Capítulo 13 · 23 min de lectura · 30 min de escucha
La resurrección del cuerpo de Jesús y de nuestros cuerpos
«Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de los muertos conforme a mi evangelio».—2 Timoteo 2:8.
«Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras».—1 Corintios 15:3, 4.
«Y si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios, porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres».—1 Corintios 15:12-19.
Conmemoramos hoy la resurrección de Cristo de entre los muertos. Veremos que la resurrección de Cristo fue una resurrección del cuerpo de Cristo; que lo que se apareció a los discípulos el primer día de la resurrección no fue meramente el Espíritu de Jesucristo que moraba en él, revestido de un cuerpo nuevo y enteramente distinto, sino que fue el cuerpo que había sido sepultado lo que resucitó; y que esto implica para nosotros no solo la inmortalidad de nuestras almas, sino la resurrección y la permanencia eterna de nuestros cuerpos. Sin embargo, hay muchos que se llaman cristianos, que dicen creer en la Biblia y que se consideran cristianos perfectamente ortodoxos, y que no creen en la resurrección del cuerpo; creen solamente en la inmortalidad del alma.
I. EL HECHO DE LA RESURRECCIÓN DEL CUERPO DE CRISTO Y DE NUESTROS CUERPOS
Consideraremos en primer lugar el hecho de la resurrección del cuerpo de Jesucristo y de nuestros cuerpos.
1. Volvamos primero, por favor, a 2 Timoteo 2:8: «Acuérdate de que Jesucristo, del linaje de David, resucitó de los muertos conforme a mi evangelio». Aquí Pablo declara explícitamente que Jesucristo resucitó de los muertos conforme al evangelio que él predicaba. Ahora bien, ¿qué fue lo que resucitó? Ciertamente no su alma. El alma no murió. Si vamos a Hechos 2:27-31, hallamos que el alma del Señor Jesús fue al Hades, la morada de los muertos. Estas son las palabras de Pedro, pronunciadas el día de Pentecostés y allí registradas: «Porque no dejarás mi alma en el Hades, ni permitirás que tu Santo vea corrupción (es decir, en su cuerpo). Me hiciste conocer los caminos de la vida; me llenarás de gozo con tu presencia. Hermanos, se os puede decir libremente del patriarca David, que murió y fue sepultado, y su sepulcro está con nosotros hasta el día de hoy. Pero siendo profeta, y sabiendo que con juramento Dios le había jurado que del fruto de sus lomos, en cuanto a la carne, levantaría al Cristo para que se sentase en su trono, viéndolo antes, habló de la resurrección de Cristo, que ni fue dejado en el Hades, ni su carne vio corrupción. A este Jesús resucitó Dios, de lo cual todos nosotros somos testigos». Pedro declara aquí que el alma de Jesús fue al Hades, y que fue «su carne», es decir, su cuerpo, lo que fue guardado de la corrupción y después resucitado. Volviendo ahora a 1 Corintios 15:3, 4, leemos estas palabras de Pablo: «Porque primeramente os he enseñado lo que asimismo recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, conforme a las Escrituras; y que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, conforme a las Escrituras». Pablo declara aquí que Jesucristo murió, fue sepultado y resucitó. ¿Qué fue lo que resucitó? Pablo dice que resucitó aquello que «fue sepultado». Pero ¿qué fue sepultado? No el alma del Señor Jesús, sino su cuerpo. Pedro lo hace aún más claro, si cabe, en 1 Pedro 3:18-20: «Porque también Cristo padeció una sola vez por nuestros pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados, los que en otro tiempo desobedecieron, cuando una vez esperaba la paciencia de Dios en los días de Noé». Estas palabras significan claramente que fue el cuerpo de Jesús lo que fue muerto, pero que el espíritu siguió viviendo y fue al Hades; de modo que fue el cuerpo lo que resucitó, y a él volvió el espíritu, que no había muerto ni había quedado inconsciente. 