Capítulo 14 · 26 min de lectura · 34 min de escucha
El diablo
«El diablo. . . . es».—Juan 8:44.
«El diablo peca».—1 Juan 3:8.
INTRODUCCIÓN
Nuestro tema en este capítulo es el diablo. Tengo dos textos: Juan 8:44: «El diablo. . . . es».
El segundo texto es 1 Juan 3:8: «El diablo peca». La doctrina bíblica acerca del diablo —su existencia, su naturaleza, su carácter, su obra y su destino— es una doctrina fundamental de la fe cristiana y tiene una importancia vital. La enseñanza de la Biblia sobre este tema no es una mera cuestión de teoría o de dogma. Es un asunto de la más práctica importancia en la vida de cada día. La experiencia demuestra que, si los hombres están en el error en cuanto a este tema, es casi seguro que estarán en el error en otras cuestiones que son fundamentales. Cuando hombres y mujeres empiezan a poner en duda la existencia de un diablo personal, es casi seguro que antes de mucho estarán poniendo en duda muchas otras cosas acerca de las cuales un verdadero hijo de Dios no debería tener duda alguna. La duda acerca de la existencia de un diablo personal está muy extendida hoy. Muchos predicadores, desde púlpitos supuestamente ortodoxos, no vacilan en decir: «Yo no creo en la existencia de un diablo personal». La negación de la existencia de un diablo personal es uno de los puntos principales del sistema que hoy está tan extendido y que está haciendo tanto mal, al que con bastante razón se ha llamado «La obra maestra del diablo»: la Ciencia Cristiana. Un pastor conocido y popular de esta ciudad anunció hace algunos meses a su congregación que iba a predicarles un evangelio «sin una expiación por la sangre, sin una Biblia infalible, sin infierno y sin un diablo personal». Si de veras les predica un sistema de doctrina sin ninguna de estas cosas, les predicará un sistema de doctrina distinto del que se contiene en el libro que nuestro Señor Jesucristo ha refrendado como la Palabra de Dios, es decir, la Biblia.
I. HAY UN DIABLO
El primer punto que hay que dejar claro es que hay un diablo. Esto se ve claramente en nuestro primer texto, Juan 8:44: «El diablo. . . . es». El versículo completo dice: «Vosotros sois de vuestro padre el diablo, y los deseos de vuestro padre queréis hacer. Él ha sido homicida desde el principio, y no ha permanecido en la verdad, porque no hay verdad en él. Cuando habla mentira, de suyo habla; porque es mentiroso, y padre de mentira». Estas son palabras de Jesucristo. Para cualquiera que tenga algún derecho a llamarse cristiano, las palabras de Jesucristo tienen infinitamente más peso que las palabras de la señora Mary Baker Eddy o de cualquier otro, o de todos los demás juntos; y Jesús dice aquí: «El diablo. . . . es». Pero este no es, ni mucho menos, el único pasaje en que nuestro Señor Jesús afirma en los términos más enfáticos e inequívocos la existencia del diablo. Ve a Mateo 13:19 y leerás estas palabras: «Cuando alguno oye la palabra de Dios y no la entiende, viene el maligno, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón». Estas palabras se hallan en la interpretación de una parábola: la parábola del sembrador. Es imposible decir que estas palabras son figuradas. En las parábolas tenemos figuras; en la explicación de las parábolas tenemos los hechos literales que las figuras simbolizan; y estas palabras no están tomadas de la parábola, sino de la explicación que nuestro Señor mismo dio de la parábola, y aquí se nos dice expresamente que hay una persona, llamada aquí «el maligno», cuyo oficio es arrebatar la Palabra de Dios cuando ha sido sembrada en corazones que no la entienden ni la atienden. Si el mal es solo algo impersonal, y nuestro Señor se hubiera referido solamente a influencias impersonales, o a influencias humanas, como lo que quita la Palabra de los corazones donde había sido sembrada, estas palabras suyas carecerían por completo de sentido. Que Jesucristo creía que existía una persona de la cual habla aquí como «el maligno», y de la cual habla en otras partes, como veremos enseguida, como «el diablo», no admite duda alguna si concedemos que el Señor Jesús era un hombre honrado. Debemos, por tanto, si creemos en el Señor Jesús, creer que hay un diablo. Solo podemos negar su existencia poniendo en duda o la honradez o la inteligencia de nuestro Señor. Él ciertamente enseñó que había un diablo. Sería fácil demostrar también por las enseñanzas de Pedro (1 Pedro 5:8, 9; Hechos 5:3), por las enseñanzas de Juan (Juan 13:2) y por las enseñanzas de Pablo (Efesios 6:10-12) que hay un diablo; pero eso es innecesario para cualquiera que tenga algún derecho a llamarse cristiano, porque si el Señor lo dice, eso zanja la cuestión, y el Señor Jesús sí dice: «El diablo. . . . es». Si no hay diablo, entonces nuestro Señor Jesús fue o un necio o un impostor. La cuestión de creer en la personalidad del diablo compromete el honor de nuestro Señor Jesús. Si su enseñanza no es digna de confianza en este punto, no lo es en ningún otro, y la negación de un diablo personal pone en tela de juicio en todos los puntos la fiabilidad del Señor Jesús como Maestro y como Salvador. Vemos, pues, que la cuestión de la existencia del diablo es fundamental y de importancia vital.
