Capítulo 4 · 21 min de lectura · 27 min de escucha
La concepción cristiana de Dios: la perfección infinita y la unidad de Dios
«Dios es luz».—1 Juan 1:5.
«Dios es amor».—1 Juan 4:8, 16.
«Para con Dios todo es posible».—Mateo 19:26.
«Su entendimiento es infinito».—Salmos 147:5.
Hoy hemos de considerar de nuevo la concepción cristiana de Dios. Hace hoy una semana vimos que Dios es Espíritu, que Dios es una persona y que Dios tiene hoy un interés personal y una mano activa en los asuntos de los hombres; que él sostiene, gobierna y cuida el mundo que ha creado, y que modela toda la historia presente del mundo.
I. LA PERFECCIÓN INFINITA DE DIOS
Lo siguiente que debe notarse acerca de la concepción cristiana de Dios es que Dios es perfecto e infinito en todos sus atributos intelectuales y morales, y en poder.
1. Ante todo, fija tu atención en nuestro primer texto: «Dios es luz» (1 Juan 1:5). Estas tres palabras forman una declaración de la verdad maravillosamente hermosa y abrumadoramente impresionante. Exponen la santidad absoluta y la sabiduría perfecta de Dios. Más que ser explicadas, estas palabras necesitan ser meditadas. «En él no hay ningunas tinieblas». Es decir, en él no hay tinieblas de error, ni tinieblas de ignorancia, ni tinieblas de pecado, ni tinieblas de imperfección moral o de imperfección intelectual de ninguna clase. Las tres palabras «Dios es luz» constituyen una de las declaraciones de la verdad más hermosas, más sorprendentes y más asombrosas que jamás se hayan escrito.
2. Para ir a cosas más concretas, el Dios de la Biblia es omnipotente. Esta gran verdad aparece una y otra vez en la Palabra de Dios. Una declaración directa de esta gran verdad, especialmente notable por el contexto en que se halla, aparece en Jeremías 32:17, 27: «¡Ah, Señor Dios! He aquí que tú hiciste los cielos y la tierra con tu gran poder y con tu brazo extendido; no hay nada que sea difícil para ti». Aquí es Jeremías quien hace la afirmación, pero en el versículo 27 es el Señor mismo quien dice: «He aquí, yo soy el Señor, Dios de toda carne; ¿habrá algo que sea difícil para mí?»
En Job 42:2 leemos estas palabras de Job, cuando por fin ha sido llevado a ver y a reconocer la verdadera naturaleza del Señor: «Yo sé que todo lo puedes, y que ningún propósito tuyo puede ser estorbado». En Mateo 19:26 nuestro Señor Jesús dice: «Para con Dios todo es posible». Tomando juntos estos pasajes, se nos enseña claramente, por nuestro Señor mismo y por otros, que Dios puede hacer todas las cosas, que nada es demasiado difícil para él, que todas las cosas le son posibles. En una palabra, que Dios es omnipotente. Un pasaje muy impresionante del libro de los Salmos que expone esta misma gran verdad es Salmos 33:6-9: «Por la palabra del Señor fueron hechos los cielos, y todo el ejército de ellos por el aliento de su boca. (7) Él junta como en un montón las aguas del mar; él pone en depósitos los abismos. (8) Tema al Señor toda la tierra; teman delante de él todos los habitantes del mundo. (9) Porque él dijo, y fue hecho; él mandó, y existió». Aquí vemos a Dios, con la mera expresión de su voz, haciendo que suceda todo lo que él desea que suceda. Encontramos esta misma elevada concepción de Dios en el primer capítulo de la Biblia, ese capítulo del que tantas personas que se imaginan eruditas nos dicen que está superado y anticuado, y que sin embargo contiene algunas de las expresiones más sublimes que jamás se hayan escrito, sin parangón con nada de lo que cualquier filósofo, científico u orador de tribuna esté diciendo hoy. Las primeras palabras