1 Corintios 15:12-19 quita toda posibilidad de duda en este punto a cualquier hombre que vaya a la Biblia para averiguar lo que realmente enseña, y no simplemente para ver cómo puede torcerla y deformarla para hacerla encajar en sus propias opiniones preconcebidas. Las palabras de Pablo, dadas por el Espíritu, dicen aquí: «Y si se predica de Cristo que resucitó de los muertos, ¿cómo dicen algunos entre vosotros que no hay resurrección de muertos? (Nótese: no que no hay inmortalidad del alma, sino que no hay resurrección de muertos.) Porque si no hay resurrección de muertos, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vana es entonces nuestra predicación, vana es también vuestra fe. Y somos hallados falsos testigos de Dios, porque hemos testificado de Dios que él resucitó a Cristo, al cual no resucitó, si en verdad los muertos no resucitan. Porque si los muertos no resucitan, tampoco Cristo resucitó; y si Cristo no resucitó, vuestra fe es vana; aún estáis en vuestros pecados. Entonces también los que durmieron en Cristo perecieron. Si en esta vida solamente esperamos en Cristo, somos los más dignos de lástima de todos los hombres». No hay manera honrada de equivocarse sobre el sentido claro de estas palabras: por «resurrección de muertos» Pablo quiere decir claramente una resurrección del cuerpo; y en todo el capítulo, fuera de toda duda honrada, no está hablando de la inmortalidad del alma, sino de la resurrección del cuerpo. Todo el argumento gira en torno a eso, y Pablo dice aquí claramente que, si el cuerpo de Jesús no resucitó, entonces todo el sistema cristiano es un engaño, nuestra fe es vana, y nosotros los cristianos somos los más dignos de lástima de todos los hombres. Porque si el cuerpo de Jesús no resucitó, y si nuestros cuerpos no han de resucitar, entonces los cristianos estamos haciendo sacrificios tremendos por una mentira. Pablo dice además que, si nuestros cuerpos no han de resucitar, entonces el cuerpo de Cristo no ha resucitado y el cristianismo es una farsa. El cristianismo, tal como se enseña en el Nuevo Testamento, se sostiene o cae con la resurrección del cuerpo de Jesús y la resurrección de nuestros cuerpos. No hay lugar en este argumento de Pablo para la doctrina del «pastor» Russell, según la cual la resurrección de Jesucristo no fue una resurrección del cuerpo que fue puesto en la tumba, el cuerpo que fue crucificado, sino que el cuerpo de Jesucristo, el cuerpo que fue puesto en el sepulcro, fue llevado y conservado en alguna parte, o bien se disolvió en gases. Pablo dice aquí: si el cuerpo que fue puesto en el sepulcro no resucitó, «vana es entonces nuestra predicación» y «vana es también vuestra fe».
En Lucas 24:5, 6 se registra que los ángeles, junto a la tumba de la que había desaparecido el cuerpo de Jesús, dijeron a las mujeres que buscaban el cuerpo de Jesús para embalsamarlo: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive? No está aquí, sino que ha resucitado». Ahora bien, ¿qué buscaban las mujeres? El cuerpo de Jesús, para embalsamarlo; y los ángeles dicen que lo que ellas buscaban no estaba allí, sino que había resucitado, había sido levantado. Además, en el resto del versículo 6 y en el versículo 7, dicen: «Acordaos de lo que os habló, cuando aún estaba en Galilea, diciendo: Es necesario que el Hijo del Hombre sea entregado en manos de hombres pecadores, y que sea crucificado, y resucite al tercer día». Aquí dijeron claramente a las mujeres que lo que fue crucificado, que por supuesto era el cuerpo de Jesús, había resucitado. Si el cuerpo real y literal de Jesús no hubiera resucitado, entonces estos ángeles habrían sido mentirosos. ¿Crees tú eso? Estos son solo unos pocos de los muchísimos pasajes en que se enseña con toda claridad que el cuerpo mismo de Jesús resucitó de los muertos. El cuerpo de Jesús resucitó de los muertos, y nuestros cuerpos resucitarán de los muertos; de lo contrario, el cristianismo es una mentira de principio a fin. Pero Cristo resucitó de los muertos, y nosotros resucitaremos. O, como lo expresa Pablo en el versículo 20 de este mismo capítulo, «Mas ahora Cristo ha resucitado de los muertos; primicias de los que durmieron es hecho». Nuestra resurrección, la resurrección de nuestros cuerpos, será la cosecha que sigue a la resurrección del cuerpo de Cristo, que fue «las primicias».
II. EL CARÁCTER DE NUESTROS CUERPOS DE RESURRECCIÓN
Habiendo dejado claramente establecido el hecho de la resurrección del cuerpo de Jesucristo y de nuestros cuerpos, consideremos a continuación el carácter de nuestros cuerpos de resurrección.