II. LA NATURALEZA DEL DIABLO
Habiendo dejado establecido que hay un diablo, nos enfrentamos ahora a la cuestión de la naturaleza del diablo.
1. En primer lugar, la Biblia nos enseña que el diablo es una persona. Esto aparece en nuestro segundo texto, 1 Juan 3:8: «El diablo peca». Solo una persona puede pecar. Cuando decimos que el diablo es una persona, no queremos decir que tenga necesariamente un cuerpo, y desde luego no un cuerpo como el que se le atribuye en diversas pinturas y grabados que pretenden representar al diablo. Persona es todo ser que conoce, siente y quiere. Cuando decimos que el diablo es una persona, queremos decir que es un ser dotado de inteligencia, sentimiento y voluntad; que no es un mero principio del mal. La personalidad del diablo se enseña una y otra vez en la Biblia. Solo unos pocos ejemplos además de nuestros textos. Vuelve otra vez a Mateo 13:19: «Cuando alguno oye la palabra de Dios y no la entiende, viene el maligno, y arrebata lo que fue sembrado en su corazón». Lo que este pasaje presenta es una persona. Se le llama «el maligno»; no meramente «el mal», sino «el maligno», lo cual, por supuesto, presenta a una persona. Si el mal es solo algo impersonal, o si solo obra por medio de seres humanos, estas palabras de nuestro Señor Jesús carecerían de sentido. La personalidad del diablo aparece de nuevo con toda claridad y con mucha fuerza en Efesios 6:10-12: «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. (11) Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo. (12) Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores del mundo de estas tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Aquí Pablo nos dice expresamente que la gran razón por la que necesitamos fortalecernos en el Señor y en el poder de su fuerza, y por la que necesitamos vestirnos de toda la armadura de Dios, es que existe un ser de gran astucia, sutileza y poder, una persona llamada «el diablo», y que este ser tiene bajo su mando una multitud de otras personalidades de tal dignidad y poder que se les designa con los títulos de «principados», «potestades», «gobernadores del mundo» y «huestes espirituales de maldad». Fuera de toda duda, nuestro Señor Jesús, el apóstol Pedro, el apóstol Juan y el apóstol Pablo creyeron y enseñaron la existencia de un diablo personal. Si no hay un diablo personal, bien podemos abandonar nuestra Biblia, porque en tal caso es un libro lleno de necedad y de engaño. Si no hay un diablo personal, tenemos que abandonar nuestra creencia en la autoridad inspirada del apóstol Pablo, del apóstol Pedro y del apóstol Juan, y tenemos que abandonar nuestra fe en el Señor Jesucristo. Ningún estudiante inteligente de la Biblia puede conservar su fe en la inspiración y la autoridad de ese Libro, ni su fe en el Señor Jesucristo, si abandona la creencia en la existencia de un diablo personal. Como hombres y mujeres inteligentes, tenemos que escoger entre creer en la existencia de un diablo personal o abandonar nuestra fe en Jesucristo y en el cristianismo. Todo sistema de doctrina que niegue la existencia de un diablo personal es radicalmente anticristiano, sea cual fuere el nombre que se arrogue.
