Las doctrinas fundamentales de la fe cristiana
La deidad de Jesucristo

Capítulo 5 · 25 min de lectura · 33 min de escucha

La deidad de Jesucristo

«Y estando juntos los fariseos, Jesús les preguntó, diciendo: ¿Qué pensáis de Cristo? ¿De quién es hijo?».—Mateo 22:41, 42.

La pregunta que nuestro Señor Jesús hace aquí a los fariseos es la pregunta más fundamental acerca del pensamiento y la fe cristianos que pueda hacerse a cualquiera en cualquier época. Jesucristo mismo es el centro del cristianismo, de modo que las cuestiones de fe más fundamentales son las que conciernen a la persona de Cristo. Si un hombre sostiene de veras opiniones correctas acerca de la persona de Jesucristo, tarde o temprano llegará a opiniones correctas sobre todas las demás cuestiones. Si sostiene una opinión equivocada acerca de la persona de nuestro Señor Jesucristo, es casi seguro que tarde o temprano se extraviará en todo lo demás. ¿Qué pensáis de Cristo? Esa es la gran pregunta central, esa es la pregunta vital.

Y la pregunta más fundamental acerca de la persona de Cristo es esta: ¿es Jesucristo realmente Dios? No simplemente si es divino, sino si es realmente Dios. Cuando yo era muchacho, decir que uno creía en la divinidad de Cristo significaba que creía en la verdadera deidad de Cristo, que creía que Jesús era realmente una persona divina, que era Dios. Ya no significa eso. El diablo es sabio, astuto y sutil, y sabe que la manera más eficaz de infundir el error en la mente de los inexpertos y desprevenidos es usar palabras antiguas y preciosas y darles un significado nuevo. Así, cuando sus mensajeros, disfrazados de «ministros de justicia», procuran extraviar, si fuera posible, aun a los escogidos, usan las antiguas palabras preciosas, pero con un significado enteramente nuevo, enteramente diferente y enteramente falso. Hablan de «la divinidad de Cristo», pero no quieren decir con ello en absoluto lo que los cristianos entendidos de otros tiempos querían decir. De la misma manera hablan de «la expiación», pero no entienden en absoluto por expiación la muerte sustitutiva de Jesucristo en nuestro lugar, por la cual se nos asegura la vida eterna. Y muchas veces, cuando hablan de Cristo, no se refieren en absoluto a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, el Jesús real e histórico de los cuatro evangelios, sino a un Cristo ideal, o a un principio crístico. Así que nuestro tema de esta mañana no es la divinidad de Cristo, sino la deidad de Cristo, y nuestra pregunta no es si Jesucristo es divino, sino si Jesucristo es Dios. Aquella persona que nació en Belén hace mil novecientos veintiún años, y que vivió treinta y tres o treinta y cuatro años aquí en la tierra, según lo registran los cuatro evangelios de Mateo, Marcos, Lucas y Juan, que fue crucificado en la cruz del Calvario, que resucitó de los muertos al tercer día y fue exaltado de la tierra al cielo, a la diestra del Padre, ¿era Dios manifestado en carne, era Dios encarnado en un ser humano? ¿Era, y es, un ser digno de nuestra fe absoluta, de nuestro amor supremo, de nuestra obediencia sin vacilación y de nuestra adoración de todo corazón, así como Dios el Padre es digno de nuestra fe absoluta, de nuestro amor supremo, de nuestra obediencia sin vacilación y de nuestra adoración de todo corazón? ¿Deben todos los hombres honrar a Jesucristo como honran a Dios el Padre (Juan 5:23)? No se trata simplemente de si es un ejemplo que podemos seguir con sabiduría, o un Maestro a quien podemos servir con sabiduría, sino de si es un Dios a quien podemos adorar con justo derecho.

