Las doctrinas fundamentales de la fe cristiana
La doctrina distintiva del protestantismo: la justificación por la fe

Capítulo 10 · 26 min de lectura · 33 min de escucha

La doctrina distintiva del protestantismo: la justificación por la fe

«Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree».—Hechos 13:38, 39.

«Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia».—Romanos 4:5.

Estos son dos pasajes notables, y este capítulo se ocupará de exponerlos. Nuestro tema de esta mañana es «La doctrina distintiva del protestantismo: la justificación por la fe». La doctrina de la justificación por la fe fue la doctrina que hizo la Reforma. Es hoy una de las doctrinas capitales de la fe evangélica. Esta doctrina, aunque fue Pablo el primero en exponerla plenamente y en recalcarla constantemente, recorre toda la Biblia, desde el Génesis hasta el Apocalipsis. Es en el primer libro de la Biblia, el libro del Génesis, donde leemos: «Abraham creyó al Señor, y le fue contado por justicia». (Génesis 15:6.) En estas palabras, en el primerísimo libro de la Biblia, tenemos el germen de toda la misericordiosa y preciosa doctrina de la justificación por la fe.

I. ¿QUÉ ES LA JUSTIFICACIÓN?

Lo primero que hemos de entender con claridad es qué es exactamente la justificación. Es en este punto donde muchos se extravían al estudiar esta gran verdad. Hay dos definiciones fundamentalmente distintas del significado de las palabras «justificar» y «justificación». Una definición de «justificar» es hacer justo, y de «justificación», el ser hecho justo. La otra definición de «justificar» es contar, declarar o mostrar justo, y de «justificación», el ser declarado o contado justo. A partir de estas dos definiciones distintas se separan dos escuelas de pensamiento distintas. ¿Cuál es la definición verdadera? La manera de establecer el significado de cualquier palabra de la Biblia es examinar todos los pasajes en que se encuentran esa palabra y sus derivados. Si alguien recorre la Biblia, el Antiguo Testamento y el Nuevo, y estudia con cuidado todos los pasajes en que aparecen la palabra «justificar» y sus derivados, descubrirá que, sin lugar a dudas, en el uso bíblico «justificar» no significa hacer justo, sino atribuir justicia, declarar justo o mostrar que alguien es justo. Un hombre es justificado delante de Dios cuando Dios lo cuenta por justo. Esto se ve, por ejemplo, en el capítulo cuarto de Romanos, versículos 2 al 8, R. V.: «Porque si Abraham fue justificado por las obras, tiene de qué gloriarse, pero no para con Dios. Porque ¿qué dice la Escritura? Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia. Pero al que obra, no se le cuenta el salario como gracia, sino como deuda; mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia, como también David habla de la bienaventuranza del hombre a quien Dios atribuye justicia sin obras, diciendo: Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, y cuyos pecados son cubiertos; bienaventurado el varón a quien el Señor no imputará pecado». Por este pasaje, como por muchos otros, queda claro que un hombre es justificado cuando Dios lo cuenta por justo, sean cuales hayan sido sus principios de carácter y de conducta. Veremos más adelante que la justificación significa más que el simple perdón.