2. Lo segundo que la Biblia enseña en cuanto a la naturaleza del diablo es que el diablo es un ser de muy grande poder y autoridad. Esto aparece en los versículos que acabamos de leer, Efesios 6:10, 11: «Por lo demás, hermanos míos, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza. (11) Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo». Estas palabras dejan claro que el diablo es tan poderoso que el pueblo de Dios no puede resistir sus astutas asechanzas sin estar vestido de toda la armadura de Dios; y por el versículo 10 es evidente también que no podemos resistir su poder a menos que seamos fortalecidos con la fuerza de Dios. Y esto no es todo: en el versículo 12 leemos: (12) «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores del mundo de estas tinieblas, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes». Estas son palabras tremendas. Si significan algo, ciertamente significan que hay seres de gran autoridad y dignidad que están bajo la dirección del único ser supremo del mal, el diablo. El conflicto que tenemos entre manos como creyentes en Cristo es terrible. El conflicto que los Aliados tienen entre manos con las poderosas fuerzas militares del káiser no es nada comparado con la batalla que nosotros tenemos entre manos con el diablo y sus huestes. Somos necios si subestimamos la batalla. Por otra parte, no debemos sobreestimarla. Aunque nuestro conflicto es con el diablo, y aunque nuestra lucha es contra «los principados», contra «las potestades», contra «los gobernadores del mundo», contra «las huestes espirituales de maldad», sin embargo, el que está por nosotros es mucho más poderoso que ellos. El diablo es poderoso, pero nuestro Salvador es todopoderoso. Es muy posible que uno se vuelva morboso con este tema del diablo, y llegue a desanimarse por completo y aun a trastornarse. Eso es del todo innecesario e injustificado. Aunque nuestro conflicto es con el diablo y sus poderosas huestes, Dios nos ha provisto de una fuerza y una armadura con las cuales podemos «apagar todos los dardos de fuego del maligno» y «resistir en el día malo, y habiendo acabado todo, estar firmes» (v. 13).
3. Lo tercero que la Biblia nos enseña en cuanto a la naturaleza del diablo es que el diablo es un ser de gran majestad y de elevada dignidad de posición. Ve a Judas 8, 9: «No obstante, de la misma manera también estos soñadores mancillan la carne, rechazan la autoridad y blasfeman de las dignidades (la traducción literal de la palabra griega vertida «dignidades» es «glorias»). (9) Pero cuando el arcángel Miguel contendía con el diablo, disputando con él sobre el cuerpo de Moisés, no se atrevió a proferir juicio de maldición contra él, sino que dijo: El Señor te reprenda». Por estas palabras es evidente que la posición del diablo era tan elevada que ni aun el arcángel Miguel se atrevió a proferir juicio de maldición contra él. El contexto parece dar a entender que la posición del diablo era más elevada que la del mismo arcángel Miguel. El diablo de la Biblia no es en absoluto el diablo de la imaginación popular. No es un ser de aspecto horrible, con pezuñas, cuernos y cola. Ni siquiera es el ser que pintaron Milton o Bunyan. Es un ser de muy grande majestad y dignidad originales, un ser de gran sabiduría y poder. Cuando la gente habla del diablo con ligereza y desprecio, muestra una crasa ignorancia de lo que la Biblia enseña acerca de él. Es verdad que es malo en su carácter, y por eso se le llama «el maligno» (Juan 5:19, Revised Version inglesa). Es verdad que es mentiroso y homicida (Juan 8:44); es verdad que está lleno de malignidad (2 Corintios 4:4); pero es un ser de gran dignidad y majestad, tanto que ni aun el arcángel Miguel se atrevió a proferir contra él juicio de maldición.