Supongo que la mayoría de nosotros sí cree que él era Dios manifestado en carne, y que hoy es Dios a la diestra del Padre; pero ¿por qué lo crees? ¿Eres tan entendido en tu fe, y por tanto estás tan bien cimentado en ella, que ningún charlatán ni razonador de lengua fácil, ningún unitario, ni russellista, ni adepto de la Ciencia Cristiana, ni teósofo, ni ningún otro propagador de errores puede confundirte, trastornarte y extraviarte? Es importante que seamos completamente sanos en nuestra fe en este punto, y que estemos completamente bien informados, por mucha ignorancia o error que tengamos en otras cosas, porque se nos dice expresamente en Juan 20:31: «Pero estas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Es evidente por estas palabras del inspirado apóstol Juan que esta cuestión no es simplemente un asunto de opinión teórica, sino un asunto que concierne a nuestra salvación. Es para confirmarte e instruirte en tu bendita fe, tu fe salvadora en Jesucristo como persona divina, para lo que hablo esta mañana. Cuando estudié el tema de la divinidad de Cristo en el seminario teológico, me quedé con la impresión de que había en la Biblia unos pocos textos de prueba que demostraban de manera concluyente que él era divino. Años más tarde descubrí que no eran simplemente unos pocos textos de prueba los que lo demostraban, sino que la Biblia, de muchas maneras y en incontables pasajes, enseñaba claramente que Jesucristo era Dios manifestado en carne. De hecho, descubrí que la doctrina de la deidad de Jesucristo formaba la urdimbre y la trama mismas de la Biblia.

I. NOMBRES DIVINOS

La primera línea de prueba de la deidad absoluta de nuestro Señor Jesús es que en la Biblia se aplican a Jesucristo muchos nombres y títulos que claramente implican deidad, algunos de ellos una y otra vez, de modo que el número total de pasajes llega a muchos centenares. Por supuesto, solo puedo daros unos pocos ejemplos. Id conmigo, antes que nada, a Apocalipsis 1:17: «Y cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último». El contexto muestra claramente que quien hablaba era nuestro Señor Jesús, y aquí nuestro Señor Jesús se llama a sí mismo expresamente «el primero y el último». Ahora bien, este es sin duda alguna un nombre divino, pues en Isaías 44:6 leemos: «Así dice el Señor, Rey de Israel, y su Redentor, el Señor de los ejércitos: Yo soy el primero, y yo soy el último, y fuera de mí no hay Dios». En Apocalipsis 22:12, 13, nuestro Señor Jesús dice que él es el Alfa y la Omega. Sus palabras son: «He aquí, yo vengo pronto, y mi galardón conmigo, para recompensar a cada uno según sea su obra. Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin». Ahora bien, en este mismo libro, en el primer capítulo y el octavo versículo, el Señor Dios declara que él es el Alfa y la Omega. Sus palabras son: «Yo soy el Alfa y la Omega, dice el Señor Dios, el que es y que era y que ha de venir, el Todopoderoso». En 1 Corintios 2:8, el apóstol Pablo habla de nuestro Señor Jesús crucificado como «el Señor de gloria». Sus palabras exactas son: «La que ninguno de los príncipes de este siglo conoció; porque si la hubieran conocido, nunca habrían crucificado al Señor de gloria». No cabe duda de que «el Señor de gloria» es Jehová Dios, pues leemos en Salmos 24:8-10: «¿Quién es este Rey de gloria? El Señor, el fuerte y valiente, el Señor, el poderoso en batalla. Alzad, oh puertas, vuestras cabezas; alzaos vosotras, puertas eternas, y entrará el Rey de gloria. ¿Quién es este Rey de gloria? El Señor de los ejércitos, él es el Rey de gloria». Y en el pasaje ya mencionado se nos dice que nuestro Señor Jesús crucificado era el Rey de gloria; por tanto, él tiene que ser Jehová. En Juan 20:28 Tomás se dirigió al Señor Jesús como su Señor y su Dios: «Entonces Tomás respondió y le dijo: ¡Señor mío, y Dios mío!». Los unitarios han intentado eludir la fuerza de estas palabras de Tomás diciendo que Tomás estaba excitado y que no se dirigía al Señor Jesús, sino que decía «Señor mío, y Dios mío» como una exclamación de asombro, tal como la gente profana usa a veces estas exclamaciones hoy; pero esta interpretación es imposible, y muestra a qué apuros desesperados se ven reducidos los unitarios; porque Jesús mismo elogió a Tomás por verlo y decirlo. Las palabras de nuestro Señor Jesús que siguen inmediatamente a las de Tomás son: «Porque me has visto, creíste; bienaventurados los que no vieron, y creyeron» (Juan 20:29). En la traducción correcta de Tito 2:13, la que da la revisión inglesa, no la American Standard Revision, se habla de nuestro Señor Jesús como «nuestro gran Dios y Salvador Jesucristo». En Romanos 9:5 Pablo nos dice que «Cristo es Dios sobre todas las cosas, bendito por los siglos». Los unitarios han hecho esfuerzos desesperados por anular la fuerza de estas palabras, pero la única traducción e interpretación justa de las palabras que Pablo escribió en griego es la que se halla tanto en nuestra Authorized Version como en la Revised Version. Para quien acude a la Biblia a fin de averiguar lo que realmente enseña, y no para leer en ella sus propias ideas, no puede haber duda honrada de que a Jesús se le designa con diversos nombres y títulos que sin duda alguna implican deidad, y de que se le llama Dios con todas sus letras. En Hebreos 1:8 se dice con todas sus letras, acerca del Hijo: «Mas al Hijo dice: Tu trono, oh Dios, por los siglos de los siglos; cetro de equidad es el cetro de tu reino». Aunque no fuéramos más allá, es evidente que la enseñanza clara y muchas veces repetida de la Biblia es que Jesucristo era realmente Dios.

