Capítulo 11 · 25 min de lectura · 32 min de escucha
El nuevo nacimiento
«Respondió Jesús, y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios. . . . Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios».—Juan 3:3, 5.
Nuestro tema en este capítulo es la regeneración, o el nuevo nacimiento. Prediqué sobre este tema hace aproximadamente un año, pero voy a tratarlo en este capítulo de una manera enteramente distinta; y, además, ninguna serie de sermones sobre las doctrinas fundamentales de la fe cristiana estaría completa sin un sermón sobre el nuevo nacimiento. Lo que tenemos que decir en este capítulo quedará bajo cuatro apartados: I. ¿Qué es el nuevo nacimiento? II. Los resultados del nuevo nacimiento. III. La necesidad del nuevo nacimiento. IV. Cómo se nace de nuevo.
I. ¿Qué es el nuevo nacimiento?
La primera pregunta que se nos presenta es: ¿Qué es el nuevo nacimiento? Muchos hablan del nuevo nacimiento o de la regeneración sin tener una idea definida de qué es exactamente el nuevo nacimiento, y por eso nunca están seguros de si ellos mismos han nacido de nuevo o no.
La definición más llana y clara del nuevo nacimiento que podemos hallar en la Palabra de Dios se encuentra en 2 Pedro 1:4: «Por las cuales nos ha dado preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia». Por estas palabras de Pedro es evidente que el nuevo nacimiento es la comunicación, al que nace de nuevo, de una naturaleza nueva, la naturaleza misma de Dios. Al nacer de nuevo llegamos a ser verdaderos participantes de la naturaleza divina. Todos nacemos en este mundo con una naturaleza intelectual y moral corrompida. El hombre natural, o no regenerado, es intelectualmente ciego, ciego a la verdad de Dios; «las cosas del Espíritu» no las puede ver ni recibir. «para él son locura, y no las puede entender» (1 Corintios 2:14). Sus afectos están corrompidos: ama lo que debería aborrecer y aborrece lo que debería amar. Una descripción precisa de los afectos, los gustos y los deseos del hombre no regenerado se halla en Gálatas 5:19, 20, 21. Es también perverso en su voluntad, como lo expresa Pablo en Romanos 8:7: «La mente carnal es enemistad contra Dios; porque no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede». Este estado de ceguera intelectual y espiritual y de corrupción moral es la condición de todo hombre no regenerado. Por culto, refinado o moral que sea en lo exterior, su vida interior está radicalmente mal. En el nuevo nacimiento Dios comunica al que nace de nuevo su propia naturaleza sabia y santa, una naturaleza que piensa como Dios piensa («El cual por el conocimiento es renovado conforme a la imagen del que lo creó»—Colosenses 3:10); siente como Dios siente, ama lo que Dios ama, aborrece lo que Dios aborrece, quiere lo que Dios quiere (1 Juan 3:14; 4:7, 8). Es evidente, pues, que la regeneración es un cambio profundo y radical en las fuentes más hondas del pensamiento, del sentimiento y de la acción. Un cambio tan radical que Pablo dice en 2 Corintios 5:17: «si alguno está en Cristo, nueva criatura es (más exactamente, nueva creación): las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas». Para usar el lenguaje inspirado del apóstol Juan, la regeneración es un paso «de muerte a vida». Juan dice en 1 Juan 3:14: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida». Mientras no nacemos así de nuevo, estamos en un estado de muerte moral y espiritual. Cuando nacemos de nuevo somos «vivificados» (o hechos vivos), nosotros que «estábamos muertos en nuestros delitos y pecados» (Efesios 2:1). Hay un profundo contraste entre la regeneración y la mera conversión. La conversión es algo exterior, un dar la vuelta. Uno está mirando en la dirección equivocada, de espaldas a Dios; se da la vuelta y mira hacia Dios. Eso es la conversión. Pero la regeneración no es un simple cambio exterior, sino un cambio radical en lo más hondo del ser, que conduce a una conversión genuina, es decir, a un cambio exterior genuino. Más de una conversión aparentemente completa resulta pasajera porque no llegó lo bastante hondo; pero la regeneración es algo permanente. Cuando Dios comunica su naturaleza a un hombre, esa naturaleza permanece en él. Una vez nacido de nuevo, no puede «desnacer»; o, como lo dice Juan en 1 Juan 3:9: «Todo aquel que es engendrado de Dios no hace pecado, porque su simiente (la de Dios) permanece en él». Un hombre puede convertirse mil veces; regenerado no puede serlo más que una.