1. En primer lugar, sabemos que el cuerpo que resucita no será exactamente el mismo cuerpo que era cuando fue puesto en la tumba. Esto se ve en 1 Corintios 15:35-38: «Pero dirá alguno: ¿Cómo resucitarán los muertos? ¿Con qué cuerpo vendrán? Necio, lo que tú siembras no se vivifica, si no muere antes. Y lo que siembras no es el cuerpo que ha de salir, sino el grano desnudo, ya sea de trigo o de otro grano; pero Dios le da el cuerpo como él quiso, y a cada semilla su propio cuerpo». Aquí se nos dice que nuestros cuerpos, cuando resuciten, no serán exactamente los mismos que nuestros cuerpos cuando son sepultados, del mismo modo que el trigo que brota del grano de trigo sembrado no es lo mismo que el grano que se sembró. Pero así como lo que crece de la semilla procede de la semilla y guarda la relación más íntima con ella, así nuestros cuerpos de resurrección proceden del cuerpo que es sepultado y guardan con él la relación más íntima. El cuerpo de resurrección es el fruto del cuerpo que se sepulta. Es el cuerpo antiguo vivificado y transformado; o, como lo expresa Pablo en Filipenses 3:20, 21: «Jesucristo . . . transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas».
2. Lo siguiente que la Biblia enseña acerca de nuestros cuerpos de resurrección es que serán semejantes al cuerpo glorificado de Jesucristo. Esto se ve en los versículos que acabamos de citar, Filipenses 3:20, 21: «El Señor Jesucristo . . . transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas». El cuerpo de resurrección de Cristo no era el mismo cuerpo que fue puesto en el sepulcro. Era el cuerpo antiguo transformado y librado de las limitaciones del cuerpo que tuvo mientras vivía aquí entre los hombres, y dotado de cualidades nuevas; y nuestros cuerpos también serán transformados a semejanza de este cuerpo glorioso de Cristo, y así librados de las limitaciones a que ahora están sujetos, y dotados de cualidades nuevas. Será un cuerpo transformado; el carácter de su transformación lo indica la transformación que tuvo lugar en el cuerpo de Jesucristo. Alguna idea de cómo era ese cuerpo transformado de Jesucristo se halla en aquel anticipo de su resurrección que vieron Pedro, Jacobo y Juan en el monte de la transfiguración. Mateo, al describir el aspecto de Jesús en su transfiguración, nos dice que «resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz» (Mateo 17:2). Lucas nos dice que «la apariencia de su rostro se hizo otra, y su vestido blanco y resplandeciente» (Lucas 9:29). Marcos nos dice que «se transfiguró delante de ellos; y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, tanto que ningún lavador en la tierra los puede hacer tan blancos» (Marcos 9:2, 3).
3. Lo siguiente que se nos dice acerca de nuestros cuerpos de resurrección es que no serán carne y sangre. En 1 Corintios 15:50, 51 leemos: «Pero esto digo, hermanos: que la carne y la sangre no pueden heredar el reino de Dios». Pablo habla aquí de nuestros cuerpos de resurrección. Es en el capítulo de la resurrección donde dice esto, y nos dice expresamente que nuestros cuerpos de resurrección no serán «carne y sangre».
4. Pero aunque nuestros cuerpos de resurrección no serán «carne y sangre», sí tendrán «carne y huesos». Esto se ve en lo que nuestro Señor mismo dice acerca de su propio cuerpo de resurrección en Lucas 24:39. Allí leemos que Jesús dijo: «Mirad mis manos y mis pies, que yo mismo soy; palpad, y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo». Puesto que nuestros cuerpos de resurrección han de ser transformados a semejanza del suyo, también nosotros hemos de tener «carne y huesos» en nuestros cuerpos de resurrección. Algunos han creído ver una contradicción entre lo que nuestro Señor dice aquí y lo que Pablo dice en el pasaje citado antes (1 Corintios 15:50, 51), pero no hay contradicción alguna. «Carne» tendremos, pero no «carne y sangre», es decir, no una carne cuyo principio vital sea la sangre. Surge la pregunta: ¿qué ocupa el lugar de la sangre en nuestros cuerpos de resurrección? La respuesta parece ser que en la vida presente «la sangre es la vida» del cuerpo natural, pero en la vida venidera nuestros cuerpos han de ser, como se nos dice en otra parte de este mismo capítulo, «cuerpos espirituales», es decir, cuerpos cuyo principio vital es el Espíritu de Dios, y no nuestra propia sangre. El hecho de que no tengamos «sangre» en nuestros cuerpos de resurrección encierra muchas posibilidades grandes y gloriosas, en las que no podemos detenernos ahora.