de ese capítulo dicen: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1:1), una descripción del origen de las cosas que nunca ha sido igualada en sencillez, sublimidad y profundidad; y dos versículos más abajo, en el tercero, leemos: «Y dijo Dios: Sea la luz; y fue la luz». Estas palabras no necesitan comentario. Hay aquí una sublimidad de pensamiento, en la exposición de la omnipotencia de la mera palabra de Dios, ante la cual toda alma verdaderamente inteligente y despierta quedará maravillada y sobrecogida. No hay nada en la poesía ni en la disertación filosófica, antigua o moderna, que pueda compararse ni por un momento con estas palabras sublimes. Una y otra vez la Palabra de Dios presenta la idea de que toda la naturaleza está absolutamente sujeta a la voluntad y a la palabra de Dios. Lo vemos, por ejemplo, en Salmos 107:25-29: «Porque él manda, y levanta un viento tempestuoso, que encrespa sus olas. (26) Suben a los cielos, descienden a los abismos; sus almas se derriten por el mal. (27) Tiemblan y titubean como ebrios, y toda su ciencia se desvanece. (28) Entonces claman al Señor en su angustia, y él los libra de sus aflicciones. (29) Cambia la tempestad en sosiego, y se apaciguan sus ondas». Otra descripción de carácter semejante se halla en Nahúm 1:3-6: «El Señor es tardo para la ira y grande en poder, y no tendrá por inocente al culpable; el Señor marcha en la tempestad y en el torbellino, y las nubes son el polvo de sus pies. (4) Él amenaza al mar, y lo hace secar, y agosta todos los ríos; Basán y el Carmelo languidecen, y la flor del Líbano se marchita. (5) Los montes tiemblan delante de él, y los collados se derriten; la tierra se conmueve a su presencia, y el mundo, y todos los que en él habitan. (6) ¿Quién permanecerá delante de su ira? ¿Y quién quedará en pie en el furor de su enojo? Su ira se derrama como fuego, y por él se hienden las peñas». ¡Qué cuadro tenemos aquí de la omnipotencia y la imponente majestad de Dios!
No solo se presenta a la naturaleza como absolutamente sujeta a la voluntad y a la palabra de Dios, sino que también se presenta a los hombres como absolutamente sujetos a su voluntad y a su palabra. Por ejemplo, leemos en Santiago 4:12-15: «Uno solo es el dador de la ley y juez, que puede salvar y perder; pero ¿quién eres tú que juzgas a tu prójimo? (13) ¡Vamos ahora!, los que decís: Hoy o mañana iremos a tal ciudad, y estaremos allá un año, y negociaremos, y ganaremos; (14) cuando no sabéis lo que será mañana. ¿Qué es vuestra vida? Porque sois un vapor que aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece. (15) En lugar de lo cual deberíais decir: Si el Señor quiere, viviremos y haremos esto o aquello».
Dichoso el hombre que se sujeta voluntariamente a la voluntad y a la palabra de Dios; pero, nos sujetemos voluntariamente a ellas o no, estamos sujetos a su voluntad y a su palabra, queramos o no. También los ángeles están sujetos a su voluntad y a su palabra (Hebreos 1:13, 14), y aun Satanás mismo, aunque enteramente contra su propia voluntad, está absolutamente sujeto a la voluntad y a la palabra de Dios, como se ve claramente en Job 1:12 y Job 2:6.
El ejercicio de la omnipotencia de Dios está limitado por su propia voluntad sabia, santa y amorosa. Dios puede hacer cualquier cosa, pero hará solamente lo que dictan una sabiduría, una santidad y un amor infinitos. Esto aparece, por ejemplo, en Isaías 59:1, 2: «He aquí que no se ha acortado la mano del Señor para salvar, ni se ha agravado su oído para oír; (2) pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír».