II. ATRIBUTOS DIVINOS

Pero hay una segunda línea de prueba de que Jesucristo era Dios, una prueba igualmente convincente, a saber: los cinco atributos distintivamente divinos se atribuyen a Jesucristo, y se dice que en él habita «toda la plenitud de la Deidad». Hay cinco atributos distintivamente divinos, es decir, cinco atributos que solo Dios posee. Estos son la omnipotencia, la omnisciencia, la omnipresencia, la eternidad y la inmutabilidad. Cada uno de estos atributos distintivamente divinos se atribuye a Jesucristo. En primer lugar, se atribuye a Jesucristo la omnipotencia. No solo se nos enseña que Jesús tenía poder sobre la enfermedad y la muerte, sobre los vientos y el mar y sobre los demonios, que todos estaban sujetos a su palabra, y que él está muy por encima de todo principado, y potestad, y potencia, y señorío, y todo nombre que se nombra, no solo en este siglo, mas aun en el venidero (Efesios 1:20-23), sino que en Hebreos 1:3 se dice con todas sus letras que él «sustenta todas las cosas con la palabra de su poder». También se le atribuye la omnisciencia. Se nos enseña en la Biblia que Jesús conocía la vida de los hombres, aun su historia secreta (Juan 4:16, 19); que conocía los pensamientos secretos de los hombres, que conocía a todos los hombres, que sabía lo que había en el hombre (Marcos 2:8; Lucas 5:22; Juan 2:24, 25), conocimiento que, según se nos dice expresamente en 2 Crónicas 6:30 y Jeremías 17:9, 10, solo Dios posee; y se nos dice con todas sus letras en Juan 16:30 que Jesús sabía «todas las cosas», y en Colosenses 2:3 se nos dice que en él «están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento». También se le atribuye la omnipresencia. Se nos dice en Mateo 18:20 que donde dos o tres están congregados en su nombre, allí está él en medio de ellos; y en Mateo 28:20, que adondequiera que fueran sus discípulos obedientes, él estaría con ellos hasta el fin del siglo; y en Juan 14:20 y 2 Corintios 13:5 se nos dice que él mora en cada creyente, en todos los millones de creyentes esparcidos por la tierra. En Efesios 1:23 se nos dice con todas sus letras que él «lo llena todo en todo». También se le atribuye la eternidad. Se nos dice en Juan 1:1 que «en el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». En Juan 8:57 Jesús mismo dijo: «De cierto, de cierto os digo: Antes que Abraham fuese, yo soy». Nótese que el Señor Jesús no dijo simplemente que «antes que Abraham fuese, yo era», sino que «antes que Abraham fuese, yo soy», declarándose así el eterno «Yo soy». Aun en el Antiguo Testamento tenemos una declaración de la eternidad del Cristo que había de nacer en Belén. En Miqueas 5:2 leemos: «Pero tú, Belén Efrata, pequeña para estar entre los millares de Judá, de ti me saldrá el que será gobernante en Israel; y sus salidas son desde el principio, desde los días de la eternidad». Y en Isaías 9:6 se nos dice del niño que había de nacer: «Porque un niño nos es nacido, hijo nos es dado, y el principado sobre su hombro; y se llamará su nombre Admirable, Consejero, Dios fuerte, Padre eterno, Príncipe de paz». Y en Hebreos 13:8 se nos dice que «Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos». Su inmutabilidad se enseña también en el pasaje de Hebreos que acabamos de citar, y en el primer capítulo del mismo libro, en el versículo doce, se nos dice que, mientras aun los cielos cambian, el Señor Jesús no cambia. Las palabras exactas son: «Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se envejecerán como una vestidura, y como un manto los envolverás, como un vestido, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años no acabarán». Así vemos que cada uno de los cinco atributos distintivamente divinos se atribuía a nuestro Señor Jesucristo. Y en Colosenses 2:9 se nos dice con todas sus letras: «En él habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad» (es decir, en forma corporal). Aquí de nuevo podríamos dar el caso por cerrado, porque lo dicho bajo este encabezamiento, aunque se tomara solo, prueba claramente la deidad absoluta de nuestro Señor Jesucristo. Muestra que él poseía toda perfección de naturaleza y de carácter que posee Dios el Padre.