4. La Biblia enseña además que el diablo es «el príncipe de este mundo». Nuestro Señor Jesús mismo lo enseñó. Dice en Juan 12:31: «Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera». La palabra griega traducida «mundo» en este pasaje es kosmos, y la idea es la del orden mundial presente; y la enseñanza de nuestro Señor es que el diablo es el príncipe de este orden mundial presente. Tenemos la misma enseñanza de nuestro Señor en Juan 14:30, donde leemos: «No hablaré ya mucho con vosotros, porque viene el príncipe de este mundo, y él nada tiene en mí». Estas palabras de nuestro Señor se hallan en lo que muchos consideran el capítulo más precioso de la Biblia, el capítulo 14 de Juan; y si abandonamos esta enseñanza de nuestro Señor acerca de Satanás, tenemos que abandonar no solo la Biblia en su conjunto, sino este capítulo, el más precioso de la Biblia. Hallamos al Señor enseñando lo mismo otra vez aquella misma noche, la noche antes de su crucifixión, en Juan 16:11, donde dice: «el príncipe de este mundo ya es juzgado», con referencia evidente a Satanás.
Cómo llegó el diablo a ser príncipe de este mundo, tal vez nos sea imposible decirlo; pero que lo es no admite duda alguna si hemos de aceptar la enseñanza de Jesucristo; y para cualquiera que estudie los principios que rigen la vida comercial, la vida política, la vida social y, sobre todo, las relaciones internacionales, se hará perfectamente evidente que el diablo es quien domina el orden presente de las cosas. Si alguna vez dudamos antes de que hubiera un diablo, y un diablo precisamente como el que pinta la Biblia, apenas podemos dudarlo ahora, cuando consideramos la conducta de los gobernantes de la tierra en esta presente y loca guerra mundial. ¿Cómo pudieron seres tan inteligentes en materia de ciencia, filosofía y economía como los actuales gobernantes de Alemania hacerse culpables de precipitar a las naciones de la tierra en esta guerra insensata? Hay una sola respuesta razonable: porque hay un diablo que gobierna el presente kosmos, u orden mundial, y él domina a los káiseres y a los Reichstags del mundo, y los dominará hasta que venga el verdadero Príncipe, el Príncipe de paz, nuestro Señor Jesucristo.
III. EL CARÁCTER DEL DIABLO
1. En cuanto al carácter del diablo, la Biblia nos enseña que es un ser absolutamente malvado. En Mateo 13:19 se le llama «el maligno». Es decir, es la encarnación personal de la maldad absoluta. También en 1 Juan 5:19, según la Revised Version inglesa, se le llama «el maligno». Dios es «el Santo», es decir, aquel que es la encarnación personal de la santidad perfecta. El diablo es exactamente lo opuesto a él: la encarnación personal de la maldad consumada.
2. El diablo es para el mal lo que Dios es para el bien. En 1 Juan 3:8 leemos: «El que practica el pecado es del diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo». Esto no quiere decir que el diablo pecara desde el origen mismo de todas las cosas ni que fuera creado pecador, pues aprendemos en Ezequiel 28:15 que el diablo fue creado recto. Lo que sí quiere decir el versículo es que Satanás es el pecador original. La expresión «desde el principio» es característica de la epístola de la que se toman estas palabras, y no significa necesariamente desde el origen de las cosas (véase, por ejemplo, el versículo 11). De manera semejante se nos dice en uno de nuestros textos —Juan 8:44— que el diablo fue homicida desde el principio y que es «mentiroso, y padre de mentira». En él, absolutamente «no hay verdad». Baste esto en cuanto a la naturaleza y el carácter del diablo.
IV. LA OBRA DEL DIABLO
Llegamos ahora a la cuestión de la obra del diablo, o de cómo se manifiesta el diablo y qué es lo que hace.
