Capítulo 5 · 20 min de lectura
Traducción por IA — pendiente de revisión
El andar con Dios
“El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo.” I. Juan ii. 6.
La vida conduce naturalmente al andar. El término describe el curso de la vida, la conducta, el lado práctico de nuestra vida cristiana. La referencia al andar de nuestro Señor Jesucristo nos recuerda su carácter y su vida. El carácter de Jesús se destaca como el más divino monumento de la Biblia y de los Evangelios.
Aun los hombres que no creen en él como nosotros creemos se han visto obligados a reconocer la grandeza y la sublimidad de su incomparable vida. He aquí algunos de los testimonios que los ilustres pensadores del mundo han rendido a Jesús de Nazaret. Renan dice: “El Cristo de los Evangelios es la más hermosa Encarnación de Dios. Su hermosura es eterna; su reinado no tendrá fin jamás”. Goethe dice: “De los Evangelios resplandece, a través de la persona de Cristo, una sublimidad que solo lo divino podía manifestar”. Rousseau escribe: “¿No era él más que un hombre? ¡Qué dulzura! ¡Qué pureza en sus caminos! ¡Qué tierna gracia en su enseñanza! ¡Qué elevación en sus máximas! ¡Qué sabiduría en sus palabras! ¡Qué delicadeza en su trato! ¡Qué imperio sobre los corazones de sus seguidores! ¿Dónde está el hombre, dónde el sabio que pudiera sufrir y morir sin flaqueza y sin ostentación? Tan grande, tan inimitable es su carácter, que los inventores de tal historia serían más asombrosos que el carácter que retrataron”. Carlyle dice: “Jesucristo es el más divino Símbolo. Más alto que esto el pensamiento humano jamás podrá llegar”. Napoleón dijo: “Yo soy un hombre, conozco a los hombres. Estos eran todos hombres. Jesucristo era más que hombre. Nuestro imperio está edificado sobre la fuerza, el suyo sobre el amor, y perdurará cuando el nuestro haya pasado”.
Pero si Jesucristo aparece así, a la distancia, a las mentes que solo pueden admirarle, ¡cuánto más debe ser para aquellos que le conocen como Amigo personal y que le ven a la luz del amor! pues
El amor de Jesús, lo que es,
nadie sino los suyos amados lo sabe.
El carácter y la vida de Cristo tienen una plenitud de detalle que ninguna otra biografía de la Biblia posee. La historia ha sido escrita por muchos testigos, y el retrato se reproduce en todos sus rasgos y facciones. Él ha recorrido cada etapa de la vida, desde la cuna hasta la tumba, y ha representado a la humanidad en toda condición y circunstancia de tentación, prueba y necesidad, de modo que su ejemplo es igualmente apropiado para la niñez, la juventud o la madurez, para el humilde y el pobre, en la senda más baja de la vida, o para el soberano que empuña el más ancho cetro; porque él es a la vez el humilde Nazareno y el Señor de señores. Ha sentido el latido de todo afecto humano. Ha sentido la punzada de toda humana tristeza. Es el Hijo del Hombre en el sentido más amplio y pleno. Más aún, su humanidad es tan completa que representa los rasgos más tiernos de la feminidad, así como la virilidad y la fuerza de la hombría, y aun la sencillez de un niño pequeño, de suerte que no hay lugar alguno en las experiencias de la vida donde no podamos volver la mirada a esta Vida modelo en busca de luz y ayuda, poniéndola en contacto con nuestra necesidad y preguntando: “¿Qué haría Jesús?”