III. OFICIOS DIVINOS

Pero no necesitamos detenernos aquí. Hay una tercera línea de prueba, irrefutable, de que Jesucristo es Dios, a saber: todos los oficios distintivamente divinos se atribuyen a Jesucristo. Hay siete oficios distintivamente divinos. Es decir, hay siete cosas que solo Dios puede hacer, y cada uno de estos siete oficios distintivamente divinos se atribuye a Jesucristo. Los siete oficios distintivamente divinos son: la creación, la preservación, el perdón de los pecados, la resurrección de los muertos, la transformación de los cuerpos, el juicio y el otorgamiento de la vida eterna; y cada uno de ellos se atribuye a Jesucristo. Se le atribuye la creación. En Hebreos 1:10 se dirigen a nuestro Señor estas palabras: «Y tú, oh Señor, en el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos». El contexto muestra con claridad que el Señor a quien se habla es el Señor Jesús. En Juan 1:3 se nos dice que «todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de lo que ha sido hecho fue hecho». También se le atribuye la preservación del universo y de todas las cosas en Hebreos 1:3, donde se dice del Señor Jesús: «El cual, siendo el resplandor de su gloria, y la misma imagen de su (es decir, de Dios) sustancia, y sustentando todas las cosas con la palabra de su poder, habiendo hecho la purificación de nuestros pecados por medio de sí mismo, se sentó a la diestra de la Majestad en las alturas». Se le atribuye el perdón de los pecados. Él mismo dice en Marcos 2:5-10, cuando se puso en duda su poder para perdonar pecados, precisamente porque se reconocía que ese era un poder divino: «Para que sepáis que el Hijo del hombre tiene potestad en la tierra para perdonar pecados». La futura resurrección de los muertos se le atribuye expresamente en Juan 6:39, 44: «Y esta es la voluntad del Padre que me envió: que de todo lo que me ha dado no pierda yo nada, sino que lo resucite en el día postrero. Ninguno puede venir a mí, si el Padre que me envió no lo trajere; y yo lo resucitaré en el día postrero». La transformación de nuestros cuerpos se le atribuye en Filipenses 3:21 (Revised Version inglesa). En 2 Timoteo 4:1 se le atribuye el juicio: se nos dice que él «juzgará a los vivos y a los muertos». Jesús mismo declaró que sería el juez de toda la humanidad, y recalcó el carácter divino de ese oficio. En Juan 5:22, 23 dijo: «Porque el Padre a nadie juzga, sino que todo el juicio dio al Hijo, para que todos honren al Hijo como honran al Padre». El otorgamiento de la vida eterna se le atribuye una y otra vez. En Juan 10:28 él mismo dice: «Y yo les doy vida eterna; y no perecerán jamás, ni nadie las arrebatará de mi mano». Y en Juan 17:1, 2 dice: «Padre, la hora ha llegado; glorifica a tu Hijo, para que también tu Hijo te glorifique a ti; como le has dado potestad sobre toda carne, para que dé vida eterna a todos los que le diste». Aquí, pues, tenemos los siete oficios distintivamente divinos, todos ellos atribuidos a Jesucristo. Esto solo bastaría para probar que él es Dios, y podríamos dar el caso por cerrado aquí; pero hay todavía otras pruebas de su deidad absoluta.

