El evangelio cuádruple ·Cristo, nuestro Sanador

Capítulo 3 · 21 min de lectura

Traducción por IA — pendiente de revisión

Cristo, nuestro Sanador

“Él mismo tomó nuestras enfermedades, y llevó nuestras dolencias.” Mt. 8:17. “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” He. 13:8.

1. LO QUE NO ES LA SANIDAD DIVINA.

Miremos primero su lado negativo. Dondequiera que se halle el bien, pronto aparecerá también una falsificación de él. Toda moneda valiosa es siempre imitada, y el gran falsificador ha estado trabajando también en esto. Con esta preciosa verdad es particularmente necesario guardarse del error.

  1. La sanidad divina no es la sanidad médica. No nos llega por medio de medicinas, ni es la bendición especial de Dios sobre remedios y medios. Es el poder directo de la mano todopoderosa de Dios mismo. “ÉL MISMO tomó nuestras enfermedades,” y Él puede llevarlas sin la ayuda del hombre. No tenemos nada que decir contra el uso de remedios en lo que toca a quienes no están listos para confiar plenamente su cuerpo al Señor. Para ellos está bien usar toda la ayuda que la naturaleza y la ciencia pueden dar, y admitimos de buen grado que sus remedios tienen algún valor hasta donde alcanzan. Hay algún poder en los intentos del hombre por detener las mareas del mal que arrasan un mundo doliente. Pero llega un punto en todos los esfuerzos en que hemos de decir: “Hasta aquí llegarás, y no pasarás adelante.” Con todo, nadie debiera abandonar precipitadamente estas ayudas humanas hasta haber obtenido una mejor. A menos que hayan sido llevados a confiar enteramente en Cristo para algo más alto y más fuerte que su vida natural, harían mejor en atenerse a los remedios naturales. Necesitan estar seguros de que la Palabra de Dios presenta claramente la sanidad para la enfermedad, y lo hace tan definidamente como presenta el perdón del pecado.
  2. La sanidad divina no es la sanidad metafísica. No es un sistema de racionalismo, que hoy adopta tantas formas en el mundo, como el camaleón, tomando el matiz del follaje que lo rodea, según la clase de personas con que entra en contacto. Lo que comúnmente se conoce como cura mental o Ciencia Cristiana es una de las formas más familiares de la sanidad metafísica. En Chicago la llaman la Ciencia de la Vida, pero es prácticamente lo mismo. Pone el conocimiento y el intelecto, o la mente del hombre, en el lugar de Dios. No es sanidad por remedios, sino por la fuerza mental. Es un sistema de falsa filosofía y de teología escéptica; una filosofía que es absurda y engañosa, y una teología que es atea e infiel. Su base es que el mundo material no es real. Lo que parecen ser hechos son simplemente ideas. Esta iglesia no es más que una idea circular en mi cerebro, y por casualidad tú tienes la misma idea en el tuyo, y por eso la llamamos iglesia; pero no lo es, es solo una idea. Mientras estás ahí sentado ante mí, no estás allí en forma tangible, sino que yo tengo en mi cerebro una idea de ti, sentado ahí. Tampoco estoy yo aquí en ningún sentido físico, sino que yo también soy una idea alojada en tu mente. Así los maestros de este error siguen diciendo que no hay cuerpo. La enfermedad, por tanto, no es real, porque no tiene base sobre la cual obrar. Si aceptas esta filosofía, el fondo se saldrá de toda enfermedad. Si la idea de la enfermedad ha desaparecido de tu mente, el mal ha desaparecido. Esta es una exposición franca y sincera de los principios de esta teoría. Ha cautivado a cientos de miles de personas en este país, y de ella se han hecho cientos de miles de dólares. Es la vieja filosofía de Hume revivida de nuevo. La Biblia es tratada por estos maestros de la misma manera que el cuerpo. Es un hermoso sistema de ideas, pero no son más que ideas. El Génesis es una hermosa historia de la creación, pero