Dios ha enviado la vida de Cristo como nuestro Ejemplo, y nos ha mandado imitarle y reproducirle en nuestras vidas. Este no es un cuadro ideal para estudiarlo como estudiaríamos algún dechado del arte. Es una vida para ser vivida, y está adaptada a todas las necesidades de nuestra existencia presente. Es una vida sencilla para que la copie un pueblo común, un tipo de humanidad que podemos llevar con nosotros a la cocina y a la sala de la familia, al taller y al lugar de negocios, al campo donde el labrador se afana, y al huerto donde el hortelano poda, y al lugar donde el tentador asalta, y aun a la suerte donde la indigencia y la pobreza nos oprimen con sus cargas y sus cuidados. Este Cristo es el Cristo de todo hombre que quiera recibirle como Hermano y seguirle como Ejemplo y Maestro. “Ejemplo os he dado”, dice, “para que como yo he hecho, vosotros también hagáis”. Él espera que seamos como él. ¿Le estamos copiando, y siendo transformados conforme a su imagen? No hay más que un solo Modelo. Durante siglos Dios “buscó un hombre, y no lo halló”. Al fin la humanidad produjo un tipo perfecto, y desde entonces Dios se ha ocupado en hacer a otros hombres según este Modelo. Él es el único original. Cuando Judson llegó a América, los periódicos religiosos lo comparaban con Pablo y los primeros apóstoles, y Judson escribió expresando su pena y disgusto, diciendo: “No quiero ser como ellos. No hay más que Uno a quien copiar, Jesús mismo. Quiero plantar mis pies en sus huellas, y medir mis faltas por las suyas, y por las suyas solamente. Él es la única Copia. Quiero ser como él”. Así pues, procuremos andar como él anduvo.
El secreto de una vida semejante a la de Cristo reside en parte en el hondo anhelo de ella. Nos volvemos semejantes a los ideales que admiramos. Alcanzamos al fin, inconscientemente, las cosas a las que aspiramos. Pide a Dios que te dé una alta concepción del carácter de Cristo y un intenso deseo de ser como él, y nunca descansarás hasta alcanzar tu ideal. Miremos este Ideal.
I. EL MÓVIL DE SU VIDA.
La clave de todo carácter se halla en su móvil supremo, el gran fin que persigue, el objeto por el cual vive. No se puede comprender la conducta mirando meramente los hechos. Hay que captar la intención que está detrás de esos hechos e incidentes, y la razón suprema que gobierna esas acciones. Cuando se ha cometido un gran crimen, el objeto del detective es establecer una razón para él; entonces todo lo demás puede quedar claro. El gran objeto por el cual vivimos determinará todo lo demás, y explicará muchas cosas que de otro modo podrían parecer inexplicables. Cuando el labrador sale a abrir un surco recto, necesita dos estacas. La estaca más cercana no basta. Debe mantenerla en línea con la más lejana, la estaca en el extremo más remoto del caballón, y mientras mantiene las dos en línea, su curso es recto. Es la meta final la que determina nuestras acciones inmediatas, y si es bastante alta, y bastante fuerte, nos atraerá como un imán celestial de todas las cosas menores e inferiores, y nos sujetará irresistiblemente a nuestra senda celestial. El móvil supremo de la vida de Cristo era la devoción a la voluntad y a la gloria de Dios. “¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me conviene estar?” Esta era la profunda convicción aun en el corazón del niño (Lucas ii. 49). “Mi comida es que haga la voluntad del que me envió” (Juan iv. 34). “No busco mi voluntad, sino la voluntad del Padre que me envió” (Juan v. 30). “He descendido del cielo, no para hacer mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (Juan vi. 38). Este fue el propósito de su vida más madura. “Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese”. Este fue su gozoso clamor al acabar su carrera y devolver su comisión al Padre que le había enviado. ¿Es este el objeto supremo de nuestra vida? ¿Estamos avanzando hacia él por honra y por deshonra, cuidándonos de una sola cosa: agradar a nuestro Maestro y tener su aprobación al fin?