II. ¿CÓMO SON JUSTIFICADOS LOS HOMBRES?

Llegamos ahora a la segunda pregunta, la pregunta de importancia suprema: ¿cómo son justificados los hombres? En general hay dos opiniones opuestas acerca de la justificación. Una es que los hombres son justificados por sus propias obras, es decir, sobre la base de algo que ellos mismos hacen. Esta opinión puede expresarse de diversas maneras. Las buenas obras que los hombres alegan como base de su justificación pueden ser su buena conducta moral, o el cumplimiento de la regla de oro, o algo por el estilo. O pueden ser obras religiosas, como hacer penitencia, rezar oraciones, hacerse miembro de la iglesia, ir a la iglesia, bautizarse o participar de la Cena del Señor, o cumplir algún otro deber religioso. Pero todo esto viene a ser lo mismo: es algo que nosotros mismos hacemos lo que trae la justificación; algunas obras nuestras, algunas obras que hacemos, se toman como base de nuestra justificación. La otra opinión acerca de la justificación es que somos justificados, no por nuestras propias obras en ningún sentido, sino enteramente por la obra de otro, es decir, por la muerte expiatoria de Jesucristo en la cruz del Calvario; que nuestras propias obras no tienen nada que ver con nuestra justificación, sino que somos justificados enteramente por la obra de expiación consumada y completa de Cristo, por su muerte por nosotros en la cruz, y que lo único que tenemos que hacer en cuanto a nuestra justificación es simplemente apropiárnosla confiando sencillamente en aquel que hizo la expiación. ¿Cuál es la opinión correcta? Iremos directamente a la Biblia en busca de la respuesta a esta pregunta de importancia suprema.

1. La primera parte de la respuesta la encontraremos en Romanos 3:20: «Por tanto, por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado». Aquí se declara con toda claridad que no somos justificados por guardar la ley de Dios, ni la ley mosaica ni ninguna otra ley, y que la ley fue dada no para traernos la justificación, sino para traernos el conocimiento del pecado, es decir, para llevarnos a darnos cuenta de nuestra necesidad de la justificación por gracia. Aquí se declara claramente que ningún hombre es justificado por las obras de la ley. La misma gran verdad se encuentra en Gálatas 2:16: «Sabiendo que el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo, nosotros también hemos creído en Jesucristo, para ser justificados por la fe de Cristo y no por las obras de la ley, por cuanto por las obras de la ley ninguna carne será justificada». La justificación por cualquier obra nuestra es una imposibilidad. Es una imposibilidad porque, para ser justificados por las obras de la ley, o por cualquier cosa que podamos hacer, tendríamos que guardar perfectamente la ley de Dios. La ley exige una obediencia perfecta como base de la justificación. Dice: «Maldito todo aquel que no permaneciere en todas las cosas escritas en el libro de la ley, para hacerlas». (Gálatas 3:10.) Pero ni uno solo de nosotros ha guardado perfectamente la ley de Dios, y en el momento en que quebrantamos la ley de Dios en cualquier punto, la justificación por las obras se convierte en una imposibilidad absoluta. Así que, en lo que toca a la ley de Dios, cada uno de nosotros está «bajo maldición», y si hemos de ser justificados, tendremos que hallar algún otro camino de justificación que no sea guardar la ley de Dios. Dios no dio la ley al hombre con la esperanza ni con la intención de que la guardara y fuera justificado por ella. Les dio la ley para producir convicción de pecado, para tapar la boca de los hombres y para llevarlos a Cristo. O, como lo expresa Pablo en Romanos 3:19, 20: «Pero sabemos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios; porque por las obras de la ley ninguna carne se justificará delante de él; porque por la ley es el conocimiento del pecado». Por claras que sean estas palabras de Dios, es extraño que haya hoy muchos que predican la ley como camino de salvación. Pero cuando predican así, están predicando un camino de salvación distinto del que establece la propia palabra de Dios.

2. La segunda parte de la respuesta a la pregunta de cómo somos justificados la encontramos en Romanos 3:24: «Siendo justificados gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús». La palabra traducida «gratuitamente» en este pasaje significa como un don gratuito, y el versículo nos dice que los hombres son justificados como un don gratuito por la gracia de Dios (es decir, por el favor inmerecido de Dios) mediante (es decir, sobre la base de) la redención que es en Cristo Jesús. En otras palabras, la justificación no descansa sobre ningún mérito que haya en nosotros, ni sobre nada que hayamos hecho; no somos justificados por lo que hacemos ni por nuestro propio carácter. La justificación es un don gratuito que Dios otorga absolutamente sin pago alguno. El cauce por el cual se otorga este don gratuito es la redención que es en Cristo Jesús. Veremos más adelante que esto significa: por medio del precio de compra que Cristo pagó por nuestra redención, es decir, el derramamiento de su sangre en la cruz del Calvario.