5. En quinto lugar (y en estrecha relación con el 3 y el 4), nuestros cuerpos de resurrección serán incorruptibles. Leemos en 1 Corintios 15:42: «Así también es la resurrección de los muertos. Se siembra en corrupción, resucitará en incorrupción». La idea de esta palabra, «incorrupción», es que el cuerpo no está sujeto a la descomposición: es imperecedero. Nuestros cuerpos actuales se están descomponiendo todo el tiempo. Perecemos cada día y cada minuto. Mi cuerpo actual se está desintegrando mientras os hablo. Pero los cuerpos que recibiremos en la resurrección estarán absolutamente libres de toda sujeción a la corrupción o a la descomposición. No pueden desintegrarse, ni descomponerse, ni sufrir deterioro de ninguna clase.
6. Lo siguiente que se nos enseña acerca del cuerpo de resurrección es que es un cuerpo glorioso. Esto aparece en la primera parte del versículo siguiente, 1 Corintios 15:43: «Se siembra en deshonra, resucitará en gloria». Alguna idea de la gloria, de la gloriosa hermosura, de ese cuerpo nos la sugiere la descripción de nuestro Señor glorificado que tenemos en Apocalipsis 1:13-17: «Y en medio de los candeleros, a uno semejante al Hijo del Hombre, vestido de una ropa que llegaba hasta los pies, y ceñido por el pecho con un cinto de oro. Su cabeza y sus cabellos eran blancos como la lana blanca, como la nieve; sus ojos eran como llama de fuego, y sus pies semejantes al bronce bruñido, refulgente como en un horno; y su voz como el estruendo de muchas aguas. Tenía en su diestra siete estrellas; de su boca salía una espada aguda de dos filos; y su rostro era como el sol cuando resplandece en su fuerza. Cuando le vi, caí como muerto a sus pies. Y él puso su diestra sobre mí, diciéndome: No temas; yo soy el primero y el último». Así serán nuestros cuerpos de resurrección.
7. Además, nuestros cuerpos de resurrección serán poderosos, o, como leemos en la segunda mitad de este mismo versículo (1 Corintios 15:43): «Se siembra en debilidad, resucitará en poder». Entonces todo nuestro cansancio y nuestra debilidad terminarán para siempre. En nuestra condición presente, nuestros cuerpos son muchas veces un estorbo para nuestras más altas aspiraciones; frustran la realización de nuestros propósitos más elevados; no podemos llevar a cabo nuestros propósitos más nobles; «el espíritu a la verdad está dispuesto, pero la carne es débil». Pero en nuestros cuerpos de resurrección el cuerpo podrá realizar todo lo que el espíritu se proponga. El cuerpo redimido será la contraparte perfecta del espíritu redimido que lo habita. No habrá sordera, ni vista débil, ni ceguera, ni manos y pies cansados, ni muchachos soldados mutilados que vuelven a casa de la guerra.
8. Será un cuerpo celestial. Esto se ve en los versículos 47 a 49 de este mismo capítulo: «El primer hombre es de (literalmente, procedente de) la tierra, terrenal; el segundo hombre es del (literalmente, procedente del) cielo. Cual el terrenal, tales también los terrenales; y cual el celestial, tales también los celestiales. Y así como hemos traído la imagen del terrenal, traeremos también la imagen del celestial». El pensamiento es claramente que nuestros cuerpos actuales son de origen terrenal y de carácter terrenal, pero que el cuerpo transformado será de carácter celestial. Pablo lo explica extensamente en 2 Corintios 5:1-4, donde dice: «Porque sabemos que si la casa terrestre de nuestro tabernáculo se deshace, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos. Y a la verdad en esta (es decir, en esta casa terrenal presente, en este cuerpo terreno) gemimos, deseando ser revestidos de nuestra habitación que es del cielo (es decir, nuestro cuerpo celestial); si es que, una vez vestidos, no seremos hallados desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo (es decir, en el cuerpo terreno presente) gemimos agobiados; no porque quisiéramos ser desvestidos, sino revestidos (es decir, de nuestro cuerpo celestial), para que lo mortal sea absorbido por la vida».