es solo una alegoría. El Nuevo Testamento contiene un encantador retrato de Jesucristo, pero tampoco tiene fundamento en los hechos. Son los viejos errores contra los que el apóstol Juan escribió con energía. “Y todo espíritu que no confiesa que Jesucristo ha venido en carne, no es de Dios; y este es el espíritu del anticristo, el cual vosotros habéis oído que viene, y que ahora ya está en el mundo.” Esta filosofía niega que Jesucristo haya venido en carne. Niega la realidad del cuerpo de Cristo; por tanto, es anticristiana en su enseñanza. Esto no es sanidad divina. No hay comunión alguna entre ambas. Es uno de los engaños de la ciencia, falsamente llamada así. Socavaría el cristianismo. Algunos de nosotros la hemos despreciado tanto que quizá no hemos prevenido a otros contra ella como debiéramos. Hemos sentido que era tan necia que no podía haber daño en ella; pero olvidamos cuán necia es la naturaleza humana. El apóstol nos dice que los sabios de este mundo son necios para con Dios. “El prende a los sabios en la astucia de ellos.” ¡Cuán verdaderamente se ha cumplido esto en el caso de Nueva Inglaterra! Aquella tierra de universidades, la sede de la inteligencia y la cultura americanas, ha dado a luz esta monstruosidad. Es la más fatal de las incredulidades. Acaba por completo con la expiación, porque si no hay pecado no puede haber redención. Preferiría estar enfermo toda mi vida con toda forma de tormento físico, antes que ser sanado por semejante mentira.
  3. La sanidad divina no es la sanidad magnética. No es una corriente misteriosa que fluye de un cuerpo a otro. Es cuestión seria si existe en la naturaleza tal fuerza como el magnetismo animal, y si lo que esto parece ser no es más bien una influencia a la que la mente de una persona está sujeta por causas dentro de sí misma. Sea así o no, el pensamiento o la pretensión de semejante influencia es repudiado por todos los que actúan como verdaderos ministros de la sanidad divina. Uno de estos está sumamente ansioso por mantener su propia personalidad fuera de la conciencia del que sufre, y por fijar el ojo del enfermo únicamente en Cristo, para que reciba de Él su sanidad. Nada hay tan de temer en esta obra como el llegar a ser uno mismo el objeto de atención. Es el contacto de corazón a corazón, y de alma a alma, con el Cristo vivo, y con Él solo, lo que logrará el resultado.
  4. La sanidad divina no es el espiritismo. No puede negarse que Satanás tiene cierto poder sobre el cuerpo humano. Ciertamente ha de tenerlo si es capaz de poseerlo con enfermedad. Y si tiene poder para infligir mala salud al cuerpo, no veo razón por la que no pudiera, si le pluguiera, abrir la puerta trasera y salir y dejar el cuerpo sano. Si Satanás tuvo poder para atar a una mujer en tiempo de Cristo por dieciocho años, tuvo poder para desatarla con la misma rapidez. Si la enfermedad era obra suya entonces, seguramente lo es también ahora. Si puede servirse mejor de algunas personas cuando están fuertes y sanas, así lo hará. De otros instrumentos puede servirse mejor en la debilidad y el dolor. No podemos menos que notar la extraña persistencia con que las personas de todas las edades han recurrido a los poderes malignos, sea para aplacarlos o para conseguir su ayuda. La costumbre es tan antigua como las razas más primitivas. La hallamos en el indio salvaje de los bosques, y en el igualmente salvaje africano. Particularmente se han realizado estos salvajes conjuros para la sanidad de la enfermedad, y se dice que muchos de ellos han resultado de veras en la desaparición del mal. No puede caber duda de que grandes multitudes de fenómenos espiritistas son reales. Dan positiva evidencia de la realidad de los espíritus malignos, y son pruebas de la terrible advertencia de Dios de que en los últimos días los espíritus de los demonios estarán sobre la tierra haciendo milagros, de modo que, si fuere posible, engañen aun a los escogidos. El verdadero hijo de Dios no será engañado por ellos. Si eres engañado en esto, ¡ten cuidado! Puede que no seas verdadero hijo de Dios. Te advierto, por lo que estimes tu verdadero bien, que evites este seductor lazo. Hallarás en él algo de realidad, pero es un poder peligroso, y sumergirá tu fe cristiana bajo sus horrendas olas.
