El evangelio cuádruple ·Cristo, nuestro Señor que ha de venir

Capítulo 4 · 25 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Cristo, nuestro Señor que ha de venir

“Le daré la estrella de la mañana.” Ap. ii. 28.

La Segunda Venida del Señor Jesucristo es una parte definida e importante del Evangelio apostólico. “Os declaro el evangelio”, dice Pablo a los corintios, y luego comienza a hablarles de la Resurrección y del Segundo Advenimiento. Es, en verdad, buena nueva para todos los que le aman y lloran los pecados y dolores de un mundo arruinado.

Es la culminación gloriosa de todas las demás partes del Evangelio. Hemos hablado del Evangelio de la SALVACIÓN, pero Pedro dice que nuestra salvación está “aparejada para ser manifestada en el postrimero tiempo”. Solo entonces, cuando nos hallemos en medio de las ruinas del tiempo y seguros sobre la Roca de la eternidad,

“Entonces, Señor, del todo sabremos,

y no hasta entonces, cuánto te debemos.”

Hemos hablado de la SANTIFICACIÓN, pero Juan dice: “Cuando él apareciere, seremos semejantes a él; y cualquiera que tiene esta esperanza en él, se purifica a sí mismo, como él es puro”. Y hemos hablado de la SANIDAD DIVINA, pero Pablo dice: “Dios nos ha dado ahora las ‘ARRAS’ de la resurrección en nuestros cuerpos”, y la sanidad divina no es sino el primer brote de aquella vida cuya plena consumación será la resurrección.

De modo que la verdad y la esperanza de la venida del Señor están enlazadas con toda verdad y toda vida, y son la grande y bienaventurada esperanza de la Iglesia. En el mismo comienzo de la historia humana, Dios puso esta gran esperanza delante de sus hijos. En la hora en que el hombre cayó del Paraíso, Dios erigió en aquel Edén caído, en las majestuosas figuras de LOS QUERUBINES, la profecía y el símbolo de la gloria futura del hombre. Los rostros del león, del buey, del hombre y del águila eran los tipos de la realeza, de la fuerza, de la sabiduría y de la elevada altura a la que el hombre redimido había de subir en Jesús. Estas figuras recorren todas las dispensaciones. Son el retrato que Dios hace de su hijo redimido después de consumada la obra de la redención. Dios pone delante de sí mismo y delante del hombre su sublime ideal para el futuro del hombre, y jamás descansará hasta que se cumpla. Conviene, pues, que además del Evangelio para el presente, comprendamos EL EVANGELIO DEL FUTURO y vivamos bajo el poder de la bienaventurada y purificadora esperanza de la gloriosa venida de Cristo.

I. LO QUE QUEREMOS DECIR CON LA VENIDA DE CRISTO.

  1. No nos referimos a su venida al corazón del cristiano individual. Él viene ciertamente así, de la manera más verdadera y llena de gracia, y este es el bendito misterio del cual ya hemos hablado en relación con nuestra santificación. Es “Cristo en vosotros, la esperanza de gloria”. Pero esto no es su segunda venida. Algunos están prontos a decir, con gran alarde de espiritualidad: tengo el milenio en mi corazón, y al Señor en mi corazón; que los que no lo tienen especulen acerca de una venida material. Pues bien, Pablo tenía al Señor en su corazón, y un milenio tan cercano al tercer cielo como el que probablemente pretendan estas personas; y Juan estaba tan cerca del corazón de su Redentor como cualquiera de nosotros pueda esperar llegar en la tierra; y sin embargo hablaron y escribieron en términos como estos: “Luego nosotros, los que vivimos, los que quedamos hasta la venida del Señor, seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire”. “Sabemos que cuando él apareciere, apareceremos con él en gloria”. “He aquí que viene con las nubes, y todo ojo le verá. Aun así, ven, Señor Jesús”.

    En verdad, cuanto más conocemos a Jesús espiritualmente, más anhelaremos su presencia personal y eterna en el sentido más pleno y glorioso que traerá su advenimiento personal.