3. Esto nos lleva a la tercera parte de la respuesta a la pregunta de cómo son justificados los hombres. Encontramos esta tercera parte de la respuesta en Romanos 5:9: «Pues mucho más, estando ya justificados en su sangre, por él seremos salvos de la ira». Aquí se nos dice expresamente que somos justificados, o contados por justos, «por», o más literalmente, «en» la sangre de Cristo, es decir, sobre la base de la muerte propiciatoria de Cristo. Todos estábamos bajo la maldición de la ley de Dios quebrantada, porque todos la habíamos quebrantado; pero, al morir en nuestro lugar en la cruz del Calvario, nuestro Señor Jesús hizo verdad esta palabra: «Cristo nos redimió de la maldición de la ley, hecho por nosotros maldición: porque está escrito: Maldito todo el que es colgado en un madero». (Gálatas 3:13.) O, como lo expresa Pedro en 1 Pedro 2:24: «Él mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero». O, como lo expresa Pablo de nuevo en 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, él (Dios) por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Tendremos ocasión de volver más adelante sobre este pasaje. Lo único que quiero que notes en él por ahora es que somos contados por justos sobre la base de que Jesucristo se hizo nuestro sustituto, sobre la base de que ocupó en la cruz el lugar que nosotros merecíamos. La única y exclusiva base de la justificación es la sangre derramada de Jesucristo. Desde luego, esta doctrina es enteramente distinta de la enseñanza de la Ciencia Cristiana, enteramente distinta de la enseñanza de mucho de lo que se llama la nueva teología, enteramente distinta de la enseñanza del Nuevo Pensamiento y de la teosofía, y enteramente distinta de la enseñanza del unitarismo; pero es la enseñanza de la palabra de Dios. Encontramos esta misma enseñanza claramente expuesta por el profeta Isaías setecientos años antes de que naciera nuestro Señor, en Isaías 53:6, donde dice: «Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas el Señor cargó (literalmente, hizo golpear) en él (es decir, en el Señor Jesús) el pecado de todos nosotros». Deja bien asentado en tu mente este punto: que la única pero del todo suficiente base sobre la cual los hombres son justificados delante de Dios es la sangre derramada de Jesucristo, ofrecida por Jesucristo como expiación por nuestros pecados y aceptada por Dios el Padre como expiación del todo suficiente.

4. La cuarta parte de la respuesta a la pregunta de cómo son justificados los hombres la encontramos en Romanos 3:26: «Con la mira de manifestar en este tiempo su (es decir, de Dios) justicia, a fin de que él (es decir, Dios) sea el justo, y el que justifica al que es de la fe de Jesús». Aquí se nos enseña que los hombres son justificados con la condición de la fe en Jesús. Si cabe, Romanos 4:5 lo deja aún más claro: «Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». Aquí el Espíritu Santo, hablando por medio del apóstol Pablo, nos dice que a los que creen en Jesús su fe les es contada por justicia. En otras palabras, la fe hace nuestra la sangre derramada, que es la base de la justificación, y somos justificados en el momento en que creemos. Todos los hombres están potencialmente justificados por la muerte de Cristo en la cruz, pero los creyentes están efectivamente justificados al apropiarse, mediante la simple fe en él, de todo el valor justificador que hay en la sangre derramada de Cristo. En otras palabras, la sangre derramada de Cristo es la única y del todo suficiente base de la justificación; la simple fe en Jesucristo, que derramó esa sangre, es la única condición de la justificación. Dios no le pide al pecador otra cosa que crea en su Hijo, Jesucristo, y en cuanto cree así, queda justificado. Cuando creemos, somos justificados, tengamos obras que ofrecer o no; o, como lo expresa Pablo en Romanos 3:28: «Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin las obras de la ley». O, como se dice en el versículo ya citado, Romanos 4:5: «Mas al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe le es contada por justicia». Un hombre es justificado enteramente sin las obras de la ley; es decir, es justificado con la condición de que crea en Jesucristo, aunque no tenga ninguna obra que ofrecer como base sobre la cual reclamar la justificación. Cuando dejamos de obrar para ser justificados y simplemente «creemos en aquel que justifica al impío», esa fe nos es contada por justicia, y por tanto somos contados por justos. La pregunta, entonces, no es si tienes obras que ofrecer, sino si crees en aquel que justifica al impío. Las obras no tienen nada que ver con la justificación, salvo para estorbarla cuando confiamos en ellas. La sangre de Jesucristo la asegura; la fe en Jesucristo se la apropia. Somos justificados no por nuestras obras, sino por su obra. Somos justificados sobre la base simple y única de su sangre derramada y con la condición simple y única de nuestra fe en aquel que derramó esa sangre. Tan grande es el orgullo del corazón natural que resulta sumamente difícil mantener a los hombres en esta doctrina de la justificación solo por la fe, sin las obras de la ley. Constantemente procuramos meter nuestras obras en alguna parte.