  5. La sanidad divina no es la cura por la oración. Hay muchos cristianos que desean grandemente que otros oren por ellos. Piensan que si logran cierta cantidad de oración vendrá sobre ellos una influencia correspondiente para bien, y que si todos los cristianos del mundo oraran por ellos, esperarían ser sanados. Existe la idea general de que hay gran poder en la oración, el cual ha de surtir efecto si puede concentrarse. Y que si pudiera obtenerse suficiente de ella, removería montañas y quizá lograría quebrantar la terca voluntad de Dios. Esto es prácticamente lo que enseña este parecer. No hay poder en la oración a menos que sea la oración del mismo Dios. A menos que estés en contacto con Cristo, el Sanador vivo, no hay sanidad. La sanidad de Cristo es por su propio toque Divino. No es la cura por la oración, sino la sanidad por Cristo.
  6. La sanidad divina no es la cura por la fe. El término da una impresión equivocada, y me alegro de que se haya desechado. Hay peligro de concentrar tanto la mente en la fe que esta llegue a interponerse entre el alma y Dios. Lo mismo daría esperar que tu fe te sanara, que intentar beber por el mango de la bomba de cadena con que sacas agua fresca, o comerte la bandeja en que te traen la comida. Si te pones a mirar tu fe, perderás la fe misma. Es Dios quien sana siempre. Cuanto menos nos detengamos en las oraciones, la fe, o cualquiera de los medios por los cuales viene, tanto más probable será que recibamos la bendición.
  7. La sanidad divina no es la fuerza de voluntad. Nadie puede luchar con su propia impotencia y convertirla en fuerza. Es principio de la mecánica que ningún cuerpo puede moverse a sí mismo. Ha de haber algún poder fuera de sí mismo que lo haga. Arquímedes dijo que sería capaz de levantar el mundo con una palanca si pudiera conseguir algún punto de apoyo fuera de él sobre el cual operar; pero no podría hacerlo desde dentro. Si el hombre está caído, todo el poder de su propia alma no bastará para levantarlo. Con demasiada frecuencia el problema está en su voluntad. Trata de asirse a sí mismo y levantarse a sí mismo. Ha de tener algún poder fuera de sí mismo que lo levante, o permanecerá caído. La voluntad ha de rendirse a Cristo, y entonces Él obrará en nosotros así el querer como el hacer, por su buena voluntad. Entonces el primer pensamiento será: ¡cuán fácil, cuán deliciosamente sencillo es recibir de Él el poder que necesitamos! Es solo tocar la mano de Dios y recibir fuerza de su vida.
  8. La sanidad divina no es un desafío a la voluntad de Dios. No es decir: “Tendré esta bendición, quiéralo Él o no.” Es ver que al tenerla cumplimos su propósito más alto para nosotros. No confiaremos para la sanidad física hasta saber que es la voluntad de Dios para nosotros; entonces podemos decir: “La quiero, porque Él la quiere.”
  9. Tampoco es la inmortalidad física, sino que es plenitud de vida hasta que la obra de la vida esté cumplida, y entonces recibir nuestra completa vida de resurrección a la venida de Cristo.
  10. La sanidad divina no es una profesión médica mercenaria que los hombres adoptan como adoptarían un oficio o una profesión a fin de sacar algo de ella. Si ves aparecer en ella por un momento la idea mercenaria, desaprúebala y repúdiala. Todos los dones de Dios son tan gratuitos como la sangre del Calvario.