1. En primer lugar, se nos enseña que el diablo tienta a los hombres a pecar. Tenemos un ejemplo notabilísimo de ello en la tentación de nuestro Señor. En la Biblia hay tres relatos de esta tentación. Veamos el relato de Mateo. Mateo 4:1-9: «Entonces Jesús fue llevado del Espíritu al desierto, para ser tentado del diablo. (2) Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. (3) Y llegándose a él el tentador, dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se hagan pan. (4) Mas él respondiendo, dijo: Escrito está: No con solo el pan vivirá el hombre, mas con toda palabra que sale de la boca de Dios. (5) Entonces el diablo le pasa a la santa ciudad, y le pone sobre el pináculo del templo, (6) y le dice: Si eres Hijo de Dios, échate abajo; que escrito está: A sus ángeles mandará por ti, y te alzarán en las manos, para que nunca tropieces con tu pie en piedra. (7) Jesús le dijo: Escrito está además: No tentarás al Señor tu Dios. (8) Otra vez le pasa el diablo a un monte muy alto, y le muestra todos los reinos del mundo, y su gloria, (9) y le dice: Todo esto te daré, si postrado me adorares». Desde luego, esta mañana no tenemos tiempo para entrar en toda la cuestión de la tentación de nuestro Señor, pero esto por lo menos está claro: el diablo aparece como el tentador que tienta a nuestro Señor. Si no existe un diablo personal, como tantos quisieran hacernos creer, o si él no es el tentador, no habría absolutamente ninguna razón para introducirlo en este relato. Así como el diablo tentó a nuestro Señor, así nos tienta a nosotros hoy. Y hay que notar que no nos tienta solamente a las groseras pasiones animales y a los pecados viles, sino con sutiles tentaciones espirituales, y sobre todo nos tienta a dudar de la Palabra de Dios. Fue con esta forma de tentación como asaltó primero a nuestro Señor. Dios acababa de decir al Señor Jesús en su bautismo: «Tú eres mi Hijo amado; en ti tengo complacencia» (Lucas 3:22), y Satanás vino insinuando la duda acerca de la Palabra de Dios al comenzar su tentación con estas palabras: «Si eres Hijo de Dios», y más adelante en la tentación repite la duda, diciendo otra vez al Señor Jesús: «Si eres Hijo de Dios». De la misma manera comenzó Satanás su asalto contra Eva en el huerto del Edén, insinuando una duda acerca de la Palabra de Dios y de la bondad de Dios. Comenzó diciendo: «¿Conque Dios os ha dicho. . . .?» (Génesis 3:2), y más adelante, cuando Eva declaró exactamente lo que Dios había dicho, el diablo la contradijo rotundamente y dijo: «No moriréis» (literalmente: muriendo, no moriréis), cuando Dios había dicho: «Ciertamente morirás» (muriendo, morirás). Este es hoy el método de ataque favorito de Satanás. Nos lleva a dudar de la Palabra de Dios. La forma más eficaz en que obra Satanás es llevando a los hombres a la duda y al error en los puntos fundamentales. Las tabernas, las casas de juego y los burdeles no son las principales esferas de la actividad de Satanás, sino las escuelas, las universidades y los seminarios teológicos, donde induce a hombres y mujeres, y a jóvenes inexpertos de uno y otro sexo, a dudar de la verdad de la Palabra de Dios, a rechazar las verdades fundamentales de la Palabra de Dios y a aceptar en su lugar los errores de Satanás. Satanás sabe bien que, si logra que los hombres duden de la Palabra de Dios, es fácil llevarlos a los pecados más viles. La falsa doctrina ha sido una fuente de los pecados más viles más prolífica aún que las tabernas.
2. Pero Satanás no solo tienta a los hombres a pecar insinuando dudas acerca de la Palabra de Dios, sino que también tiene sus sinagogas y sus ministros entre los hombres para hacer su obra. Vayamos a Apocalipsis 3:9: «He aquí, yo doy de la sinagoga de Satanás, de los que dicen ser judíos y no lo son, sino que mienten; he aquí, yo haré que vengan y adoren delante de tus pies, y sepan que yo te he amado». Lo que quiero que notes aquí son las palabras: «la sinagoga de Satanás». En este caso se trataba de una sinagoga judía, pero hoy en día es a menudo una llamada iglesia cristiana. En 2 Corintios 11:14, 15 tenemos un pasaje aún más notable: «Porque el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz. (15) Así que no es gran cosa si también sus ministros se disfrazan como ministros de justicia; cuyo fin será conforme a sus obras». Aquí se nos dice que Satanás tiene sus ministros. No se anuncian a sí mismos como ministros de Satanás; muchas veces ni siquiera son conscientes de serlo; pero se presentan como «ministros de justicia». Abogan por la «cultura ética», un sistema de salvación sin sangre expiatoria. Con frecuencia son hombres de personalidad muy atractiva y de gran brillantez y capacidad intelectual, pero están haciendo la obra del diablo. Satanás nunca es tan peligroso como cuando «se disfraza como ángel de luz», y ninguno de sus ministros es tan peligroso como los hombres y mujeres de personalidad atractiva y brillantes dotes intelectuales que están socavando la fe de los hijos de Dios, o que enseñan diversas formas de error seductor y atrayente: la «Ciencia Cristiana», el «Nuevo Pensamiento», la «Teosofía», el «Ocultismo» (espiritismo) y toda esa especie de sectas.