II. EL PRINCIPIO DE SU VIDA.
Toda vida puede resumirse en algún principio rector. En algunos es el egoísmo en sus diversas formas de avaricia, ambición o placer. En otros es la devoción a alguna búsqueda predilecta del arte, la literatura, la invención o el descubrimiento. En Jesucristo, el único principio de su vida era el amor, y la ley que nos ha dejado es esa misma sencilla y comprensiva ley del amor, que incluye toda forma de deber en el único mandamiento nuevo: “Un mandamiento nuevo os doy: Que os améis unos a otros como yo os he amado” (Juan xiii. 34; xv. 12). Este no es el mandamiento del amor del Antiguo Testamento, con el yo en el centro: “Amarás a tu prójimo como a ti mismo”. Sino que es un mandamiento nuevo, con Cristo en el centro: “que os améis unos a otros como yo os he amado”. Amor por su Padre, amor por los suyos, amor por los pecadores, amor por sus enemigos: esto abarcó toda la vida de Jesucristo, y esto comprenderá la longitud y la anchura de la vida de sus seguidores. Esto simplificará toda cuestión, resolverá todo problema, y endulzará todo deber convirtiéndolo en deleite, y hará de nuestra vida, como fue la suya, una encarnación de aquel hermoso ideal que el Espíritu Santo nos ha dejado en el capítulo trece de la Primera de Corintios. “El amor es sufrido, es benigno; el amor no tiene envidia; el amor no es jactancioso, no se envanece, no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no piensa el mal, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad; todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”.
III. LA REGLA Y NORMA DE SU VIDA.
Toda vida ha de tener una norma por la cual se regule, y así la vida de Cristo fue moldeada por las Santas Escrituras. “Estas son las palabras que os hablé, estando aún con vosotros: que era necesario que se cumpliesen todas las cosas que están escritas de mí en la ley de Moisés, y en los profetas, y en los Salmos” (Lucas xxiv. 44). Era necesario que la vida de Cristo cumpliese las Escrituras, y no podía morir en la cruz hasta no haber vivido primero cada palabra que se había escrito acerca de él. Es igualmente necesario que nuestras vidas cumplan las Escrituras, y no tenemos derecho a dejar que una sola promesa o mandamiento de este santo Libro sea letra muerta en lo que a nosotros toca. Dios quiere que, mientras vivamos, probemos en nuestra propia experiencia todas las cosas que se han escrito en este Libro, y encuadernemos la Biblia en una edición nueva y viva en la carne y la sangre de nuestras propias vidas.
IV. LA FUENTE DE SU VIDA.
¿De dónde sacó él la fuerza para este sobrenatural y perfecto ejemplo? ¿Fue por su propia deidad inherente y esencial? ¿O suspendió, durante los días de su humillación, sus propios derechos y poderes autónomos, y vivió entre nosotros simplemente como hombre, dependiente para su sostén de las mismas fuentes de fuerza de que nosotros gozamos? Así parece. Escuchad su propia confesión (Juan v. 19, 30; vi. 57). “No puede el Hijo hacer nada de sí mismo, sino lo que viere hacer al Padre. No puedo yo de mí mismo hacer nada; como oigo, juzgo. Como me envió el Padre viviente, y yo vivo por el Padre, así el que me come, él también vivirá por mí”. Esto parece dejar muy claro que nuestro Señor derivaba su fuerza diaria de la misma fuente de la que nosotros podemos recibir la nuestra: por la comunión con Dios, por una vida de dependencia, fe y oración, y recibiendo y estando siempre lleno de la presencia y el poder del Espíritu Santo. Si, pues, queremos andar como él anduvo, recibamos el Espíritu Santo como él lo recibió en su bautismo. Dependamos constantemente de él, y estemos llenos de su presencia. Vivamos una vida de oración incesante. Saquemos nuestra fuerza de él en cada momento, como él la sacaba del Padre. Sea sostenida nuestra vida, tanto para el alma como para el cuerpo, por la inspiración de la suya, de modo que sea verdad de nosotros: “En él vivimos, y nos movemos, y somos”. Esta fue la vida del Maestro, y esta puede ser la nuestra. ¡Qué inspiración es para nosotros saber que él se humilló al mismo lugar de dependencia en que estamos nosotros, y que él nos exaltará por su gracia a las mismas victorias que él ganó!