  2. No nos referimos a su venida en la muerte. Es dudoso que él venga realmente por nosotros en la muerte. Se presenta a Lázaro llevado por los ángeles al seno de Abraham; y Esteban, en su glorioso partir, vio a Jesús en el cielo a la diestra de Dios, levantándose, es verdad, para recibir y honrar a sus fieles siervos, pero no viniendo personalmente por él. Los contrastes entre la muerte y la venida del Señor son muy marcados. No se nos manda velar por la muerte, sino que somos librados de su temor; pero sí hemos de velar por la venida del Señor. La muerte es un enemigo; su venida, la bienvenida visitación de nuestro más querido amigo. La muerte es un amargo desgarro para el corazón; la venida del Señor es el consuelo mismo del afligido, y el antídoto de la muerte. Si la muerte y la venida del Señor fueran idénticas, entonces el apóstol habría dicho a los creyentes de Tesalónica: “No quiero, hermanos, que ignoréis acerca de los que duermen, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza, porque el Señor ha venido por ellos, y pronto, de la misma manera, vendrá por vosotros en la muerte, y seréis dulcemente reunidos una vez más en la muerte”. ¿Dice acaso eso? ¡No! Pero sí dice: “El Señor DESCENDERÁ DEL CIELO *** y LOS MUERTOS EN CRISTO RESUCITARÁN primero, y luego nosotros, los que vivimos, seremos arrebatados juntamente con ellos a recibir al Señor en el aire, y así estaremos siempre con el Señor”. No es a la muerte a la que los señala, sino a aquello que ha de vencer la muerte, y de lo cual dice, escribiendo a los corintios: “Entonces se cumplirá la palabra que está escrita: ‘Sorbida es la muerte con victoria’”. Si la venida del Señor ha de sorber la muerte en victoria, es muy cierto que no puede ser la misma cosa, pues de otro modo se sorbería a sí misma.
  3. No nos referimos a la venida espiritual de Cristo mediante la difusión del Evangelio y el progreso del cristianismo. Esto en ninguna parte se reconoce en la Biblia como la venida personal de Cristo. “He aquí que viene con las nubes, y TODO OJO LE VERÁ, y también los que le traspasaron, y TODOS LOS LINAJES DE LA TIERRA SE LAMENTARÁN SOBRE ÉL”. Pues bien, no es así como obran cuando reciben el Evangelio. Entonces se regocijan. Pero aquí están sobresaltados y desalentados. Y claman, como se representa en otro lugar, a las rocas y a los montes que caigan sobre ellos y los escondan de la ira del Cordero. Así también los ángeles, hablando de este suceso a los once discípulos, dicen: “Este mismo Jesús ASÍ VENDRÁ COMO LE HABÉIS VISTO IR AL CIELO”. Esto no puede ser la publicación del Evangelio, sino que ha de ser SU APARICIÓN PERSONAL, VISIBLE Y GLORIOSA. El Evangelio ha de ser ampliamente difundido; su verdad ha de prevalecer; su causa ha de triunfar, pero él viene personalmente, y él es infinitamente más que aun su verdad y su causa.

II. ¿QUÉ QUEREMOS DECIR CON EL MILENIO?

Algunos han afirmado que la doctrina del milenio es una invención moderna, y que la palabra misma no se halla en la Biblia.

La palabra milenio no es española, sino que es la palabra griega para mil años. Se emplea repetidamente en el capítulo veinte del Apocalipsis para denotar el período durante el cual Cristo reinará con sus santos en la tierra después de la primera resurrección. Es un tiempo de victoria, gozo y gloria. Aquí se registran siete hechos especiales acerca de él:

  1. La resurrección y reunión de los santos.
  2. Su recompensa y su reinado.
  3. La completa exclusión de Satanás de la tierra.
  4. La presencia personal y continua de Jesús con ellos en la tierra.
  5. La supresión de todos los enemigos y el reinado universal de la justicia.
  6. La duración de mil años.
  7. La inmediatamente subsiguiente rebelión de Satanás y del hombre pecador, y el juicio final de los impíos.

Si no hubiera ninguna otra referencia en la Biblia a este tiempo de bendición, estos elementos por sí solos bastarían para constituir un estado y un tiempo de exaltada gloria y felicidad. Mucho más bastan para identificarlo como la edad de oro de la que los antiguos profetas escribieron y hablaron, cuando la justicia, la verdad y la paz “cubrirán la tierra como las aguas cubren el mar”.

III. EL ORDEN DE ESTOS DOS SUCESOS.

Esta es la próxima cuestión que ha de resolverse, y de ella dependen la mayor parte de las conclusiones del asunto. ¿La venida de Cristo ha de preceder o seguir a este período milenario?