3. No tenemos tiempo de hablar aquí de la obra de Satanás como autor de la enfermedad (Hechos 10:38; Lucas 13:16), y como el que tiene el imperio de la muerte (Hebreos 2:14).
4. Pero debemos hablar también de otra obra del diablo. Se expone en 2 Corintios 4:3, 4, R. V.: «Que si nuestro evangelio está aún encubierto, entre los que se pierden está encubierto; (4) en los cuales el dios de este siglo cegó los entendimientos de los incrédulos, para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios». Leemos aquí que la obra de Satanás es cegar los entendimientos de los incrédulos «para que no les resplandezca la lumbre del evangelio de la gloria de Cristo, el cual es la imagen de Dios». Es evidente, pues, que el diablo es el autor de las falsas opiniones, especialmente de las falsas opiniones acerca de la persona de Cristo. Él es el autor del unitarismo y de la negación de la deidad de nuestro Señor en todas sus formas. Ciega de tal manera los entendimientos de los hombres que se someten a su ceguera, que la divina «gloria de Cristo», «el cual es la imagen de Dios», queda oculta para ellos. Esto explica por qué el unitarismo, en todas sus diversas formas, persiste aun después de que su necedad ha sido expuesta tantas veces. La obra de Satanás en esta línea ha de culminar en la aparición del Anticristo, «aquel cuyo advenimiento es según la operación de Satanás, con todo poder, y señales, y prodigios mentirosos, y con todo engaño de iniquidad para los que se pierden; por cuanto no recibieron el amor de la verdad para ser salvos». (2 Tesalonicenses 2:9, 10, R. V.)
V. EL DESTINO DEL DIABLO
Llegamos ahora a la quinta división general de nuestro tema: el destino del diablo.
1. Vayamos en primer lugar a Apocalipsis 20:1-3: «Y vi un ángel que descendía del cielo, con la llave del abismo y una gran cadena en su mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el diablo y Satanás, y lo ató por mil años; y lo arrojó al abismo, y lo encerró, y puso su sello sobre él, para que no engañase más a las naciones, hasta que fuesen cumplidos mil años; y después de esto debe ser desatado por un poco de tiempo». Aquí se nos enseña que en la segunda venida de nuestro Señor Jesucristo Satanás será atado con una gran cadena y arrojado al abismo por mil años. El abismo, o, como se traduce en la Versión Autorizada inglesa, el «pozo sin fondo», no significa el infierno. Satanás, como veremos más adelante, será arrojado al infierno después.
2. Vayamos ahora a Apocalipsis 20:7, 8: «Cuando los mil años se cumplan, Satanás será suelto de su prisión, y saldrá a engañar a las naciones que están en los cuatro ángulos de la tierra, a Gog y a Magog, a fin de reunirlos para la batalla; el número de los cuales es como la arena del mar». Aquí se nos enseña que al final del Milenio, los mil años, Satanás será suelto por un poco de tiempo del abismo en el que habrá sido arrojado encadenado, y que saldrá a engañar a las naciones. Pero el tiempo de su poder será entonces muy breve.
3. En Apocalipsis 20:10 encontramos el destino final del diablo: «Y el diablo que los engañaba fue lanzado en el lago de fuego y azufre, donde estaban la bestia y el falso profeta; y serán atormentados día y noche por los siglos de los siglos». He aquí uno de los puntos en que se vienen abajo las teorías de los partidarios de la «Reconciliación» y de los «universalistas» en general. El argumento de los reconciliacionistas y universalistas, con el que intentan probar que todos los hombres han de ser salvos al final, llevado a su conclusión lógica, si probara algo, probaría también la salvación de Satanás, y eso es lo que muchos de ellos enseñan. Dicen claramente que el diablo será finalmente llevado al arrepentimiento y salvado. De hecho, eso es lo que yo creía y enseñaba en los primeros años de mi ministerio. Pero este pasaje que acabamos de leer muestra que es imposible que esto sea verdad. «El lago de fuego» fue «preparado para el diablo y sus ángeles». Nuestro Señor mismo dice en Mateo 25:41 que, cuando vuelva para juzgar a este mundo, dirá a los que estén a su izquierda: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno preparado para el diablo y sus ángeles». El infierno no fue preparado para los hombres, sino para el diablo y sus ángeles. Si algún hombre va allá, será porque ha escogido unir su suerte a la del diablo antes que a la de Dios. Por eso van adonde va el diablo. Todo aquel que rechaza a Jesucristo está uniendo su suerte a la del diablo.
