14 leemos: «Por tanto, teniendo un gran sumo sacerdote que traspasó los cielos, Jesús el Hijo de Dios, retengamos nuestra profesión». Aquí tenemos una declaración clara de su deidad; pero en el versículo siguiente leemos: «Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades, sino uno que fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado». Es una de las declaraciones más claras que se hallan en la Biblia de la plenitud y la totalidad de su humanidad.

La doctrina de la deidad de Jesucristo y la doctrina de que Jesucristo fue un hombre real van de la mano en la Biblia. ¿En qué clase de Salvador, en qué clase de Señor Jesús crees tú? ¿Crees en un Salvador que es hombre y solamente hombre? Entonces no crees en el Salvador que se presenta en la Biblia. Por otra parte, ¿crees en un Salvador que es Dios y solamente Dios? Entonces no crees en el Salvador de la Biblia. El Señor Jesús, nuestro Señor y Salvador, tal como se nos presenta en la Biblia, es verdadero Dios de verdadero Dios, y al mismo tiempo es nuestro hermano, nuestro semejante, y no se avergüenza de llamarnos hermanos. ¡Oh, doy gracias a Dios porque tengo un Salvador que es Dios, que posee todos los atributos y poderes de la Deidad, todas las perfecciones de la Deidad, un Salvador para quien nada es demasiado difícil! Doy gracias a Dios porque mi Salvador es Aquel que hizo los cielos y la tierra, y que tiene bajo su dominio todas las fuerzas de la naturaleza y de la historia; pero igualmente doy gracias a Dios porque mi Salvador es mi hermano en la humanidad, Aquel que fue tentado en todo según mi semejanza, Aquel que está en condiciones de llevar mis pecados, por una parte porque es Dios, y por otra porque es hombre. Un Salvador meramente divino no podría ser un Salvador para mí. Un Salvador meramente humano no podría ser un Salvador para mí. Pero un Salvador en quien se unen la Deidad y la humanidad, un Salvador que es a la vez Dios y hombre, es exactamente el Salvador que yo necesito, y el Salvador que tú necesitas: un Salvador que puede salvar perpetuamente a todos los que por él se acercan a Dios.

Página 1 / 1 · 25 min restantes en el capítulo
Anterior Siguiente