  1. La razón más evidente para creer que lo precede se encuentra en el mismo pasaje que acabamos de citar, donde ambos sucesos se describen. No puede haber duda de que aquí la venida del Señor precede e introduce el milenio. Su venida se pinta minuciosamente en toda la procesión del cielo a la tierra. Luego siguen la conquista y el castigo de sus enemigos terrenales, la atadura de Satanás, la resurrección de los santos, el reinado de los resucitados y los mil años. El único modo con que se intenta desechar esto es representarlo como figurativo y espiritual. El sólido juicio y la honradez del deán Alford son la mejor respuesta a esto. Si así fuera, declara él, entonces adiós a toda precisión y certeza en las Escrituras. Si esto no es una venida, una resurrección y un milenio literales, entonces no sabemos lo que nuestras Biblias significan acerca de nada.
  2. El siguiente argumento a favor de la venida premilenaria de Cristo es el uso enfático de la palabra “VELAD” en relación con ella. Muchas veces se nos manda velar por ella. Ahora bien, si ha de ser precedida por un milenio espiritual, el Señor nos habría dicho que veláramos por este. ¿Cómo podía la Iglesia primitiva velar por su venida, cómo podemos aun nosotros, si sabemos que ha de ser precedida por mil años enteros? La palabra misma velar significa inminencia, y no es inminente si diez siglos enteros han de mediar. Si se objeta que, de hecho, la venida de Cristo no ocurrió durante más de diez siglos, esto no altera su inminencia. Un suceso puede estar en condiciones de ocurrir en cualquier momento durante años, y sin embargo tardar mucho. Eso es muy distinto de entenderse que no ha de ocurrir hasta un período posterior. Aunque Dios conocía el momento preciso en que su Hijo había de aparecer, quería que su Iglesia lo estuviera esperando siempre: al anochecer, o a la medianoche, o al canto del gallo, o por la mañana. El anuncio de un milenio previo fijado habría sido fatal para este designio, y la Iglesia se habría puesto a hacer su propio milenio sin él. Esto es justamente lo que hizo la Iglesia de Roma cuando el papa Hildebrando anunció en el siglo décimo que el milenio había comenzado, y que Cristo ya estaba presente por medio de su vicario. Y algunos maestros protestantes tienen hoy la presunción de decirnos que este siglo de progreso es la primera edad del milenio.
  3. La siguiente prueba de una venida premilenaria se halla en el cuadro que Cristo nos da de la condición de las cosas tal como habían de ser hasta el fin de la edad cristiana, y hasta la hora misma de su venida.

Echemos solo una mirada a unas pocas pinceladas atrevidas del cuadro.

Parte de la simiente cayó junto al camino, y las aves del cielo la devoraron; parte cayó en pedregales y pereció; parte fue ahogada por los espinos, y parte cayó en buena tierra y dio fruto.

Pero pronto el enemigo sembró la cizaña, y ambas crecen juntas hasta la siega.

La Iglesia, externamente, crece hasta alcanzar una fuerza exuberante como la planta de mostaza, pero internamente está llena de levadura. Los verdaderos y puros son como el tesoro escondido y la perla, tan difíciles de hallar. La red recoge de toda clase, y solo los ángeles pueden separar lo malo al fin.

A medida que ruedan las edades, se alza el cuadro, no de un milenio, sino de una “apostasía primero”. “La maldad se multiplicará y el amor de muchos se resfriará”. “Muchos apostatarán de la fe, escuchando a doctrinas de demonios”. “En los postreros días vendrán tiempos peligrosos”. Habrá abundancia de miembros de iglesia, “teniendo apariencia de piedad”; pero estos serán los enemigos mismos de la Cruz de Cristo, “negando la eficacia de ella”. Un mundo santo y feliz no estará esperando para dar la bienvenida a su Rey, sino que “como lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la tierra”. “Cuando digan: ‘Paz y seguridad’, entonces destrucción repentina”. Y cuando estalle sobre ellos, los hallará “como fue en los días de Noé y de Lot”; y el Maestro incluso pregunta: “Cuando venga el Hijo del hombre, ¿hallará fe en la tierra?”

Este es el cuadro que Dios hace del futuro de la tierra hasta la venida de Cristo. No se parece mucho a un milenio previo.