V. LAS ACTIVIDADES DE SU VIDA.
La vida de Jesucristo fue una vida positiva. No estuvo absorta por entero en la contemplación de sí mismo y el cultivo de sí mismo, sino que se volcó en solícita benevolencia hacia el mundo que le rodeaba. Su breve biografía, tal como la da Pedro, es una de práctica y santa actividad. “Anduvo haciendo bienes”. En su corta vida de tres años y medio recorrió a pie cada porción de Galilea, Samaria y Judea, predicando, enseñando y trabajando sin cesar con arduo esfuerzo. Estaba constantemente rodeado por las multitudes, de modo que Lucas nos dice que “ni aun podían comer”. Una vez, al término de un día atareado, estaba tan cansado que se durmió en la pequeña barca en medio de la furiosa tempestad. Al dejar su afanoso trabajo para una temporada de descanso, aun así las multitudes le apremiaban, y no podía guardar silencio. Después de un sábado de incesante labor en Capernaum, le hallamos a la mañana siguiente levantándose muy de mañana, aún muy oscuro, para hurtar a su sueño el tiempo de orar. Su vida fue una de servicio incesante, y aun ahora, en su trono de la ascensión, está continuamente ocupado en ministerios de amor activo. Así nos ha dicho que debemos copiarle. Ningún cristiano consagrado puede ser un ocioso o un holgazán. “Como me envió el Padre, así también yo os envío”. Estamos aquí como misioneros, cada uno de nosotros con una comisión y un encargo tan definidos como los de los hombres que enviamos a tierras paganas. Hallemos nuestra obra, y, como él, “todo lo que te viniere a la mano para hacer, hazlo según tus fuerzas”.
VI. SEPARACIÓN.
La verdadera medida del valor de un hombre no siempre es el número de sus amigos, sino a veces el número de sus enemigos. Todo hombre que vive por delante de su época está seguro de ser mal entendido y combatido, y a menudo perseguido y sacrificado. El Señor mismo ha dicho: “¡Ay de vosotros, cuando todos los hombres dijeren bien de vosotros! No os maravilléis si el mundo os aborrece. Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo”. Como él, por tanto, debemos esperar ser a menudo impopulares, estar a menudo solos, aun ser calumniados, quizá ser amarga y falsamente asaltados y arrojados “fuera del campamento”, aun del mundo religioso. Sin embargo, dos cosas no olvidemos. Primero, no temamos ser impopulares; y segundo, nunca nos agriemos ni amarguemos por ello, sino permanezcamos dulce y triunfalmente en la confianza de lo recto y en la aprobación de nuestro Maestro.
VII. LA VIDA DE SUFRIMIENTO.
Ningún carácter es maduro, ninguna vida ha alcanzado su coronación, hasta que ha pasado por el fuego. Y así, la prueba suprema del ejemplo de Cristo fue el sufrimiento, y en todos sus sufrimientos nos ha, como lo expresó el apóstol Pedro, “dejado ejemplo, para que sigáis sus pisadas” (I. Ped. ii. 21). Sufrió las tentaciones de Satanás, pues “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin pecado”, y en esto nos ha llamado a seguirle en el sufrimiento y en la victoria, porque “en cuanto él mismo padeció siendo tentado, es poderoso para socorrer a los que son tentados”. Sufrió los agravios de los hombres, y en esto nos ha dejado ejemplo de paciencia, mansedumbre y perdón, porque “cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino que se encomendaba al que juzga justamente”. Nunca fue más glorioso que en la hora de la afrenta. Nunca fue más generoso que en el momento en que sus propias tristezas le quebrantaban el corazón. Nunca fue más victorioso que cuando inclinó la cabeza en la amarga cruz y murió por los hombres pecadores. Es el coronado Sufriente de la humanidad, y nos llama a sufrir con él en dulzura, sumisión y triunfante fe y amor.