5. Pero todavía no hemos respondido por completo a la pregunta de cómo son justificados los hombres. Esta verdad tiene otro lado, y si nuestra doctrina de la justificación ha de ser completa y bien equilibrada, tenemos que mirar ese otro lado. Encontrarás parte de este otro lado en Romanos 10:8, 10: «Si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para salvación». Dios nos dice aquí que la fe que se apropia de la justificación es una fe del corazón, es decir, una fe que no es una mera idea u opinión, sino una fe que lleva a obrar conforme a esa fe; y, por tanto, es una fe que lleva a confesar abiertamente con la boca a Jesús como nuestro Señor. Si alguien tiene alguna clase de fe, o lo que él llama fe, que no lo lleva a una confesión abierta de Cristo, tiene una fe que no justifica, porque no es una fe del corazón. Nuestro Señor Jesucristo mismo nos dice que la fe del corazón lleva a la confesión abierta, porque dice en Mateo 12:34: «De la abundancia del corazón habla la boca». La fe en Jesucristo en el corazón lleva inevitablemente a confesar con la boca a Jesús como Señor; y si no estás confesando con tu boca a Jesús como tu Señor, no tienes la fe que justifica y no estás justificado.

6. El resto del otro lado de la verdad acerca de ser justificados por la fe lo encontrarás en Santiago 2:14, 18-24, R. V.: «¿De qué aprovechará, hermanos míos, si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá esa fe salvarle?» Vemos aquí que una fe que un hombre simplemente dice tener, pero que no lo lleva a obras conformes a lo que afirma creer, no puede justificar. Pero sigamos, versículos 18-24: «Pero alguno dirá: Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin tus obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras. Tú crees que Dios es uno; bien haces. También los demonios creen, y tiemblan. ¿Mas quieres saber, hombre vano, que la fe sin obras es estéril? ¿No fue justificado por las obras Abraham nuestro padre, cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar? Ves que la fe obraba juntamente con sus obras, y que la fe fue perfeccionada por las obras (es decir, en las obras a las que condujo la fe de Abraham, la fe tuvo su manifestación perfecta); y se cumplió la Escritura que dice: Abraham creyó a Dios, y le fue contado por justicia, y fue llamado amigo de Dios. Vosotros veis, pues, que el hombre es justificado por las obras, y no solamente por la fe». Algunos ven en estas palabras una contradicción entre la enseñanza de Santiago y la de Pablo, pero no hay contradicción alguna. Lo que Santiago nos enseña aquí es una verdad importante, a saber, que la fe que uno dice tener, pero que no se manifiesta en obras conformes a la fe que profesa, no justifica. La fe que justifica es una fe real, que lleva a obrar de acuerdo con la verdad que profesamos creer. Es cierto que somos justificados simplemente por la fe sin las obras de la ley, pero tiene que ser una fe real; de lo contrario, no justifica. Como alguien lo ha expresado: «Somos justificados por la fe sin obras, pero no somos justificados por una fe que está sin obras». La fe que Dios ve, y sobre la cual justifica, lleva inevitablemente a obras que los hombres pueden ver. Dios vio la fe de Abraham en el momento en que Abraham creyó, antes de que hubiera ocasión alguna de obrar, y le contó esa fe por justicia. Pero la fe que Dios vio era una fe real, y llevó a Abraham a obras que todos podían ver, y esas obras demostraron la realidad de su fe. La prueba de la fe, para nosotros, son las obras, y sabemos que el que no obra no tiene la fe que justifica.