No, ni tampoco la historia de dieciocho siglos avanza hacia un milenio espiritual. Nueva York, con la mitad de la proporción de asistentes a la iglesia y casi el doble de la proporción de borrachos, no se ha acercado nada a él en doscientos años; Londres, con tres millones de almas que nunca entran en una iglesia; Berlín, con un ministro por cada cincuenta mil personas; estas tres capitales de las tres grandes naciones protestantes de la tierra no dan señal alguna de su venida. ¿Y qué diremos de la malvada París, y de la podrida Constantinopla, y de la idólatra India, y de la conservadora China, y del salvaje África? ¿Cuándo les llegará tanta luz milenaria como la que nosotros tenemos? ¿Cuándo comenzarán las naciones cristianas a moverse hacia su edad de oro? Oh, si esto es lo mejor que Dios tiene para nosotros, entonces la profecía es una exageración y la Biblia un sueño poético. Gracias a Dios, él viene, y su Reino sobrepasará nuestra más brillante esperanza y su propio cuadro más resplandeciente.

IV. OBJECIONES.

Las objeciones más fuertes que se hacen a esta doctrina son:

  1. Que deshonra la obra del Espíritu Santo, como si él fuera incapaz de cumplir su administración, y se le representara como habiendo fracasado en su gran misión de convertir al mundo, de suerte que hubiera habido que proveer algún otro medio. En respuesta, basta con decir que el Espíritu Santo no se ha propuesto convertir al mundo, sino sacar de él a la Iglesia de Cristo y preparar un pueblo para su nombre; y cuando esto esté hecho, y todos los que quieran aceptar a Jesús como Salvador hayan sido llamados, convertidos y plenamente instruidos, habrá llegado el tiempo de la próxima etapa, y Jesús vendrá a reinar y a restaurar a su antiguo pueblo a sus privilegios y oportunidades. La obra del Espíritu Santo no cesará entonces, porque él permanecerá con nosotros para siempre, y las edades venideras ofrecerán un campo ilimitado y más glorioso para su gracia y su poder.
  2. Se objeta que tal doctrina desanima las misiones cristianas, y socava los fundamentos de las más gloriosas esperanzas y perspectivas de la Iglesia. Al contrario, abre a la Iglesia una perspectiva de gloria mucho más grandiosa en la aparición de su Señor, y le manda salir, arrebatada por el deseo de apresurarla, a preparar al mundo para su aparición; pues como incentivo para esta obra, él mismo le ha dicho que cuando el mensaje de salvación haya sido proclamado a todo el mundo, entonces vendrá el fin. Lo cierto es que una gran mayoría de los misioneros que hay ahora en tierras extranjeras cree y se regocija en la bienaventurada esperanza de la venida del Señor, es animada por ella a trabajar por la evangelización del mundo, y es alentada por el bendito pensamiento de que su tarea no es convertir a toda la raza humana, sino evangelizar a las naciones y dar a cada hombre la oportunidad de ser salvo si quiere; y, en verdad, estarían angustiados y consternados ante la perspectiva que contemplan, si sintieran que el mundo debe esperar hasta que las agencias presentes hayan obrado su plena salvación, mientras entretanto, cada siglo, tres veces toda su población es barrida a la eternidad sin salvación. La venida de Cristo no va a suspender la obra misionera. Traerá el sistema de evangelización más glorioso y completo que la tierra haya visto jamás. Y bajo su benigna influencia todos los paganos serán traídos a Jesús; todas las naciones serán benditas en él, y todos los pueblos le llamarán bienaventurado. Los más ardientes amigos de la humanidad perdida deben anhelar más que nadie esto, la mejor esperanza del mundo.
  3. Se objeta que esta doctrina conduce al fanatismo. Cualquier cosa puede ser objeto de abuso, pero en la fe sobria y escritural de esta doctrina no hay nada que se preste a la temeridad, la presunción o la insensatez. Evitemos con mucho cuidado todo intento de profetizar por nosotros mismos, o de ser sabios por encima de lo que está escrito; pero no nos dejemos intimidar por el aullido del diablo, apartándonos de la plenitud de la verdad y el testimonio de Dios. Esta verdad hará de nosotros un pueblo peculiar. Quitará el encanto del mundo, y nos separará de él. Nos hará muy diferentes de muchos cristianos egoístas y acomodados, y encenderá nuestra alma para servir a Dios y salvar a los hombres. Y si eso es fanatismo, entonces bienvenido sea tal fanatismo.
  4. Se objeta que es grosera y material, y que tiende a promover en el corazón y en la Iglesia esperanzas terrenales y carnales, como las ideas y ambiciones terrenales de los apóstoles primitivos que el Maestro reprendió, enseñándoles más bien a esperar un reino espiritual y un hogar celestial. Aquel fue el extremo entonces; ¿no podría serlo ahora el opuesto? ¿No es la verdadera necesidad primero lo espiritual, y después lo material; primero la vida de resurrección del alma, y luego la resurrección del cuerpo? No sostenemos ni enseñamos idea alguna grosera o material de la edad milenaria. Los cuerpos de los santos serán espirituales, y como el suyo. Pero si a él le agradó llevar tal cuerpo al mundo celestial y hacerlo el centro y la corona de la creación, ¿es algo más que una afectación tratar de ser más espirituales que nuestro Señor? No; todo es espiritual, y el verdadero propósito y fin de la redención es que “todo nuestro espíritu y alma y cuerpo sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo”, y que “toda la tierra sea llena de su gloria”.