3. El Dios de la Biblia es también omnisciente. En 1 Juan 3:20 leemos: «Dios conoce todas las cosas». Volviendo al Antiguo Testamento, en Salmos 147:5 leemos: «Grande es el Señor nuestro, y de mucho poder; y su entendimiento es infinito». La traducción literal de la última cláusula de este pasaje es «De su entendimiento no hay número». En estos pasajes se declara claramente que «Dios conoce todas las cosas» y que «su entendimiento es infinito». En Job 37:16 se presenta a Eliú, el mensajero de Dios, diciendo que el Señor es «perfecto en sabiduría». En la misma línea, en Hechos 15:18 leemos: «Conocidas son a Dios desde el principio del mundo todas sus obras». La Revised Version inglesa introduce un cambio en la traducción de este versículo, pero ese cambio no altera el sentido de la verdad aquí expuesta: que Dios conoce todas sus obras y todas las cosas desde el principio del mundo. Le es conocido todo, desde lo más vasto hasta el detalle más diminuto. En Salmos 147:4 se nos dice que «él cuenta el número de las estrellas; a todas ellas llama por sus nombres». Mientras que en Mateo 10:29 se nos dice que ni un solo pajarillo cae a tierra sin él. Las estrellas en toda su asombrosa magnitud y los pajarillos en toda su insignificancia están todos por igual en su mente.
Se nos dice además que todo tiene una parte en su propósito y en su plan. En Hechos 3:17, 18, el apóstol Pedro dice de la crucifixión de nuestro Señor, el acto más perverso de toda la historia de la raza humana: «Mas ahora, hermanos, sé que por ignorancia lo hicisteis, como también vuestros gobernantes. Pero Dios ha cumplido así lo que había anunciado de antemano por boca de todos sus profetas, que su Cristo había de padecer». En Hechos 2:23 Pedro declaró el día de Pentecostés (aunque la crucifixión del Señor Jesús fue el acto más perverso de toda la historia) que, no obstante, el Señor Jesús fue «entregado por el determinado consejo y anticipado conocimiento de Dios». Según el salmista (Salmos 76:10), Dios toma los actos de los hombres más perversos dentro de sus planes, y hace que aun la ira del hombre le alabe, y reprime el resto de las iras. Aun la guerra presente, con todos sus horrores, con todas sus atrocidades, con todas sus abominaciones y todas sus maldades indecibles, fue conocida de antemano por Dios e incorporada a su propio plan misericordioso de los siglos; y él hará que cada acontecimiento de esta guerra presente, aun las cosas más espantosas, tramadas por la conspiración más vil de hombres sin principios, de hombres completamente inhumanos y bestiales, de hombres inspirados por el diablo, ayude a bien a los que aman a Dios, a los que conforme a su propósito son llamados (Romanos 8:28).
Todo el plan de los siglos, no solo de las centurias, sino de los inconmensurables siglos de Dios, y la parte de cada hombre en él, ha sido conocido por Dios desde toda la eternidad. Esto se aclara mucho en Efesios 1:9-12, donde leemos: «Dándonos a conocer el misterio de su voluntad, según su beneplácito, el cual se había propuesto en sí mismo, de reunir todas las cosas en Cristo, en la dispensación del cumplimiento de los tiempos, así las que están en los cielos como las que están en la tierra; en él, digo, en quien asimismo fuimos hechos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad, a fin de que seamos para alabanza de su gloria, nosotros los que primeramente esperábamos en Cristo». Y en Efesios 3:4-9 leemos: «Por lo cual, leyendo esto, podéis entender cuál sea mi conocimiento en el misterio de Cristo, misterio que en otras generaciones no se dio a conocer a los hijos de los hombres, como ahora es revelado a sus santos apóstoles y profetas por el Espíritu: que los gentiles son coherederos y miembros del mismo cuerpo, y copartícipes de la promesa en Cristo Jesús por medio del evangelio, del cual yo fui hecho ministro por el don de la gracia de Dios que me ha sido dado según la operación de su poder. A mí, que soy menos que el más pequeño de todos los santos, me fue dada esta gracia de anunciar entre los gentiles las inescrutables riquezas de Cristo, y de aclarar a todos cuál sea la dispensación del misterio escondido desde los siglos en Dios, que creó todas las cosas». En Dios no hay ideas de última hora. Todo está visto, conocido, propuesto y planeado desde el principio. Bien podemos exclamar: «¡Oh profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de Dios! ¡Cuán insondables son sus juicios, e inescrutables sus caminos!» (Romanos 11:33.) Dios sabe desde toda la eternidad lo que hará por toda la eternidad.