II. LO QUE ES LA SANIDAD DIVINA.

  1. Es el poder Divino y sobrenatural de Dios infundido en los cuerpos humanos, renovando sus fuerzas y reemplazando la debilidad de los cuerpos humanos que sufren por la vida y el poder de Dios. Es un toque de la omnipotencia Divina, y nada menos que eso. Es el mismo poder que levantó de entre los muertos a la hija de Jairo o que convirtió tu alma. ¿Es extraño que Dios muestre semejante poder? Se requiere más poder para regenerar un alma perdida que para resucitar a los muertos. Dios podría hacer temblar el sepulcro y sacar de él las formas de quienes han yacido allí por años con menos gasto de poder del que le cuesta redimir un alma, y mantener firmes a sus santos hasta el fin.
  2. Está fundada, no en el razonamiento del hombre, ni en el testimonio de quienes han sido sanados, sino en la Palabra de Dios solamente. Todo el testimonio que pudiera reunirse del universo entero no establecería la verdad de semejante doctrina, si esta no se hallara en las Escrituras. Todas las deducciones del intelecto humano no valen nada si no están arraigadas allí. Esta verdad descansa sobre la eterna Palabra de Dios, o de lo contrario es meramente humana.
  3. Siempre reconoce la voluntad de Dios, y se inclina ante ella en profunda sumisión. Un cristiano que busca la sanidad divina esperará hasta conocer la voluntad de Dios, y habiéndola aprendido, la reclamará sin vacilar. Si un doliente está convencido de que la obra que Dios le dio a hacer está cumplida, y de que ahora es llamado a su hogar, entonces debe conformarse a esa voluntad y recostarse en aquellos benditos brazos y reposar. Si esa convicción ha llegado a alguno de vosotros, queridos amigos, no me atrevería a sacaros de ella, si Dios os ha llevado a ella. Mi único pensamiento sería alisar dulcemente vuestra última almohada, y dejaros partir en paz. Si, en cambio, pensáis que vuestra obra no está cumplida, si no tenéis clara luz de Dios de que así sea, si hay en vuestro corazón un verdadero y sumiso deseo de vivir y de acabar vuestra carrera con gozo, entonces Aquel que dijo hace casi dos mil años: “¿No se debía librar de esta ligadura a esta mujer?” es el mismo hoy que era entonces. Él te está diciendo, en medio de tu debilidad: “¿No debieras tú ser sanado?” Seguramente eso debiera bastar.

    Puede ser, sin embargo, que se haya permitido que tu enfermedad viniera como una disciplina. Quizá has estado reteniendo parte del pleno testimonio o servicio a que Cristo te ha llamado. Temo entonces que no puedas ser sanado hasta que esa dificultad sea corregida. Puede que estés en alguna actitud errónea y torcida. Probablemente Él no te restaurará hasta que eso quede ajustado. Puede que te haya llamado a algún servicio y tú te estés reteniendo. No habrá sanidad para el cuerpo hasta que hayas cedido en este punto. Hay cientos de significados en las enfermedades que se permite que vengan sobre los queridos hijos de Dios, y Él te mostrará qué te dice su voz. “Porque Dios habla una vez, y otra vez, pero el hombre no lo percibe. Por sueño, en visión nocturna, cuando el sueño profundo cae sobre los hombres, cuando se adormecen sobre el lecho, entonces revela al oído de los hombres, y sella su instrucción, para apartar al hombre de su obra, y quitar del varón la soberbia. Detiene su alma del sepulcro, y su vida de que perezca a espada. También es castigado con dolor sobre su cama, y con fuerte dolor en la multitud de sus huesos; de manera que su vida aborrece el pan, y su alma la comida suave. Su carne se consume, hasta que no puede verse; y sus huesos, que no se veían, sobresalen. Sí, su alma se acerca al sepulcro, y su vida a los destructores. Si hay junto a él un mensajero, un intérprete, uno entre mil, que muestre al hombre su rectitud, entonces Dios tiene misericordia de él, y dice: ‘Líbralo de descender al sepulcro: yo he hallado rescate. Su carne será más tierna que la de un niño; volverá a los días de su juventud.’” Ese es el significado de muchos de los castigos de Dios. Hay mucho que Él querría decir a los hombres por medio de su trato con sus cuerpos, y es necesario captar todo su significado en el alma antes de que la sanidad divina pueda recibirse, y conservarse después de recibida. No es una patente de hierro colado que obra inexorablemente de una sola manera siempre; requiere un andar muy cercano con Dios. Cuando el alma anda así en armonía y obediencia a Él, la vida de Dios puede fluir plenamente en el cuerpo. Gracias a Dios, no podemos tenerla y tener también al diablo.