V. LAS SEÑALES DE SU VENIDA.

Aunque el día y la hora permanezcan ocultos, sus hijos “no están en tinieblas, para que aquel día los sobrecoja como ladrón”. “Ninguno”, al acercarse el fin, “ninguno de los impíos entenderá, mas entenderán los entendidos”.

Hay un orden definido revelado. Él vendrá primero por los suyos que le esperan, y estos, con los santos muertos, serán arrebatados para recibirle en el aire. El mundo impío quedará atrás; una iglesia formalista y una multitud de naciones seguirán viviendo y apenas echarán de menos al pequeño rebaño que acaba de ser arrebatado. Entonces comenzará una serie de juicios y advertencias, que terminarán al fin en el descenso de Cristo en poder y gloria, la revelación de su justo juicio contra sus enemigos declarados, y el comienzo de su reinado personal. Habrá, pues, dos apariciones de Jesucristo: la una a los suyos, la otra, más tarde, al mundo entero; la primera como Esposo, la segunda como Rey y Juez. Las señales de la una no se aplican, por tanto, a la otra. La primera de estas apariciones no está tan claramente definida como la otra. Es más inminente e incierta, y puede llegar a cualquier hora.

Muchas de las señales más importantes de la venida del Señor ya se han cumplido. Por ejemplo:

  1. Los cambios y desarrollos políticos de las grandes visiones de Daniel al parecer han ocurrido todos. Los grandes imperios han venido y se han ido, y los reinos menores que habían de sucederlos cubren ahora las regiones que antaño ellos dominaron.
  2. La predicha “apostasía” hace ya mucho que comenzó, y el hombre de pecado se ha sentado en el templo de Dios ya durante todo el tiempo del ciclo profético, y ha comenzado el proceso que ha de “consumir y destruir hasta el fin”. El Papado ha cumplido casi todos los rasgos de su asombroso retrato.
  3. El poder mahometano ha crecido y menguado, y las aguas de este gran Éufrates espiritual se van secando cada día para preparar el camino al pueblo real de Dios.
  4. Las señales judías no han sido menos notables. Jacob vuelve de nuevo su rostro hacia Betel, y Jerusalén se prepara para vestirse otra vez sus hermosas vestiduras. Sus hijos se van reuniendo lentamente, mientras naciones celosas apresuran el éxodo, cumpliendo inconscientemente la voz de la profecía.
  5. Las señales intelectuales no son menos marcadas. La ciencia, en efecto, se ha aumentado, y muchos corren de aquí para allá, mientras la filosofía humana habla de evolución y declara que todas las cosas permanecen como estaban, y que la naturaleza es inmutable y solo material.
  6. Las señales morales son aún más marcadas que el cuadro de Daniel. “Los impíos obrarán impíamente” nunca fue más verdad que hoy. Formas portentosas de maldad sobresaltan cada día el sentido moral, y la inventiva es tan fecunda en el mal como lo es en el arte material.
  7. Las señales religiosas se vuelven más vívidas. La tibieza y la mundanalidad en la Iglesia, los intensos anhelos de santidad de parte de unos pocos, y un poderoso movimiento misionero son los rasgos de la época, y las señales de la profecía que apuntan al día del Hijo del Hombre.
  8. Y, finalmente, una ferviente, creciente y mundial expectación de su venida por parte de todos los que aman su aparición es hoy tan profunda como lo fue en Judea, y aun en el mundo gentil, en la época que precedió a su advenimiento en Belén. La estrella de la mañana está en el Oriente. “Los hijos del día” la han visto. Ha salido el clamor: “La noche está muy avanzada, y se acerca el día”; y pronto el Sol llenará el cielo y cubrirá la tierra de gloria milenaria.