4. Dios es también absoluta e infinitamente santo. Este es un punto de importancia central y fundamental en la concepción bíblica de Dios. Aparece en nuestro primer texto: «Dios es luz, y en él no hay ningunas tinieblas». Juan, cuando escribió estas palabras, las dio como resumen de «el mensaje que hemos oído de Dios». (1 Juan 1:5.) En Isaías 6:3, en la visión del Señor que le fue dada a Isaías el año en que murió el rey Uzías, se presenta a los «serafines», o «ardientes», que arden en su propia e intensa santidad, de pie delante del Señor, con el rostro cubierto y los pies cubiertos, clamando sin cesar: «Santo, santo, santo, es el Señor de los ejércitos». Y en 1 Pedro 1:16 Dios nos dice a gran voz: «Sed santos, porque yo soy santo».
Esta idea de la santidad infinita e imponente de Dios impregna toda la Biblia. Subyace a todo lo que hay en ella. Todo el sistema mosaico está edificado sobre esta verdad fundamental y central, y en torno a ella. Su sistema de lavamientos; las divisiones del tabernáculo; la división del pueblo en israelitas comunes, levitas, sacerdotes y sumos sacerdotes, a quienes se permitían diferentes grados de acercamiento a Dios bajo condiciones estrictamente definidas; la insistencia en los sacrificios de sangre como medio necesario para acercarse a Dios; las instrucciones de Dios a Moisés en Éxodo 3:5, a Josué en Josué 5:15; el castigo de Uzías en 2 Crónicas 26:16-26; las órdenes estrictas dadas a Israel en cuanto a acercarse al Sinaí cuando el Señor descendió sobre él; la suerte de Coré, Datán y Abiram en Números 16:1-33; y la destrucción de Nadab y Abiú en Levítico 10:1-3: todo esto tenía el propósito de enseñar, recalcar y grabar a fuego en la mente y en el corazón de los israelitas la verdad fundamental de que Dios es santo, inaccesiblemente santo. La verdad de que Dios es santo es la verdad fundamental de la Biblia, del Antiguo Testamento y del Nuevo Testamento, de la religión judía y de la religión cristiana. Es el factor preeminente en la concepción cristiana de Dios. No hay hecho alguno en la concepción cristiana de Dios que necesite ser recalcado en nuestros días más que el hecho de la santidad absoluta, sin reservas e intransigente de Dios. Esa es la nota principal que falta en la Ciencia Cristiana, la teosofía, el ocultismo, el budismo, el Nuevo Pensamiento, la nueva teología y todos los cultos viles, aunque jactanciosos, de nuestros días. Esa gran verdad subyace a aquellas doctrinas fundamentales de la Biblia: la expiación por la sangre derramada y la justificación por la fe. La doctrina de la santidad de Dios es la clave del arco de la verdad cristiana.
5. Dios es también amor. Esta verdad se declara en uno de nuestros textos. Las palabras «Dios es amor» se hallan dos veces en el mismo capítulo (1 Juan 4:8, 16). Esta verdad es esencialmente la misma que la de que «Dios es luz» y «Dios es santo», porque la esencia misma de la verdadera santidad es el amor, y la «luz» es «amor», y el «amor» es «luz».
6. Además, Dios no solo es perfecto en sus atributos intelectuales y morales y en poder; también es omnipresente. Esta idea de Dios aparece tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. En Salmos 139:7-10 leemos: «¿Adónde me iré de tu Espíritu? ¿Y adónde huiré de tu presencia? (8) Si subiere a los cielos, allí estás tú; y si en el Seol hiciere mi estrado, he aquí, allí tú estás. (9) Si tomare las alas del alba y habitare en el extremo del mar, (10) aun allí me guiará tu mano, y me asirá tu diestra». No hay lugar alguno donde uno pueda huir de la presencia de Dios, porque Dios está en todas partes. Esta gran verdad se expone de manera notable en Jeremías 23:23, 24: «¿Soy yo Dios de cerca solamente, dice el Señor, y no Dios desde muy lejos? (24) ¿Se ocultará alguno en escondrijos que yo no lo vea?, dice el Señor. ¿No lleno yo, dice el Señor, el cielo y la tierra?»