No debemos perder de vista, por un lado, la verdad que Pablo recalca frente al legalismo, a saber, que somos justificados con la condición simple y única de una fe real en Cristo; pero, por otro lado, no debemos perder de vista la verdad que Santiago recalca frente al antinomianismo, a saber, que solo justifica una fe real, que demuestra su autenticidad por las obras. Al legalista que procura hacer algo para merecer la justificación debemos decirle: «Deja de obrar y cree en aquel que justifica al impío» (Romanos 4:5). Al antinomiano, es decir, al que cree que puede llevar una vida sin ley, descuidada, no apartada del mundo y pecaminosa, y aun así ser justificado; al que se jacta de tener fe y de ser justificado por ella, pero no muestra su fe por sus obras, debemos decirle: «¿De qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no tiene obras? ¿Podrá esa fe salvarle?» (Santiago 2:14, R. V.). Somos justificados solo por la fe, pero no somos justificados por una fe que está sola, sino por una fe acompañada de obras.

III. EL ALCANCE DE LA JUSTIFICACIÓN

Creo que hemos dejado claro cómo exactamente es justificada una persona, y ahora llegamos a otra pregunta, que es la del alcance de la justificación. ¿Hasta qué punto es justificado el hombre que cree en el Señor Jesús? Esta pregunta tiene una respuesta muy clara, maravillosa y gloriosa en Hechos 13:38, 39: «Sabed, pues, esto, varones hermanos: que por medio de él se os anuncia perdón de pecados, y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree». Estas palabras nos declaran con toda claridad que todo creyente en Jesucristo es justificado «de todo». En otras palabras, la vieja cuenta contra el creyente queda borrada por completo. Por mala y por negra que sea la cuenta, en el momento en que un hombre cree en Jesucristo, la cuenta queda borrada. Dios no tiene absolutamente nada que cargar en cuenta al que cree en Jesucristo. Aunque sea todavía un creyente muy imperfecto, un hombre muy joven y un cristiano inmaduro, está perfectamente justificado. Como lo expresa Pablo en Romanos 8:1: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús». O, como lo expresa más adelante en el mismo capítulo, versículos 33, 34: «¿Quién acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica. ¿Quién es el que condenará? Cristo Jesús es el que murió; más aún, el que también resucitó, el que además está a la diestra de Dios, el que también intercede por nosotros». Si el asesino más vil, o el pecador de cualquier clase más vil de la tierra, entrara aquí esta mañana y, aquí mismo y ahora, al oír el evangelio de la gracia de Dios, creyera en el Señor Jesucristo, pusiera su confianza en él como su Salvador y lo aceptara como tal, rindiéndose a él y confesándolo como su Señor, en el momento en que lo hiciera quedaría borrado todo pecado que hubiera cometido jamás, y su historial sería tan blanco a los ojos de Dios como el del ángel más puro del cielo. Dios no tiene absolutamente nada que cargar en cuenta al que cree en Jesucristo. Pero ni siquiera eso es todo. Pablo va aún más allá en 2 Corintios 5:21: «Al que no conoció pecado, él (Dios) por nosotros lo hizo pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él». Aquí se nos dice expresamente que el creyente en Jesucristo es hecho justicia de Dios en Cristo. En Filipenses 3:9, R. V., se nos dice que cuando alguien está en Cristo tiene una justicia que no es suya, sino «la justicia que es de Dios por la fe». En otras palabras, hay un intercambio absoluto de posiciones entre Cristo y el creyente justificado. Cristo ocupó nuestro lugar, el lugar de la maldición en la cruz (Gálatas 3:13). Fue «hecho pecado por nosotros» (2 Corintios 5:21). Dios lo contó como pecador y lo trató como a un pecador, de modo que, en el lugar del pecador, al morir, clamó: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?» Y cuando somos justificados, entramos en su lugar, el lugar de perfecta aceptación delante de Dios; o, para usar las palabras exactas de la Escritura, somos «hechos justicia de Dios en él». ¡Ser justificado es más que ser perdonado! El perdón es negativo: la eliminación del pecado; la justificación es positiva: atribuir una justicia positiva y perfecta al que es justificado. Jesucristo está tan unido al que cree en él que Dios le carga a él nuestros pecados. El creyente, por su parte, está tan unido a Cristo que Dios nos atribuye a nosotros su justicia. Dios no nos ve como somos en nosotros mismos, sino como somos en él, y nos cuenta tan justos como él lo es. Cuando la obra de Cristo en nosotros esté terminada, seremos de hecho lo que ya somos en la cuenta de Dios; pero en el momento en que uno cree, en lo que toca a la cuenta de Dios, es tan absolutamente perfecto como jamás lo será. Nuestra posición presente delante de Dios es absolutamente perfecta, aunque nuestro estado presente sea muy imperfecto. Para usar de nuevo los conocidos versos:

«Cerca, tan cerca de Dios,
más cerca no puedo estar;
pues en la persona de su Hijo
tan cerca estoy como él.

Amado, tan amado de Dios,
más amado no puedo ser;
pues en la persona de su Hijo
soy tan amado como él».

IV. EL MOMENTO DE LA JUSTIFICACIÓN

Queda todavía una pregunta por considerar, aunque en realidad ya la hemos respondido en lo dicho hasta aquí, y es la del momento de la justificación, o cuándo es justificado el creyente. ¿Cuándo es justificado el creyente? Esta pregunta tiene una respuesta clara en uno de nuestros textos, Hechos 13:39: «Y que de todo aquello de que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados, en él es justificado todo aquel que cree». Lo que quiero que notes ahora de manera especial en este versículo es la palabra es: «todo aquel que cree es justificado» de todo. Esto responde claramente a la pregunta de cuándo es justificado el creyente. En Cristo Jesús, todo creyente en él es justificado de todo en el momento en que cree. En el momento en que un hombre cree en Jesucristo, en ese mismo momento queda unido a Cristo, y en ese mismo momento Dios le atribuye la justicia de Dios. Lo repito otra vez: si el asesino más vil, o el pecador de cualquier clase más vil del mundo, entrara en esta sala esta mañana mientras predico y aquí mismo y ahora creyera en el Señor Jesucristo, en el momento en que lo hiciera no solo quedaría borrado todo pecado que hubiera cometido jamás, sino que toda la perfecta justicia de Dios en Cristo se pondría a su cuenta, y su posición delante de Dios sería tan perfecta como lo será cuando lleve diez millones de años en el cielo. Permitidme repetiros el episodio que os conté un domingo por la noche, hace algunas semanas. Estaba yo predicando un domingo por la mañana en la iglesia Moody de Chicago sobre Romanos 8:1: «Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús», y en el curso de la predicación dije: «Si la mujer más vil que haya en Chicago entrara esta mañana en la iglesia de Chicago Avenue y aquí mismo y ahora aceptara a Jesucristo como su Salvador, en el momento en que lo hiciera quedaría borrado todo pecado que hubiera cometido jamás, y su historial sería tan blanco a los ojos de Dios como el de la mujer más pura de esta sala». Sin que yo lo supiera, una de las miembros de mi congregación había bajado esa misma mañana a un antro de iniquidad cerca del río y había invitado a una mujer marginada a venir a oírme predicar. La mujer respondió: «Yo nunca voy a la iglesia. La iglesia no es para gente como yo. No sería bienvenida en la iglesia aunque fuera». La mujer que era una santa respondió: «Usted sería bienvenida en nuestra iglesia», lo cual, gracias a Dios, era verdad. Pero la otra insistía: «No, no estaría bien que yo fuera a la iglesia; la iglesia no es para gente como yo». Pero la mujer que era una santa insistió en que la mujer que era una pecadora fuera. Se ofreció a acompañarla a la iglesia, pero la otra dijo: «No, eso