  4. La sanidad divina es parte de la obra redentora de Jesucristo. Es una de las cosas que Él vino a traer. Su piedra fundamental es la cruz del Calvario. “Él rescata tu vida de la destrucción.” “Líbralo de descender a la muerte, yo he hallado rescate.” Seguramente esa sanidad viene de Él solo. “Por su llaga somos sanados.” Esa es la obra redentora de Cristo. Tienes derecho a ella, amado, porque su cuerpo llevó en la cruz toda la responsabilidad de tu cuerpo. Tómala y ámale más, porque vino de sus llagas. Me gusta pensar en aquella palabra como estando en número singular: llaga. Ese es el sentido griego. Su cuerpo fue tan golpeado que era todo una sola llaga. No había una pulgada de su carne que no fuera lacerada por nosotros. No hay una fibra de tu cuerpo por la que Cristo no haya sufrido allí para redimirla.
  5. La sanidad divina nos llega por la vida de Jesucristo, que resucitó de entre los muertos en su propio cuerpo. Él ha subido al cielo con su cuerpo vivo. Puedes verlo allí esta mañana, con manos y pies de carne y huesos vivos, que podrías palpar. Podría sentarse contigo a la mesa y comer hoy como lo hizo de antaño. No es una forma sombría y nebulosa, sino que tiene carne y huesos como nosotros. Ese es nuestro Cristo, un Cristo físico y vivo, y Él puede y quiere compartir su vida física contigo, insuflando en ti su fuerza. Somos sanados por la vida de Cristo en nuestro cuerpo. Es una unión tierna con Él; más estrecha que el vínculo de la unidad conyugal; tan estrecha que la vida misma de sus venas es transfundida a las tuyas. Eso es la sanidad divina.
  6. Es la obra del Espíritu Santo, que vivifica el cuerpo. Cuando Cristo sanaba a los enfermos mientras estaba en la tierra, no era por la Deidad que moraba en su humanidad. Él dijo: “Si yo por el Espíritu de Dios echo fuera los demonios, ciertamente ha llegado a vosotros el reino de Dios.” Jesús sanaba por el Espíritu Santo. “El Espíritu del Señor está sobre mí, por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres, para sanar a los quebrantados de corazón.” El Espíritu Santo es, pues, el agente por el cual se obra este gran poder. Especialmente deberíamos esperar ver su obra en estos días, porque son los días de su propia Dispensación, los días en que se ha profetizado que habrá señales y prodigios. ¿Cómo recibió Sansón su fuerza? Cuando el Espíritu del Señor vino sobre él. Entonces fue capaz de derribar el templo en ruinas, y con él a su dios Dagón. El Espíritu de Dios estaba en su carne. Así, cuando este fuego eléctrico corre por nuestro cuerpo, trae sanidad y fuerza a cada fibra.
  7. La sanidad divina viene por la gracia de Dios, no por la obra del hombre. No puede comprarse, ni tampoco puede ganarse con trabajo. No podemos ayudar a Dios en ella. Debemos tomarla como un don. Nos llega como nos llega el perdón, un don gratuito de Él.
  8. Nos llega por la fe. No es la fe la que sana. Dios sana, pero la fe lo recibe. Creemos que Dios está sanando antes de que se dé evidencia alguna. Ha de creerse como una realidad presente, y luego lanzarse sobre ella. Hemos de obrar como si ya fuera cierto. Dios quiere que nos apoyemos en Él, y confiemos en Él, y luego nos regocijemos y le alabemos por lo que ha dado, sin duda ni temor.
  9. La sanidad divina está de acuerdo con todos los hechos de la historia de la Iglesia. Desde el tiempo de Ireneo hasta el presente siglo ha habido repetidos ejemplos de ella. Es una larga procesión, y grandes multitudes de sanados proclaman a una sola voz: “Jesucristo es el mismo ayer, y hoy, y por los siglos.” A lo largo de toda la Edad Media la Iglesia pura creyó esta verdad y la enseñó. Los valdenses la tuvieron como artículo de su fe. Los tiempos de los primeros Reformadores están llenos de ella. Las vidas de Lutero y Baxter, y Fox y Whitfield, y Juan Wesley, dan claro y convincente testimonio de que creyeron esta verdad. En tiempos más recientes los ejemplos de ella son numerosos. Alemania, Suiza, Suecia, Noruega, Inglaterra y sus colonias, y los campos misioneros del mundo, tienen muchos testigos del poder sanador de Jesús. Nuestra propia tierra, y aun nuestra propia ciudad, están llenas de ello. Tenéis aquí en medio de vosotros muchos testigos de ello. Los conocéis, y sabéis cómo algunos de ellos han resistido la prueba de la publicidad y de los años. No son casos oscuros. Muchos de ellos son hombres y mujeres que han estado en la primera línea de la obra cristiana. Hay entre ellos toda clase de carácter, de inteligencia, de temperamento y de disposición. Hay niños entre ellos, así como ancianos. Algunos de ellos han tenido intelectos elevados, pero han sido transformados en sencillos niños. Hay entre ellos toda clase de enfermedades, desde el terrible cáncer hasta el más trastornado de los organismos nerviosos. Y Él los ha sanado a todos.
  10. La sanidad divina es una de las señales de la época. Es el precursor de la venida de Cristo. Es la respuesta de Dios a la incredulidad de hoy. El hombre puede intentar refutarla con la fuerza de su intelecto. Dios la enfrenta con esta prueba incontestable de su poder.