II. LOS RESULTADOS DEL NUEVO NACIMIENTO
Llegamos ahora a la segunda pregunta, estrechamente ligada a la primera, que nos ayudará a entender aún con más claridad qué es el nuevo nacimiento. ¿Cuáles son los resultados que se siguen cuando uno nace de nuevo? Son numerosos.
1. El primero de estos resultados se halla en 1 Corintios 6:19, donde leemos: «¿O ignoráis que vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual tenéis de Dios?» Estas palabras fueron dirigidas a creyentes, a hombres regenerados, y nos dicen claramente que cuando uno nace de nuevo, el Espíritu Santo viene a fijar su morada permanente en él, y que el hombre nacido de nuevo llega a ser así templo del Espíritu Santo. Es verdad que no siempre tenemos conciencia de esta morada del Espíritu Santo; sin embargo, él mora en nosotros.
2. El segundo resultado del nuevo nacimiento se halla en Romanos 8:2-4, donde leemos: «Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte. Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y como ofrenda por el pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu». En el capítulo 7 de Romanos tenemos el retrato del hombre despertado por la ley de Dios, ley que él aprueba según el hombre interior, que ve que es «santa, y justa, y buena», y que procura guardar con sus propias fuerzas, pero fracasa por completo, hasta que al fin llega al cabo de sí mismo y se llena de desesperación de poder guardar jamás la ley de Dios que está fuera de él, a causa de la ley del pecado y de la muerte que está dentro de él, la cual le dice: «El bien que quieres hacer no lo puedes hacer, y el mal que aborreces y no quieres hacer, has de seguir haciéndolo». Cuando un hombre es llevado así a tomar conciencia de su completa impotencia, y se vuelve a Dios y recibe a Jesucristo, el Espíritu Santo, a quien Jesucristo da para que more en él, lo libra de esta ley del pecado y de la muerte, de modo que, por el poder del Espíritu que mora en él, es capacitado para obedecer la ley de Dios, para obtener la victoria sobre las cosas malas que no quiere hacer y para hacer las cosas que quiere hacer. Mientras que en el hombre meramente despertado por la ley de Dios «la ley del pecado y de la muerte» obtiene una victoria perpetua, en el hombre regenerado es «la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús» la que obtiene la victoria perpetua. Sin duda muchos de vosotros que estáis aquí hoy todavía estáis luchando por guardar la ley de Dios y fracasando por completo en el intento. Lo que necesitáis es nacer de nuevo, y así tener al Espíritu Santo morando en vosotros, y luego andar en el Espíritu, y por el poder de este Espíritu que mora en vosotros obtener la victoria cada día y cada hora sobre la ley del pecado y de la muerte que se rebela en vuestros miembros contra la ley de Dios.
3. El tercer resultado del nuevo nacimiento se halla en Romanos 12:2, donde leemos: «No os conforméis a este siglo; sino transformaos por la renovación de vuestro entendimiento». De aquí se desprende que el tercer resultado del nuevo nacimiento es la transformación exterior de nuestras vidas mediante la renovación interior de nuestro entendimiento, de modo que ya no nos conformamos a este mundo. Por supuesto, el hombre regenerado no manifiesta enseguida de forma perfecta aquello cuyo germen tiene dentro de sí. Comienza la nueva vida tal como comenzamos nuestra vida natural, como un niño recién nacido, y tiene que crecer. Como lo expresa Pedro en 1 Pedro 2:2, debemos, «como niños recién nacidos, desear la leche espiritual no adulterada, para que por ella crezcamos». Esta nueva vida debe alimentarse y desarrollarse. Es irracional, y no tiene fundamento en la Palabra de Dios, esperar que quien acaba de nacer de nuevo, y que por lo tanto es un niño en Cristo, tenga un carácter tan perfecto como quien nació hace años y ha crecido hasta la madurez. Pero en el momento en que nacemos de nuevo recibimos en germen toda la perfección moral que será nuestra cuando ese germen se haya desarrollado plenamente en nosotros y llegue a su perfecta manifestación.