IV. DECLARACIONES QUE EN EL ANTIGUO TESTAMENTO SE HACEN EXPRESAMENTE DE JEHOVÁ, DIOS, Y QUE EN EL NUEVO TESTAMENTO SE APLICAN A JESUCRISTO

La cuarta línea de prueba de la deidad absoluta de Jesucristo se halla en el hecho de que una y otra vez declaraciones que en el Antiguo Testamento se hacen expresamente de Jehová, Dios, se aplican en el Nuevo Testamento a Jesucristo. No tenemos tiempo para ilustrarlo extensamente; daremos un solo ejemplo, donde podrían darse muchos. En Jeremías 11:20 el profeta dice: «Mas, oh Señor de los ejércitos, que juzgas con justicia, que pruebas los riñones y el corazón, vea yo tu venganza sobre ellos, porque a ti he descubierto mi causa». Aquí el profeta dice claramente que es Jehová de los ejércitos quien juzga y prueba los riñones y el corazón. Y en el capítulo 17, versículo diez, Jeremías presenta a Jehová mismo diciendo lo mismo con estas palabras: «Yo, el Señor, escudriño el corazón, pruebo los riñones, para dar a cada uno según su camino, según el fruto de sus obras». Pero en el Nuevo Testamento, en Apocalipsis 2:23, el Señor Jesús dice: «Yo soy el que escudriña los riñones y los corazones; y daré a cada uno de vosotros según vuestras obras». Se nos dice expresamente en el contexto que es «el Hijo de Dios» quien habla aquí. Así, Jesús reclama para sí en el N. T. lo que Jehová, en el A. T., dice que es verdad de sí mismo y solo de sí mismo; y en muchísimos otros casos declaraciones que en el Antiguo Testamento se hacen expresamente de Jehová, Dios, se aplican en el N. T. a Jesucristo. Es decir, en el pensamiento y la doctrina del Nuevo Testamento Jesucristo ocupa el lugar que Jehová ocupa en el pensamiento y la doctrina del Antiguo Testamento.

V. LA MANERA EN QUE SE UNEN EL NOMBRE DE DIOS EL PADRE Y EL DE JESUCRISTO EL HIJO

La quinta línea de prueba de la deidad absoluta de nuestro Señor se halla en la manera en que el nombre de Jesucristo se une al de Dios el Padre. En numerosos pasajes su nombre se une al nombre de Dios el Padre de un modo en que sería imposible unir el nombre de cualquier ser finito con el de la Deidad. Solo tenemos tiempo para unos pocos de los muchos ejemplos que podrían darse. Un caso notable se halla en las palabras de nuestro Señor mismo en Juan 14:23, donde leemos: «Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre lo amará, y vendremos a él, y haremos morada con él». Aquí nuestro Señor Jesús no vacila en unirse a sí mismo con el Padre de tal manera que dice «nosotros», es decir, Dios el Padre y yo vendremos y haremos morada con él. En Juan 14:1 dice: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Si Jesucristo no fuera Dios, esto sería una blasfemia escandalosa. No hay absolutamente ningún término medio entre admitir la deidad de Jesucristo y acusar a Cristo de la blasfemia más atrevida y espantosa de que jamás haya sido culpable hombre alguno en toda la historia.