VI. LAS BENDICIONES DE SU VENIDA.

  1. I. Nos traerá a Jesús mismo. Esta es la mejor de sus bendiciones. Como todas las demás secciones de este Evangelio, también esta es el Evangelio de él mismo. No serán los mantos y las coronas reales, no los cuerpos de resurrección ni los amigos reunidos, el gozo principal, sino

    “Tú vienes, y te veremos,

    y como tú seremos en aquel día.”

  2. Nos traerá a nuestros amigos. “A los que duermen en Jesús, Dios los traerá con él”. Estarán vivos, serán reconocidos, serán gloriosamente hermosos, serán nuestros para siempre. No solo los antiguos, sino también otros nuevos, los buenos de todas las edades, los hombres y mujeres que hemos anhelado conocer. ¡Qué familia!

    “Diez mil veces diez mil,

    en vestiduras resplandecientes,

    los ejércitos de los rescatados

    suben en tropel las gradas de luz;

    oh, entonces, ¡qué arrobadores saludos

    en la feliz ribera de Canaán,

    qué reanudar de amistades rotas,

    donde ya no hay despedidas!”

  3. Nos traerá espíritus perfectos, restaurados a su imagen, gloriosos en su semejanza, libres de falta, defecto o imperfección, puestos por encima de la tentación, incapaces de caer, y rebosantes de indecible bienaventuranza. Llevaremos su imagen perfecta; conoceremos como somos conocidos; seremos tan santos como él es santo; poseeremos su fuerza, su hermosura y su amor perfecto. El universo nos contemplará, y junto a la gloria del Cordero estará la hermosura de la esposa.
  4. Tendremos cuerpos perfectos; poseeremos su perfecta vida de resurrección; olvidaremos hasta lo que era un dolor; brotaremos a una fuerza sin límites; nuestros corazones se estremecerán con la plenitud de la vida inmortal, y el espacio y la distancia quedarán aniquilados. Las leyes de la gravitación ya no nos sujetarán. Las calles de la Nueva Jerusalén, vertical y horizontalmente, la longitud y la anchura y la altura de ella, son iguales. Nuestros cuerpos serán los instrumentos perfectos de nuestros espíritus exaltados, el reflejo exacto de su cuerpo glorioso.
  5. Nos dará el servicio más dulce y más elevado. No será un éxtasis ocioso ni egoísta, sino que traerá una perfecta participación en su reino y en su administración. Quizá se nos permita cumplir los ideales de nuestras más altas experiencias terrenales, y acabar la obra que hemos anhelado e intentado hacer, con recursos ilimitados, capacidades infinitas, alcance y tiempo sin límite, y su propia presencia y su ayuda omnipotente. La bendita obra será servirle a él, bendecir a otros, y elevar la tierra y la humanidad a la felicidad, la justicia y el Paraíso restaurado.
  6. Desterrará a Satanás. Atará y encadenará al enemigo y demonio, cuyo odio y poder han tenido al mundo en edades de tinieblas y miseria. ¡Oh, verse libre de su presencia aunque solo sea por un día! ¡sentir que ya no necesitamos velar con incesante vigilancia contra él! ¡andar por un mundo sin diablo! ¡Señor, apresura aquel glorioso día!
  7. Y traerá tales bendiciones a otros, a la raza, al mundo. Detendrá la horrible tragedia del pecado y del sufrimiento; envainará la espada, emancipará al cautivo, cerrará la cárcel y el hospital, atará al diablo y a su secuaz, la Muerte; embellecerá y glorificará la faz de la tierra; evangelizará y convertirá a las naciones que perecen, y derramará luz y alegría sobre esta oscura escena de dolor y maldad.
Ya no habrá más llanto,

ya no habrá más dolor.

Ya no habrá más muerte,

ya no habrá más mancha.