VIII. LOS TOQUES MÁS FINOS DEL CARÁCTER SANTO.
La perfección del carácter se halla en los toques más finos de temple y calidad que fácilmente escapan al observador descuidado. Es en estos donde el carácter de Cristo se yergue inimitablemente supremo. Uno de los más finos retratos de su espíritu lo da Pablo en el capítulo tercero de Filipenses, cuando nos habla de su humildad, que pudo haberse asido de sus derechos divinos, pero que voluntariamente los entregó, se despojó a sí mismo y con gozo se abajó al lugar más bajo (Fil. ii. 5-8). Su generosidad al tratar con los débiles y los egoístas está finamente expresada en (Rom. xv. 1, 3, 7). “Porque aun Cristo no se agradó a sí mismo; antes, como está escrito: Los vituperios de los que te vituperaban cayeron sobre mí”. Su mansedumbre y humildad está finamente expresada en sus propias palabras: “Aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón”. El más alto elemento del carácter es el sacrificio de sí mismo, y aquí el Maestro está para siempre a la vanguardia de todo sacrificio y heroísmo. “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame. El que quiera ser el primero entre vosotros, sea el siervo de todos; porque aun el Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir, y para dar su vida en rescate por muchos”. Aquí se nos enseña lo que significa andar como él anduvo. Es la vida entregada. Es la vida de sacrificio de sí mismo. Así lo ha expresado finamente el apóstol en (Efesios v. 2): “Andad en amor, como también Cristo nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda y sacrificio a Dios en olor suave”. Esto es amor, sacrificio de sí mismo, y esto es para Dios tan dulce como la fragancia de los jardines del Paraíso. Había algo en el espíritu de Jesús, y debería haber algo en toda vida consagrada, que solo puede expresarse con la palabra dulzura. Es con referencia a esto que el apóstol dice en II. Cor. ii. 15, “Para Dios somos buen olor de Cristo en los que se salvan, y en los que se pierden”. Dénos Dios esta celestial dulzura que exhala el corazón de nuestro Salvador que mora en nosotros.
El refinamiento de Jesucristo es uno de los rasgos más notables de su hermoso carácter. Sin instrucción en las escuelas de la cultura humana, era, no obstante, como todo cristiano debería serlo, un perfecto caballero. Su solícita consideración por los demás se manifiesta a menudo en las circunstancias incidentales de su vida. Por ejemplo, cuando Simón Pedro estaba angustiado por el tributo en Capernaum, y vacilaba en hablar de ello al Maestro, el Señor “se le anticipó”, es decir, se adelantó a su propio pensamiento, y lo envió al lago a pescar el pez que tenía la moneda en la boca, y luego añadió con fino tacto: “Tómala, y dásela por mí y por ti”, asumiendo primero él mismo la responsabilidad de la deuda, para no herir la sensibilidad de Pedro. Aún más fina fue su alta cortesía hacia la pobre mujer pecadora que los fariseos habían arrastrado ante él. Inclinándose, evitó su mirada para que ella no fuera humillada delante de ellos, y como si no los oyera, finalmente clavó un dardo de santa ironía en sus conciencias, que los ahuyentó veloces como perros de su presencia; y solo cuando se hubieron ido, alzó la vista al rostro de aquella temblorosa mujer, y suavemente dijo: “Ni yo te condeno; vete, y no peques más”. Así pues, reflejemos la mansedumbre y la cortesía de Cristo, y no solo con nuestras vidas, sino con nuestra “manera de amor”, recomendemos nuestro cristianismo y adornemos en todo la doctrina de Dios nuestro Salvador.