La semana pasada vimos que Dios tiene una morada local, que hay un lugar donde él existe y se manifiesta de una manera en que no se manifiesta en todas partes; pero, aunque insistimos en esa verdad claramente revelada, tampoco debemos perder nunca de vista el hecho de que Dios está en todas partes. Encontramos esta misma verdad expuesta por Pablo en su sermón a los filósofos epicúreos y estoicos en el Areópago, Hechos 17:24-28: «El Dios que hizo el mundo y todas las cosas que en él hay, siendo Señor del cielo y de la tierra, no habita en templos hechos por manos humanas, (25) ni es servido por manos de hombres, como si necesitase de algo, pues él es quien da a todos vida, y aliento, y todas las cosas. (26) Y de uno solo ha hecho todo el linaje de los hombres, para que habiten sobre toda la faz de la tierra, y les ha prefijado el orden de los tiempos y los límites de su habitación. (27) Porque en él vivimos, y nos movemos, y somos; como también algunos de vuestros propios poetas han dicho: Porque linaje suyo somos».
Por estos pasajes vemos que Dios está en todas partes. Está en todas las partes del universo y cerca de cada individuo. En él cada individuo vive, se mueve y es. Está en cada rosa, en cada lirio y en cada brizna de hierba.
7. Hay otra idea en la concepción cristiana de Dios que debe colocarse junto a su omnipresencia, y es su eternidad. Dios es eterno. Su existencia no tuvo principio ni tendrá fin; él siempre fue, siempre es y siempre será. Dios no solo está presente en todas partes en el espacio; está presente en todas partes en el tiempo. Esta concepción de Dios aparece constantemente en la Biblia. Ya allá en Génesis 21:33 se nos dice que Abraham invocó «el nombre del Señor, Dios eterno». En Isaías 40:28 leemos esta descripción del Señor: «¿No has sabido? ¿No has oído? El Dios eterno, el Señor, el Creador de los confines de la tierra, no se fatiga ni se cansa; su entendimiento es insondable». Aquí de nuevo se le llama «el Dios eterno». Habacuc, en Habacuc 1:12, expone la misma concepción de Dios. Dice: «¿No eres tú desde la eternidad, oh Señor, Dios mío, Santo mío?» El salmista nos da la misma representación de Dios en Salmos 90:2, 4: «Antes que naciesen los montes y formases la tierra y el mundo, desde la eternidad y hasta la eternidad, tú eres Dios. (4) Porque mil años delante de tus ojos son como el día de ayer, que pasó, y como una de las vigilias de la noche». Tenemos la misma representación de Dios en el Salmo 102, versículos 24-27: «Dije: Dios mío, no me cortes en la mitad de mis días; por generación de generaciones son tus años. (25) Desde el principio tú fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus manos. (26) Ellos perecerán, mas tú permanecerás; y todos ellos como un vestido se envejecerán; como un vestido los mudarás, y serán mudados; (27) pero tú eres el mismo, y tus años no se acabarán».
El nombre mismo de Dios, su nombre de pacto, Jehová, expresa su eternidad. Él es el eterno «Yo soy», el que es, el que era y el que siempre será. (Compárese Éxodo 3:14, 15.)
II. HAY UN SOLO DIOS
Queda por mencionar un hecho más acerca de la concepción cristiana de Dios, y es este: no hay más que un Dios. La unidad de Dios aparece una y otra vez tanto en el Antiguo Testamento como en el Nuevo. Por ejemplo, leemos en Deuteronomio 4:35: «El Señor es Dios; no hay otro fuera de él». Y en Deuteronomio 6:4 leemos: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es». Pasando al Nuevo Testamento, en 1 Timoteo 2:5 leemos: «Hay un solo Dios, y un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre». Y en Marcos 12:29 nuestro Señor Jesús mismo dice: «Oye, Israel: el Señor nuestro Dios, el Señor uno es».
Pero debemos tener presente el carácter de la unidad divina. Se revela claramente en la Biblia que en esta unidad divina, en esta única Deidad, hay una multiplicidad de personas. Esto aparece de diversas maneras.