VI. LA ADORACIÓN DIVINA QUE SE HA DE TRIBUTAR A JESUCRISTO

Hay una sexta línea de prueba de la deidad absoluta de nuestro Señor Jesús. Las que ya hemos dado han sido decisivas, cada una de las cinco ha sido decisiva; pero esta es, si cabe, la más decisiva de todas, a saber: que se nos enseña con todas sus letras que Jesucristo debe ser adorado como Dios, tanto por los ángeles como por los hombres. En numerosos lugares de los evangelios vemos a Jesucristo aceptar sin vacilar una adoración que hombres buenos y ángeles rehusaron con temor, y que él mismo enseñó que debía rendirse solo a Dios (Mateo 28:9; Lucas 24:52; Marcos 14:33; cf. Hechos 10:25, 26; Apocalipsis 22:8, 9, Revised Version inglesa; Mateo 4:9, 10). En el margen de la revisión American Standard se hace un comentario curioso y muy engañoso sobre el significado de la palabra traducida «adorar» en estos pasajes, a saber, que «la palabra griega traducida adorar denota un acto de reverencia, ya sea tributado a una criatura o al Creador». Ahora bien, esto es verdad, pero es totalmente engañoso; porque si bien esta palabra se usa para denotar «un acto de reverencia tributado a una criatura» por los idólatras, nuestro Señor Jesús mismo dice claramente, usando exactamente la misma palabra griega: «Al Señor tu Dios adorarás, y a él solo servirás»; y por otra parte dice en Juan 5:23 «que todos honren al Hijo como honran al Padre». Y en Apocalipsis 5:8, 9, 12, 13 se presenta a los cuatro seres vivientes y a los veinticuatro ancianos postrándose delante del Cordero y ofreciéndole adoración tal como se ofrece adoración al que está sentado en el trono, es decir, a Dios el Padre. En Hebreos 1:6 se nos dice con todas sus letras: «Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios». Una noche, en la sala de consulta de Chicago, me acerqué a un hombre de aspecto inteligente que estaba al fondo de la sala y le dije: «¿Es usted cristiano?». Me respondió: «Supongo que usted no me consideraría cristiano». Le dije: «¿Por qué no?». Me dijo: «Soy unitario». Le dije: «Entonces lo que usted quiere decir es que no cree que Jesucristo sea una persona a quien se deba adorar». Me respondió: «Eso es exactamente lo que pienso», y añadió: «la Biblia en ninguna parte dice que debamos adorarlo». Le dije: «¿Quién le dijo eso?». Me respondió: «Mi pastor», y mencionó a un destacado ministro unitario de la ciudad de Boston. Le dije: «Permítame mostrarle algo», y abrí mi Biblia en Hebreos 1:6 y leí: «Y otra vez, cuando introduce al Primogénito en el mundo, dice: Y adórenle todos los ángeles de Dios», y él dijo: «¿Eso dice?». Le entregué la Biblia y le dije: «Léalo usted mismo», y lo leyó y dijo: «No sabía que eso estuviera en la Biblia». Le dije: «Pues ahí está, ¿no es así?». «Sí, ahí está». El lenguaje no podría decirlo con mayor claridad. La Biblia enseña claramente que Jesús, el Hijo de Dios, ha de ser adorado como Dios por los ángeles y por los hombres, así como es adorado Dios el Padre.

VII. PRUEBAS INCIDENTALES DE LA DEIDAD DE JESUCRISTO

Las seis líneas de prueba de la deidad de Jesucristo que os he presentado no dejan posibilidad alguna de dudar que Jesucristo es Dios, que Jesús de Nazaret es Dios manifestado en una persona humana, que es un ser al que se debe adorar así como se adora a Dios el Padre; pero hay además pruebas incidentales de su deidad absoluta que, si cabe, son en cierto modo aún más convincentes que las afirmaciones directas de su deidad.

1. Nuestro Señor Jesús dice en Mateo 11:28: «Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os haré descansar». Ahora bien, cualquiera que haga una promesa así tiene que ser o Dios, o un lunático, o un impostor. Nadie puede dar descanso a todos los trabajados y cargados que acuden a él, a menos que sea Dios; y, sin embargo, Jesucristo se ofrece a hacerlo. Si se ofrece a hacerlo y no lo cumple cuando los hombres acuden a él, entonces es o un lunático o un impostor. Si de veras lo hace, entonces, sin lugar a dudas, es Dios. Y miles pueden testificar que de veras lo hace. Miles y decenas de miles que estaban trabajados y cargados y abatidos, y para quienes no había ayuda en el hombre, han venido a Jesucristo y él de veras les ha dado descanso. Ciertamente, pues, él no es meramente un gran hombre: es Dios.