4. El cuarto resultado del nuevo nacimiento lo hallamos en 1 Juan 5:1: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es engendrado de Dios». El cuarto resultado de nacer de nuevo es que el hombre regenerado cree que Jesús es el Cristo. Por supuesto, esta fe que procede del nuevo nacimiento es una fe verdadera. La fe de que habla aquí Juan no es una fe que sea mera opinión, sino aquella fe verdadera en que Jesús es el Ungido de Dios, que nos lleva a entronizar a Jesús como Rey en nuestra vida. Si no estás haciendo a Jesús Rey de tu corazón y de tu vida, no has nacido de nuevo. Pero si estás haciendo a Jesús Rey de tu corazón y de tu vida, y soberano absoluto de tus pensamientos y de tu conducta, entonces has nacido de nuevo, porque «todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es engendrado de Dios».
5. El quinto resultado de nacer de nuevo lo hallamos tres versículos más abajo en este mismo capítulo, 1 Juan 5:4: «Porque todo lo que es engendrado de Dios vence al mundo». El quinto resultado de nacer de Dios es que el que así ha nacido de nuevo vence al mundo. El mundo está en desacuerdo con Dios: «El mundo entero está bajo el maligno» (1 Juan 5:19). Está bajo el dominio del maligno, gobernado por sus ambiciones y sus ideas. El mundo está en desacuerdo con Dios en su vida comercial, en su vida social, en su vida doméstica y en todas las facetas de la vida intelectual y educativa, y está constantemente ejerciendo sobre cada uno de nosotros un poder que nos arrastra a desobedecer a Dios (véase 1 Juan 5:3); pero el que es nacido de Dios, por el poder de la fe que viene al nacer de nuevo, obtiene la victoria sobre el mundo. Obtiene la victoria sobre las ideas, los propósitos, los planes y las ambiciones del mundo. Obtiene la victoria sobre el mundo en su vida personal, doméstica, comercial, política e intelectual, todos los días.
6. El sexto resultado de nacer de Dios se halla en 1 Juan 3:9, según la Revised Version inglesa: «Todo aquel que es engendrado de Dios no hace pecado, porque su (es decir, de Dios) simiente permanece en él; y no puede pecar (mejor dicho, no puede estar pecando), porque es engendrado de Dios». El sexto resultado, pues, de nacer de Dios es que en el que es nacido de Dios permanece la simiente de Dios; y, por lo tanto, el que es nacido de Dios no hace del pecado una práctica. Alguien preguntará: ¿qué significa exactamente esto? Significa exactamente lo que dice, si atendemos con cuidado a la fuerza exacta de las palabras empleadas y damos el debido peso al tiempo de los verbos usados. Ante todo, veamos la fuerza exacta de la palabra traducida «pecado». ¿Qué significa pecado? El mismo Juan ha tenido cuidado de definirlo en el versículo mismo y en el contexto en que se halla nuestro versículo. Lo primero que resulta evidente en 1 Juan 3:9 es que el pecado es algo que se hace, no meramente algo que se deja de hacer, ni meramente pensamientos y deseos pecaminosos. Qué clase de cosa hecha es, se define cinco versículos antes, en el versículo 4: «Todo aquel que hace pecado, hace también infracción de la ley; pues el pecado es infracción de la ley». El pecado aquí, según la propia definición de Juan (y no tenemos derecho a introducir en el versículo que estudiamos la definición de ningún otro), es «infracción de la ley», es decir, aquellos actos que revelan un desprecio consciente de la voluntad de Dios tal como está revelada en su Palabra. Vemos, pues, que el pecado, tal como se usa aquí, significa una violación consciente e intencional de la ley de Dios. El hombre regenerado no estará haciendo lo que sabe que es contrario a la voluntad de Dios. Puede hacer algo que sea contrario a la voluntad de Dios, pero que él no sabe que lo es. Eso no es, por lo tanto, «infracción de la ley». Quizá debería haber sabido que era contrario a la voluntad de Dios, y cuando se le hace ver que lo es, confesará su culpa a Dios. Además, debemos notar el tiempo del verbo empleado en este versículo. Es el presente, que denota acción progresiva o continua. Una traducción literal del pasaje sería: «Todo engendrado de Dios, pecado no está haciendo, porque su simiente (la de Dios) en él está permaneciendo; y no puede estar pecando, porque de Dios es engendrado». No se enseña aquí que el nacido de Dios nunca peca en un solo acto, sino que no sigue pecando, que no hace del pecado una práctica. De qué hace una práctica aparece en 1 Juan 2:29: «Si sabéis que él es justo, sabed también que todo el que hace justicia es engendrado de él». El resultado, pues, de nacer de nuevo es que el engendrado de nuevo no sigue, día tras día, haciendo conscientemente lo que sabe que es contrario a la voluntad de Dios, sino que hace una práctica de «hacer justicia», es decir, de hacer lo que es conforme a la voluntad de Dios tal como está revelada en su Palabra. La nueva naturaleza comunicada en la regeneración hace imposible la práctica continua del pecado y hace inevitable la práctica de la justicia.