1. En primer lugar, la palabra hebrea traducida «uno» en estos diversos pasajes citados denota una unidad compuesta, no una unidad simple. (Compárese 1 Corintios 3:6-8; 1 Corintios 12:13; Juan 17:22, 23; Gálatas 3:28.)
2. En segundo lugar, la palabra que con más frecuencia se usa para Dios en el Antiguo Testamento es un sustantivo plural. Los gramáticos y lexicógrafos hebreos intentaron explicar esto diciendo que era el «pluralis majestatis», pero la explicación muy sencilla es que los hebreos, a pesar de su intenso monoteísmo, usaban un nombre plural para Dios porque hay una pluralidad de personas en la única Deidad.
3. Más notable aún, como prueba de la pluralidad de personas en la única Deidad, es el hecho de que Dios mismo usa pronombres plurales al hablar de sí mismo. Por ejemplo, en el primer capítulo de la Biblia, Génesis 1:26, leemos que Dios dijo: «Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza». Y en Génesis 11:7 se registra además que dijo: «Ea, descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero». En Génesis 3:22 leemos: «Y dijo el Señor Dios: He aquí, el hombre ha venido a ser como uno de nosotros, conociendo el bien y el mal». Y en aquella maravillosa visión a la que ya nos hemos referido, en la que Isaías vio al Señor, leemos esta declaración de Isaías en Isaías 6:8: «Y oí la voz del Señor, que decía: ¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros? Entonces respondí yo: Heme aquí, envíame a mí».
4. Otro ejemplo de la pluralidad de personas en la única Deidad, en la concepción de Dios del Antiguo Testamento, se halla en Zacarías 2:10, 11, donde el Señor habla de sí mismo como enviado por el Señor con estas palabras: «Canta y alégrate, hija de Sion; porque he aquí vengo, y moraré en medio de ti, dice el Señor. (11) Y se unirán muchas naciones al Señor en aquel día, y me serán por pueblo, y moraré en medio de ti; y entonces conocerás que el Señor de los ejércitos me ha enviado a ti». Aquí el Señor habla claramente de sí mismo como enviado por el Señor, indicando así claramente dos personas en la Deidad.
5. Otra indicación de la pluralidad de personas en la Deidad, en la concepción de Dios del Antiguo Testamento, se halla en el hecho de que «el Ángel del Señor», en el Antiguo Testamento, es a la vez distinguido del Señor e identificado con él.
6. Esta misma idea de la pluralidad de personas en la única Deidad se presenta en Juan 1:1, donde llegamos a la cumbre misma de esta idea. Aquí se nos dice en tantas palabras: «En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios». Veremos más adelante, cuando lleguemos a estudiar la deidad de Cristo y la personalidad y deidad del Espíritu Santo, que el Señor Jesús y el Espíritu Santo son designados claramente como seres divinos y, al mismo tiempo, distinguidos el uno del otro y de Dios el Padre. Así pues, es claro que en la concepción cristiana de Dios, aunque no hay más que un Dios, hay una multiplicidad de personas en la única Deidad.
En estos dos sermones sobre «La concepción cristiana de Dios» hemos expuesto esa concepción de manera muy insuficiente. Esta concepción de Dios recorre toda la Biblia, desde el primer capítulo del libro de Génesis hasta el último capítulo del Apocalipsis, y esta es una de las muchas ilustraciones maravillosas de la unidad divina del Libro. ¡Cuán maravilloso es ese Libro, en el que esta unidad de pensamiento sobre una doctrina tan profunda impregna todo el libro! Es una clara indicación de que la Biblia es la Palabra de Dios. Hay en la Biblia una filosofía más profunda que la que se halla en cualquier filosofía humana, antigua o moderna, y la única manera de explicarlo es que Dios mismo es el autor de esta filosofía incomparable. ¡Qué Dios tan maravilloso tenemos! ¡Cuánto debiéramos meditar en su persona! ¡Con qué reverencia y, al mismo tiempo, con qué deleite deberíamos entrar en su presencia e inclinarnos ante él en adoradora contemplación de la maravilla, la belleza, la majestad y la gloria de su ser!
Capítulo 4 completado
La concepción cristiana de Dios: la perfección infinita y la unidad de Dios