Hay una cosa más en el espíritu del Maestro que él quisiera que copiáramos, y es el espíritu de alegría. Aunque el Señor Jesús nunca fue bullicioso ni desenfrenado en la expresión de su gozo, sin embargo fue uniformemente alegre, radiante y gozoso, y el corazón en que él mora debería asimismo expresarlo en el rostro resplandeciente, el paso ligero, y la vida de rebosante alegría. Nada hay más necesario en un mundo triste y pecador que cristianos gozosos. Nada hubo más conmovedor en la vida del Maestro que el hecho de que, cuando su propio corazón estaba a punto de quebrarse con la anticipación del huerto y de la cruz, les decía: “No se turbe vuestro corazón. Que mi gozo permanezca en vosotros, y vuestro gozo sea cumplido”. Ayúdenos Dios a copiar la alegría de Jesús, a no arriar jamás nuestros colores en el polvo, a no colgar jamás nuestras arpas de los sauces, a no perder jamás nuestra bendición celestial ni dejar de “regocijarnos siempre”.
IX. PERO DEBEMOS APRESURARNOS A NOTAR, POR ÚLTIMO,
ALGUNOS DE LOS ELEMENTOS POSITIVOS DE
VIGOR Y PODER EN LA
VIDA DE JESÚS.
Es posible ser dulce y bueno y, sin embargo, ser débil y necio. Este no fue el carácter de Jesús. Nunca fue la mansedumbre más semejante a la de un niño, nunca fue la hombría más poderosa y majestuosa. En todo elemento de su carácter, en toda acción de su vida, vemos la más fuerte virilidad, y reconocemos continuamente que el Hijo del hombre era en verdad un hombre en todo el sentido de la palabra.
Intelectualmente, su mente era clara y magistral, y no hay nada más admirable en la historia de su vida que la manera serena y victoriosa con que respondía y ahuyentaba de su presencia a los agudos abogados y escribas que le acosaban con sus preguntas, y que sucesivamente eran humillados y silenciados ante la multitud burlona, hasta que se alegraban de escapar de su presencia; y después de eso ninguno osaba ya preguntarle nada más. Tan majestuosa e impresionante era su elocuencia que los oficiales que fueron enviados a prenderle olvidaron por completo su comisión mientras estaban escuchando sus maravillosas palabras, y volvieron a sus airados amos para exclamar: “¡Jamás hombre alguno habló como este Hombre!” Había en él una dignidad que a veces se elevaba a tal altura que leemos que en una ocasión, al afirmar su rostro para ir a Jerusalén, “al mirarle quedaron asombrados, y siguiéndole tenían miedo”. En la más oscura hora de su agonía alcanzó tal altura de santa dignidad que aun Pilato le contempló con admiración y, señalándole aun en medio de todos los símbolos de la afrenta y del sufrimiento, clamó: “¡He aquí el Hombre!” Aun en su muerte fue Conquistador, y en su resurrección y ascensión se levantó sublime por encima de todos los poderes de la muerte y del infierno.
En conclusión: ¿cómo hemos de andar como él?
- Debemos recibirle para que ande en nosotros, pues él ha dicho: “Habitaré en ellos, y andaré en ellos”.
- Debemos estudiar su vida hasta que la historia quede grabada en nuestra conciencia e impresa en nuestro corazón.
- Debemos mirar constantemente el cuadro y aplicarlo a cada detalle de nuestra propia conducta, y así, “mirando a cara descubierta como en un espejo la gloria del Señor, seremos transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”.
- No te desanimes cuando encuentres fracaso en ti mismo. No temas mirarte en el espejo y ver tus propios defectos en contraste con su vida sin tacha. Te incitará a cosas más altas. El juzgarse a sí mismo es el secreto mismo del progreso y de un más alto logro.
- Finalmente, pidamos al Espíritu Santo, cuya obra es hacernos real a Jesús, que descorra el velo de la visión e imprima la copia en nuestros corazones y vidas, y así seremos “transformados en la misma imagen, de gloria en gloria, como por el Espíritu del Señor”.