7. El séptimo resultado del nuevo nacimiento se halla en 1 Juan 3:14, según la Revised Version inglesa: «Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a vida, porque amamos a los hermanos. El que no ama, permanece en muerte». El séptimo resultado de nacer de nuevo es que amamos a los hermanos. Debemos notar con cuidado cuál es la idea de «amor» tal como la presenta el contexto. No es el amor como mero sentimiento. Es el amor en aquel sentido más alto y más profundo de desear el bien de los demás y deleitarse en él, la clase de amor que nos lleva a hacer sacrificios por aquellos a quienes amamos; o, como leemos más abajo en este mismo capítulo, versículos 16-18: «En esto hemos conocido el amor de Dios, en que él puso su vida por nosotros; también nosotros debemos poner nuestras vidas por los hermanos. Pero el que tiene bienes de este mundo y ve a su hermano tener necesidad, y cierra contra él su corazón, ¿cómo mora el amor de Dios en él? Hijitos míos, no amemos de palabra ni de lengua, sino de obra y en verdad». Esto deja muy en claro que lo que el Espíritu Santo entiende aquí por amor no es un mero afecto o cariño hacia los demás, ni un mero gusto por su compañía; significa aquel interés profundo y genuino por su bien que nos lleva a echar mano al bolsillo cuando están en necesidad y suplir lo que les falta; nos lleva a sacrificar nuestro propio interés por el de ellos, hasta el punto de dar la vida por ellos. Los objetos de este amor son «los hermanos», es decir, todos los que son engendrados de Dios, como leemos en 1 Juan 5:1: «Todo aquel que cree que Jesús es el Cristo, es engendrado de Dios; y todo aquel que ama al que engendró, ama también al que es engendrado de él». Todo hombre que ha nacido de nuevo amará a todo otro hombre que es engendrado de Dios. Ese otro engendrado de Dios puede ser un norteamericano o un alemán, o un inglés, o un hombre de raza negra, o un chino, o un indio. Puede ser instruido o sin instrucción; pero es hijo de Dios y hermano, y como tal, si tú eres nacido de Dios, será objeto de tu amor. Esta es una prueba que escudriña a fondo si uno es nacido de Dios o no.
8. El último resultado de nacer de Dios que consideraremos esta mañana se halla en 2 Corintios 5:17, según la Revised Version inglesa: «De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es (creación): las cosas viejas pasaron; he aquí, son hechas nuevas». El octavo resultado de nacer de nuevo, que incluye todos los demás resultados que hemos venido considerando, es que en el hombre regenerado las cosas viejas pasaron, son hechas nuevas. En lugar de las viejas ideas, los viejos afectos, los viejos propósitos y las viejas decisiones, hay ideas nuevas, afectos nuevos, propósitos nuevos y decisiones nuevas.
III. LA NECESIDAD DEL NUEVO NACIMIENTO
Veamos por unos breves momentos la necesidad del nuevo nacimiento. Está expuesta en uno de nuestros textos y en el versículo que le sigue, Juan 3:5, 6: «De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». Vemos aquí que el nuevo nacimiento es una necesidad universal, y vemos por qué es una necesidad. Las palabras traducidas «el que no naciere», etc., traducidas más literalmente dirían: «Si alguno no naciere de agua y de Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios». Y por qué no puede entrar en el reino de Dios lo dice el versículo siguiente: porque todo lo que uno obtiene por la generación natural es «carne», y el reino de Dios es espiritual; y, por lo tanto, para entrar en él hay que nacer del Espíritu. Por refinados e inteligentes que hayan sido nuestros antepasados, por piadosos que hayan sido nuestros padres y nuestras madres, no recibimos de ellos el Espíritu Santo. Lo único que recibimos es «carne». Puede ser carne refinada, carne moral, carne recta y muy atractiva, pero es carne; y «los que están en la carne no pueden agradar a Dios», ni «heredar el reino de Dios». La carne no admite mejora. Así como no puede «mudar el etíope su piel, ni el leopardo sus manchas», tampoco puede un hombre no regenerado alcanzar una vida agradable a Dios. (Véase Jeremías 13:23). Tiene que nacer de nuevo. La necesidad es además absoluta e imperiosa, tan absoluta e imperiosa que Jesús dijo a Nicodemo, aunque era un hombre de moralidad ejemplarísima, un hombre de elevada formación moral y espiritual, un maestro de Israel, un dirigente de la vida religiosa de Israel: «Os es necesario nacer de nuevo». (Juan 3:7). Ninguna otra cosa puede ocupar el lugar del nuevo nacimiento. Los hombres intentan sustituir el nuevo nacimiento con la educación, la moralidad, la religión, la ortodoxia, el bautismo, la reforma exterior, el «nuevo pensamiento», la «teosofía» o conocimiento de Dios, y otras cosas semejantes; pero ninguna de ellas, ni todas juntas, bastan: tienes que nacer de nuevo. No hay absolutamente ninguna excepción a esta regla. Como dice Jesús en Juan 3:3: «De cierto, de cierto te digo, que si alguno no naciere de lo alto, no puede ver el reino de Dios».