2. Además, en Juan 14:1 Jesucristo exige que pongamos en él la misma fe que ponemos en Dios el Padre, y promete que en esa fe hallaremos remedio para toda turbación y ansiedad del corazón. Sus palabras son: «No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí». Es claro que exige que se ponga en él la misma fe absoluta que se ha de poner en el Dios Todopoderoso. Ahora bien, en Jeremías 17:5, pasaje de la Escritura que nuestro Señor Jesús conocía perfectamente, leemos: «Así ha dicho el Señor: Maldito el varón que confía en el hombre», y, sin embargo, con esta clara maldición pronunciada sobre todos los que confían en el hombre, Jesucristo exige que confiemos en él tal como confiamos en Dios. Es la afirmación más fuerte posible de deidad por su parte. Nadie sino Dios tiene derecho a hacer semejante exigencia, y Jesucristo, al hacerla, tiene que ser o Dios o un impostor; pero miles y decenas de miles han hallado que, cuando creyeron en él tal como creen en Dios, sus corazones fueron librados de la turbación, cualesquiera que fuesen su duelo o sus circunstancias.

3. Además, el Señor Jesús exigió para sí un amor supremo y absoluto. Está claro como el día que nadie sino Dios tiene derecho a exigir semejante amor, pero no cabe duda alguna de que Jesús lo exigió. En Mateo 10:37 dijo a sus discípulos: «El que ama a padre o madre más que a mí, no es digno de mí; el que ama a hijo o hija más que a mí, no es digno de mí». Y en Lucas 14:26, 33 dice: «Si alguno viene a mí, y no aborrece a su padre, y madre, y mujer, e hijos, y hermanos, y hermanas, y aun también su propia vida, no puede ser mi discípulo. . . . Así, pues, cualquiera de vosotros que no renuncia a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo». No cabe duda de que esto es una exigencia, por parte de Jesús, de un amor supremo y absoluto hacia él, un amor que pone aun las relaciones más queridas de la vida en un lugar enteramente secundario. Nadie sino Dios tiene derecho a hacer semejante exigencia; pero nuestro Señor Jesús la hizo, y, por lo tanto, tiene que ser Dios.

4. En Juan 10:30 el Señor Jesús reclamó una igualdad absoluta con el Padre. Dijo: «Yo y el Padre uno somos».

5. En Juan 14:9 nuestro Señor Jesús llegó a decir: «El que me ha visto, ha visto al Padre». Afirma aquí ser Dios de manera tan absoluta que verle a él es ver al Padre que mora en él.

6. En Juan 17:3 dice: «Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado». En otras palabras, afirma que el conocimiento de sí mismo es una parte de la vida eterna tan esencial como el conocimiento de Dios el Padre.

Conclusión: no queda lugar para dudar de la deidad absoluta de Jesucristo. Es una verdad gloriosa. El Salvador en quien creemos es Dios, un Salvador para quien nada es demasiado difícil, un Salvador que puede salvar desde lo más hondo y salvar perpetuamente. ¡Oh, cuánto deberíamos regocijarnos de que no tenemos un Salvador meramente humano, sino un Salvador que es absolutamente Dios! Por otra parte, ¡qué negra es la culpa de rechazar a un Salvador como este! Quienquiera que se niegue a aceptar a Jesús como su Salvador y Señor divino es culpable del enorme pecado de rechazar a un Salvador que es Dios. Más de un hombre se cree bueno porque nunca robó, ni cometió homicidio, ni hizo trampa. «¿De qué gran pecado soy culpable?», pregunta satisfecho de sí mismo. ¿Has aceptado alguna vez a Jesucristo? «No». Pues bien, entonces eres culpable del horrendo y condenatorio pecado de rechazar a un Salvador que es Dios. «Pero —respondes—, yo no creo que él sea Dios». Eso no cambia el hecho ni disminuye tu culpa. Poner en duda un hecho o negarlo nunca lo cambia, diga lo que diga en sentido contrario Mary Baker Eddy. Supongamos que un hombre tuviera una esposa que fuera una de las mujeres más nobles, puras y fieles que jamás hayan vivido: ¿cambiaría el hecho el que su marido pusiera en duda su pureza y su nobleza? No lo cambiaría. Simplemente haría a ese marido culpable de una calumnia horrenda; simplemente demostraría que ese hombre es un canalla escandaloso. Así también, negar la deidad de Jesucristo no hace que su deidad sea un hecho en lo más mínimo menos cierto, pero sí hace al que niega su deidad culpable de una calumnia horrenda, increíble y blasfema. Sí demuestra que tú, que niegas su deidad, eres un——. Dejo que tu propia conciencia termine la frase.

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