VI. CÓMO OBTENER LA VICTORIA SOBRE EL DIABLO
Ahora, solo por unos momentos, permíteme mostrarte por la Palabra de Dios cómo obtener la victoria sobre el diablo en la vida práctica de cada día. Hay cuatro cosas que debemos tener presentes.
1. Lee primero Santiago 4:7: «Someteos, pues, a Dios; resistid al diablo, y huirá de vosotros». Esto nos enseña que ante todo hemos de rendirnos a Dios y luego resistir al diablo, y que, si de veras lo resistimos, con toda su astucia y su poder, huirá de nosotros. Aunque el diablo es fuerte, nos corresponde, con la fuerza de Dios, hacerle frente y vencerlo.
2. Ve ahora a 1 Juan 2:14: «Os he escrito a vosotros, padres, porque conocéis al que es desde el principio. Os he escrito a vosotros, jóvenes, porque sois fuertes, y la palabra de Dios permanece en vosotros, y habéis vencido al maligno». Este pasaje nos enseña que es cuando nos alimentamos de la Palabra de Dios y la guardamos en nuestro corazón, de modo que permanezca en nosotros, cuando podremos vencer al diablo. Si descuidamos el estudio de la Biblia un solo día, dejamos una puerta abierta para que el diablo entre. Hace cuarenta y tres años que soy cristiano, pero no me atrevería a descuidar el estudio de la Palabra de Dios ni un solo día. ¿Por qué no? Porque hay un diablo; y si descuido el estudio de la Palabra de Dios un solo día, le dejo una ventana abierta para que entre, y me quedo demasiado débil para hacerle frente y vencerlo. Pero si nos alimentamos diariamente de la Palabra de Dios y confiamos en Dios, podemos resistir al diablo en todo punto. Aunque el diablo es astuto y fuerte, Dios es más fuerte, y Dios nos comunica su fuerza por medio de su Palabra escrita.
3. Ve ahora a Efesios 6:11: «Vestíos de toda la armadura de Dios, para que podáis estar firmes contra las asechanzas del diablo». Aquí se nos enseña que, para poder «estar firmes contra las asechanzas del diablo», debemos obedecer el mandato: «Vestíos de toda la armadura de Dios». Cuál es esa armadura se encuentra en los versículos que siguen inmediatamente. Esta armadura, esta armadura completa, esta «panoplia de Dios», está a nuestra disposición. El hecho de que exista un diablo, de que sea un ser de tal majestad, dignidad, astucia y poder, de que esté tramando sin cesar nuestra ruina y el socavamiento de nuestra fe, no es motivo de temor ni de desaliento. Tomando «el escudo de la fe» podremos «apagar todos los dardos de fuego del maligno»; tomando «el yelmo de la salvación» y «la espada del Espíritu, que es la palabra de Dios», y «orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu», tenemos el privilegio de obtener la victoria sobre el diablo todos los días de nuestra vida, cada hora del día y cada minuto de la hora.
4. El último paso en el camino para obtener la victoria sobre Satanás se encuentra en Efesios 6:10: «Por lo demás, fortaleceos en el Señor, y en el poder de su fuerza». El modo de obtener la victoria sobre Satanás es renunciar a toda confianza en nuestra propia fuerza, creer en la fuerza todopoderosa de Jesucristo y reclamar esa fuerza para nosotros. Es en el poder de la fuerza de Jesucristo donde obtendremos la victoria sobre «el maligno». En el poder de su fuerza, como ya hemos dicho, tenemos el privilegio de obtener la victoria sobre el diablo todos los días de nuestra vida, cada hora del día y cada minuto de la hora. ¡Aleluya!
Capítulo 14 completado
El diablo