IV. ¿CÓMO SE PUEDE NACER DE NUEVO?
Por lo tanto, la pregunta se presenta a cada uno de vosotros: ¿Has nacido de nuevo? No hay pregunta más importante que puedas afrontar. Afróntala en estas páginas y no la esquives. Y eso nos lleva a la pregunta de orden inmediatamente práctico: ¿Cómo nacen de nuevo los hombres, o qué debe hacer cualquiera de los que estáis aquí hoy, que no ha nacido de nuevo, para nacer de nuevo aquí mismo esta mañana? También esta pregunta tiene clara respuesta en la Palabra de Dios; y puedo daros la respuesta en muy pocos minutos, y darla de modo que cualquiera de los presentes la pueda entender. La respuesta tiene tres partes.
1. La primera parte de la respuesta la hallarás en Tito 3:4: «No por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino según su misericordia, él (es decir, Dios) nos salvó por el lavamiento de la regeneración y por la renovación del Espíritu Santo». Estas palabras nos dicen muy claramente que es Dios quien regenera, y que lo hace por el poder de su Espíritu Santo. El mismo pensamiento se halla en nuestro texto, Juan 3:5, 6: «Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es». La regeneración es obra de Dios, realizada por él mediante el poder de su Espíritu Santo, que obra en la mente, los sentimientos y la voluntad del que nace de nuevo, en tu corazón y en el mío.
2. Alguno podría deducir, del hecho de que la regeneración es obra de Dios, que él realiza en nuestro corazón por su Espíritu Santo, que lo único que tenemos que hacer es esperar hasta que a Dios le parezca bien obrar; pero otros pasajes de la Palabra nos muestran claramente que esto no es así. Lo segundo acerca de cómo se realiza la regeneración se nos enseña en Santiago 1:18: «Él, de su voluntad, nos hizo nacer por la palabra de verdad, para que seamos primicias de sus criaturas». Aquí se nos enseña que la palabra de verdad, la Palabra de Dios, es el instrumento que Dios usa en la regeneración. El mismo pensamiento se halla en 1 Pedro 1:23: «Siendo renacidos, no de simiente corruptible, sino de incorruptible, por la palabra de Dios, que vive y permanece». Y Pablo expresa el mismo gran pensamiento en 1 Corintios 4:15, donde dice: «Porque aunque tengáis diez mil ayos en Cristo, no tendréis muchos padres; pues en Cristo Jesús yo os engendré por medio del evangelio». Por estos pasajes es evidente que el nuevo nacimiento lo realiza Dios por medio de su Palabra. Es Dios quien lo realiza por el poder de su Espíritu Santo, pero el Espíritu Santo obra por medio de la Palabra, y así Dios engendra de nuevo a los hombres por «la palabra de verdad», o «la palabra de Dios», es decir, la Palabra que se predica en «el evangelio». Así pues, si tú o yo deseamos nacer de nuevo, debemos ponernos en contacto con la Palabra de Dios, estudiando la Biblia y pidiendo a Dios que el Espíritu Santo haga de esa Palabra que estudiamos algo vivo en nuestro propio corazón. Debemos ponernos en contacto especialmente con aquella parte de la Palabra de Dios que se halla en el Evangelio de Juan, porque Juan nos dice en Juan 20:31: «Estas (es decir, estas cosas del Evangelio de Juan) se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre». Si deseamos ver a otros nacer de nuevo, debemos hacer que la Palabra de Dios actúe sobre su mente y su corazón, ya sea predicando la Palabra, ya enseñándola, ya en la obra personal; y debemos contar con que el Espíritu Santo vivifique esa Palabra en el corazón de los hombres a medida que la sembramos en él, y de este modo se producirá el nuevo nacimiento.