9. Nuestros cuerpos transformados serán luminosos, resplandecientes, deslumbrantes, brillantes como el sol. Esto se ve en muchos pasajes. Por ejemplo, Mateo 13:43: «Entonces los justos resplandecerán como el sol en el reino de su Padre». Esto ha de tomarse literalmente, porque se halla en la interpretación de la parábola y no en la parábola misma. Esto nos recuerda lo que ya hemos visto acerca del cuerpo transfigurado de Jesús en Mateo 17:2, donde se nos dice que «resplandeció su rostro como el sol, y sus vestidos se hicieron blancos como la luz». Tenemos el mismo pensamiento también en el Antiguo Testamento, en Daniel 12:3, donde se nos dice: «Los que son sabios resplandecerán como el resplandor del firmamento; y los que a muchos enseñan la justicia, como las estrellas a perpetua eternidad». Resplandecerán literal y también figuradamente. Alguna indicación de lo que será la gloria luminosa de nuestros rostros y de nuestras formas en nuestros cuerpos de resurrección se ve en la luz que, según nos dice Pablo, vio irradiar de la persona de Jesús cuando el Jesús glorificado le salió al encuentro en el camino de Damasco. En la descripción que Pablo hace de lo que vio en aquella ocasión, tal como se da en Hechos 26:12, 13, leemos: «Ocupado en esto, iba yo a Damasco con poderes y en comisión de los principales sacerdotes, cuando a mediodía, oh rey, yendo por el camino, vi una luz del cielo que sobrepasaba el resplandor del sol, la cual me rodeó a mí y a los que iban conmigo». La luz que vio Saulo, como se desprende claramente de todo el relato, era la luz que resplandecía de la persona de nuestro Señor glorificado, y en nuestros cuerpos de resurrección seremos semejantes a él.
10. Tres hechos interesantes acerca de nuestros cuerpos de resurrección se declaran en Mateo 22:30 y Lucas 20:35, 36. En Mateo 22:30 leemos: «Porque en la resurrección ni se casarán ni se darán en casamiento, sino que serán como los ángeles de Dios en el cielo». En Lucas 20:35, 36 leemos: «Mas los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección de entre los muertos, ni se casan, ni se dan en casamiento. Porque no pueden ya más morir, pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios, al ser hijos de la resurrección». Tomando juntos estos dos pasajes, aprendemos que nuestros cuerpos de resurrección son como los ángeles, que en nuestros cuerpos de resurrección no nos casamos, y que estos cuerpos ya no pueden morir.
11. Aunque todos estos cuerpos de resurrección son gloriosos, difieren unos de otros, y cada uno tiene su propia gloria peculiar. Esto se ve en 1 Corintios 15:41, 42: «Una es la gloria del sol, otra la gloria de la luna, y otra la gloria de las estrellas, pues una estrella es diferente de otra en gloria. Así también es la resurrección de los muertos». Por gloriosos que hayan de ser todos nuestros cuerpos, no habrá en el mundo de los cuerpos de resurrección una uniformidad tediosa, ni siquiera de gloria. Cada cuerpo tendrá su propia gloria peculiar.
12. Digamos finalmente, en cuanto al carácter de nuestro cuerpo de resurrección, que la resurrección de nuestro cuerpo será la consumación de nuestra adopción, es decir, de nuestra colocación como hijos, de nuestra manifestación como hijos de Dios. En Romanos 8:23 leemos: «nosotros mismos, que tenemos las primicias del Espíritu, nosotros también gemimos dentro de nosotros mismos, esperando la adopción (es decir, nuestra colocación como hijos), esto es, la redención de nuestro cuerpo». El cuerpo de resurrección será la consumación de nuestra colocación como hijos; es decir, en el cuerpo de resurrección se manifestará exteriormente que somos hijos de Dios. Antes de su encarnación Cristo estaba «en forma de Dios» (Filipenses 2:6), es decir, en la apariencia visible de Dios. Así estaremos también nosotros en la resurrección, porque nuestros cuerpos serán semejantes al suyo. Esto arroja luz sobre lo que Pablo quiso decir cuando dijo en Colosenses 3:4: «Cuando Cristo, que es nuestra vida, se manifieste, entonces también nosotros seremos manifestados con él en gloria». Y arroja luz también sobre lo que Juan quiere decir cuando dice en 1 Juan 3:2, según la Revised Version inglesa: «Amados, ahora somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que hemos de ser; pero sabemos que cuando él se manifieste, seremos semejantes a él, porque le veremos tal como él es».