de ninguna manera. Los policías me conocen, y los muchachos de la calle me conocen y a veces me tiran piedras, y si la vieran a usted subir por la calle conmigo, pensarían que es usted de las mías». Pero la mujer que era una santa tenía el Espíritu del Maestro, y dijo: «No me importa lo que piensen de mí. Si usted me acompaña a oír predicar al señor Torrey, yo iré con usted». La otra mujer se negó. Pero la mujer salvada insistió tanto que la mujer marginada acabó diciendo: «Si usted va unos pasos por delante, yo la seguiré calle arriba». Así subieron por La Salle Avenue, la mujer que era una santa unos pasos por delante y la mujer que era una pecadora unos pasos por detrás. Cuadra tras cuadra fueron subiendo, hasta llegar a la esquina de La Salle y Chicago Avenue. La mujer que era una santa entró por la puerta de la torre, en la esquina, subió los escalones y entró en la iglesia, y la mujer que era una pecadora la siguió. Al llegar a la puerta, la mujer que era una pecadora miró hacia dentro, vio un asiento libre bajo la galería, en la última fila del fondo, y se deslizó en él; y apenas se había sentado cuando hice la observación que acabo de citar: «Si la mujer más vil que haya en Chicago entrara esta mañana en la iglesia de Chicago Avenue y aquí mismo y ahora aceptara a Jesucristo como su Salvador personal, en el momento en que lo hiciera quedaría borrado todo pecado que hubiera cometido jamás, y su historial sería tan blanco a los ojos de Dios como el de la mujer más pura de esta sala». Mis palabras flotaron sobre el auditorio y cayeron en el corazón de la mujer que era una pecadora. Lo creyó; creyó que Jesús había muerto por ella, creyó que por el derramamiento de su sangre ella podía ser salva; creyó, y halló perdón, paz y justificación allí mismo. Y cuando terminó la reunión, subió por el pasillo hasta el frente mientras yo bajaba del púlpito, con las lágrimas corriéndole por el rostro, y me dio las gracias por la bendición que había recibido. Y lo repito aquí esta mañana, sin saber quién puede estar aquí, sin saber cuál puede ser la vida secreta de cualquiera de vosotros que estáis aquí, sin saber qué pecados puede haber escondidos en tu corazón: si el hombre o la mujer más vil de la tierra entrara esta mañana en la Iglesia de la Puerta Abierta y aquí mismo y ahora pusiera su confianza en Jesucristo, en el momento en que lo hicieras quedaría borrado todo pecado que hubieras cometido jamás, y en un instante tu historial sería tan blanco a los ojos de Dios, no solo como el de la mujer más pura de esta sala, sino como el del ángel más puro del cielo; y no solo eso, sino que toda la perfecta justicia de Dios que revestía a nuestro Señor Jesucristo se pondría a tu cuenta, y estarías tan cerca de Dios y le serías tan amado como el Señor Jesucristo mismo. Esa es la doctrina de la justificación por la fe. ¡Doctrina maravillosa! ¡Doctrina gloriosa!

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