3. La tercera, última y decisiva verdad sobre cómo nacemos de nuevo se halla en Gálatas 3:26 y en Juan 1:12, 13. En Gálatas 3:26 leemos: «Porque todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús». Esto nos dice claramente que nacemos de nuevo poniendo nuestra fe en Cristo Jesús. Lo mismo se afirma de un modo aún más explícito en Juan 1:12, 13: «Mas a todos los que le recibieron (es decir, al Señor Jesús), les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Aquí se nos dice que lo decisivo para llegar a ser hijos de Dios es que creamos en Jesucristo, o que lo recibamos. Cualquiera que recibe a Jesucristo como su Salvador personal, y confía en que Dios lo perdona porque Jesucristo murió en su lugar, y lo recibe como su Señor y Rey, y entrega sus pensamientos a su control absoluto como Señor, y su vida a su control absoluto como Rey, y confiesa a Jesucristo como Señor delante del mundo, ese llega a ser inmediatamente hijo de Dios, nace de nuevo inmediatamente, es hecho inmediatamente participante de la naturaleza divina. El mismo pensamiento lo ilustra el propio Jesús en Juan 3:14, 15, donde se registra que nuestro Señor Jesús dijo: «Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del hombre sea levantado, para que todo aquel que en él cree tenga vida eterna». Se refiere al relato de los israelitas en el Antiguo Testamento, cuando fueron mordidos por serpientes ardientes. Así como el israelita moribundo, con el veneno de la serpiente ardiente corriéndole por las venas, era salvado con solo mirar a la serpiente de bronce puesta sobre el asta, una serpiente hecha a semejanza de la que lo había mordido, y tenía vida nueva corriéndole por las venas en cuanto miraba, así nosotros, hombres moribundos, con el veneno del pecado corriéndonos por las venas, somos salvados mirando a Jesucristo, hecho «en semejanza de carne de pecado», levantado en la cruz, y tenemos vida nueva corriéndonos por las venas en el instante en que miramos. Lo único que nos toca a nosotros en nuestra regeneración es recibir a Cristo tal como se nos presenta en la Palabra, por la cual nacemos de nuevo. Por lo tanto, «si alguno está en Cristo, nueva criatura es (creación). Las cosas viejas pasaron; he aquí, todas son hechas nuevas».
En el nuevo nacimiento la Palabra de Dios es la semilla; el corazón humano es la tierra; el predicador de la Palabra es el sembrador, que deja caer la semilla de la Palabra de Dios en la tierra del corazón humano; Dios, por su Espíritu, abre el corazón para que reciba la semilla (Hechos 16:14); el oyente cree; el Espíritu vivifica la semilla en el corazón receptivo; el corazón se cierra por la fe en torno a la semilla; la nueva naturaleza, la naturaleza divina, brota de la Palabra divina; el creyente ha «nacido de nuevo», ha sido «creado de nuevo», «vivificado», ha «pasado de muerte a vida».
Conclusión.
¿Has nacido de nuevo? Hago esta pregunta a cada hombre y a cada mujer aquí presentes. No te pregunto si eres miembro de una iglesia. No te pregunto si has sido bautizado. No te pregunto si has tomado la comunión con regularidad. No te pregunto si has pasado página y empezado una vida nueva. No te pregunto si eres un caballero o una dama amable, culto, inteligente, moral y de trato encantador. Te pregunto: ¿has nacido de nuevo? Si no, estás fuera del reino de Dios y vas camino de un infierno eterno, a menos que nazcas de nuevo. Pero si todavía no has nacido de nuevo, puedes nacer de nuevo hoy, puedes nacer de nuevo antes de salir de este edificio, puedes nacer de nuevo ahora mismo; porque la Palabra de Dios dice: «Mas a todos los que le recibieron, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios, a los que creen en su nombre; los cuales no son engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad de varón, sino de Dios». Y dice además en Romanos 10:9, 10: «Que si confesares con tu boca al Señor Jesús, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo; porque con el corazón se cree para justicia, y con la boca se confiesa para salvación». Estos versículos dejan claro como la luz del día lo que debes hacer aquí y ahora mismo para llegar a ser hijo de Dios. Te toca a ti decir si lo harás o no.
Capítulo 11 completado
El nuevo nacimiento