III. ¿CUÁNDO TENDRÁ LUGAR LA RESURRECCIÓN DEL CUERPO?
Solo queda una pregunta por considerar, y podemos tratarla muy brevemente. Esa pregunta es: ¿cuándo tendrá lugar la resurrección del cuerpo? La Biblia responde claramente a esta pregunta una y otra vez. Por ejemplo, se responde en Filipenses 3:20, 21: «Porque nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de nuestra humillación, para que sea semejante al cuerpo de su gloria, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas». Aquí se declara claramente que la transformación de nuestros cuerpos a semejanza del cuerpo glorioso de Cristo tendrá lugar cuando el Señor Jesús, a quien esperamos, aparezca desde el cielo. El mismo pensamiento se expresa en 1 Tesalonicenses 4:16, 17: «Porque el Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios; y los muertos en Cristo resucitarán primero. Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos, seremos arrebatados juntamente con ellos en las nubes a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor». En la mente de algunos de nosotros surgirá la pregunta: ¿qué será de nosotros entretanto, si llegamos a morir antes de la venida del Señor? También a esta pregunta se responde claramente en 2 Corintios 5:1-8: «Porque sabemos que si la casa terrestre de nuestro tabernáculo (nuestros cuerpos actuales) se deshace, (muere y se descompone) tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos (nuestro cuerpo de resurrección, que hemos de recibir en la venida del Señor), eterna, en los cielos. Y a la verdad en esta (es decir, mientras vivimos en este cuerpo presente) gemimos, deseando ser revestidos de nuestra habitación que es del cielo (nuestro cuerpo de resurrección); si es que, una vez vestidos, no seremos hallados desnudos. Porque asimismo los que estamos en este tabernáculo (este cuerpo terreno presente) gemimos agobiados; no porque quisiéramos ser desvestidos (es decir, no que quisiéramos simplemente librarnos de nuestros cuerpos actuales), sino revestidos (es decir, que quisiéramos recibir nuestros cuerpos de resurrección), para que lo mortal sea absorbido por la vida. Y el que nos hizo para esto mismo es Dios, quien nos ha dado las arras del Espíritu (es decir, el Espíritu Santo, a quien hemos recibido como arras de la redención plena en nuestros cuerpos de resurrección, que hemos de obtener en la venida del Señor). Así que vivimos confiados siempre, y sabiendo que, entre tanto que habitamos en el cuerpo (es decir, mientras estamos todavía en nuestra vida terrenal, en este cuerpo terrenal presente), estamos ausentes del Señor (porque por fe andamos, no por vista); pero confiamos, digo, y más quisiéramos estar ausentes del cuerpo (es decir, que nuestro cuerpo terrenal presente muriera aun antes de recibir nuestros cuerpos de resurrección, los cuales no recibiremos hasta el regreso del Señor), y habitar con el Señor». La enseñanza de esto es claramente que, si morimos antes del regreso del Señor, y por tanto antes de obtener nuestro cuerpo de resurrección, nuestros espíritus quedan desvestidos, es decir, despojados de este cuerpo presente y todavía no revestidos del cuerpo de resurrección; pero que estamos «habitando con el Señor» en una bienaventuranza consciente, en una condición mucho mejor que aquella en que nos hallamos en esta vida presente (véase Filipenses 1:23, Revised Version inglesa), aunque no tan perfecta como la condición que tendremos cuando nuestros espíritus redimidos sean revestidos de nuestros cuerpos de resurrección. Será en el regreso del Señor Jesús cuando obtengamos nuestra redención plena. Esa es una de las razones por las que «esperamos» (literalmente, esperamos con perseverancia) a él (Filipenses 3:20, 21, véase el griego). Esa es una de las razones por las que anhelamos el regreso del Señor. Hay muchas razones por las que anhelamos el regreso de nuestro Señor. Todos los grandes problemas que nos confrontan en este tiempo presente en la vida nacional e internacional, en la vida social, comercial y política, serán resueltos cuando él venga, y nunca serán resueltos hasta que él venga; y por estas razones le anhelamos. Pero le anhelamos también porque, aunque este cuerpo presente sirve para muchos fines útiles al espíritu redimido que lo habita, con frecuencia es un estorbo. A menudo está sujeto a dolores y achaques, a flaquezas, y es una tentación constante a la necedad. Pero cuando nuestro Señor Jesús venga otra vez, transformará este cuerpo presente de nuestra humillación a semejanza de su propio cuerpo glorioso, y entonces sabremos lo que significa la «salvación plena», cuando resplandezcamos como el sol en el reino de nuestro Padre.
Capítulo 13 completado
La resurrección del cuerpo de Jesús y de nuestros cuerpos