Corazones que la muerte desgarró,

se encuentran en eterno amor;

vidas entregadas en el altar

suben a sus coronas en lo alto.

Satanás jamás nos tentará,

el pecado no vencerá ya más,

el gozo permanecerá por siempre,

la pena y el dolor pasarán.

Jesús será nuestra gloria,

Jesús nuestro cielo será;

Jesús será nuestra historia,

Jesús, que por mí murió.

Apresúrate, dulce mañana de alegría,

apresúrate, amado Señor, te rogamos;

acaba esta noche de tristeza,

apresura el día celestial.

Jesús viene ciertamente,

Jesús viene pronto;

oh, andemos tan puramente,

oh, guardemos nuestra corona.

Jesús, nuestra guardia estamos velando,

anhelando que vengas;

entonces se acabará nuestra noche de llanto,

entonces llegaremos a nuestro hogar.

VII. LAS LECCIONES QUE DEJA.

  1. Estemos preparados. “Las bodas del Cordero son venidas, y su esposa se ha aparejado; y le fue OTORGADO que se vista de lino fino, limpio y resplandeciente”. Gracias a Dios que las vestiduras son dadas. Llevémoslas puestas. VESTIDURAS BLANCAS. Cuando la Esposa está vestida, la boda debe de estar cerca. Así pues, apresuremos su venida.
  2. Estemos velando. “He aquí, yo vengo como ladrón: bienaventurado el que vela, y guarda sus vestiduras, para que no ande desnudo, y vean su vergüenza”. No nos quitemos el traje de bodas ni por una hora. Recordemos sus palabras: “Cuando estas cosas comenzaren a suceder, entonces levantad vuestras cabezas y ENDEREZAOS (Dr. Young), porque vuestra redención está cerca”. Mantened vuestros rostros vueltos hacia el cielo hasta que todo vuestro ser se incline hacia el cielo, como cierta querida y anciana santa de color que conocemos, cuyo cuerpo, cuando habla y ora, describe un círculo inclinándose hacia el firmamento.
  3. Sed fieles. Ha de traer la recompensa de los siervos fieles. “Mirad por vosotros mismos, para que no perdamos las cosas que hemos obrado, sino que recibamos galardón cumplido”. “Retén lo que tienes, para que ninguno tome tu corona”.

    En la Iglesia antigua hubo una noble banda de cuarenta soldados fieles en una de las legiones romanas, que fueron condenados a morir por su fe en Jesús. Fueron todos expuestos en el centro de un lago helado, para perecer sobre el hielo, pero se les permitió la opción de retractarse de su fe en cualquier momento durante aquella noche fatal, caminando hasta la orilla y presentándose al oficial de guardia.

    A medida que avanzaba la noche, el centinela en la orilla vio una nube de ángeles cerniéndose sobre el lugar donde estaban los mártires, y a medida que uno por uno iban cayendo, ponían una corona sobre la frente del mártir y lo llevaban a los cielos, mientras todo el aire resonaba con el cántico: “Cuarenta mártires y cuarenta coronas”. Al fin habían partido todos menos uno, y su corona pendía aún en el cielo por encima, y nadie parecía reclamarla. De repente el centinela oyó un paso, y ¡he aquí! uno de los cuarenta estaba a su lado. Había huido. El centinela lo miró mientras anotaba su nombre, y luego dijo: “Necio, si hubieras visto lo que yo he visto esta noche, no habrías perdido tu corona. Pero no se perderá. Toma mi lugar, y yo tomaré con gusto el tuyo”; y salió a la muerte y a la gloria, mientras de nuevo el silencioso coro entonaba el estribillo: “Cuarenta mártires y cuarenta coronas. Has sido fiel hasta la muerte, y recibirás la corona de la vida”.

    ¡Dios nos ayude a oír aquel coro cuando él venga!

  4. Sed diligentes. Hay mucho que hacer. Puedes “apresurar la venida del día de Dios”. Hay que advertir al mundo. Hay que preparar a la Iglesia. Despierta, oh cristiano. Dale a él todo poder, toda facultad, todo dólar, todo momento. Envía el Evangelio por doquier. Ve tú mismo si puedes. Si no puedes, envía a tu sustituto. Y ¡ojalá que esta última década del siglo diecinueve signifique para ti y para este mundo, como nada lo ha significado jamás, un tiempo de preparación para la venida de nuestro Señor y Salvador Jesucristo!

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