III. CÓMO ES JESÚS NUESTRO SANADOR.

  1. Porque nos ha comprado la sanidad con sus llagas. Es parte de la redención que compró en el Calvario. “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores.”
  2. Porque está en su vida resucitada en nosotros. Tenemos la sanidad no solo de Jesús, sino en Jesús. Está en su cuerpo vivo, y la recibimos al permanecer en Él y la conservamos solo al permanecer en Él.
  3. Porque nos capacita para tomarla, llegando a ser nuestro poder para creer. Él da la fe para confiar en Él, si la recibimos. No tenemos que escalar las alturas para hallarlo, sino que Él desciende hasta nuestra impotencia y llega a ser nuestra confianza tanto como nuestra sanidad. Un chino contaba una vez la diferencia entre Cristo y Confucio y Buda. Dijo: “Estaba yo en un hoyo profundo, medio hundido en el fango, y clamaba pidiendo que alguien me sacara. Al mirar hacia arriba vi a un venerable anciano de cabellos grises que me miraba desde lo alto. Su rostro llevaba las señales de su espíritu puro y santo. ‘Hijo mío,’ dijo, ‘este es un lugar terrible.’ ‘Sí,’ dije yo, ‘caí en él. ¿No puedes sacarme?’ ‘Hijo mío,’ dijo, ‘soy Confucio. Si hubieras leído mis libros y seguido lo que enseñan, nunca habrías estado aquí.’ ‘Sí, padre,’ dije yo, ‘pero ¿no puedes sacarme?’ Al mirar hacia arriba, había desaparecido. Pronto vi acercarse otra figura, y otro hombre se inclinó sobre mí, esta vez con los ojos cerrados y los brazos cruzados. Parecía estar mirando hacia algún lugar lejano y distante. ‘Hijo mío,’ dijo, ‘solo cierra los ojos y cruza los brazos y olvídate de ti mismo por completo. Entra en un estado de perfecto reposo. No pienses en nada que pueda perturbarte. Ponte tan quieto que nada pueda moverte. Entonces, hijo mío, estarás en un reposo tan delicioso como el mío.’ ‘Sí, padre,’ respondí, ‘haré eso cuando esté sobre tierra firme. ¿No puedes sacarme?’ Pero Buda también había desaparecido. Comenzaba justo a hundirme en la desesperación cuando vi otra figura sobre mí, distinta de las demás. Era muy sencilla, y se parecía en todo a los demás, pero había en su rostro las señales del sufrimiento. Clamé a Él: ‘Oh, Padre, ¿puedes ayudarme?’ ‘Hijo mío,’ dijo, ‘¿qué te pasa?’ Antes de que pudiera responderle, ya estaba abajo, en el fango, a mi lado; me rodeó con sus brazos y me levantó, y luego me alimentó y me dio descanso. Cuando estuve bien, no dijo: ‘Ahora, no vuelvas a hacer eso,’ sino que dijo: ‘Andaremos juntos de ahora en adelante’; y hemos venido andando juntos hasta el día de hoy.”

¡Eso es lo que Jesucristo hará por ti, amado! Él desciende hasta ti allí donde estás. Llega a ser tu confianza dentro de ti, y entonces seguís adelante juntos hasta que la luz y la gloria de la resurrección de la edad venidera irrumpan sobre ti. ¡Que Dios nos ayude a todos a recibirle así plenamente, por amor de su propio nombre! Amén.

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El evangelio cuádruple A. B. Simpson

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